Oración inicial
“No
te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por
sus
decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que quiere Dios.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades, el sacrificio de tu
alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su
providencia. Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te
considera plenamente realizado a su gusto. Piérdete confiado
ciegamente en ese Dios que te quiere para sí. Piensa que estás en
sus manos, tanto más fuertemente cogido cuanto más decaído y triste
te encuentres. Vive feliz, te lo suplico. Vive en paz, que nadie te
altere, que nada sea capaz de quitarte tu paz. Ni la fatiga síquica,
ni tus fallos morales. Haz que brote y que permanezca sobre tu
rostro una dulce sonrisa, reflejo de la que continuamente el Señor
te dirige. Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso. Te lo
aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios.
Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste, adora y confía”
(P. Teilhard de Chardin, SJ.) |
Introducción
En este trabajo voy a introducirme en la esencia
radical de lo que es ser escolapio, en la
fuente de donde mana la inspiración
(la sabiduría) y la energía (la gracia) que da sentido a todo lo que el
escolapio es y hace en medio de niños, jóvenes y adultos con la visión de
evangelizar educando y educar evangelizando. No trataré de hacer un estudio
sobre el carisma, sino que me introduciré en la “experiencia” misma de Dios que
básicamente invita a hacer de la vida del escolapio este recorrido:
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Viaje
hacia adentro de simplificación: “Yo os digo que si no
cambiáis y os hacéis como niños no entraréis en el Reino de
los Cielos” |
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Viaje
al anuncio de lo vivido: “Todo lo que hagáis a uno de mis
hermanos los más pequeños en mi nombre, conmigo lo hacéis”
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El escolapio se adentra en la espesura de la
experiencia de Dios con los pies descalzos
como Moisés cuando, abierto al
misterio, se vio seducido y atraído por aquel arbusto ardiendo sin consumirse
que, mientras cuidaba del rebaño, le atrajo de tal manera que, ahí, descubrió su
vocación. A esto es a lo que voy a llamar “experiencia mística del escolapio”, a
ese dejarse asombrar por Dios a través de lo cotidiano (el arbusto ardiendo),
mientras cuida del rebaño, es decir, mientras dedica todas sus energías a la
evangelización de niños, jóvenes y adultos desde el campo de la educación.
Colaboradores
de la Verdad
José de Calasanz, nuestra referencia carismática más
próxima, dice que el escolapio es
“colaborador de la verdad”. Esta verdad es
Cristo mismo. Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Por tanto, ser colaborador
de esta verdad que es Cristo, es tener una experiencia de amistad íntima y
profunda con Él, para luego transmitirla a los demás, especialmente en el
contexto de educación infantil y juvenil. Tomas de Aquino dice que “la
contemplación consiste en el simple disfrute de la verdad”. Sí, disfrutar o
saborear, en definitiva, experimentar la verdad, más allá de lo que puede ser
puramente especulativo e intelectual. Todos los maestros espirituales nos lo
recuerdan, también Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales: “Porque no
el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar las cosas
internamente” (segunda anotación) Lo que distingue una persona de otra no es lo
que hacen o dejan de hacer, tampoco el carácter o la diversidad de procedencias
culturales, religiosas, etc. Lo que realmente marca la diferencia es la “pasión”
con la que viven cada acontecimiento, por pequeño que éste sea.. Esa “pasión”
alude a la intensidad de concentración amorosa en la obra hecha. Ortega y Gasset
decía que era “inmoral que un ser no se esfuerce en hacer cada instante de su
vida lo más intenso posible” (en “Estudios sobre el amor”) El escolapio pues
debe sobresalir por ese en- amoramiento de la obra bien hecha por Dios expresada
en el servicio a los demás.
Hay un punto de partida esencial en el proceso de
acompañamiento espiritual y humano de las personas, y es que nadie puede
entender ni acompañar a otro en un recorrido que él mismo no ha hecho o
experimentado de alguna manera. Pues llevado esto a lo que es el corazón de
nuestro ser escolapio, podemos decir que no atraeremos a los muchachos a Cristo
si nosotros mismos, con anterioridad, no nos hemos acercado a Él y lo hemos
experimentado debidamente. La experiencia vital de un Dios cercano a nuestras
vidas hará que, por contagio sobre todo, podamos ayudar a que otros, niños y
jóvenes especialmente, tengan esa misma experiencia de Él. Para ello tendremos
que hacernos contemporáneos con Dios y con la generación de chicos que nos toca
servir. Contemporáneo con Dios significa ir poco a poco acercándonos a Él para
conocerle y amarle; contemporáneos con los niños y jóvenes significa entenderlos
y amarlos ahí donde están y no donde nosotros querríamos que estuvieran.
