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Oración comunitaria

(M. Por un Mundo Mejor)

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Lectio divina

(M. Por un Mundo Mejor)

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"Decálogo" para recordar sanamente...

(Francisco Álvarez)

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¡Qué bien que hayas venido!

(J.E.)

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Encender el fuego

(Joan Escales)

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¡Encender el fuego! Un detalle muy bonito que está en la base de mi infancia y que para mí se ha convertido en una imagen rica de contenido.

Lo primero que veía hacer a mis padres cada mañana, nada más levantarse, durante todo el año, era encender el fuego.

El padre, el primero siempre, iba a buscar a la era un par de troncos y un fajote leña y dejaba el fuego a punto. Así, cuando se levantaba la madre, lo encendía y ya no se apagaba en todo el día. Por aquel fuego pasaba todo. Era nuestra vida; el alimento del cuerpo y el calor del corazón; caldeaba todo el ambiente y llenaba de buenos olores todas las estancias de la casa.

Yo he conservado este recuerdo como símbolo del inicio del día. Lo primero que hago cada mañana es encender el fuego: unos momentos de silencio y oración. Y me doy cuenta de que estos momentos caldean mi interior y llenan de calor todas las estancias y rincones. Así lo comentaba con un amigo después de comer en mi casa. Hablábamos del silencio y del silencio sonoro; no sólo del silencio como una manera de ahogar los ruidos de fuera, sino del silencio para escuchar la Voz que pone en movimiento la voz interior.

El silencio es la escucha de esa Voz y esta voz. Hacer un momento de silencio cada día, a la mañana, para escuchar la Voz, es como la señal de la vida de una casa habitada que ha despertado.

Esta imagen me hace pensar también que, así como el calor del fuego caldea la casa, rompe la oscuridad de la noche y ambienta nuestro recinto interior, tendría que transparentar a Aquél que nos habita por dentro porque "es verdad, Él es un Dios escondido" (Is.).

Si no es así, este estilo de cristianismo convencional no creo que atraiga a las futuras generaciones, hambrientas de Transcendencia y de Absoluto. Así lo proclama su generalizada ausencia de nuestras iglesias. Sin esta referencia existencial y gozosa a esta voz que es Jesús Resucitado en primer término, la iglesia siempre tendrá ese aspecto de tumba vacía. ¡Qué bien lo supo captar el artista de la Capilla Sextina, cuando pinta la figura de Jesús Resucitado en pie delante del sepulcro para tapar la oscuridad de la tumba vacía!

Pienso que detrás de esta práctica religiosa de muchos de los que frecuentan nuestras iglesias, se esconde y se encubre un fuerte agnosticismo. ¿No será porque les falta este calor interior que se obtiene cultivando el trato cotidiano experiencial con esta Voz que despierta nuestra vida como el fuego y que pone en movimiento las personas y las caldea por dentro?

Es una cosa que siempre me ha llamado la atención. Vamos a Misa y decimos que es un encuentro con Jesús y después nadie habla de Él. ¿No será porque no ha entrado en nosotros? ¿Dónde están los momentos de silencio para escuchar esta voz? Hoy en día, hablar de nuestra relación con Dios o con la persona de Jesús, incluso entre sacerdotes y religiosos, es tabú.

Yo creo que el proceso de la fe es el mismo que el de las relaciones humanas: el tú a tú de la amistad. Y por tanto, ¿por qué no apoyar con firmeza y naturalidad y serenidad a la vez, el conocimiento de la persona de Jesús? Aquello por lo que nos hemos jugado la vida es lo que más nos cuesta hablar de ello y compartirlo.

Nos vendría bien hacer esta oración breve de Etty Hillesium, joven judía gaseada en un campo de concentración en la segunda guerra mundial: "Dios mío, ayúdame a no apagarte en mí".