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La pastoral vocacional contextualizada 

(P. Fernando Negro)

Caminando hacia la elaboración de un Proyecto de Pastoral Vocacional

(P. Andrés Cantos Marcos)

La pastoral vocacional auténtico desafío 

(P. José Luis Cepero)

Cuatro palabras sobre vocaciones 

(P. Dionisio Cueva)

¿Qué ha sido de las mimosas?

(Francisco J. Aísa)

Pastoral vocacional en el Vicariato de Camerún hasta el 2003

(P. Njah Stephen)

Una vela 

 (P. Joaquín Nadal)

Un camino muy importante y necesario a recorrer

(P. Cecilio Lacruz Labiano)

Oda al Padre Jesús Ramo

(P. Fernando Guillén)

Compañeros en la frontera. Moviendo la Tierra

(Manuel Olave, Director
del Colegio de Soria)

 


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Historia de la vocación de un escolapio camerunés

            (P. Javier Negro)

Dos historias vovacionales

     (Javier San Martín)
           (Eloy Fernández)

Lo que los novicios de España dijeron a los Provinciales

(Novicios de España)

El Juniorato de Yaoundé (Camerún)

(P. Ricardo Querol)

Mi progreso vocacional

(Feliciano Mouendji)

 

Buscando nuevas fuentes de agua fresca para revisar la vida de Calasanz, me Galileo - Anónimo en la Accademia dei Lincei topo con una versión libre de su biografía que recientemente ha escrito el escolapio Enrique Iniesta, bajo el intencionado título de "La Escuela del Sol", apostillado, no menos intencionadamente, "Calasanz para ahora mismo".

Para mí ha sido un auténtico descubrimiento. Reconozco que en su momento, pasó casi desapercibido para mí y, sin pena ni gloria en mi entorno. Me lo regalaron con poco entusiasmo y con poco entusiasmo lo hojeé, sin percatarme de la chispa que escondían sus páginas en el fondo y en la forma.

Reordenando la estantería de mi pequeña biblioteca, reparo en él y, al abrirlo me encuentro, con un joven que escucha con atención a un viejo con los ojos cerrados, presto a recoger por escrito sus palabras. El pie de foto nos informa de la identidad de los personajes y nos remite a la página 104. Allí nos enteramos de las circunstancias que concurrieron en la realización del cuadro y, lo que es más interesante, de las que concurrieron hasta llegar a la escena que se describe.

Pero volvamos al cuadro. Fue pintado por Césare Cantagalli y, con él, ganó el El escolapio Settimi y Galileo concurso convocado en 1870 por el Instituto de Bellas Artes de Siena sobre el tema: "Galileo, ciego, dicta sus últimas obras al P. Clemente Settimi, escolapio".

La escena bien podría haber ocurrido a principios de 1639, cuando el joven escolapio del colegio de Florencia acudía a la casa del sabio toscano en Arcetri, a las afueras de Florencia, donde vivía confinado desde 1632 tras ser obligado por el Santo Oficio a retractarse de su adhesión al sistema heliocéntrico propuesto por Copérnico, en contra del sistema geocéntrico vigente, propuesto por Tolomeo en el siglo II y asumido por la Iglesia para sostener la interpretación literal de algún pasaje bíblico.

El sabio de Pisa contaba a la sazón 74 años de edad y, por aquellos días, obtenía permiso para visitarle su gran amigo Benedetto Castelli (1577-1643). El encuentro entre ambos debió resultar conmovedor e infundió nuevas energías al anciano Galileo. Castelli solicitó y obtuvo permiso para permanecer unos días junto a su maestro, por motivos científicos - con la condición de que no se hablara del movimiento de la Tierra -. Con esta inyección de ánimo, Galileo recupera el entusiasmo para trabajar en nuevas "jornadas" de sus "discursos".

El maestro de Peralta contaba entonces ¡81 años! Aunque aragonés de nación, se sentía romano de sentimiento y costumbres, no en balde llevaba 46 años en la ciudad eterna y hacía 40 que había decidido dedicar lo que le quedara de vida a educar a los niños pobres.

Pero, retrocedamos un poco en el tiempo y revisemos los hechos que condujeron Galileo - Carboncillo y pastel de Oltario Leoni a esta situación y los que habrían de suceder a continuación. Pensando en ofrecer los maestros más preparados para la formación de los niños en sus escuelas, Calasanz no dudó en fomentar el contacto de sus religiosos de Florencia con Galileo.

Así las cosas entra en escena el joven escolapio Clemente Settimi, enviado por Giuseppe Calasanzio para ayudar al anciano maestro, ciego de cataratas desde finales de 1637. "Persona de molto garbo e di straordinario sapere", en palabras del propio Galileo, su relación con él está perfectamente documentada por dos hermosas cartas que llenan de sano orgullo a la Escuela Pía.

La primera es de Galileo al profesor Baliani, en Génova, está fechada el 7 de enero de 1639 y en ella habla de las "muchas horas dedicadas a la escritura de su obra por el P. Clemente de San Carlos de la Scuela Pía, compañero del P. Francisco de San Giuseppe".

La segunda es la célebre carta que Calasanz escribe el 16 de abril de 1639 al P. Romani, rector del Colegio de Florencia: "Si por casualidad el Sr. Galileo pidiera que alguna noche se quedase el P. Clemente, permítaselo y Dios quiera que sepa sacar el provecho debido".

Junto al P. Settimi un buen número de escolapios, que perfectamente podrían estar encabezados por el propio Calasanz, formaron el prestigioso grupo de escolapios galileianos. Picanyol distingue entre escolapios galileianos de primer orden como los padres Francisco Michelini, que ya se encontraba en el círculo de seguidores de Galileo desde 1629, Clemente Settimi y Ángel Morelli y escolapios galileianos menores como los padres Francisco Castelli, Ambrosio Ambrogi, Carlos Conti, Juan Domingo Romani y el hermano Salvador Grise, algunos de ellos eminentes ingenieros y matemáticos.

