PASTORAL JUVENIL:..

  PREDILECCIÓN POR LOS JÓVENES

Nuria Ibáñez, Delegada de P. J. Diócesis de Zaragoza...

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"La Iglesia ha de revivir el amor de predilección que Jesús ha manifestado por el joven del Evangelio: Jesús, fijando en él su mirada, lo amó" (ChL 46)

Habrán cambiado los métodos, las formas, o los tiempos, pero la evangelización nunca ha dejado de ser vivida como una necesidad para los cristianos. Así, desde el apasionado vaivén de los primeros evangelizadores, tal como nos lo describen los Hechos de los Apóstoles y las mismas cartas de Pablo, hasta nuestras coordinadoras y reuniones, la pasión por el anuncio de la Buena Noticia ha hecho vibrar, con mayor o menor intensidad, la vida de las comunidades cristianas.

No en vano, podríamos decir, si se nos permite la expresión, a la hora de evangelizar, la Iglesia «se la juega»; y no porque tengamos miedo a quedarnos solos, ni siquiera por prestigio social. No se trata de «ganar adeptos», y tampoco es problema de «audiencia». En realidad, la Iglesia se la juega y nos la jugamos sencillamente porque en ello nos va la vida, porque el tesoro que hemos descubierto (Mt 12, 44-46), o, mejor dicho, que nos ha sido regalado (2 Cor 4,7), es para compartir, como todas las experiencias hermosas de la vida. En definitiva, el "sé de quién me he fiado" (2 Tim 1, 12) no está tan lejos del "ay de mí si no anuncio el Evangelio" (1 Cor 9, 16).

Por eso, la propia tarea de la Iglesia brota de su ser, de su seguimiento de Jesús, el primer evangelizador. No es un añadido, ni un lujo. Es una dimensión constitutiva de la misma. Ha nacido convocada por una Buena Noticia y, con la fuerza y el aliento del Espíritu, vive para gritarla. Es el mismo Señor Resucitado quien nos sigue llamando y enviando. "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Existe para evangelizar" (EN I, 14).

Entre los sectores de la sociedad a los que la Iglesia debe prestar su acción evangelizadora y pastoral ocupan lugar preeminente los jóvenes; no sólo por su presencia en la sociedad o porque de ellos dependa, entre otras cosas, el modelo de comunidad cristiana de mañana, sino por el potencial de vida que puede suponer ya para ellos Cristo Jesús en una de las etapas más hermosas y claves de la vida.

Mas el anuncio del Evangelio entre los jóvenes constituye uno de los retos más difíciles que tiene hoy nuestra Iglesia. Encuestas y realidad coinciden en constatar la pérdida creciente de significatividad de la Iglesia y su mensaje entre los jóvenes, provocando el desconcierto, cansancio o desencanto de muchos sacerdotes, educadores y animadores; si bien no hemos de olvidar que nuestros jóvenes no son más que un reflejo del mundo de los adultos, herederos de un estilo de vida que se impone en la sociedad y que, de una forma u otra, todos vamos creando.

Sin embargo, a pesar de las distintas dificultades por las que podamos pasar, tanto ambientales como eclesiales, seguimos teniendo motivos para continuar en nuestra tarea evangelizadora en medio de los jóvenes:

El primero, el amor a Dios y a la gente. Los cristianos creemos y experimentamos que Dios nos amó primero, y que la felicidad se juega en la lógica del amor. ¿Cómo callárnoslo? ¿Cómo no compartir con la gente a la que queremos lo que es para nosotros motivo de alegría y de gozo? Evangelizamos porque late en nosotros una profunda experiencia de amor y porque nos importan los jóvenes, porque queremos que sean felices y creemos en la significatividad real del Evangelio y del Resucitado para llenar sus vidas de gozo y de sentido. "La evangelización, a fin de cuentas, es un asunto de amor y el evangelizador es como la Celestina de Dios, el heraldo del amor de Dios [1]".

En segundo lugar, la esperanza en Dios y en el ser humano. Probablemente, no habrá nunca ninguna situación idónea para anunciar el Evangelio; ni la ha habido, ni la habrá. Pero tampoco nos encontraremos con una situación en la que no pueda ser gritada y compartida la Buena Noticia de Jesús. En el fondo basta creer en la gente, no tirar la toalla por nadie, y esperar en ese Dios bueno capaz de tocar todo corazón y de recrearlo todo con su Espíritu.

Evangelizamos porque todo hombre y mujer, porque todo joven, porque toda persona, por muy en el barro que esté, encierra en lo más profundo de sí el más sincero anhelo de gozo y felicidad, que brota de la imagen de Dios grabada a fuego en su corazón; y sabemos, desde la fe, que Dios es la fuente de la alegría, capaz de colmar y desbordar todas nuestras expectativas. Exclamar orantes con S. Agustín, "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti" [2], sobrepasa la propia experiencia personal para constituirse en una auténtica llamada a la evangelización.

