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Sentimientos de alegría al ver que, después de tres años de silencio, se reanuda nuestra revista provincial PERALTA; y, a la vez, de gozo agradecido a las personas que habéis contribuido a hacer realidad este sueño deseado y la proposición aprobada en el Capítulo Provincial.

Prácticamente ninguna persona se ha negado a la colaboración, empezando por el P. Félix Díez quien, desde el principio, se puso manos a la obra para confeccionar su estructura informática, y continuando por religiosos, unos de nuestra Provincia, y otros, incluidos novicios y juniores, de otras Demarcaciones Escolapias, de la Viceprovincia, del Vicariato de Camerún y del Juniorato de Yaoundé.

Pienso que presentamos una ventana de y para nuestra Provincia, hermosa en presentación y en contenido. Ojalá siga así en los números siguientes. Tal vez, muchos religiosos deseaban el formato clásico impreso. Pero, estudiado en Congregación, nos hemos decidido por el informático por causas de practicidad, de llegar a más personas, de abaratamiento en la confección y en el envío, y por poder, a su vez, ver o imprimir los artículos que se quieran ya que éstos se ofrecen también en formato PDF.

Deseamos que la periodicidad de la misma sea bimensual o, al menos, trimestral.

En cuanto al contenido, hemos decidido que, en este año, cada número se centre en una de las cinco políticas planificadas desde el Capítulo General último para la Orden. De ahí que, en esta primera, hayamos abordado el tema de la Pastoral Vocacional. El próximo número versará sobre "Formación". Podéis ir pensando en colaboraciones vuestras, experiencias...

Tal vez ha llegado el momento preciso de que, al hablar de vocaciones, dejemos de pensar sólo en el número de seguidores en el surco del campo eclesial escolapio actual. Lo hacíamos cuando precisamente "teníamos vocaciones" ("¿se pueden tener vocaciones"?) y oteábamos que nos podían faltar. Y a muchos se nos llenaba y se nos llena el rostro de tics de tristeza y el cerebro de pensamientos de un futuro sombrío. Sin embargo, cada día que pasa, se va oyendo una voz más fuerte que viene desde distintos frentes (Iglesia, mundo, publicaciones, teólogos, religiosos, nuevas comunidades y movimientos eclesiales, cristianos de a pie...) diciéndonos que algo está muriendo, pero que algo está naciendo. Sólo los que escudriñan los signos de los tiempos y dejan al Espíritu aletear dentro de sí la oyen. Dios provee siempre; también hoy, pues siempre es contemporáneo de los hombres. También las crisis históricas están en sus manos.

Las circunstancias actuales empiezan a obligarnos a dirigir la mirada sobre nuestra propia vocación personal. Y sobre nuestra particularidad vocacional propia religiosa, escolapia y/o sacerdotal. ¿De qué calidad es mi vida? ¿Cuál es el grado de calidad de mi vocación? Mi existencia es respuesta creativa personal o es imitación, repetición, eco de otras voces que hoy no tienen vigencia?

Si vocación es un proceso de llamada y respuesta, los religiosos nos comprometemos a vivir la vida como respuesta a la llamada de Dios que es para nosotros consagración: cada acción, relación, oración, pensamiento, diálogo, paso, movimiento, gesto... es un vocablo de una frase que articula una respuesta a Dios que me llama, vivida en radicalidad evangélica. Podemos decir que si, al decir de la teología, Dios es Dios en la medida que es un Dios relación (amor, encarnación, diálogo, Verbo...), el cristiano, comprometido desde su bautismo, lo es en la medida que es también relación de respuesta al que llama: Dios.

Es hermoso vivir la vida, encontrarle su sentido, como una respuesta continua a Dios. Hay  unos que se posicionan ante la vida como actividad generadora de dinero o de algo material, otros como respuesta de transformación de la realidad hacia un mundo mejor, otros como vivencia de una historia rutinaria decidida desde fuera, la ideología del momento o de la moda. Ha dicho un psicólogo que somos tan ricos como decisiones hacemos. Nosotros, religiosos, al menos institucional y públicamente, comprometemos nuestra existencia, desde el día de nuestra profesión, como una respuesta encarnada en nuestro ser y actuar individual y comunitario a la llamada de Jesucristo siguiéndole radicalmente, es decir, comprometiendo la raíz de nuestra persona y personalidad. Es el contenido de la palabra consagración. Además nos comprometemos a vivir la existencia como respuesta para los demás: no somos para nosotros mismos, ni para una institución cuasi multinacional de tipo religioso, sino para el Reino, para la Iglesia y para el mundo.

Contemplaremos, en este número, historias sagradas personales, historias sagradas de unas respuestas de diferente edad y cultura, colaboraciones que nos ayudarán a reflexionar y a confrontar nuestra propia vida como respuesta o como repetición mecánica e infecunda de ritos, horarios y actividades. La respuesta a Dios, vivir la vida como respuesta a la llamada personal de Dios, tiene que notarse, ser significativa, primero para mi mismo. De lo contrario, quedaré atrapado en un deseo y no en el valor de la respuesta de vida a Dios que responda a muchas preguntas que se hacen mis hermanos y hermanas: los hombres y mujeres de nuestro mundo.

En definitiva, es tiempo de cuidar y de amar la propia vocación, la propia existencia como un diálogo permanente con Dios.

(P. Javier Negro)

 

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