Calasanz y todos los santos y místicos nos lo enseñan, ya que ellos se adentran
más allá de todo conocimiento, en la “experiencia” de un Dios del que han hecho
su “tesoro”. Nosotros también estamos llamados a hacer nuestra semejante
experiencia.
Decir “experiencia mística” es lo mismo que decir
haber sido “tocados por la gracia”,
experimentar que aunque mi vida me pertenece
y yo he de ser el agente principal de mi crecimiento, es Dios mi origen, mi
camino y mi meta. Edith Stein (judía, filósofa, conversa, carmelita, mártir y
copatrona de Europa) llama a este proceso de crecimiento de la autonomía
personal al unísono de la gracia “auto-constitución” de la existencia. Esta
auto-constitución se va modelando como una obra de arte, como el artesano en un
taller, sólo que en este caso el artesano y la obra de arte coinciden, soy yo
mismo en colaboración intrínseca con El Artista Dios, que me ayuda con su
Espíritu Santo. En esto Calasanz coincide totalmente: “Queremos que el Maestro
(de novicios) esté muy advertido en esto: que escudriñe en todos los novicios la
propensión interna o impulso del Espíritu Santo, el cual enseña a los, humildes
a orar con gemidos inenarrables: ello con el fin de que procure promover por tal
camino a cada uno hacia la cumbre de la perfección” (Const. Cap. II, art. VIII)
Sin salirnos de la línea de pensamiento de Edith
Stein, ella que fue también pedagoga y educadora, oigamos de primera mano su
intuición: “Saber qué somos, qué debemos ser y cómo podemos llegar a serlo es la
tarea más urgente de todo hombre. Ahora bien, para el educador y el estudioso de
la pedagogía encierra una importancia especial. Educar quiere decir llevar a
otras personas a que lleguen a ser lo que deben ser. Pero no es posible educar
sin saber antes qué es ser hombre y cómo es, hacia dónde se le debe conducir y
cuáles son los posibles caminos para ello” (“La estructura de la persona
humana”, p. 294. Citado en el libro de Michel Depuis, “Quince días con Edith
Stein”, Ciudad Nueva, Madrid, 2003, pp. 54-55)
El camino sagrado
Saber quiénes somos... éste es el principio de toda
vida entendida como proceso. Este es el principio de todo crecimiento tanto
humano como espiritual. Sócrates decía que una vida sin autorreflexión es una
vida que no merece ser vivida. Y Aristóteles atestiguaba que si queremos que
alguien crezca, lo que debemos darle es “autoconocimiento”. Y para quien
está en
Cristo, es decir para la persona que desea crecer en Él y hacia Él, es esencial
avanzar hacia lo que, usando la nomenclatura de Edith Stein, “debe ser”. Sin ser
dogmáticos, hemos de decir que ese “deber ser” tiene como patrón ideal al Cristo
Resucitado mismo, el Hombre Nuevo en el que se da “la nueva creación”. Y sólo
habiendo
tenido el “toque” de su resurrección puede uno salir de sí mismo para
ser testigo. Así lo experimentaron María Magdalena y los primeros discípulos de
Jesús. Su salir hacia fuera para anunciarlo no fue un imperativo moral que se
podría traducir en un “¡Hemos de anunciar esto para que no muera!”, sino una
consecuencia lógica e irremediable a causa del gozo experimentado en el
encuentro con Jesús. Los dos discípulos de Emaús lo viven así de claro:
“Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su
lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de
nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’ Y
levantándose al momento se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los
Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad, el Señor ha
Resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que
había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (Lc
24,35)
¡Qué bien encaja todo esto con otro gran místico y
maestro espiritual del siglo XX, Thomas Merton! Él nos enseña que “es verdad que
para mí la santidad consiste en ser yo mismo, y para ti consiste en ser tú
mismo, y que en definitiva, tu santidad nunca será la mía, ni la mía será la
tuya, excepto en la comunidad de la caridad y la gracia... ¡Si hemos escogido el
camino de la falsedad, no tenemos que sorprendernos de que la verdad se nos
escape cuando finalmente lleguemos a necesitarla! Nuestra vocación no consiste
solamente en ser, sino en trabajar junto a Dios en la creación de nuestra vida,
nuestra identidad, nuestro destino... Podemos eludir esta responsabilidad
jugando con máscaras, y esto nos agrada, porque esto parece ser una manera
creadora y libre de vivir. Resulta muy fácil, según parece, agradar a todos.
