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Cuando se trata de escribir algo de fuera a nosotros mismos resulta
Hace dos meses estuve en el noviciado de México dando un taller de oración a 13 jóvenes que viven con ilusión y alegría el inicio de su camino formativo. La experiencia de abrirse a profundidades mayores de Presencia les llevó a constatar que siempre somos aprendices en esta asignatura oracional. Darse cuenta que más que una enseñanza, la oración es una gracia que hay que pedir con humildad y perseverancia ("Señor, enséñame a orar", cfr. Lc 11,1). No es la ilusión de descubrir un mundo nuevo, mucho menos para forjarse una teoría intelectual acerca de la oración. Soñar que se ora no es orar. El conocimiento de la oración dará su fruto sólo si se introduce el alma en un verdadero diálogo con el Señor. Querer aprender a orar sin decidirse a consagrar al menos cada día un cuarto de hora o media hora a la oración personal, es un sueño piadoso sin incidencia real en la vida. Por otra parte, hay que reconocer que la oración exige una larga y paciente perseverancia. Es obligada una referencia al cap. 8º de San Pablo en su Carta a los Romanos. Te darás cuenta de que toda oración debe comenzar siempre por una
llamada al ¿Por qué la oración es a menudo un ejercicio molesto? ¿Por qué tenemos tantas distracciones en la oración? Quizás la respuesta está en que la mayor parte del tiempo "hablamos" con alguien lejano. Para acertar en la oración hay que entablar un diálogo, una conversación cordial con Dios; debemos aceptar el ser cuestionados y confrontar nuestra vida con la Voluntad del Padre. Y lo sustantivo de esa relación con quien me habla -me ama- primero y siempre es escuchar. Todavía más; cuando quien me habla lo hace en lenguaje de vida y de hechos, que es el lenguaje de Dios, escuchar es también contemplar. Cuando la palabra de Dios -sus hechos- me resbalan es porque tengo otro "señor" en casa. Y no puedo atender a los dos por igual. Acabaré por estar o atender al que crea que me paga más. Con Dios me relacionaré por fuera. Porque el criterio de la relación soy yo, mis intereses, no El, su gratuidad. Recordar, aprender y llevar a la práctica todo esto es ya recibir gozosos testimonios de convicciones inigualables. Uno de los jóvenes terminaba así su evaluación del taller oracional: "Si no oro, no seré un hombre de Dios. Y si no soy un hombre de Dios, no soy nada". (Cecilio Lacruz Labiano)
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