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BIOGRAFÍA DE M. CELESTINA DONATI (IV)

Último de los cuatro fragmentos de la Biografía

 

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    PRIMER CAPÍTULO GENERAL

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En agosto de 1924 un hecho de capital importancia para la vida de las Hermanas Calasancianas: se celebraba en la Casa florentina de la Vía Centostelle.

Bajo la presencia de S. Emm. el Card. Arzobispo, se reunía el Capítulo de las Hermanas para la elección de la Madre General.

La reunión fue poco laboriosa. No hubo dispersión de votos. Todas estuvieron de acuerdo en confirmar a la Fundadora Sor Celestina en el cargo de Madre General.

Ella comprendió que habría sido inútil declinar el cargo y aceptó.

La Congregación de las Hermanas Calasancianas, en creciente desarrollo, tenía necesidad de una mano fuerte que la sostuviese.

 

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    ESPERANZA ENGAÑOSA

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El Asilo de Roma era demasiado angosto, insuficiente. Se necesitaba a toda costa encontrar otro local. Mons. Enrique Salvadori tenía el propósito de adquirir un terreno en la localidad de Primavalle.

Pero se necesitaba edificar de planta Asilo e Iglesia, que era como decir gastar millares de liras.

¿Dónde encontrarlas? Aunque el terreno se ofrecía en condiciones ventajosas, no se podía aceptar por ese motivo.

Quedaba otra propuesta. Cerca de Porta Furba, en Vía Tusculana, existía un viejo palacio, propiedad de un tal Saccardi, que con una costosa restauración y adaptaciones, podía servir al fin propuesto.

La Madre se inclinaba a tomar en arriendo o adquirir este palacio. A tal fin había sido nombrada una Comisión de la cual formaba parte principal el Limosnero Pontificio Mons. Cremonesi. Él, sin embargo, había expresado un parecer contrario en esta cuestión.

La Sierva de Dios fijó ahora los ojos en otro palacio próximo a la Basílica Vaticana, sin llegar a  conclusiones concretas.

Por si todas estas angustias no bastaran, se le añadían otras en Florencia.

Los proveedores reclamaron el saldo del otro crédito sin ulteriores dilaciones. Eran miles de liras que necesitaba desembolsar. Sor Celestina les rogó que tuvieran un poco de paciencia. Después se encomendó a la caridad de los Florentinos y los ofrecimientos llovieron por encanto en todas partes.

Los acreedores quedaron casi del todo satisfechos.

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Más angustias de Roma.

La Seguridad Pública amenazó con clausurar el Asilo al faltar -dice- el correspondiente permiso de apertura. La Madre, que recordaba haber hecho no una, sino dos solicitudes  a este propósito, no se turba.

-¡El Asilo de Roma está abierto -dice con fe- y el corazón de Jesús pensará sostenerlo!

Después de hacer diligentes pesquisas en el Ministerio del Interior, las solicitudes se encontraron en los documentos.

Así se llega al año 1925, último de la vida de Sor Celestina Donati.

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Proporcionar a la casa de Roma una sede más cómoda y amplia para acoger a cuantas niñas hiciese llegar la pobreza moral y material: éste era el pensamiento apremiante de la Sierva de Dios en los últimos meses de su vida.

Hacía tiempo que ella había puesto la vista en algunos pabellones deshabitados, propiedad del Gobierno, en las proximidades de Porta Furba.

Había hablado con algunas personas acreditadas y éstas le habían estimulado a pedirlos. Así rogó al Card. Arzb. de Florencia que interpusiera sus buenos oficios para obtener como donación o al menos en arrendamiento un pabellón.

Pero también esta vez la esperanza fue engañosa.

-¡Jesús querrá obrar por sí mismo! ¡Recemos y esperemos! -exclamó la Madre con el corazón siempre abierto a la esperanza.

-Verán, -decía con acento profético-, todas las cosas nos sucederán después de mi muerte…

Y la fecha dolorosísima desgraciadamente estaba cerca.

 

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    OCASO SERENO

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La Sierva de Dios avanzaba día tras día hacia los tabernáculos eternos. Tenía un cuerpo consumido por la fatiga más que por la edad, pero tenía el alma pura y radiante.

Hacía días que estaba enferma.

Las Hermanas no creían que esta vez habría volado para siempre su mirada.

