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EL PLAN DE DIOS SOBRE EL HOMBRE Y LA MUJER (III)

Victorino Ruiz Sola, Sch. P.

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Si admitimos la creación del hombre directamente por Dios, no hay misterio. ¿Qué es lo que pasó? Veamos la palabra de Dios que va más allá de la ciencia. Dios plantó a la mujer enfrente del hombre, vis a vis, cara a cara, para que en principio se miren, se reconozcan, que se amen, y no solamente para que el hombre se arroje sobre la mujer, como un macho sobre la hembra, sino para que vaya hacia ella, con un impulso amoroso, con un grito de amor, las manos tendidas hacia ella que se la presenta Dios. Carne de mi carne y hueso de mis huesos. Ésta es la raíz de todo amor humano y cuando se vive el amor como las bestias, o peor aún, exigiendo aberraciones sexuales, que humillan y dejan a la esposa como un trapo sucio, como un objeto de placer, ese falso amor no puede durar y deja a los hombres y mujeres muy heridos, tendidos en el camino.

Este hombre y esta mujer que van el uno al otro, reconociéndose mutuamente como don de Dios, entre los que brota el amor, estaban desnudos, los dos, y no sienten vergüenza el uno delante del otro, nos dice la escritura al final del capítulo segundo del Génesis. ¿Qué quiere decir esto? No se trata aquí de una parodia de transparencia ni de una especie de voyerismo (se pronuncia vuayerismo, “voyeur”, que se pronuncia vuayer, quiere decir mirón), de ver al otro sin pudor. Se trata de amar al otro desnudo y de mostrarse al otro desnudo, es decir de amar al otro tal como es y no a causa de sus adornos o posesiones, a causa de sus cualidades, de sus vestidos, a causa de todo lo que puede parecer belleza.

No, yo te amo tal como eres, tal como estás, desnudo. No te amo por el color de tus ojos, por el color de tus cabellos, que con el tiempo blanquearán. No te amo porque eres hermosa... quizá enfermarás y te seguiré amando igual. Te amo porque eres tú y tú me amas porque soy yo. Tú no me amas por lo que yo aporto al matrimonio y yo no te amo por lo que tú me traes. Te amo a ti desnuda y tú me amas a mí desnudo. Este camino de gratuidad, de donación mutua, será forzosamente un camino progresivo. Será necesario que, durante toda la vida de matrimonio, cada uno acepte al otro tal como es y no tal como se lo imagina o sueña. Cuántos matrimonio no funcionan porque él o ella, el uno o la otra, no corresponden al ideal que se tenía, a la imagen soñada que cada uno se había formado del cónyuge. Entonces este sueño, este ideal se ha convertido en un molde en el que se ha querido encerrar al otro. Cuántos malentendidos y qué graves crisis hay por esta causa, que pueden ser verdaderas crisis de ruptura, porque se desprecia al otro, cuando se choca contra la realidad.

No. Hay que recibir al otro desnudo, de las manos de Dios y hay que entregarse al otro, desnuda, sin máscara, sin careta, sin hacer teatro, sin tratar de seducirle, fingiendo lo que no se es. En verdad, ésta es la raíz del perdón mutuo. No tengo que perdonar al otro por ser lo que es. Tengo que amarlo y aceptarlo tal cual es y debo entregarme tal como soy, del mismo modo como Dios me acepta tal como soy. Ved cuál es el plan de Dios sobre el matrimonio. ¡Oh! ¡Si conociésemos el don de Dios! Entregándose el hombre a la mujer y la mujer al hombre, especialmente en el matrimonio, pero también en toda relación humana diferente del matrimonio, Dios quiso revelarnos algo de lo que Él mismo es, en su relación interior. Y este proyecto fue destruido por el pecado original.

No voy a entrar en detalles acerca del pecado original. Los dos estaban allí, dice la Biblia. Eva dio del fruto a su marido que también comió. Y el pecado de Adán pudo ser dejar hacer, no decir nada, callarse. Bien lo sabemos todos, esa tentación terrible del hombre, de no decir nada, para seguir en paz. Y Adán sucumbió a esta tentación de no decir nada o, quizá, como algún comentarista dijo, quiso correr la misma suerte que Eva, una vez que había desobedecido, por solidaridad. Y lo que la serpiente, el demonio, les había propuesto era una tentación esencialmente de orden espiritual, llegar a ser semejantes a Dios, lo que por otra parte se les había propuesto de parte de Dios, pero por otro camino.

