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De alguna manera quiero hacerme presente entre vosotros, unirme a todos, especialmente a vosotros, hermanos escolapios, en la celebración, en esta eucaristía, del misterio pascual personal de nuestro querido hermano el P. Benito Pérez. Me viene enseguida a la mente esta estrofa de San Juan de la Cruz: Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura. Es lo que el P. Benito Pérez, nuestro querido “maestro de Novicios” para muchas generaciones de escolapios, ha dejado y derramado a través de sus manos de padre, de su mirada de educador calasancio, de su palabra de maestro en las cosas del espíritu, de sus lecciones de matemáticas y otras materias, de sus comentarios claros, realistas y concretos sobre las Constituciones, las cartas de San Pablo, San José de Calasanz y el seguimiento de Jesucristo. En él la Escuela Pía de Aragón ha recibido una bendición generosa encarnada del Padre Dios a lo largo de su propia y personal historia sagrada como persona, sacerdote, educador, superior (Rector y Provincial). Hoy, aun con dolor en el corazón, tenemos que darle muchas gracias por nuestro hermano y padre. Ni una palabra de queja contra nadie ni tampoco contra institución alguna, la paz profunda en el corazón como primero y fundamental valor, ni una petición de nada para él, austero, siempre una sonrisa en sus labios, a veces pícaramente sana, bondad, ternura, responsabilidad, voluntad, fe, Calasanz, Jesucristo y su Evangelio, San Pablo, Escuela Pía, Iglesia, constancia, “ánimo y a la lucha, hermanito”, “siempre adelante”… Son palabras y expresiones que, a quienes nos sentimos orgullosos de haber recibido la Vida que a través de su vida Dios nos ha regalado, tal vez definan un poco el lif motiv de su vida. ¡Qué gran escolapio! Para él la persona en si misma ya, ha sido siempre terreno sagrado al que se ha acercado, como Moisés, con los pies descalzos, consciente de que cada postulante, cada novicio, cada religioso, cada petraltense o jacetano, logroñés o zaragozano, allá donde vivió y trabajó, cada niño y cada adulto, fue un don sagrado confiado a él por Dios y así lo trató. Y en esta última semana, postrado en la cama, ¡qué fue, si no, ese gesto del apretón de su mano fuerte y caliente, como si quisiera retenernos, confirmarnos en la fe y en el amor a la Escuela Pía, por encima de la dificultad y la crisis! Gracias, Dios Padre de todos, por el hermoso regalo que en él nos has dado a la sociedad, a la Escuela Pía y a la Iglesia; por el hermano que nos has concedido quien ha entregado su vida, día a día, para que los demás tengamos vida, sin nada para él. ¡Qué gran ejemplo y modelo de vida nos has presentado en él! Nuestro corazón está triste ahora; no quisiéramos que hubiera partido; nuestros sentimientos en estos momentos son, a la vez, de gratitud y de pena; nos hablan de la necesidad de pertenencia y de amor. Queremos vivirlos ante ti, Padre, con la serenidad y confianza filial que nos dice que en ti vivimos y morimos y que la Obra que comenzaste en nosotros y que con nuestro hermano hemos ido construyendo no se acaba, sino que sigue misteriosamente abierta en tus planes de Vida eterna. Y ahora, en estos tiempos recios al decir de Santa Teresa, tan admirada por nuestro querido Padre Benito, te pedimos Padre que vivamos todo, imbuidos de tu amor, como lo vivió nuestro hermano y que la esperanza de la que él ha sido también testigo vivo, prime, especialmente ahora, por encima de nuestros desalientos, relativismos y egoísmos. Ayúdanos a comprender y aceptar que, en definitiva, la muerte es la puerta de entrada a la entrega confiada definitiva y total a ti, Padre, la entrada a la nueva tierra donde sólo el amor inmenso y total existe y le da sentido. Recibe, Padre, a nuestro hermano en tu Reino de amor definitivo; y a nosotros ayúdanos a seguir amando con ese amor tuyo en nosotros que llama a nuestra puerta para dejarle pasar en la existencia de cada día, que sólo tiene sentido verdadero desde el amor, por el amor y con el amor. |