Pero a largo plazo, el precio que debemos pagar y el sufrimiento son muy
elevados” (“Nuevas semillas de contemplación”, cap. 5)
Creo que es totalmente decisivo en el proceso
cristiano de acercamiento a Dios, el Dios cristiano, el haberse encontrado con
Cristo, el que Él se haya convertido en pieza fundamental del sentido de la
vida. Lo que ocurrió con la Magdalena, los Apóstoles, Pablo, etc., no es pieza
de un museo, sino “energía” que busca alguien, tú y yo, para ser nuevamente
desarrollada con la misma capacidad de producir conversión como lo hizo con
otros “testigos” anteriores en la historia.
Dios es ante todo y sobre todo una experiencia; una
experiencia de sentido total de lo que
es una persona y todo cuanto existe. De
poco nos serviría decir “Dios existe” si esa confesión no llegara a salir de una quasi-evidencia que nos da la fe y que se dirige, en la fe, hacia el objeto
mismo de la confesión que es Dios. Un auténtico conocimiento de Dios implica
siempre una experiencia de lo que Él es. De lo contrario caeríamos en una
especie de entelequia acerca de un Dios que para nada se acerca a este lado de
la humanidad donde se sufre, se goza, se lucha y se crece. Para los Padres de la
Iglesia no había para nada división entre Mística (experiencia de Dios) y
Teología (conocimiento acerca de Dios) Fue desde San Buenaventura que se empezó
a separar ambas realidades. De tal manera estaban unidas ambas desde el
principio, que un monje del siglo V, Nilus de Sinaí decía: “Si eres teólogo,
rezarás en verdad; y si rezas en verdad es que eres un teólogo”. Hoy hemos de
recobrar este íntimo ensamblaje de lo que es experiencia y conocimiento de Dios,
en el estricto sentido oriental de la Biblia para la cual conocer es amar y amar
es conocer.
¡Despierta, tú que duermes!
El escolapio del siglo XXI recién estrenado será un
místico o no lo será de ninguna manera, parafraseando a Karl Rahner. Estamos en
un mundo en cambio tan rápido y acelerado que apenas nos da tiempo de digerir lo
más nuevo, que ya está a las puertas lo más nuevo de lo nuevo. La experiencia
que nos da auténtica visión profunda y bella de todo es la experiencia de la
armonía interna reflejando, como en un espejo, la Belleza Divina. Esto es
“mística”. Y para ello hay que descender a lo más hondo de nuestro ser,
descubrir cuán bueno somos, cuánta belleza anidamos, cuanta bondad encerramos.
Es la experiencia de dejarnos “visitar” por el Cristo Resucitado que nos tiende
una mano y que nos dice: “Talita Kumi”, “Yo te lo digo: ¡Levántate” Solamente
nos levantaremos cuando el Resucitado nos sople al oído del corazón esas
palabras a través de las cuales resuenan estas otras: “¿Nadie te ha condenado?
Tampoco yo, vete y no peques más”. Lo que pasa es que estamos influenciados por
una mentalidad tal que condena, aplasta, es inmisericorde y se regodea en la
acusación. Devolvamos al mundo la misericordia, la libertad, la belleza y el
amor.
El Cristo Resucitado nos devuelve el rostro del
auténtico y verdadero Dios, y no otro cualquiera. Es el Dios del amor que siente
y sufre, no el Dios de los filósofos, deísta, que se ha ido de paseo eterno
después de habernos creado dejándonos huérfanos. El Dios en el que creemos es el
Dios del Amor.