Evangelizamos, finalmente, porque Dios ha buscado y sigue buscando al hombre. "Tu Hijo, mediador tuyo y nuestro, por quien nos buscaste cuando no te buscábamos, y nos buscaste para que te buscásemos" [3]. En Cristo Jesús, abrazo de Dios y de la Humanidad, amor sin límites derrochado y entregado, Dios mismo ha salido a nuestro encuentro y nos ha encontrado; y precisamente en este encuentro se juega la vida y la salvación del hombre. Éste es el gran tesoro y el gran misterio que Dios mismo nos ha confiado y del que nos ha hecho testigos. Evangelizamos porque Dios ha creído en nosotros, en su Iglesia, en la gente. Evangelizamos porque crean, creamos los jóvenes en Dios o no, Él cree en nosotros. En nuestra debilidad, su amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado nos hace fuertes (Rom 5, 5). En nuestra debilidad, brillará con más fuerza el resplandor de su gracia (1 Cor 1, 26-31; 2 Cor 4, 7; 12, 9-10).

En definitiva, evangelizamos porque «sabemos de quien nos hemos fiado» (2 Tim 1, 12). "El Señor es el lote de nuestra heredad y nuestra copa. Nos ha tocado un lote hermoso. Nos encanta nuestra heredad" (Sal 16,5-6).

Ésta es la ilusión que ha ido motivando y motiva a muchos jóvenes y adultos a entregarse por la evangelización de los jóvenes. Ésta es la ilusión que motiva e inspira nuestro trabajo y que nos anima a empezar un nuevo curso. Sabemos bien que no siempre es fácil, para muchos no tenemos ya nada nuevo que decir, tampoco somos muchos y el jaleo de reuniones, movidas etc. puede acabar con los nervios de más de uno, pero hay algo en lo más íntimo de nuestro corazón que nos dice que merece la pena. No partimos de cero, todos conocemos montón de rostros concretos, con nombres y apellidos, que han apostado por la PJ, y todos sabemos de muchos encuentros y experiencias, esfuerzos y esperanzas, por los que, estamos seguros, el Espíritu de Jesús ha estado y sigue estando presente. El mismo Espíritu sigue hoy animándonos. Hay mucho curro por hacer. Puede merecer la pena intentarlo.

El Proyecto Marco de Pastoral de juventud de la CEAS, Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo, de 1992, que tiene su base en las Orientaciones sobre Pastoral de juventud (OPJ), marca las grandes líneas de actuación pastoral que debe caracterizar la misma:

1. Presencia de los jóvenes en los ambientes juveniles: una presencia que ha de ser encarnada, activa, significativa, interpeladora, "La Iglesia no convoca a los jóvenes para arrancarlos de su mundo, de su ambiente y que se encierren dentro de los muros de sus locales. Se convoca para que, continuando insertos en medio de los otros jóvenes, sean agentes de transformación de ese mundo, en todo lo que tenga de injusticia y deshumanización, y aporten los valores del Reino de Dios que van descubriendo, con todo lo que tienen de esperanza y de vida. A esto es precisamente a lo que venimos llamando evangelización. <<Evangelizar significa llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, trasformar desde dentro y renovar a la misma humanidad>>" [4]

2. Síntesis fe-vida. "Es fundamental ayudar a los jóvenes en la búsqueda de una auténtica espiritualidad que integre la fe en toda la vida del joven, en su vida afectiva, en su vida familiar, de trabajo, de diversión, de compromiso; que desarrolle el sentido de la vida en la comunidad cristiana como fraternidad; y que por su experiencia de oración y vida sacramental puedan ser contemplativos en la acción; que ayude a aceptar la propia experiencia de fracaso y de pecado a la luz de la misericordia del Padre, manifestada en la cruz de Cristo. Espiritualidad que lleva a manifestar la fe en las obras, huyendo de toda privatización de la fe y buscando la unidad de conciencia" [5].

3. Pedagogía activa y liberadora. La educación en la fe "se realiza en conexión con la situación real que el joven vive. Y desde allí, desde esa realidad, es posible llegar al encuentro con el Dios de Jesús. El Dios que salva y libera no está ausente de las situaciones que vive el joven, porque Dios es el Señor del mundo" [6]. De ahí, la centralidad de la experiencia, la importancia de los procesos, y el papel jugado por instrumentos claves en pastoral juvenil como la lectura creyente de la realidad, el <<ver-juzgar-actuar>> como pedagogía de fe integradora que posibilita conversión y el compromiso, las distintas experiencias del grupo, de comunidad, de Iglesia, la revisión de vida, el catecumenado…

4. Protagonismo y corresponsabilidad de los jóvenes en la Iglesia y en la evangelización de los jóvenes. "Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud de la Iglesia; son de hecho – y deben ser incitados a serlo – sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social" [7], lo que implica la búsqueda de cauces eclesiales que garanticen su participación y protagonismo en la marcha de la Iglesia y en sus distintas estructuras pastorales, así como el acompañamiento necesario que ayude al joven a asumir sus responsabilidades y compromisos en la sociedad.

