.

UNA NUEVA ESPERANZA   (Reflexión)

Antonio Alconchel

 

 

“Junto a los canales de Babilonia…” (Sal.136)

Quisiera sentir y oír la música para poder entonar cantos en la plaza. Quisiera sentir y oír tocar la flauta en la plaza para poder danzar. Pero en la plaza ya no se oyen cantos ni la música dulce de la flauta. Será que han desaparecido los niños; será que se han sentido aburridos, y han huido. Será que la “nueva imagen” no les dice nada ni les divierte.

“¿A quién se parece esta gente de ahora? Se parecen a unos niños sentados en la plaza que gritan a otros: tocamos y no bailáis, cantamos y no hacéis luto.”(Mt.11,16)

Han desaparecido los signos de alegría, y ya no hay ni cantos, ni saltos, ni gritos de gozo en la plaza, porque ya no hay saludos de fiesta. La “plaza” se queda vacía. Todo se ha hecho silencio; ni siquiera ya el silencio tenso. No hay palabra que se diga ni voz que suene; sólo la monotonía la inunda, y la embarga. Todos esperan que llegue, ¿qué?, sin saber si vendrá.

“Al caer la tarde decís: ¡está el cielo dorado, va a hacer bueno”; por la mañana decís: “está el cielo de color triste, hoy va a haber tormenta”. El cielo sabéis interpretarlo, ¿y las señales de los tiempos no sois capaces? Mt. 16

Quisiera que apareciesen en el cielo unas nubes, aunque fueran negras, para decir, “tormentas tenemos”, pero éstas han desaparecido, se han vaciado, ya no están. Tendré que decir, no habrá lluvia.

Quisiera que un cielo sonrosado apareciese en la lejanía y que anunciase, “mañana hará buen tiempo”.

Tampoco en el horizonte se anuncian cambios, ni pronostican, los signos, que el tiempo traiga bonanza. Tal vez desaparecieron las señales. Si no hay signos, ¿cómo veremos los significados? Harían falta señales que anuncien dicha bonanza, y profeticen y contagien el gozo, o ¿es que con los cantos y las danzas, también ha desaparecido la alegría?

El signo vacío y huero no anuncia nada; es vano y engañoso; decepciona a quienes desean recibirlo.

El pueblo de Dios, este pueblo, cuando caminaba por el desierto, necesitaba de buenos pastores que lo guiasen, que le hablasen, que lo condujesen a buenos pastos… a la tierra fértil. Llorando se dirigen a ellos, y les recriminan: ”nos habéis sacado al desierto y nos habéis  abandonado en medio de él”.

Quisiera estar sentado a la sombra de la “retama” de la soledad y del cansancio; quisiera quedar dormido y despertar, y ver ante mí, “pan y agua” y escuchar palabras buenas: “come y bebe que aún te queda mucho camino por andar”.

1Junto a los canales de Babilonia

nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;

2en los sauces de sus orillas

colgábamos nuestras cítaras.

3Allí los que nos deportaron

nos invitaban a cantar;

nuestros opresores, a divertirlos:

«Cantadnos un cantar de Sión».

4¡Cómo cantar un cántico del Señor

en tierra extranjera!

5Si me olvido de ti, Jerusalén,

que se me paralice la mano derecha;

Quisiera sentir, a la entrada de la cueva, como Elías, tras el estruendo del trueno y el fragor de la tormenta, esa “brisa suave” y buena, y esa voz profunda que me dice: “allí sí, en esa suave brisa, sí está Dios”, y su mensaje de volver a sus hermanos, los hombres. Pero temo que si el signo del pan y del agua se niega, cuando ya no pasa ni siquiera el suave ruido de la brisa…, me pregunto: ¿tendrán razón esos “profetas de los baales”.

El pueblo de Dios, este pueblo, cautivo en la decepción, y a punto de la desesperanza, necesita oír la palabra alentadora que despierte en él la esperanza cierta que, en otro tiempo, le hizo salir al desierto en busca de una nueva tierra y de nuevos cielos. Necesita palabras de gozo que levanten su deseo de regreso, en medio de la “deportación”, de volver a la nueva y reconstruida Jerusalén.