Sigamos ahora con Unamuno: “Y si crees en Dios, Dios
cree en ti, y creyendo en ti, te crea de continuo. Porque tú no eres en el fondo
sino la idea que de ti tiene Dios; pero una idea viva, como de Dios vivo y
conciente de sí”. (“Del sentimiento trágico de la vida”, ed. Alianza Editorial,
Madrid, 2003, p. 193) Me quedo sobre todo con esta afirmación del gran filósofo
y literato: “Y si crees en Dios, Dios cree en ti y, creyendo en ti, te recrea de
continuo”. Aquí la fe se entiende como conciencia de Dios que toca las fibras
profundas de nuestro ser. Y de ahí se origina, como en círculos concéntricos,
esa “energía divina” que me diviniza, me transforma y plenifica. Sólo desde la
fe y no desde la razón podemos llegar a intuir y a vivir todo esto. Es como el
arpa de la que Gustavo Adolfo Bécquer habla en una de sus rimas; ese arpa en un
rincón olvidada esperando una mano de oro que sepa arrancar las notas que
duermen en la inercia. “Dios cree en mí” es como decir Dios rasga como el mejor
de los artistas, las cuerdas, las fibras de mi vida y hace entonar desde mi yo
pobre, abandonado por mí mismo en un rincón de la vida, la más bella de las
melodías. Creer en Dios, en definitiva, es caer en la cuenta existencial de que
Él cree en mí más de lo que yo creo en Él y en mí. Algunos Padres de la época
primera de la Iglesia resumían el ser cristiano como un “deseo” un “santo
deseo”. Es ese deseo nacido de lo más hondo, regalo de la gracia, que supera lo
meramente racional y que nos invita al abandono como expresión de confianza en
que ese “deseo” no nos engaña ni puede engañarse. Este me parece fue el atisbo
de Unamuno cuando dice que “creer en Dios es anhelar que le haya y es, además,
conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro
íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la
esperanza; de ésta la fe y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo
arrancan los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad” (obra citada, pp.
197-198)
La experiencia que contagiamos
con nuestro ministerio
En la vida del escolapio, o hay “experiencia” del
Señor o no existe el “escolapio” como tal
ya que, por definición, “escolapio” es
un seguidor, un testigo del Resucitado. Ahora bien, la manera concreta de llevar
a cabo ese ser “testigo” cualificado de la vida es a través de la educación de
niños, jóvenes y familias. Sí, también las familias, quizás sobre todo las
familias y, desde ahí, los niños y los jóvenes. “Nuestra espiritualidad es
pedagógica y nuestra pedagogía ha de ser espiritual”, sin divisiones
artificiales, porque educar es evangelizar y evangelizar es educar. En
definitiva, ser testigos de la experiencia del Resucitado en el ámbito de la
cultura. O con las palabras selladas por el Papa Juan Pablo II: “La caridad
cultural”. Todo lo que sea profundizar en el estudio y en la enseñanza de la
cultura y la ciencia es el centro neurálgico de la vida y la espiritualidad del
escolapio. Y aquí entramos en el terreno de la formación permanente, tan ligada
a nuestro crecimiento espiritual, de grandeza de alma que ve siempre y en todo
“oportunidades” más que riesgos. Oportunidades para dar lo mejor de uno mismo al
servicio de la vida en medio de los niños y los jóvenes. Leo de un recorte del
periódico indio “THE HINDU” lo que el profesor Hamed Khan dice como científico
de gran reputación y como creyente: “There is no disagreement between science
and God. Science means reading God’s mind. Actually, you know what? I think God
loves scientists. So he is letting us find out, little by little”(April 18 2004,
p. 11) “No hay contradicción entre la ciencia y Dios. La ciencia es como leer la
mente de Dios. Sinceramente yo creo que Dios ama a los científicos. Por eso Él
permite que seamos nosotros mismos quienes, poco a poco vayamos buscando”
¡Qué escolapia me parece esta actitud, y qué
“Calasancia” en el más estricto sentido de la palabra! Calasanz que desde su
experiencia profundamente arraigada en el Señor, estaba siempre abierto a todos
los nuevos descubrimientos y los nuevos métodos para el bien de sus pequeños.
Así de apasionados deberíamos estar cada uno de los escolapios en el proceso de
crecimiento que no separa para nada lo espiritual de lo científico o cultural.