Con todo, si bien los jóvenes han de ser protagonistas en la evangelización de los jóvenes, ello no excluye el papel evangelizador de los adultos, llamados a acompañar al joven y a caminar con él en su proceso de crecimiento y madurez en la vida y en la fe. El acompañamiento tanto a jóvenes como animadores se convierte hoy en un ministerio de ayuda clave en toda PJ. "De hecho, cada vez resulta más necesario que los miembros de la comunidad cristiana, a través de todo tipo de actividades, puedan acercarse a cada adolescente o joven en su situación personal, para intentar crear, con cada uno de ellos, algún tipo de relación personal significativa basada en la escucha, el diálogo y el afecto. El agente de pastoral deberá atender al momento vital de cada joven para encontrar, en cada caso, una palabra oportuna que llegue a su corazón. Naturalmente, este planteamiento evangelizador es mucho más difícil de llevar a cabo que el basado en acciones estandarizadas, pero recordemos que es, precisamente, el que caracterizaba a Jesús de Nazaret. Él era capaz de salir al encuentro de la gente, en sus circunstancias únicas, para invitar a cada uno realizar un itinerario personal en intransferible que, partiendo de sus necesidades inmediatas, pudiera situarlas en el horizonte del reinado de Dios. Este enfoque hoy se convierte en necesidad, cuando no podemos hablar de una juventud homogénea ante los religioso, y por tanto, de un solo tipo de convocatoria" [8].

5. La dimensión eclesial. Una fe cristiana auténtica es al mismo tiempo una fe eclesial. La PJ debe conducir a ese encuentro del joven con Jesucristo en la Iglesia, que es también encuentro con la comunidad eclesial. Por ello, a pesar de las dificultades y recelos que el joven suele manifestar ante el rostro de la Iglesia, la opción por la Iglesia es algo esencial en la PJ. Ello implica el esfuerzo de la Iglesia por buscar nuevas formas de expresión, celebración y vida capaces de hacer posible este encuentro [9]. "La única forma en la que los jóvenes pueden sentirse interesados por la Iglesia es descubriendo en ella un espacio en el que se experimentan realidades que no se experimentan en ningún otro lugar y que dotan de calidad, fecundidad, y plenitud a la vida: la experiencia del encuentro con Dios, la experiencia de la fraternidad y la experiencia del compromiso solidario y transformador" [10] De ahí, además, la importancia y la necesidad de comunidades de referencia que contagien entusiasmo y en las que el joven pueda compartir y vivir su fe. "Los jóvenes necesitan vivir y celebrar su fe desde su propia realidad juvenil. De esta manera, la Iglesia encarnada en ellos es una Iglesia joven. Ellos son la Iglesia con su propia dimensión real" [11].

Por otra parte, la eclesialidad de la PJ nos invita a prestar atención a la dimensión vocacional propia de toda pastoral, y, de una forma especial, propia de la pastoral juvenil. "Toda pastoral de jóvenes desemboca en la vida cristiana, entendida como vocación al servicio del Reino, vocación que se concreta en las diversas vocaciones a la vida ministerial, religiosa, monacal o laical" [12].

6. Coordinación. Es una de las claves del funcionamiento del Secretariado. Creadora de auténtica conciencia eclesial, la coordinación favorece la experiencia de sentirse pueblo de Dios, nos ayuda a <<reconocernos>> e <<identificarnos>> y nos abre al otro en clave de diálogo, aceptación del sano pluralismo y compromiso mutuo. Crecemos en cuanto nos abrimos a los demás. "La coordinación, como manifestación efectiva de la comunión, tiene su raíz en el mismo ser de la Iglesia y de nuestra fe en Jesús. Sus palabras "que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti" (Jn 17, 19-23), son la raíz de la coordinación. A la vez la coordinación fortalece y acrecienta la comunión" [13].

7. Opción por los pobres. "Desde el prisma cristiano, la opción por los pobres es la consecuencia lógica de la opción por Cristo, de hacer vivo hoy el estilo de vida evangélico. (…) En los pobres encontramos el rostro vivo del Dios doliente y la espera viva de una nueva humanidad". De ahí que una de las líneas fundamentales de la PJ sea la opción por los pobres, con una especial atención a los jóvenes y a las distintas formas de pobreza que afectan a la juventud.

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[1] Cf. A. Iniesta, Anunciar a Jesucristo en la España de hoy, HOAC, Madrid 1987, 28.

[2] Conf. 1, 1, 1.

[3] Conf. 11, 2, 4.

[4] JICM 45, donde se cita a su vez EN 18.

[5] JICM 55.

[6] DPJ 27.

[7] JICM 49, OPJ 19; ChL 46; Sínodo 87.

[8] Pedro J. Gómez, ‘¿Por dónde van los tiros? 10 pistas para impulsar una PJ actualizada’: Misión Joven 318-319 (2003) 101.

[9] Cf. DPJ 35; Sínodo Zaragoza, 40 y 41.

[10] Pedro J. Gómez, art.cit., 105.

[11] DPJ 35.

[12] JICM 81.

[13] JICM 60; OPJ 26; DPJ 37.