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Si la fe cobra mayor fuerza cuando se transmite, de la misma manera la vocación cobra mayor seguridad en la medida en que se comunica. La Pastoral Vocacional no puede consistir en una pura estrategia dirigida a asegurar la continuidad de nuestra Orden y de nuestras obras apostólicas; tampoco ser un simple instrumento para conseguir nuevos "adeptos"; ni debe depender de una preocupación más o menos apremiante por la escasez numérica o por la supervivencia. La auténtica Pastoral Vocacional nace del gozo de sentirse "acogido, ganado y conquistado por el Señor Jesús" (cfr. Fil 3, 8-12) ; Y es una exigencia que deriva del encuentro personal con el Señor (cfr. Jn1, 40.45; 4, 39; 12,22).

"Considerad vuestra vocación" (1Cor. 1,26). Todos hemos sido llamados por el Señor: la fidelidad dinámica a esta llamada no puede quedar reducida a la esfera personal, sino que debe ser también ocasión de desarrollo para otras vocaciones. El gozo profundo de quien ha encontrado el tesoro escondido (cfr. Mt. 13-44), de quien se siente llamado, le lleva a compartir su alegría con el mayor número posible de personas, "a través del anuncio explícito " del Evangelio de la vocación.

"¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!" decía Pablo (1Cor.9-16). Quien ha recibido la buena nueva de la vocación no puede prescindir de comunicarla abiertamente a los demás y de invitarles explícitamente a seguir a Jesús. Me parece que es necesario pasar de una "pastoral de la espera" a una "pastoral de la propuesta"; de una "pastoral de retaguardia" a una "pastoral de vanguardia". El Señor no deja de llamar: ésta es la certeza en que se basa nuestra esperanza. Pero, al mismo tiempo, él quiere servirse de nosotros para que su llamada resuene y sea oída; esto nos impulsa a comprometernos a invitar a todos a que le sigan.

Una vocación vivida con gozo es siempre un acontecimiento, una historia fascinante de la que merece la pena hacer partícipes a otras personas. La vocación, acogida con asombro y vivida con entusiasmo, se transforma inevitablemente en una invitación: "Venid y veréis" (Jn. 1,39). Pero no se trata, desde luego, de ofrecer sólo unas informaciones y aclaraciones: de lo que se trata es de testimoniar y de poner de relieve, sobre todo, "lo estupendo que es entregarse totalmente a la causa del Evangelio", consagrar la vida entera al Señor. "Venid y veréis": esta es la regla de oro de la Pastoral Vocacional.

"Venid y veréis": ésta es la mejor propaganda vocacional, la única que puede resultar eficiente a largo plazo y para la que no hemos de escatimar ningún esfuerzo. "¡Fíjate en mí, date cuenta de lo que pasa conmigo, mira qué realizado me siento, con qué dicha y libertad he sido agraciado!", deberíamos poder decir a los jóvenes con quienes entramos en contacto. "El ejemplo de la propia vida - dice el Concilio- constituye la mejor presentación del propio Instituto y la mejor invitación a abrazar el estado religioso". Mirando a los consagrados y su vida, los jóvenes tendrán que comprender el sentido de esa llamada que Jesús seguirá siempre haciendo resonar en medio de ellos.

La experiencia demuestra que el mejor instrumento para la Pastoral Vocacional es el contacto directo de los jóvenes con religiosos felices con su propia vocación y con las opciones tomadas de hacerse Escolapio. El testimonio es la mediación privilegiada e insustituible de toda Pastoral Vocacional, puesto que pone de relieve una vida colmada de gozo en el servicio del Señor. Creo que no exagero en absoluto al afirmar que el problema de las vocaciones es frecuentemente un reflejo de lo que sucede en nuestro interior.

Es verdad que tenemos que prestar la debida atención también a los instrumentos utilizados en nuestro trabajo con los jóvenes; es claro que tenemos que crear grupos juveniles en torno a nuestras obras, y para lograrlo hay que contar con medios y con capacidad suficiente; incluso tenemos que mejorar las técnicas para poder sintonizar mejor con el mundo de los jóvenes; pero las vocaciones no dependerán tanto de los medios y de las técnicas cuanto de la transparencia del mensaje que seamos capaces de transmitir los que hemos sido llamados y ya hemos respondido.