Pero la Madre, por el contrario, lo presentía. A la H. Gemma que viéndola postrada como no solía, le exhortaba a ser fuerte, repetía:

-Si me siento mejor, te lo diré, pero tan mal como estoy no me he sentido nunca.

La Obra, sus Hermanas y sus niñas eran, después de Jesús, su primero y más asiduo pensamiento. Vino a visitarla y a bendecirla el Card. Arzobispo. Vinieron los grandes bienhechores del Instituto y a todos encomendaba sus niñas y sus Hermanas.

Con la Marquesa Del Turco se entretenía con frecuencia para hablar de Dios, recomendándole vivamente la Obra.

Llevaba en el lecho 17 días. Se había confesado y había comulgado más veces.

Por la noche, aunque el médico afirmase que no estaba en peligro inminente, la Sierva de Dios tuvo la certeza de que expiraría al día siguiente.

Después de una larga noche, a la primera luz del alba pidió los últimos sacramentos con el corazón inflamado de amor de Dios.

Haciendo el último esfuerzo, con voz semiapagada, pidió perdón a todas las Hermanas reunidas alrededor que lloraban abatidas por la angustia y el pesar.

Las miró una a una, las bendijo, después dobló lentamente la cabeza con un suspiro más prolongado.

Su alma, revestida de luz divina voló a la gloria de los Santos de Dios.

Eran las 7 de la mañana del 18 de marzo de 1925.

 

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    HA MUERTO UNA SANTA

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Los despojos de la Fundadora fueron expuestos por tres días durante los cuales fue un acudir continuo de gente de toda condición social que quería ver, tocar y rezar a la humilde Hermana que tanto bien había hecho en vida.

Una Sierva de Dios que había pasado por las calles de Florencia como una suave visión de paz, un ángel consolador, una fúlgida manifestación de la caridad cristiana, caridad que sólo sabe obrar maravillas y prodigios.

Sus funerales fueron seguidos por un inmenso gentío conmovido. De los labios de todos brotaba una sola exclamación:

-¡Era una Santa, ha muerto una Santa!

Reconocimiento unánime de las virtudes, que brillaron en ella a lo largo de todo su camino terrenal.

 

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    LA FIGURA DE LA FUNDADORA

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La retrataron cuantos tuvieron la fortuna de verla y de conocerla. Es un coro glorioso, pero baste una sola nota, una voz cualquiera.

El Cardenal Pedro Maffi, Arzobispo de Pisa, escribía:

"La vi una sola vez por breve tiempo. No olvidaré jamás aquella figura que infundía respeto y veneración, tan invadida y colmada de espiritualidad.

No levantaba su mirada dulce más que cuando lo exigían las circunstancias; habitualmente baja y recogida, según una antigua costumbre que observaba siempre vigilante y amada. La cabeza ligeramente inclinada en un recogimiento de íntima meditación. Su palabra era tranquila, precisa, delicada, nunca acompañada con gestos duros; cuando mucho un lento y meditado movimiento de manos, tan oportuno, como para servir de afirmación y confirmación. Y el rostro bondadoso, sereno, suave: el rostro de una persona familiar a los consuelos de Dios y a las miserias humanas; el rostro de quien guarda en el corazón, como en un tabernáculo, a Dios que habla, es escuchado y escucha los dolores de los hermanos para compartirlos, suavizarlos y consolarlos.

Un alma bendita, que pasaba con la mente absorta en Dios y con las manos abiertas y extendidas a la caridad.

Tal es el recuerdo que guardo de Sor Celestina Donati".

Y Mons. Carlos Cremonesi, Limosnero de Su Santidad, añadía:

"...Sólo unas pocas veces tuve la suerte de verla y de hablarle directamente. Pero aquella entrevista y aquellas conversaciones,  aunque muy breves, han dejado en mí un recuerdo indeleble, que traigo a menudo a mi memoria con una gran alegría espiritual.

De la venerada Hermana brotaba algo que no era de este mundo y se imponía de modo muy especial a cuantos tenían la suerte de acercarse a ella. Sobre el bien que ella directamente ejercía, sobre el ancho surco señalado con obras santas por el Instituto que había fundado, pero aun fuera de estas cosas tan grandes y benéficas, ella se imponía con su  espíritu sobrenatural y daba la impresión de tener delante  a una Santa.

