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Cuando
en el 90 estudiaba Pastoral en el ISP de Madrid, recuerdo que el gran y
recordado teólogo y profesor Casiano Floristán, hablando de la Pastoral
Juvenil, aquilataba más esta expresión afirmando que había que hablar,
más bien, de Pastoral de Juventud. Tampoco se habla de pastoral senil,
infantil o enferma sino de pastoral de ancianos, de niños o enfermos.
Aunque parezca un matiz superficial, tiene su quid, ya que toda pastoral
sea de quien y para quien sea, tendrá que ser juvenil, es decir, con
gancho y dinámica. Por otro lado, si sustituimos la palabra pastoral por
la de Evangelización, sustitución cada vez más propia, dado el avance de
la increencia y del agnosticismo en todos, especialmente entre los
jóvenes, nunca se nos ocurriría hablar de Evangelización Juvenil, sino
de los jóvenes.
Otro aspecto
de nuestra misión y tarea pastoral histórica escolapia que quiero
expresar, por ser pocas las veces que lo hemos tenido en cuenta, es, a
mi entender, que, en nuestra historia ministerial escolapia, henos
incidido más en los niños como destinatarios del mismo, que en los
mismos jóvenes; seguramente porque, en la práctica, nos hemos centrado
exclusivamente en el colectivo del alumnado de nuestros centros, que
siempre ha sido de niños y adolescentes. Sin embargo hoy, sociológicamente, la juventud abarca la etapa cronológica de los 18 a
los 30 años, incluso los 35, según algunos, más o menos. No tener en
consideración este aspecto, nos ha llevado a veces a confundir pastoral
de juventud con pastoral de adolescente. Incluso, en alguna programación
de pastoral, no ha sido raro ver metidos en este mismo bloque a los
niños (postcomunión, por ejemplo). Hay que reconocer y poner nombre a
nuestra realidad, de lo contrario estaremos engañados. En consecuencia
deberemos preguntarnos por el campo pastoral escolapio de estas edades:
¿cuánto y de qué calidad es?
Son, sobre
todo, nuestros exalumnos quienes reclaman también nuestra atención
evangelizadora de acompañamiento, sobre todo de acompañamiento personal,
sistemático en la medida de lo posible, integral, de forma que, por
ejemplo, permanentemente hubiese una "oficina" de atención al cliente, a
nuestro cliente exalumno, quien tal vez nos necesita más cuando deja la
institución. Esto resultaría más asequible para nosotros, ya que no hay
mediaciones de disciplina, de exámenes, horarios, actividades
curriculares, etc.; y nos llevaría a experimentarnos activos y actuales
en nuestro ministerio.
Otro campo
que no es inasequible para nosotros es el de la presencia del escolapio
al lado del joven. Tal vez muchos ya no pueden estar, como en años
atrás, en primera línea del deporte, escultismo, teatro…, pero sí, todos
podemos hacerles ver que estamos ahí para cuando nos necesiten, que
allanamos el camino de ida y retorno entre su casa y la nuestra, que
abrimos puertas para que entren, que liberamos caminos y pasillos de
entrada de forma que les resulte fácil la visita y el encuentro o la
oración y el diálogo. Sí que podemos escucharlos (cosa no fácil hoy),
dedicarles nuestro tiempo, ponerlos en las manos de Dios en nuestra
oración, amarlos, porque, sin amor, la evangelización nunca será
posible, salvo si se reduce a mera indoctrinación.
En nuestros
grupos Jaire, en los catequistas o animadores y monitores de los grupos
Calasanz, de las catequesis, de los campamentos y colonias, del deporte,
del escultismo… tenemos gente estupenda que entrega horas, energías,
amor a la actividad educadora y evangelizadora. Muchos de ellos siguen
siendo desconocidos para nosotros; están entre nosotros y no los
conocemos. Y si no los conocemos, su pertenencia a la Escuela Pía no
existirá o será muy débil. De nosotros, los religiosos, depende, en gran
medida, la calidad escolapia de nuestras obras.
P. Javier Negro, Sch. P.
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