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(Parábola: "El que
tenga oídos que oiga").
...y se acercó a su
padre, que miraba a sus campos, junto a la puerta, y le dijo:
"Es
tiempo de labrar, que pronto será tiempo de sembrar.
Allí, junto a la puerta, estaban las herramientas y
aperos de labranza.
Es tiempo de sembrar, - pensó el padre- , y habrá que
abrir los surcos; seleccionar semillas y sembrarlas...¡ y esperar...!
Tal vez el tiempo venga bueno; el tiempo anuncia lluvias.
Será un año de cosecha; ¡...que la tierra es buena...!
Y no esperó más. Cargado de ilusiones, se fue a sus
tierras.
Sus pensamientos y esperanzas mezclaba con la tierra, y
los regaba con su esfuerzo.
Comenzó con lo más lejano...aquella loma; ¡no es fácil esa
tierra!; habrá que cuidarla; tal vez sea necesario...¡también en ella puso su
esperanza!.
Pasó un tiempo, y cada mañana, el padre, dirigía su mirada
a sus tierras, y ponía en ellas mucha fe.
Allí estaban ya, todos los campos levantados. Unas tierras
eran más negras; las otras más royas. Aquéllas más blancas; incluso algunas,
algo salitrosas. ¡No importa -se decía el padre- todas hay que sembrarlas!.
También, una mañana, comenzó a sembrar la mejor semilla.
Y el surco, como un abrazo, se cerraba.
Y cada semilla llevaba, no sé si treinta o sesenta, o es
posible que hasta cien esperanzas.
Hubiera querido echar, en cada una, un poco de aquella
agua de su frente y que todas germinaran.
Pero de la tierra y de las semillas, él, siempre esperaba.
Y se sentó a la puerta de su casa...y esperó.
Que el tiempo pasa, ¡y cuenta !, para recoger las
esperanzas.
Todo fue brotando y creciendo.
Creo que hubo que ir quitando algunas hierbas; pero se
pudo decir:
"...de buenas semillas y buena tierra,
buenos frutos".
La leí una mañana en el corazón y aquí la dejo.
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