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L A R
E C O N C I L I A C I Ó N P. José Antonio Gimeno, Sch. P.... |
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Cuando en la década de los 50 estudiábamos en Teología el sacramento de la Penitencia, nos preparaban para la casuística: era un juicio que debía hacer el sacerdote, había unas leyes, unos incumplimientos de las mismas que matizar, una pequeña penitencia que cumplir, un arrepentirse; y se daba la absolución.
Desde
que empecé la variada actividad sacerdotal hasta hoy he
En 45 años he visto en la confesión (no solamente en ella) experiencias muy hermosas, vuelta a la fe tras años de abandono, a veces por malos tratos recibidos en la confesión y otras muchas razones, alegría del encuentro con el Dios buscado y, sin saberlo, amado; liberación de opresiones y temores... He visto, con asombro, cómo el Señor actuaba en las almas; no era yo, eso era muy claro... y me dejaba usar por Él. Ver su acción, sencilla y clara, ha sido siempre para mí una fuente de alabanza a Dios y de estímulo para abrirme yo también al Espíritu Santo que sigue actuando en el mundo. Y esta acción la he visto en el mundo universitario, en el popular y en algunas tribus de África.
Uno
de los años que estuve en un pueblo grande durante la
Yo le pregunté si se reconocía pecadora. -Sí, sí, eso sí, ya lo creo. -¿Y te arrepientes de ello por ofender a Dios? -Sí, desde luego, de todo corazón. -¿Tú le amas a Dios? -Sí que le quiero, sí; no sé si suficiente, pero sí. -¿De verdad? -De verdad. Así lo siento por lo menos. -¿Lo dices de corazón? -(La mujer se quedó cortada ante mi pregunta, que aparentemente parecía dudar de su palabra, y me dijo primero titubeante y luego con decisión): Pues mire usted... ya sé que me he comportado mal con Dios y que he pecado, y lo siento que haya sido así, pero yo le quiero de verdad, es muy importante para mí, y le querría amar mucho más. ¡Qué magnífico acto de amor a Dios, espontáneo, a contrapelo, preguntado por sorpresa! ¡Y su sentimiento y tono de voz, totalmente alejado de toda rutina! Yo sentía un gran gozo interior al ver la fe y el amor de aquella mujer. Como tantas veces me había ocurrido. No era la primera ni la enésima vez que tenía esta conversación en este Sacramento. Y entonces le expliqué que si le había preguntado tres veces si amaba al Señor, no era porque dudara de que su respuesta fuera cierta, sino que lo había hecho sólo para darle ocasión de hacer lo que había hecho, así de sopetón, de forma inesperada: tres magníficos actos de amor a Dios; le había dicho al Señor, con sinceridad, que le amaba; y que esta actitud de amor al Señor era más importante que todos los pecados de su vida. Como hizo Jesús con S. Pedro la primera vez que se lo encontró allá en la playa (ya resucitado) después de que le había negado tres veces (había apostatado de su fe en él). No le recriminó, no le echó un rapapolvo, no le echó en cara su tozudez o su cobardía ante unos criados. Simplemente le preguntó tres veces si le amaba. Tres negaciones, tres actos de amor sinceros.