Sí sin separaciones pero atentos a deshacer la simplista ingenuidad según la
cual para nada necesitaríamos la oración dado que toda tarea humana es en sí
misma oración. De acuerdo, Dios está en la realidad, pero incluso el Hijo de
Dios necesitó retirarse frecuentemente para encontrase con la fuente esencial
que era su Padre. El objeto de todos y cada uno de los ejercicios espirituales
(usando el término en el sentido estrictamente ignaciano) son para encontrar a
Dios en la vida misma, o para sacarnos de ella, ni para aislarnos como budas que
se regodean, mirándose el propio ombligo.
Calasanz nos enseña, quizás de la mano de Clemente
de Alejandría, que ser cristiano es
entrar en un proceso de creciente cristificación o perfección hacia Cristo Resucitado. Esto es lo que debemos
enseñar, pero sobre todo lo que debemos vivir para que seamos ante todo
testigos, además de maestros. Para Clemente y también para Calasanz, Dios es la
Verdad que ya había actuado en el A. T. y que se hace plenamente “visible” con
el LOGOS, que es Cristo, el “Gran Pedagogo” que enseña una “sabiduría” (paideia)
que implica al mismo tiempo conocimiento (Thoeretiké) y senda moral (Praktiké),
lo que Calasanz da en llamar “piedad y letras”. Esta “paideia” divina es la que
a través de la “apàtheia” (proceso de matar las pasiones para que la verdad
penetre la mente y el corazón de la persona y así avance hacia Dios) nos va
llevando a la VISION de la Verdad. Como vemos, la visión de Clemente de
Alejandría es profundamente “Calasancia” por así decirlo. A Cristo, Clemente le
llama “Pedagogo”, “Maestro interior”, “Médico interior”, “Creador”; nombres que
tienen una gran resonancia en los oídos de quienes están en contacto con el
carisma calasancio.
La vivencia del sacerdocio
Me adentro en este pequeño apartado con las bellas
palabras de la gran escritora, recientemente fallecida, Carmen Laforet: “ Rvdo
Padre: El discurso del Papa que usted me envía me plantea el problema de un hijo
mío sacerdote. Debo decirle que a mí, tener un hijo sacerdote, que aunque no
fuese malo, fuese tibio, buscase cargos eclesiásticos, tratase acomodarse
confortablemente en la vida... me parecería una terrible desgracia. Un
sacerdote, hijo mío, sacerdote intelectual, “lumbrera de la Iglesia”, me daría
un miedo horrible, si al mismo tiempo no le viese totalmente santo. Si un hijo
mío fuese sacerdote pobre, olvidado en una aldea, en un barrio infame, si desde
el momento de entregarse a Cristo considerase que su existencia propia había
terminado, si compartiese su pedazo de pan, si pudiese mirar con ojos limpios el
espectáculo de la vida y de él surgiese a cada momento la alegría, Si un hijo
mío pudiese ser un sacerdote así, yo consideraría que había alcanzado el destino
más grande que Dios tiene guardado a una persona, y a mí, como mujer, me
parecería que Dios me había dado ese mismo destino, por haberlo criado...”
(Carta a don Jorge Sans Vila, profesor de sicología de la Universidad Pontificia
de Salamanca)
He ahí el espíritu de lo que Calasanz soñaba para
sus hijos religiosos llamados al
sacerdocio. Para nuestro fundador el sacerdocio
era una plataforma para el servicio, para ser aún más ese “cooperador de la
Verdad” que no sólo celebra los sacramentos, enseña en la escuela y predica a
los niños y jóvenes especialmente, sino que no desdeña los servicios más bajos,
como ir a pedir de casa en casa, ayudar en la cocina pelando patatas, acompañar
a los niños más pequeños a sus casas, enseñar los rudimentos esenciales de
lectura, escritura o aritmética, etc. Y todo ellos en la época postridentina en
la que la imagen del sacerdocio estaba por las nubes, poniendo más el acento en
el “privilegio” que en el servicio desinteresado. Pero sólo un alma enamorada
del Dios pobre que ha venido para servir y no para ser servido puede entenderlo
así. Por eso cuanto más entendamos que todo parte de la experiencia vital de
encuentro con Dios, mejor entenderemos que nuestro sacerdocio hace maravillas en
los demás. Vivir el sacerdocio con pasión, ése es nuestro gran reto; para no
desvirtuar lo que realmente estamos llamados a ser: servidores de Cristo,
administradores de los misterios de Dios (1Co. 4,1) “El sacerdote mediocre
encarna la fealdad. No me refiero al mal sacerdote. O mejor dicho, el sacerdote
mediocre es el malo. El otro es un monstruo” (Georges Bernanos, “Diario de un
cura rural”, ed. Cisne, Barcelona, 1963, p. 67)
Un poco al azar éstas son la notas que Calasanz
querría ver en un sacerdote escolapio:
-
Necesita de la virtud de la humildad
(Cartas 429, 433, 449, 456, 457)
-
Nadie elige ser sacerdote por propia cuenta.