En su esperanza renacida podrá decir, en medio de cantos de alegría, “al volver vuelven cantando trayendo sus gavillas”, aunque al ir iban llorando. Sólo la esperanza, despertada por la “palabra”, levanta el corazón de los deportados, y comienzan a tocar y a cantar junto a los canales de Babilonia; la babilonia de cada uno, la de hoy.

¿Será cierto que los profetas ya no tienen voz y ya no gritan? Han cambiado sus gritos por los halagos; se han secado sus palabras y su pensamiento; y lo peor aún, sus sentimientos. Los “falsos profetas” anunciaban nuevas etapas, pero el mensaje no llegaba al pueblo de Dios, porque sus palabras eran vanas.

“Cuando el Señor cambió nuestra suerte

 Los que sembraban  con lágrimas

Nos parecía soñar,

cosechan entre cantares…

La boca se nos llenaba de risas,

Al ir lloraban,

La lengua de cantares.

Al volver, vuelven cantando” Sal.125

¿Para qué queremos esos profetas que son mudos o transmiten un mensaje engañoso? Si ya nada pueden decir, “si han cambiado la imagen” que construyeron nuestros presentes y antepasados; Si ya no hay pastores que conducen a este pueblo, ¿para qué queremos los profetas? Sabemos de dónde venimos, pero no sabemos a dónde nos quieren llevar.

Este pueblo viejo, que no gastado, necesita ser conducido a otras fuentes y manantiales de agua viva, y no estar abocados a beber aguas que no quitan la sed, y son salitrosas o aguas estancadas.

Se ha quitado la palabra; ya no pueden pronunciarla todos; se proscribe, se injuria, se demoniza.

“No hace falta que nadie hable”, sobra la palabra que manifiesta las ideas y los sentimientos. ¿Será cierto que la palabra incluso, y la voz, ya son privilegio de unos pocos?

Parodiando al poeta, siempre quedará la “libertad de pensar y de sentir”. Nadie tiene la exclusividad de la verdad y tampoco de la palabra.

La palabra compartida y confrontada, es signo de búsqueda y de encuentro. No se estrangula ni ahoga con la vaciedad superficial. La palabra oída y compartida crea nuevas dimensiones y nuevos proyectos. La palabra que se mata, que se calla y se ahoga, no deja nacer la vida. La palabra, por ser contraria, no es mala y destructora; en cambio, posibilita avanzar, en la búsqueda de la verdad.

¿Por qué tantos silencios en “nuestro pueblo”? ¿Por qué se ahoga la voz del profeta Jeremías y se le mete en el “pozo”?. Quien no es capaz de oír la palabra, es que no es capaz de ser jefe-pastor-hermano de este pueblo.

Quienes se cavan nuevas fuentes y se edifican nuevos símbolos; mitifican las palabras y desmitifican los hechos, despreciando su contenido que tantas generaciones han vivido, a lo largo de una travesía hacia la nueva tierra, realizan un ejercicio vacío y vano.

Algo es signo cuando significa; lo que va cargado con la superficialidad de pensamiento, la exclusividad de las personas…, ofende a la inteligencia, y es un fraude.

Conclusiones.

Quiero, en estos momentos, hacer uso de la palabra libre, para que libremente y sin más corta-prisas, que las de la caridad y el amor, buscar con los hermanos y desde cualquier foro, los caminos para salir del “desierto”, y poder juntos, aunque sea desde “un corazón quebrantado y humillado”, entonar un himno de alegría y de acción de gracias a Dios, y de amor a la Escuela Pía.

Que nadie cierre las bocas ni acalle las palabras. Que no haya argollas, ni de oro, ni de agradecimientos que esclavicen. No puede la verdad florecer ni reverdecer en nuestros campos, si se vuelve contemporizadora, acomodaticia y agradecida. La verdad es y crea libertad.

La palabra ha de ser signo de la verdad, de la sinceridad y de la armonía.

Quien niega la palabra

Quien cierra los labios

Quien ahoga la garganta que grita,

Mata la verdad.

La verdad os hará libres, aun a costa de dolor. “No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo”, o aun reducir a nada lo que quede de vida; “nunca podrán matar el alma”.

Con un poema, así termino:

“De tanto gritar silencios,

De tanto gritar palabras,

Ronca tengo la garganta;

Y casi se me seca el alma.

Que tengo un hueco allá dentro

De tanto callar palabras.

Silencio de amor

Silencio de esperanza

Silencio de “rabia”.