A los jóvenes les resulta difícil hoy día optar por una vida religiosa escolapia que, al parecer, reviste escaso significado en esta nueva sociedad, caracterizada por tener unas estructuras anacrónicas que vienen a "cortar las alas" y a ahogar las energías más generosas. Pero sigue siendo fascinante el Evangelio que se vive y la vida que se entrega con gozo por parte de no pocos Escolapios y Fraternidades Escolapias.

Los jóvenes nos retan a hablar de eso que "conocemos por haberlo experimentado"; no se aburrirán oyéndonos hablar de Dios si les comunicamos lo que Dios es para nosotros, cómo vivimos nuestra relación con él, cuál es nuestra experiencia. Asimismo, no se aburrirán si les hablamos de la vida religiosa escolapia, si les contamos cómo nos esforzamos en vivir los valores de esta vida por la que hemos optado. Lo que no aguantan de ninguna manera es que les "soltemos de memoria nuestro rollo" como si se tratase de una obligación que nos ha caído encima y que tenemos que desempeñar. La Pastoral Vocacional tiene que partir de la experiencia: ""Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos... lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros" (1Jn. 1,1-3). El lenguaje de la animación vocacional tiene que ser un lenguaje que llega al interlocutor, que le impacta, le estimula, le convence. Sólo hay una manera de conseguir esto: impactando de lleno a la persona a través de una experiencia vital que ella pueda captar como verdaderamente significativa para su propia realización y felicidad.

Así planteada, la atención Pastoral de las Vocaciones no puede ser tarea de uno sólo: es deber de todo los escolapios. Todos tenemos la obligación de recordar al pueblo de Dios "la responsabilidad que le incumbe en relación con la vocación de cada hombre". A todos incumbe "la responsabilidad de suscitar y acompañar nuevas vocaciones".

Y, sin embargo, son todavía muchos los escolapios que, cuando se habla de las vocaciones, piensan que se trata de un problema que atañe sólo a los "encargados". Es preciso pasar de una "mentalidad de delegación", que restringe la responsabilidad a unos pocos, a una "mentalidad de compromiso" de todos. No es suficiente considerarnos implicados sólo con nuestro sentimiento: es necesario también "el compromiso explícito" de todos a nivel operativo. No basta con que todos estén preocupados por la escasez de vocaciones: es preciso que cada uno asuma su propia responsabilidad en la "promoción y sostenimiento" de nuevas vocaciones.

Asumir esta responsabilidad por parte de todos y de cada uno de los religiosos requiere, ante todo, un cuidado de la calidad de vida, un serio compromiso de fidelidad a nuestra identidad evangélica de escolapios, lo cual comporta, como bien sabemos, "llevar una vida radicalmente evangélica, en espíritu de oración y devoción y en comunión fraterna; dar testimonio de penitencia y de minoridad; llevar a todo el mundo el anuncio del Evangelio, animados del amor a todos los hombres; predicar con las obras la reconciliación, la paz y la justicia".

El compromiso por mejorar nuestra calidad de vida no puede ser sólo de cada individuo sino que ha de ser de toda la comunidad. La vocación es un don que recibimos personalmente para poder vivirlo en fraternidad y para manifestarlo como fraternidad. Cada uno de nosotros es una pieza del gran mosaico de la vida escolapia, cuya belleza y esplendor sólo aparecerá si logramos mostrarlo en su conjunto.

De aquí se sigue: el compromiso de todos por hacer de Dios y de su Hijo Jesús la opción fundamental de nuestra vida. Es éste el valor primero e irrenunciable en la vida de cuantos desean ser propuesta vocacional. Nuestras comunidades tienen que ser células vivas de fe, espacios que favorezcan el encuentro con Dios, con todo lo que de ello se deriva.

El compromiso por parte de todos a vivir y a mostrarse como una familia, creando comunidades abiertas, acogedoras, capaces de celebración; comunidades que sean auténticos hogares; comunidades transparentes, auténticas, creativas y favorecedoras de la corresponsabilidad.