Calasanz y los suyos apostaron por la "scienza nova" y emprendieron el camino Galileo - Obra maestra de Justus Sustermans abierto por Galileo. Así lo ratifica Picanyol cuando afirma: "Calasanz polarizó en torno a sí a quienes permanecían en el ámbito de la Iglesia romana y creían en la ortodoxia de la reforma científica y la modernidad". Tras el fallo condenatorio a Galileo en 1632, no sólo mantuvo su admiración por el sabio, sino que antes de cumplirse un año de la condena, ya fomentaba el acercamiento de los escolapios florentinos a Galileo, ignorando la temeridad que ello suponía. Todos ellos sufrieron en propia carne su fidelidad al sabio de Pisa y su doctrina, como enseguida veremos.

Y así llegamos al fronterizo 1640. La familia calasancia de Florencia reunía la flor y nata de los escolapios galileianos: Michellini, Settimi, Morelli, Ambrogi, ...

Dada la sólida preparación de estos escolapios galileianos se puede suponer con toda probabilidad que ya en los tiempo de Calasanz, en las escuelas de Florencia y, en particular en la "escuela de nobles" surgida al amparo de los Médicis, se enseñaban matemáticas superiores, presentándose los problemas de geometría, el álgebra, la astronomía y la mecánica bajo el prisma de la nueva ciencia Galileo. Además, aunque los receptores de estas enseñanzas eran, por lo general nobles, en Florencia fueron admitidos alumnos jóvenes de buen ingenio.

La genial intuición de Calasanz, presagiando la importancia que irían cobrando las matemáticas en el desarrollo científico y la seria preparación recibida por los escolapios florentinos de manos de colaboradores de Galileo e incluso de él mismo, contribuyeron a dotar de una orientación científica positiva a la nueva orden.

Sin embargo, cuando mejor pintaban las cosas, tuvieron que torcerse con la aparición de un nuevo personaje de nefasto recuerdo. Todo empezó con un error de Calasanz al enviar a esta comunidad florentina, "exquisitamente galileiana" como dice Picanyol, a Martio Sozzi, compañero completamente fuera de lugar en una entorno tan adicto a la nueva ciencia que propugnaba el solitario ciego de Arcetri, con el que tantos ratos pasaba el P. Clemente Settimi. Humillado por sus propias carencias, el P. Mario Sozzi no dudó en reunir los subterfugios necesarios para poner en sobre aviso al Inquisidor de Florencia.

Y, para colmo, en 1641, reunión de representantes de cada colegio en San Pantaleón - Capítulo General, vamos -, a la que asiste el P. Settimi con el cargo de ¡Provincial de Toscana!, distinción excepcional con que la orden ratificaba, aunque de forma efímera, su apoyo a Galileo.

Ni que decir tiene que la Escuela Superior de Matemáticas de Florencia salió fortalecida para mayor rabia del padre Mario que empezó a maquinar un plan para arruinar este estado de las cosas. Y el plan no tardó en concretarse en forma de acusación formal ante el Inquisidor de Florencia, primero, y de Roma, después.

El daño a la verdad, a la ciencia y a la Escuela Pía estaba sembrado y no tardó en germinar. Os ahorro los detalles intermedios. EL resultado final fue que el Santo Oficio nombró al P. Mario Sozzi provincial de Toscana con autoridad para organizarse las comunidades a su gusto.

Y con este nombramiento, dependiendo sólo del Santo Oficio, partió de Roma a Florencia a finales de enero de 1642. Ajeno ya a lo que habría suceder, el 18 de este mismo mes y año, fallecía Galileo Galilei en Arcetri, sin la asistencia de sus queridos discípulos escolapios que, acusados de enseñar doctrina falsa y condenada (ya sabéis, que las cosas están hechas de átomos, que la Tierra se mueve en torno al Sol y cosas por el estilo), habían sido desterrados de Florencia meses antes.

Ninguna otra orden religiosa captó al momento el mérito de Galileo como vanguardia de la nueva ciencia y ninguna otra apostó por ella como lo hizo la Escuela Pía, en la que su misma cabeza, con genial perspicacia, valoró la grandeza del científico de Pisa y promovió su contacto por parte de sus religiosos florentinos. Y, aunque menos de lo que nos hubiera gustado, repercusión tuvo, como lo demuestran las 356 veces que aparecen citados los "escolapios galileianos" en la edición nacional italiana de las obras de Galileo.

Y esta es la historia de la relación entre dos hombres que, a pesar de todo, quisieron vivir y morir dentro de la Iglesia que los maltrataba. Aunque tarde, papas de los siglos XVIII y del XX (Benedicto XIV y Clemente XIII, por un lado, y Juan XXIII y Juan Pablo II, por otro) corrigieron los errores de sus predecesores del siglo XVII (Urbano VIII e Inocencio X) y devolvieron al padre de la ciencia moderna y al padre de las escuelas populares graduadas y gratuitas su lugar de honor en la historia.

Uno de los alumnos de estas escuelas, Vincenzo Viviani, fue el último discípulo de Galileo y su biógrafo más fiable, además de un gran matemático. Mantuvo una devoción filial por Galileo hasta el último día y, antes de morir, allá por 1703, expresó su deseo de ser enterrado junto a su maestro. Se lo había presentado el P. Clemente Settimi como su alumno predilecto.

Soria, febrero de 2004

Manuel Olave, discípulo indirecto de Calasanz y de Galileo

 

 

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