Y
le hice ver cómo aquellos tres actos de amor a Dios valían más
Igual hizo Jesús con el que llamamos buen ladrón. Seguro que había robado a un montón de gente, matado a soldados romanos en emboscadas y otras muchas más cosas que podemos suponer. Y en aquellas circunstancias trágicas de la muerte de Jesús, cuando todos se burlaban de él, el asombroso acto de fe de este hombre: "Acuérdate de mí cuando estés en tu reino". Y la reconfortante respuesta de Jesús. No le preguntó que a cuántos soldados había matado, ni cuánto dinero robó a aquella abuela. No le importaban listas, ni detalles, ni juicios. Sólo actitud presente de amor, o fe, o arrepentimiento, cualquier actitud de confianza en la misericordia de Dios y retorno al Padre. "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Y se acabó. No es la lista de pecados lo que importa en el sacramento de la Reconciliación, las circunstancias que lo rodean, si hay agravantes o atenuantes, la insistencia en detalles, como haría un fiscal o abogado defensor (o un enfermo de escrúpulos). Todo eso no tiene real importancia, como no la tuvo con Jesús. Es el arrepentimiento sincero de lo hecho mal, del pecado, la vuelta confiada al Padre, el amor a Dios: esto es lo importante, en lo que hay que insistir, lo que hay que revivir en nuestro Interior. Esto ya es gracia de Dios. Luego irá viniendo la "conversión real" de la vida: tarea larga, de mucho esfuerzo, de mucha acción de Dios, en la que es importantísimo la ayuda de una comunidad cristiana que acompañe. Este sacramento no es un juicio para dar una sentencia, y yo sacerdote, el juez que la da; aunque lo aprendiéramos así antes del Concilio. Solo así se justificarían aquellos detalles y análisis propios de fiscales. Pero no es así. Nunca aparece en el Evangelio que Jesús se comportara de esta manera. No habría sido Buena Nueva. Esa esclavitud y legalismo ya lo ejercían los fariseos.
El
sacramento de la Reconciliación es el sacramento en el que, yo
Este es el sentido de este hermoso sacramento. No es el sacramento escoba, para barrer lo que nos avergüenza o muestra que somos ruines, con todo lo negativo y tétrico que ello comporta. Sino que es el sacramento del amor. Es decirle al Señor una vez más: "Mira Señor, cuánto te he olvidado, no he seguido lo que nos dijiste, he obrado mal. He pecado contra ti y contra mis hermanos. Tú sabes que muchas veces me he esforzado. Pero ya ves. Lo siento. Perdóname Una vez más. Pero tú que lo sabes todo, tú sabes que te quiero". Así dijo Pedro. Y ante esta actitud, al Padre se le cae la baba. Algo así pasó cuando lo del hijo pródigo. Y si esto lo digo en una Asamblea cristiana, en una Celebración gozosa de la fe y la reconciliación, puedo recibir el perdón de Dios mediante la absolución que el sacerdote, como encargado de este ministerio, me da o nos da en nombre de Cristo. Y el Espíritu Santo, y con él la misma Trinidad, vienen de nuevo a morar en nosotros, a comunicarnos su vida divina, a hacernos "partícipes de su naturaleza divina", como ocurrió por primera vez en nuestro Bautismo. Es el sacramento del amor: del que Dios nos tiene y del que le expresamos. Por tanto, el sacramento de gozo, de alegría. Así actuó Jesús también con el paralítico, con la mujer adúltera, con Mateo el publicano, con Zaqueo... ¿Dónde estaban las listas? A aquella buena mujer le expresé brevemente algunas de estas ideas. Noté claramente que se relajaba, se aliviaba de un peso; cambió la forma de hablar, el tono. Y desde luego, marchó reconfortada. Poco después, aquella misma tarde, y se fue repitiendo en los días siguientes, vinieron otras muchas mujeres que se confesaban tras largos años, y todas lo hacían del modo que había explicado aquella primera mujer. Era claro que se habían transmitido unas a otras la "buena noticia", como la samaritana. Y en todas percibí sinceridad, liberación, alegría por el encuentro con el Señor a quien amaban en realidad. ¿Pero quién se ha inventado en mala hora interpretaciones extrañas al comportamiento de Jesús en el Evangelio, y que bloquean la vuelta a Dios, el retorno al Padre, y alejan definitivamente de la Eucaristía? Y siento, tímidamente, que al decirlo ahora esté siendo la voz de los que no la tienen porque no pueden o saben expresarse. Esta experiencia la he tenido constantemente toda mi larga vida sacerdotal. Con jóvenes, con adultos, con mayores. Y es que es camino. No intento dar lecciones de Teología. Sólo intento transmitir sencillamente esta permanente experiencia pastoral en la que el Espíritu Santo actúa. Pero recuerdo que fue la actuación del Espíritu Santo en la familia del romano Cornelio y los gentiles lo que le convenció por fin a Pedro, junto con la insistencia de Pablo, de que la Iglesia de Jesús era también para los gentiles, no sólo para los judíos. Y acabo con unas reflexiones que me hago:
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