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Oración comunitaria

(M. Por un Mundo Mejor)

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Lectio divina

(M. Por un Mundo Mejor)

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"Decálogo" para recordar sanamente...

(Francisco Álvarez)

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¡Qué bien que hayas venido!

(J.E.)

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Encender el fuego

(Joan Escales)

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¿Quién no recuerda momentos, encuentros con personas queridas y no le resuenan en el corazón estas hermosas palabras: ¡Qué bien que hayas venido!? ¿Quién no tiene alguna experiencia de un amigo o amiga, de un hermano o hermana en los que no se haya sentido acogido con estas hermosas palabras que, por la expresión de la cara, de la mirada, de la modulación de la voz eran la señal más clara de que era esperado? Y después, al marchar, ¿no nos hemos sentido acompañados como por el perfume de una flor o el murmullo de una fuente?

En mis visitas a casa, cuando estudiante, hace ya muchos años, todavía me parece ver a mi madre, trabajando en el huerto, cuando llegaba, dejar la azada y el rastrillo y corría a mí, abrazándome, besándome y diciéndome al oído: ¡qué bien que hayas venido!

¡Qué importante la palabra! Cuántas veces, en la vida, nos hemos visto como perdidos, desorientados, sin luz y sin guía, atravesando escabrosos parajes desolados, recorriendo caminos desconocidos, pero acogidos y conducidos animosamente por el eco de estas palabras: ¡qué bien que hayas venido!

Y si vamos más al fondo, ¿quien de nosotros no ha tenido o no se ha encontrado con ancianos haciéndonos preguntas más allá del tiempo y del espacio, sobre nuestro origen y nuestro final?

Tendría yo siete u ocho años, estaba en la terraza de casa, contemplando las maravillas de la creación y me preguntaba: ¿quién había en el mundo antes de la creación, antes de que existiese el mundo, el cielo, las montañas, el sol y las estrellas? Y me quedaba en silencio, pensando, perdido en el misterio: ¿qué había?, ¿quién había?

Y ya, a la tarde de la vida, me vuelvo a preguntar lo mismo: Dios..., nosotros..., sin principio ni fin..., ¿por qué su nombre es Vida, la Vida?

Y nosotros… ¿Dónde estábamos nosotros? Nosotros, desde siempre, en el corazón de Dios, como rosada retenida en su calzado, tal como pregona el salmo 109: yo te he engendrado como una gota de rocío antes de la aurora.

Y en esta espera, Él se entretenía con nosotros jugando, como dice la escritura, mis delicias son estar entre los hijos de los hombres. Esperando la evolución de los siglos hasta llegar el momento de la aparición de su criatura en la Historia. Hasta llegar el momento culminante, su sueño eterno, el hecho más trascendente de la Historia: el Creador se hace criatura: Jesús de Nazaret.

Tu venida, Jesús, rompe el silencio, pero no el misterio, porque el misterio es como el mar, que cuanto mas te adentras en él, más inmenso parece.

Pero… ¡qué bien que hayas venido Jesús, Dios! Tu venida nos hace compañía. Cuando pienso en ella, me siento tan privilegiado y con tanta suerte…!

¿Qué son dos mil años comparados con el sueño eterno? ¡Qué bien que hayas venido!