Dios había hecho al hombre a su imagen y semejanza, pero esta semejanza precisaba de unas etapas. Dios no había querido reservarse nada para Él. Sencillamente, a medida de la madurez de la humanidad, Dios hubiera dado poco a poco las etapas de esta semejanza. ¿Qué pasó? Quisieron ser semejantes a Dios (y en esto no había nada malo), pero saltándose etapas, de repente, por sus propias fuerzas, tomando ellos mismos la iniciativa. Eva cogió el fruto en lugar de recibirlo y bien sabemos que es nuestra tentación permanente, tenerlo todo cuanto antes, en seguida, echar mano de..., en lugar de recibir. Eva quiso su propio desarrollo por sus propias fuerzas. Ambos quisieron el conocimiento del bien y del mal, por el camino de la desobediencia, mientras que Dios había previsto dárselo por el camino del amor y de la obediencia.

Ciertamente, se le habría dado el conocimiento. Según san Pablo, conoceremos como somos conocidos. La altura, la largura, la anchura y la profundidad de Dios... se nos darán cuando nuestro corazón sea lo suficientemente grande, tan convertido y tan semejante al corazón de Dios, como para poder soportar el conocimiento del bien y del mal, el conocimiento que brota del amor. Pero nosotros hemos querido un conocimiento del bien y del mal, fuera del camino del amor y esto nos ha llevado a la bomba atómica y nos ha llevado a un conocimiento que mata, porque fuera del camino del amor, el conocimiento del bien y del mal, puede matar al hombre y eso lo sabemos muy bien.

Y bien, encontramos este pecado, permanentemente, en el plano de la sexualidad. No fue la sexualidad la causa del pecado original, pero sufre las consecuencias, como todo lo demás. La sexualidad está lesionada, herida. Se quiere formar la pareja saltando etapas. No se confía en la promesa de Dios. Se desconfía de Dios, como si fuera enemigo del hombre, como si los mandamientos fuesen la privación de nuestra libertad, en lugar de verlos como la protección de nuestra libertad. Se piensa que buscar uno mismo su propia felicidad es más seguro que dejar este cuidado en manos de Dios.

He aquí los frutos del pecado. El primer fruto del pecado es tener miedo a Dios. El hombre y la mujer se escondieron. Los dos conocieron su propia desnudez, desnudez total, su propia pobreza y se derrumbaron, se escondieron. Adán, Adán, ¿dónde  estás? Tuve miedo de ti y me he escondido, porque estaba desnudo. He aquí nuestro primer pecado. Tenemos miedo de Dios y este miedo nos deprime permanentemente, tenemos miedo de que Dios nos impida ser felices, tenemos miedo de que Dios se meta en nuestras vidas, tenemos miedo de que Dios venga a molestarnos, tenemos miedo de que Dios impida nuestro progreso, tenemos miedo de que Dios nos impida ser libres.... Y todos nosotros estamos marcados por ese miedo a Dios y ésta es la gran mentira de Satanás, que es el padre de la mentira, porque es justamente lo contrario lo que Dios quiere darnos, la alegría, la perfección, su semejanza, la felicidad.

