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Oración comunitaria

(M. Por un Mundo Mejor)

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Lectio divina

(M. Por un Mundo Mejor

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"Decálogo" para recordar sanamente...

(Francisco Álvarez)

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¡Qué bien que hayas venido!

(J. E.)

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Encender el fuego

(Joan Escales)

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"Verdaderamente
tú eres un Dios escondido:
el Dios de Israel, el Salvador".
(Is 45,15).

El Señor vendrá. Vendrá porque se esconde. Vendrá, pero está aquí. Está aquí en el ocultamiento. En nuestra experiencia cotidiana de creyentes comprobamos a menudo que Dios se esconde, que no es evidente, que con frecuencia se nos escapa o nos resulta incomprensible, que parece alejarse de nuestras realidades humanas.

A nivel personal, comunitario o familiar, nosotros también podemos experimentar este ocultamiento de Dios. Son experiencias duras, de oscuridad, de fe desnuda, en las que Dios calla y no recibimos su Palabra iluminadora. A veces es debido a nuestra cerrazón. Sin pretenderlo, estamos bloqueados, la voz de Dios no impregna nuestra mediocridad y no nos abrimos a la conversión; vamos tirando en una vida más o menos piadosa, pero falta de empuje y de entusiasmo en ese darnos del todo y sin retorno.

Otras veces no depende de nosotros. Son situaciones duras y difíciles -(interiores o de circunstancias exteriores)- que Dios permite para la purificaci6n de nuestra fe y de nuestras motivaciones.

¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido.

Sin embargo, el silencio de Dios también es signo de su presencia para cuantos creen en Él. Y, en la oscuridad, se robustece la confianza de que alguien guía nuestros pasos más allá de cuanto podemos entender y esperar. Dios nos visita en el ocultamiento y en el silencio para comunicarnos que no estamos solos. La visita de Dios cura nuestra soledad existencial. Solamente Él puede penetrarnos hasta aquel centro de nosotros mismos donde podemos tocar el fondo de nuestra soledad y de cualquier soledad humana. El las llena todas.

San Bernardo nos habla de una visita escondida del Señor, tan imperceptible que si no estamos muy atentos y vigilantes puede pasarnos totalmente desapercibida. Esta visita cotidiana la percibimos especialmente por la Palabra de Dios que debemos guardar en el corazón, meditarla, saborearla y hacerla fructificar. Esta venida del Señor en el ocultamiento y el silencio nos dará la posibilidad de configurarnos a su imagen y de ser posesión total de Cristo, de ser transformados por El y en Él.

Si Dios-Hombre vino en su primera venida en la humildad, la pequeñez y el sufrimiento, debemos tener en cuenta que esta visita del Señor en el ocultamiento también la captaremos desde la humildad, la pequeñez y el sufrimiento. Dios nos visita escondido en el pobre, y ¡cuántas clases de pobreza podemos contemplar!, en el triste, el deprimido, el marginado, el satisfecho de sí mismo, el enfermo. La experiencia de Dios tendría, pues, estas connotaciones de ocultamiento, pobreza, sencillez, oblación sacrificada.

Jesucristo es la visita de Dios. Dios viene; nos visita con su amor. Este amor perdura siempre, es inconmensurable, todo lo llena. 'Debemos encontrar a Dios en aquello que conocemos y no en lo que ignoramos'. Se trata de ver la realidad con el mismo amor con el que Dios la ve, y de ver el amor de Dios en la realidad.

Tenemos que llegar a contemplar nuestra realidad personal -(lo que somos, hemos sido y seremos)- bajo la óptica del amor. Debemos ser capaces de hacer una lectura de nuestra historia personal, con sus luces y sombras, sean como fueren, como una historia personal de salvación. Esto es muy importante, incluso esencial para la experiencia de Dios. En cada circunstancia de nuestra vida hemos sido objeto del amor de predilección de Dios.