El compromiso por parte de todos de anunciar el Evangelio en pobreza y minoridad, haciendo del hombre lugar de encuentro con Dios. Este compromiso, a su vez, exige una fe encarnada, como revulsivo contra todo pseudo-espiritualismo; una existencia abierta a las necesidades de los hombres, a sus problemas y a sus aspiraciones; una existencia desnuda y libre, como "peregrinos y forasteros en este mundo".

Asumir todos y cada uno de los escolapios la responsabilidad de la Pastoral Vocacional comporta también una aproximación real al mundo de los niños y jóvenes. Tengo para mí que, en tantas ocasiones, no son los jóvenes quienes están lejos de nosotros, sino que somos nosotros los que estamos lejos de ellos.

Estamos lejos de los jóvenes cuando vemos sólo los aspectos negativos de la cultura juvenil actual, cuando pensamos que la juventud es "una enfermedad que pasa con los años" y rechazamos a priori sus reivindicaciones, muchas veces justas; estamos lejos del mundo juvenil cuando los jóvenes nos molestan y tratamos de evitarlos.

Por el contrario, estamos realmente cerca de su mundo cuando, a pesar de las dificultades, tratamos de comprenderlos, nos dejamos cuestionar por ellos, acondicionamos nuestras casas para que puedan hallar en ellas un ambiente de encuentro y de intercambio y empleamos nuestro tiempo en estar con ellos escuchándolos y acompañándolos en su camino de fe.

Asumir todos y cada uno de los escolapios la responsabilidad de la Pastoral Vocacional exige, por último que tengamos el coraje y la capacidad de hacer una propuesta clara y explícita.

Dentro del proceso vocacional debe existir un momento en el que se plantee la propuesta vocacional. A aquellos jóvenes que presentan signos de vocación hay que hacerles, con gran delicadeza, esa pregunta: ¿y tú? ¿Por qué no?.

La propuesta de eso que da sentido a nuestra vida, no es una imposición, no es algo forzado, sino una ayuda que los jóvenes tienen derecho a esperar de nosotros.

Si ser escolapio es para nosotros fuente de felicidad, ¿por qué no podría serlo también para otros?.

Sí, estamos en situación de precariedad vocacional. Nuestra responsabilidad no nos permite aceptar la situación como algo irreversible. No está de más una dosis de rebeldía ante lo que algunos creen irreversible. ¡Es posible el crecimiento vocacional y la emergencia de una generación abierta, creadora y comprometida de Vida Consagrada! . Yo propongo lo siguiente :

Creer que esta forma de vida escolapia es fascinante, porque lo es: nos permite vivir sin agobio por el dinero, por la seguridad del mañana; nos hace ciudadanos del mundo y servidores de la gente sin discriminación ni interés; nos convierte - cuando somos fieles al don recibido- en personas liminares, fronterizas.
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Hacer creíble esta vocación en un modo de vivir alegre, apasionado, comunitario, hospitalario, soñador, trascendente; que las dificultades de la relación no impidan la verdad, la autenticidad, la reconciliación, la paz; que no se apague el fuego de la oración, la lluvia de la Palabra, el espíritu de fe; que trabajemos con gozo, con fantasía y profesionalidad, escogiendo siempre "la mejor parte" que Jesús nos prometió.
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Orar con frecuencia al Abbá para que nos envíe continuadores de nuestro carisma y misión. Los necesitamos como los padres y abuelos a los hijos y nietos, como los hermanos únicos a otros hermanos y hermanas; esta oración será en nosotros conciencia viva y crítica.
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No temer a invitar, en nombre del Señor: ¡ven!, ¡sigue a Jesús en esta forma de vida escolapia!. Pero no lo hagamos sin antes comprometernos en un serio acompañamiento de los jóvenes, en un discernimiento apasionado de la voluntad de Dios, en un despojo de nuestros intereses institucionales.
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Hacer que nuestras casas de acogida sean hogares terapéuticos, ámbitos de iniciación en una forma espiritual de vida.

El Espíritu es siempre inspirador. El Padre Dios nos sacará de la precariedad si colaboramos con Él.

P. Joaquín Nadal

 

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