En la esperanza de que Dios quiera manifestar pronto la gloria concedida a su elegida y la Iglesia quiera asimismo reconocer sus méritos, yo como a Santa la venero y le rezo".

Mons. Gabriel Vettori, obispo de Pistoia y Prato, escribía:

"Sor Celestina Donati, llamada por Dios para extender a las niñas del pueblo y a las más abandonadas entre ellas -las hijas de los encarcelados- la caridad de San José de Calasanz, tuvo en su corazón virginal fortaleza y ternura de amor materno hacia estas infelices; y esta caridad dejó como herencia a sus "Hijas Pobres de San José de Calasanz".

A la dulce sonrisa de su rostro, al calor radiante de su amor materno se acogieron los tiernos corazones de infelices niñas golpeadas y oprimidas por la tempestad y por el hielo de la desgracia.

Confiada en Dios, hizo cosas grandes con pobreza de medios humanos; y con su confiado abandono a la Providencia, permaneció serena ante las mayores dificultades para la Obra por ella fundada.

En el silencio y el sacrificio se santificó a sí misma y sólo en Dios y en su amor buscó el consuelo de los dolores que hirieron su alma".

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    RETAZOS

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En ella la humildad fue anonadamiento. Hubiera querido desaparecer y hacer resaltar lo de los demás. Cuando la llamaban a la sala de visitas, si podía, mandaba a otra; si no podía, rogaba que al poco tiempo fueran a llamarla.

Escribiendo aún a la última de sus niñas, se firmaba: “Tu miserable Sor Celestina”.

A las más pequeñas besaba con reverencia las manos, y también los pies; y a las Hermanas que se maravillaban decía con su dulce sonrisa: “Veo en ellas al Niño Jesús”.

La Sierva de Dios, convaleciente de una enfermedad, entre las visitas tuvo la del Arzobispo Mistrángelo, que, congratulándose, le dijo que habían sido los rezos de sus niñas las que habían obtenido la gracia de su curación.

-Excelencia, -respondió la Madre-, diga más bien que han sido las plegarias de mis acreedores...

Era pobre, pero inagotable su generosidad hacia los pobres. Daba todo lo que tenía y más de lo que tenía: tanta era su confianza en Dios.

Cada vez que le llegaba una tribulación, exclamaba: "¡Qué bueno es Jesús!"

Y añadía:

-"¡Demos gracias al Señor que si nos aflige es porque nos ama!"

De ella escribió el canónigo A. Bonardi:

"...Oh, Madre Celestina, yo te comparo a las cosas que el cielo transfigura!"

 

EL OASIS CALASANCIANO

 

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    EN CAMINO

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El prodigioso camino de la Congregación, con poco más de un siglo de vida, ha abrazado varias regiones de Italia, expandiéndose recientemente por Brasil y ahora, si prospera, por el Zaire. La aspiración más ardiente de Madre Celestina Donati: Vivir el Evangelio, encontrar todos los días a Jesús en el prójimo más desheredado, en los niños más menesterosos, expresión de su presencia visible en la tierra, la han heredado  sus Hijas, bajo sus huellas, con renovada fe en Cristo y en sus criaturas.

La Congregación, animada por la gracia de Dios y la mediación de María, ha visto en estos años el florecimiento milagroso de Casas y Obras abiertas a la infancia abandonada, a las hijas de los encarcelados, víctimas inocentes de las culpas ajenas. Ahora, sin distraerse del ritmo vertiginoso de esta sociedad consumista, reforzada ciertamente en su espíritu y en su “Credo”, acoge criaturas de otros continentes, se inserta en el trabajo apostólico de la Iglesia, pone la educación al servicio de la dignidad humana.

En constante sintonía con el cambio de los tiempos, fortificadas en su carisma, las herederas de Madre Celestina prosiguen el camino con renovada intensidad, acompañando a los párvulos, a las niñas y a las jóvenes en su desarrollo y en la toma de conciencia de los valores humanos, afectivos, sociales y espirituales. Promueven el crecimiento integral de la persona desarrollando en tierra de misiones obras de evangelización y de promoción humana.

De las numerosas Casas y Obras de otros años, algunas han cesado en su actividad o han modificado sus tareas esenciales o, adecuadas al tiempo, sustituidas por nuevos Centros de importancia social, hoy más solicitados.