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Todos los capítulos generales, celebrados después del Vaticano II han
focalizado los temas tratados en torno a lo que es nuestra vocación
desde diversas perspectivas y conceptos que se reflejan en los títulos
de los documentos: Naturaleza y fin de nuestra Orden, Nuestra identidad
en la Iglesia, Nuestra Misión Pastoral hoy, El carisma escolapio hoy, El
ministerio escolapio, Revestidos de Cristo, etc.. En todo ellos hay como
una línea transversal temática presente en cada uno, desde los
planteamientos más clásicos del Capítulo General Especial hasta los más
actualizados de los dos últimos. Es la línea temática de nuestra
espiritualidad.
No
pretendo analizar en pocas palabras la evolución de este tema en los
siete capítulos generales, desde 1967 1 2003, pero sí hacer notar dos
características que me parecen bastante evidentes en el planteamiento
teórico y prácticas en la vivencia personal y colectiva.
La primera es que la temática relativa a espiritualidad se va
robusteciendo y penetrando todas las demás cuestiones que integran
todo
lo que es nuestra vocación hasta llegar incluso a lo más periférico,
como son los temas económicos y organizativos.
La segunda característica es que nuestra espiritualidad ocupa cada
vez menos una parte del conjunto sobre nuestra identidad vocacional,
entendida hace medio siglo como bipolar: vida religiosa-apostolado, o
más modernamente, consagración-misión, para llegar a confundirse con el
mismo conjunto en cuanto es vivificado por el Espíritu del evangelio de
Jesús.
Este proceso integrador que observamos en el tema espiritualidad se
da también en otros que antes entendíamos como sectoriales (vida
religiosa, carisma, misión) y ahora entendemos vivir también
globalmente, desde la experiencia de Jesús.
Escribió Juan Pablo II en su carta al Capítulo General de 2003:
“Revestirse de Cristo, Evangelio de salvación para los hombres de todos
los tiempos, conlleva ponerle en el centro de la vida personal y
comunitaria, en el centro de todas las actividades didácticas y de toda
otra forma de apostolado. Conlleva, en particular, hacerse imitadores de
Cristo para ser testimonios coherentes de Él, capaces de comprometer a
los adolescentes y jóvenes a seguirle sin titubeos... ¿No hizo acaso así
San José de Calasanz? A ejemplo del apóstol Pablo, él contemplaba cada
día a Cristo Crucificado y se esforzaba en imitar sus virtudes, tendía a
conocerlo siempre más a fondo y recurría siempre a Él”.
El Papa, con otras palabras, nos recuerda la clásica descripción de
vida espiritual entendida como la vida personal en todo momento y
circunstancia animada por el Espíritu de Jesús. Y esta es la
espiritualidad de todos los discípulos del Señor, aunque la única
espiritualidad del Evangelio se modele y encarne en concreto en
múltiples espiritualidades específicas, según personas y grupos,
circunstancias y épocas diversas. En este sentido la espiritualidad
escolapia es la espiritualidad del evangelio tal como se encarno en la
vida de Calasanz y que, desde su experiencia, se ha ido plasmando
durante cuatro siglos en la de muchas otras personas que le consideran
su padre espiritual.
En los últimos años se ha sintetizado en pocas palabras lo esencial
de
la espiritualidad escolapia en documentos de la Orden y en otras
publicaciones de distintos escolapios. Leamos, por ejemplo, el número 9
del documento “El carisma escolapio hoy” (1997): José de Calasanz,
“Padre espiritual de sus hijos, promovió entre sus religiosos una
espiritualidad en armonía con el proyecto o forma de vida “mixta”
diseñado en las Constituciones, en el que sobresalen actitudes como:
La confianza filial en Dios
La identificación con Cristo Crucificado
La docilidad al Espíritu
La dedicación a la Madre de Dios
El sentido
eclesial y litúrgico |
Y algunas virtudes características como:
Piedad y santo temor de Dios
Pobreza y humildad
Caridad y paciencia
Entrega y abnegación
Diligencia y sencillez
Amor paternal y generosidad
Esperanza y alegría |
Según este contexto, la espiritualidad promovida por Calasanz es una
manera carismática de vivir según el Espíritu de Jesús que integra la
contemplación orante con la entrega a la misión escolapia siguiendo el
proyecto de vida diseñado en las Constituciones. Característico de esta
espiritualidad son algunas actitudes propias en relación con el Misterio
de Dios y su Ungido Crucificado, con María y la Comunidad Eclesial. Y
algunas virtudes muy relacionadas con nuestro ministerio específico de
evangelizar educando (entrega, abnegación, diligencia, generosidad, alegría) sobre todo a los pobres (pobreza, sencillez, humildad) desde los
primeros años (caridad, paciencia, amor paternal) y ante todo en la fe
cristiana (piedad, temor de Dios, esperanza)
Éstas y otras posibles síntesis sobre la espiritualidad escolapia son
útiles y esclarecedoras pero no dejan de parecer algo teórico e
intelectual. Mediante el discernimiento personal, y posiblemente
comunitario, otras síntesis han de convertirse en algo operativo que nos
ayude a progresar en nuestra vid. a de seguimiento de Jesús en la
Escuela de Calasanz.
No estaría mal pensar un momento, al terminar esta lectura, en cómo y
cuándo hacerlo para pasar del planteamiento teórico a la vivencia
práctica de la espiritualidad escolapia.
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