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Oración comunitaria

(M. Por un Mundo Mejor)

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Lectio divina

(M. Por un Mundo Mejor)

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"Decálogo" para recordar sanamente...

(Francisco Álvarez)

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¡Qué bien que hayas venido!

(J. E.)

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Encender el fuego

(Joan Escales)

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Todos los capítulos generales, celebrados después del Vaticano II han focalizado los temas tratados en torno a lo que es nuestra vocación desde diversas perspectivas y conceptos que se reflejan en los títulos de los documentos: Naturaleza y fin de nuestra Orden, Nuestra identidad en la Iglesia, Nuestra Misión Pastoral hoy, El carisma escolapio hoy, El ministerio escolapio, Revestidos de Cristo, etc.. En todo ellos hay como una línea transversal temática presente en cada uno, desde los planteamientos más clásicos del Capítulo General Especial hasta los más actualizados de los dos últimos. Es la línea temática de nuestra espiritualidad.

No pretendo analizar en pocas palabras la evolución de este tema en los siete capítulos generales, desde 1967 1 2003, pero sí hacer notar dos características que me parecen bastante evidentes en el planteamiento teórico y prácticas en la vivencia personal y colectiva.

La primera es que la temática relativa a espiritualidad se va robusteciendo y penetrando todas las demás cuestiones que integran todo lo que es nuestra vocación hasta llegar incluso a lo más periférico, como son los temas económicos y organizativos.

La segunda característica es que nuestra espiritualidad ocupa cada vez menos una parte del conjunto sobre nuestra identidad vocacional, entendida hace medio siglo como bipolar: vida religiosa-apostolado, o más modernamente, consagración-misión, para llegar a confundirse con el mismo conjunto en cuanto es vivificado por el Espíritu del evangelio de Jesús.

Este proceso integrador que observamos en el tema espiritualidad se da también en otros que antes entendíamos como sectoriales (vida religiosa, carisma, misión) y ahora entendemos vivir también globalmente, desde la experiencia de Jesús.

Escribió Juan Pablo II en su carta al Capítulo General de 2003: “Revestirse de Cristo, Evangelio de salvación para los hombres de todos los tiempos, conlleva ponerle en el centro de la vida personal y comunitaria, en el centro de todas las actividades didácticas y de toda otra forma de apostolado. Conlleva, en particular, hacerse imitadores de Cristo para ser testimonios coherentes de Él, capaces de comprometer a los adolescentes y jóvenes a seguirle sin titubeos... ¿No hizo acaso así San José de Calasanz? A ejemplo del apóstol Pablo, él contemplaba cada día a Cristo Crucificado y se esforzaba en imitar sus virtudes, tendía a conocerlo siempre más a fondo y recurría siempre a Él”.

El Papa, con otras palabras, nos recuerda la clásica descripción de vida espiritual entendida como la vida personal en todo momento y circunstancia animada por el Espíritu de Jesús. Y esta es la espiritualidad de todos los discípulos del Señor, aunque la única espiritualidad del Evangelio se modele y encarne en concreto en múltiples espiritualidades específicas, según personas y grupos, circunstancias y épocas diversas. En este sentido la espiritualidad escolapia es la espiritualidad del evangelio tal como se encarno en la vida de Calasanz y que, desde su experiencia, se ha ido plasmando durante cuatro siglos en la de muchas otras personas que le consideran su padre espiritual.

En los últimos años se ha sintetizado en pocas palabras lo esencial de la espiritualidad escolapia en documentos de la Orden y en otras publicaciones de distintos escolapios. Leamos, por ejemplo, el número 9 del documento “El carisma escolapio hoy” (1997): José de Calasanz, “Padre espiritual de sus hijos, promovió entre sus religiosos una espiritualidad en armonía con el proyecto o forma de vida “mixta” diseñado en las Constituciones, en el que sobresalen actitudes como:

La  confianza filial en Dios
La identificación con Cristo Crucificado
La docilidad al Espíritu
La dedicación a la Madre de Dios
El sentido eclesial y litúrgico

Y algunas virtudes características como:

Piedad y santo temor de Dios
Pobreza y humildad
Caridad y paciencia
Entrega y abnegación
Diligencia y sencillez
Amor paternal y generosidad
Esperanza y alegría

Según este contexto, la espiritualidad promovida por Calasanz es una manera carismática de vivir según el Espíritu de Jesús que integra la contemplación orante con la entrega a la misión escolapia siguiendo el proyecto de vida diseñado en las Constituciones. Característico de esta espiritualidad son algunas actitudes propias en relación con el Misterio de Dios y su Ungido Crucificado, con María y la Comunidad Eclesial. Y algunas virtudes muy relacionadas con nuestro ministerio específico de evangelizar educando (entrega, abnegación, diligencia, generosidad, alegría) sobre todo a los pobres (pobreza, sencillez, humildad) desde los primeros años (caridad, paciencia, amor paternal) y ante todo en la fe cristiana (piedad, temor de Dios, esperanza)

Éstas y otras posibles síntesis sobre la espiritualidad escolapia son útiles y esclarecedoras pero no dejan de parecer algo teórico e intelectual. Mediante el discernimiento personal, y posiblemente comunitario, otras síntesis han de convertirse en algo operativo que nos ayude a progresar en nuestra vid. a de seguimiento de Jesús en la Escuela de Calasanz.

No estaría mal pensar un momento, al terminar esta lectura, en cómo y cuándo hacerlo para pasar del planteamiento teórico a la vivencia práctica de la espiritualidad escolapia.