Desde ese día el miedo a Dios entró en la humanidad. El primer fruto del Espíritu Santo, cuando damos a Dios nuestra vida, es librarnos de este miedo a Dios, es librarnos de las cadenas de la esclavitud. ¿Dios enemigo de la felicidad del hombre?  Ésta es la gran mentira que Satán logró introducir en la humanidad y después otras dos consecuencias del pecado original. Una de ellas, la ruptura de la pareja. Adán que había exclamado: ¡Ah! ¡Es maravillosa, es preciosa!, va a señalar con un dedo acusador al mismo Dios y a Eva: “Es ella la que me ha hecho pecar, ella, eres Tú quien me la diste, no habérmela dado, Tú tienes la culpa”. Comienza acusando a Dios, que es lo que hacemos nosotros. Cuando cometemos alguna falta, nos decimos siempre ¿por qué Dios ha permitido que yo hiciese semejante cosa? La culpa es de Dios. Y después acusamos a nuestro hermano. Es ella, es por culpa suya. Y Eva descarga la culpa sobre la serpiente. He aquí la segunda consecuencia de la caída, la acusación mutua, la ruptura. Los hombres tienen la culpa de lo mal que va el mundo. Las mujeres tienen la culpa. Es la culpa de mi marido. Es la culpa de mi esposo. Siempre es la culpa del otro. Siempre. El apóstol llama a Satán el acusador de nuestros hermanos. Hacemos el papel de Satán, le seguimos el juego, cada vez que nos acusamos mutuamente. El otro nombre de Satán es el homicida, el que mata, el que mata nuestro amor.

Esta ruptura de la pareja, va a entrañar este constante castigo de Dios: La codicia te llevará a tu marido y él te dominará. La codicia y la dominación es el otro fruto del pecado original. Me explico: La mujer es para el hombre como un recuerdo, un memorial de que el tener y el poder no pueden satisfacerle y que sólo el amor lo puede hacer feliz. Y la mujer es para el hombre la brecha del deseo, para hacerle comprender que hay algo más profundo, que es el amor. Suele decirse: No sé lo que le pasa a mi mujer. Le he comprado el frigorífico último modelo y no está contenta. Sí, la mujer no está contenta porque ella es un ser de deseos, es la testigo del deseo, la guardiana del deseo, de tal forma que ni el tener ni el poder podrá nunca contentar al hombre, que es preciso ir más lejos. La mujer es la guardiana del deseo y ese deseo se convierte en codicia, en espíritu de posesión. Querrá tener siempre más, querrá agarrar las cosas, tenerlas para ella, guardarlas, tomarlas. Dirá: Mi marido, mis hijos, ¡son míos!, no los dejaré jamás.

Les hago una pregunta, mujeres que me escuchan, hermanas mías: ¿Aman a su esposo con un amor benevolente que quiere siempre el bien para el ser amado, para el esposo, o con un amor codicioso que siempre quiere alargar la mano sobre el objeto del deseo? Y ustedes, hombres, mis hermanos, ¿ejercen el poder, el domino en lugar de la autoridad paterna? (Autoridad significa hacer crecer). Ustedes fueron dados a su esposa para proteger la vida, para ser el buen pastor que da la vida por sus ovejas, que es lo que hace Cristo, el Buen Pastor. No es el poder lo que deben ejercer, sino el hecho de dar la vida por aquellos que aman y servirles en el amor, protegiéndoles. No como el macho que se arroja sobre la hembra, en una relación genital de poder y de dominio. El hombre no está hecho para eso.

La dominación es la caricatura de la autoridad. Es el poderío sobre la mujer, es aplastarla, es molestarla, es domino, es fruto del pecado. Los esposos deben examinarse y ponerse en estado de autocrítica y arrepentimiento y suplicar al Señor: Ven a fomentar en mí el deseo de lo esencial y ven a desembarazarme y a librarme de ese espíritu de posesión, que hace que yo quiera guardar todo para mí, poseer los seres que amo... Ven, Señor, a fomentar en mí el amor del pastor que da la vida por sus ovejas y ven a librarme de todo espíritu de dominio, de aplastamiento, de poder sobre mi hermana.

Sí, Dios está dolorosamente herido por el pecado del hombre, por la confusión ante estas parejas separadas. Pero Dios no retirará su alianza con el hombre y la mujer. Él dijo en el primer capítulo del Génesis, en el primer relato de la creación, bendiciendo a los dos: Sed fecundos, creced y multiplicaos y llenad la tierra. Haciendo así del hombre y de la mujer, de la pareja humana, la imagen de lo que es Él, en su interioridad: Padre y Madre a la vez, dador, donante de vida. Esta alianza Dios la confirma todavía. El pecado original no la ha roto. El diluvio no anulará la alianza con el hombre, con la humanidad, hombre y mujer, para dar la vida partiendo del amor.