Asimismo, debemos ver nuestra realidad comunitaria -(el momento presente que vive nuestra comunidad, nuestro Instituto, su misma historia como grupo, nuestras expectativas comunitarias e institucionales de futuro)- bajo el prisma del amor de Dios, concreto, especialísimo, por nosotros, incluso en los fracasos y los errores. Dios está presente en la comunidad como germen de salvación. ¿Cómo podríamos, si no, continuar viviendo juntos, tan diversos como somos, tan dispares a veces?

También debemos contemplar este amor inmenso de Dios en nuestro mundo. Un mundo angustiado y torturado por infinidad de problemas y de preguntas sin respuesta. Un mundo en el cual tantos anhelos quedan sin una realización posible y tantos deseos sin cumplimiento. Dios ama locamente a este mundo.

La Palabra eterna de Dios se hizo carne humana y nos ha hablado en un rostro humano: Jesucristo. Pero la Palabra que "es viva y eficaz”, hoy se hace carne aquí para nosotros y para el mundo. Es una palabra concreta y personal de salvación para cada uno de nosotros. Es una Palabra significativa para nuestro mundo tan sediento de palabras que den sentido a su existencia. La visita de Dios se realiza en nuestra realidad humana cotidiana: personal, comunitaria, social, mundial.

Dios no nos visita de un modo abstracto, impersonal o etéreo, sino de un modo encarnado, concreto, real.

El Señor ya está aquí. Dios se hace presente con su amor, y nosotros hacemos presente a Dios cuando amamos. Dios se hace presente cuando nos abrimos al amor en un doble sentido de circulación, es decir, cuando somos capaces de dejarnos amar por El y de no guardarnos celosamente para nosotros solos su amor. El amor de Dios tiene una fuerza expansiva extraordinaria. Debemos dejarlo circular libremente, gratuitamente.

El amor crea amor. S. Juan de la Cruz decía que allí donde no encontramos amor, debemos poner amor, y hallaremos amor. "A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición". Una gran verdad. ¡Cuántas heridas causa el desamor! Y ¡cuántas cura el amor! Decir que Dios se ha encarnado en Jesucristo significa que cada rostro humano es su rostro. La Regla de S. Benito nos habla extensamente sobre este tema: debemos ver a Cristo en el superior/a, en el hermano enfermo/a, en el huésped que llama a la puerta.

Cuando amo al otro, entro en su comunión con su misterio. Y aquí misterio significa lo que no captamos del otro, lo que no acabamos de interpretar y de catalogar en nuestras categorías, pero que es parte fundamental de su identidad. Nunca acabamos de conocer y de abarcar a otra persona, por más transparente que se nos manifieste. Si amo al otro (a mi prójimo), lo acepto como es, sin ponerle condiciones.

Cuando amo al otro, espero contra toda esperanza en él. Esperar contra toda esperanza significa esperar más allá de los fracasos, los desengaños, las frustraciones. Si todo marcha sobre ruedas, ya no es esperanza, tal vez será optimismo, pero no esperanza. La esperanza empieza allí donde el optimismo ya no tiene fundamento.

Cuando amo al otro es como una paciencia constante. Amar a otra persona, amar a nuestra comunidad, amar a nuestro Instituto u Orden religiosa, amar a nuestro pueblo, quiere decir, ser capaz de caminar a su lado, respetando su ritmo de crecimiento y de desarrollo con una paciencia constante.

Cuando amo al otro es con una compasión no exenta de firmeza. Compasión en su sentido más profundo de padecer con el otro, de compartir su sufrimiento. Vivir la relación con los demás desde la compasión, da una gran solidez y profundidad al amor. La verdadera compasión es la Virgen María de pie junto a la cruz de Jesús. No intentó ahorrarle nada a su Hijo, pero lo compartió todo y con gran firmeza.

-- Cf.: Novo Millennio Ineunte: 43. Caminar desde Cristo: 29.