Es un don (Carta 430)
-
Ha de estar intelectualmente bien preparado (Carta 434)
-
Piadoso, dedicado a la educación de los niños (Carta 446)
-
Que se abaje a
los más sencillos y humildes por puro amor de Dios (Carta 452)
-
Que dé un buen
ejemplo (Carta 455)
-
Dedicado y generoso en el ministerio (Carta 457)
(La numeración de las cartas, tomada de D. Cueva,
BAC, Madrid, 1973)
El método preventivo y la
compasión
Sin duda ninguna, este método fue “inventado” por
Calasanz, aunque él no lo patentizara como auténtico “método”. No olvidemos que
Calasanz no es un teórico de la educación sino una persona “experiencial” que va
dejando retazos de su manera de entender la educación, la experiencia de Dios y
la evangelización en las cartas y otros documentos. Pero siempre sin
sistematización. El método preventivo de Calasanz nace de su experiencia
personal de la misericordia que Dios tiene con él. Esta misericordia le hace
comprender que las personas somos muy frágiles, especialmente los niños y los
jóvenes. Por eso hay que tratarlos con sumo respeto, atención y cariño.
En el método preventivo de Calasanz se parte de un
acto de fe en la persona y en Dios. Acto de fe en la persona ya que se cree en
su posibilidad de regeneración, de crecimiento y de libertad para elegir el bien
antes que el mal. Acto de fe en Dios ya que se le otorga todo crédito a la
gracia que actúa en el muchacho, sobre todo a través de los sacramentos de la
Eucaristía y la Reconciliación.
Después de Calasanz otros santos educadores han
seguido las huellas del fundador usando
este método y estructurándolo de modo
más formal. Quiero transcribir aquí cómo entendió este método el Beato Luis Guanella. Él llama al método preventivo “método de la caridad”: “Consiste en
arropar y envolver a las personas con amor para alejar cualquier peligro de
caída o de tropiezo y así conducirlas por el camino del bien. El método
preventivo es el de la caridad y el del amor. La disciplina consistirá en
prevenir, no en castigar. Todo tiene que hacerse como si fuésemos una inmensa
familia, unida por los lazos del cariño y del amor. El arte de educar es sobre
todo obra del corazón. Mejor es pecar por exceso de misericordia que por exceso
de rigor y justicia. Y además este método preventivo se ha de dar hacia los
iguales, hacia los superiores y hacia los inferiores”
Si Guanella habla así es porque a mediados del siglo
XIX (su época) tuvo una experiencia profunda a través de la cual la paternidad
de Dios se le hizo patente. Se le presentó como el Dios bueno que ama y quiere
salvar a todos de cualquier miseria, tanto moral, como física o material. Él
intuyó así que al hombre le está concedido también participar en esta paternidad
como transmisión de amor, de vida y de salvación. (Cfr.: CONFER, “Una luz
multicolor”, Madrid, 1987, p. 87) El escolapio, siguiendo la misma experiencia
de paternidad de nuestro fundador y de los santos, estamos llamados a hacer lo
mismo.
Acabo la
meditación con esta bella oración de un rabí judío:
Dios Amado,
enséñame a encarnar los ideales
que
quisiera transmitir a mis hijos.
Ayúdame a encontrar palabras sabias
para
comunicarme con ellos,
a fin de que su corazón se llene
de bondad, de honradez y
de verdadera sabiduría.
Dios Amado,
haz que no transmita a mis hijos
más que el
bien;
haz que encuentren en mí
los valores y la conducta
que yo espero ver en
ellos.
(Rabí Nachman de Breslau)
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