Después del pecado, Eva recibe su nombre. El hombre llamó a su mujer Eva, que significa vida, viviente, madre de la vida y después Adán “conoció” a Eva su mujer. Es la primera vez que se encontraron genitalmente. Eva concibió y dio a luz a Caín. Y el grito de Eva fue un grito de alegría: He obtenido un hijo de parte del Señor. ¡Qué frase tan extraordinaria! Aquí hay una cosa muy profunda. El hombre y la mujer se unen genitalmente y la mujer da gracias: Tengo un hijo que viene de Dios. Efectivamente aquí tenemos toda la fecundidad humana, que supera por todos los lados a la fecundidad animal, porque es una fecundidad A TRES, con Dios.

Precisamos volver a esta frase capital, decisiva: He obtenido un hijo de parte del Señor, para tratar de comprender un poco que si el niño viene de un matrimonio y de Dios, no les pertenece como una simple producción de los cuerpos y que no se tiene sobre él derecho de vida y muerte. Y cuando digo esto, que no se tiene sobre el hijo poder de vida y de muerte, me estoy refiriendo evidentemente al aborto, pero no exclusivamente al aborto. Hay tantas maneras de matar a los niños... El hijo no es un juguete, no está hecho para los padres, no vive para sellar o satisfacer el amor de la pareja. El hijo no les ha sido dado, sino los padres son los que  han sido dados a él. Él viene de más lejos que los padres, él tiene su misterio.

Él es una persona viviente, libre, que tiene su origen en Dios. Lo sabemos muy bien, porque lo enseña la sexología. Cuando los esposos se unen, hay millones de espermatozoides que van a encontrar al óvulo y, por lo tanto, millones de posibilidades de hijos diferentes de aquél que fue engendrado. Entonces, ¿fue el azar? No. Fue el amor del Padre celestial que llama a la existencia a cada uno por su nombre. Cada uno de nosotros, tal como somos, no nacimos por azar, ni siquiera aún en caso de circunstancias espantosas, aún en el caso extremo de una violación. Dios me llamó por mi nombre y me dijo: Eres mío, me perteneces, soy Yo quien te llamó a la vida. Como nota mía, San Martín de Porres, fue hijo natural de un caballero español y de una panameña. Fue canonizado por el Papa Juan XXIII en 1962.

Si de verdad supiésemos esto, rechazaríamos todos nuestros miedos, porque es el miedo el que impide traer hijos en este mundo moderno. Si supiésemos de verdad que tienen un Padre, que no son huérfanos, que son de Dios antes de ser de la pareja, y que la paternidad humana sólo es una imagen de la fiel paternidad de Dios, desde siempre, sobre cada uno de nosotros...  Pero esto va más lejos: Ustedes saben el nombre de Dios. Dios es el misericordioso. En hebreo se dice HAAMIN y la raíz de esta palabra es HAAM, que quiere decir útero, entrañas maternales. Dios ha querido llamarse entrañas maternales, porque Dios es a la vez Padre y Madre, y toda mujer lleva escrito en ella, mejor aún en el vientre, en el útero, el santo nombre de Dios. Podríamos decir que cuando un ginecólogo toca el útero de una mujer, está tocando el nombre de Dios.

Aquí radica la virginidad. La virginidad no existe en el mundo animal. Ninguna hembra animal es virgen. La virginidad es el sello misterioso de la pertenencia, de la fecundidad humana, del útero de una mujer, en primer lugar a Dios, y después a quien Dios se lo dé, por el santo matrimonio, para hacer como Dios, para dar la vida a un ser viviente, libre y humano. La mujer no es una hembra disponible a todo macho que pasa. Es un jardín secreto, una fuente sellada, mi hermana, mi prometida, como dice el Cantar de los Cantares. En este libro encontramos otra vez las palabras: mi hermana, mi prometida y creedme, este es un mensaje muy fuerte para los jóvenes.

