
|
¿Quién no
recuerda momentos, encuentros con personas queridas
En mis visitas a casa, cuando estudiante, hace ya muchos años, todavía me parece ver a mi madre, trabajando en el huerto, cuando llegaba, dejar la azada y el rastrillo y corría a mí, abrazándome, besándome y diciéndome al oído: ¡qué bien que hayas venido! ¡Qué importante la palabra! Cuántas veces, en la vida, nos hemos visto como perdidos, desorientados, sin luz y sin guía, atravesando escabrosos parajes desolados, recorriendo caminos desconocidos, pero acogidos y conducidos animosamente por el eco de estas palabras: ¡qué bien que hayas venido! Y si vamos más al fondo, ¿quien de nosotros no ha tenido o no se ha encontrado con ancianos haciéndonos preguntas más allá del tiempo y del espacio, sobre nuestro origen y nuestro final?
Tendría yo
siete u ocho años, estaba en la terraza de casa,
Y ya, a la tarde de la vida, me vuelvo a preguntar lo mismo: Dios..., nosotros..., sin principio ni fin..., ¿por qué su nombre es Vida, la Vida? Y nosotros… ¿Dónde estábamos nosotros? Nosotros, desde siempre, en el corazón de Dios, como rosada retenida en su calzado, tal como pregona el salmo 109: yo te he engendrado como una gota de rocío antes de la aurora.
Y en esta
espera, Él se entretenía con nosotros jugando, como dice
Tu venida, Jesús, rompe el silencio, pero no el misterio, porque el misterio es como el mar, que cuanto mas te adentras en él, más inmenso parece. Pero… ¡qué bien que hayas venido Jesús, Dios! Tu venida nos hace compañía. Cuando pienso en ella, me siento tan privilegiado y con tanta suerte…! ¿Qué son dos mil años comparados con el sueño eterno? ¡Qué bien que hayas venido! |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||