Cuando se les dice que el cuerpo de la mujer es de Dios, antes de ser entregado a un hombre, que el cuerpo del hombre es de Dios antes de ser entregado a una mujer, es su libertad la que está en juego. Es una cosa muy distinta de un tabú o de una prohibición moral. Y por consiguiente, la mujer va a ser portadora de la vida, iniciadora de la vida, en el matrimonio y solamente en el matrimonio. Va a acoger la alianza de Dios con la vida en su ser y no solamente en la maternidad biológica. Toda mujer es por parte de Dios, madre en su mismo ser, guardiana de la vida, iniciadora de la vida. Será la que enseñará al hombre a amar la vida y pienso que quizá sea esa su función principal no sólo en el matrimonio sino también en la sociedad. Recordar sin cesar al hombre, que es preciso respetar, amar y proteger la vida y que es eso lo que da sentido a su propia vida. Recordarle que la vida está por encima del poder y del poseer, que la vida está por encima del dominar, porque constantemente tiene la tentación de olvidarlo.

Y he aquí, por qué cada vez que existe un empeño en minar la FE, de destruir la FE, se comienza por intentar masculinizar a la mujer. De hacerle creer que lo más importante para ella no es la vida, sino que es ser como el hombre, como si la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer (que la Biblia proclama, que san Pablo reconoce: la mujer procede del hombre y el hombre nace a través de la mujer y ambos provienen de Dios), repito, como si la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer, fuera el ser la misma cosa. Ya saben la palabra, lo unisexual, la moda unisexual.

Hay un documento en el que se dice una frase muy fuerte: Dios no puede nacer, porque no hay madres. No existe solamente el empeño de masculinizar a la mujer, sino que hay un empeño en despreciar la maternidad. Se quiere hacer creer a la mujer que ser madre está pasado de moda, que es una alienación. Y haciendo esto se quita su libertad, la libertad más profunda de dar la vida, de ser las entrañas de Dios para el mundo.

Se dio el caso de un muchacho de 14 años, el mayor de una familia de siete hijos, que entró en casa llorando y dijo a su madre: Mamá, no quiero que vengas a la salida del colegio a buscarme con mis hermanos y mis hermanas en el coche, porque mis compañeros se burlan de mí. Dicen: Esto no es una familia, sino una madriguera de conejos... Mamá, tú no eres una coneja, eso no es verdad... no quiero que vengas... y lloraba.

¿Se dan ustedes cuenta? A este respecto, les cito una frase de un artículo aparecido hace varios años en la revista francesa ELLE, ( Ella ), que no es una revista cristiana ni mucho menos, en la que una periodista se atrevió a decir, lo que las mujeres cristianas no se atreverían a decir, ni mucho menos a proclamar: “Nuestra civilización rezuma odio por los hijos. Allí donde la vida es más fácil, es también la más avara, como si el tributo a pagar por el confort fuese esa extraña condena, una especie de esterilidad afectiva”.

Por eso el Papa insiste en la malicia de la contracepción, por eso reaccionamos con tanta vehemencia y mientras gritamos para revalidar las palabras del Papa, se afianza en nosotros la certeza de que fuera de la vida no hay nada. Entonces, saber cuándo darla, cómo, cuántas veces, con quién y a quién, no es solamente cuestionarse por qué, sino también admitir que vale más darla en condiciones imperfectas, que no darla en absoluto. Es, en cierto modo, autorizar las palabras del Papa, que nos invita a hacer un alto en el camino, preguntándonos, si prescindiendo de nuestros razonamientos humanos, y tras el enunciado perentorio de la doctrina, no se oculta el único mensaje aceptable de un ser a sus hermanos, el mensaje de la vida.

Cristianos y cristianas, ¿nos atreveríamos a decir palabras tan fuertes? Estas palabras nos conciernen a todos. Todos estamos en el mismo barco, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, casados y célibes. ¿Amamos la vida? ¿Creemos todavía en la vida?  Acaso nos preguntamos si creemos en Dios... Preguntémonos si creemos en la vida. Creer en Dios sin creer en la vida, no es creer en Dios, porque Dios es viviente, la VIDA. Es el Padre y Madre para cada uno de nosotros. DIOS es la VIDA. Vino para la vida y para que nosotros viviéramos. Entonces, aquí puede estar el mensaje más profundo que se nos ha dado en el primer capítulo del Génesis, EL AMOR. El amor por la vida, ahí está nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra libertad, cualesquiera que sean las circunstancias del caminar de los matrimonios, cualquiera que sea el camino por donde pasen.

Finalmente, vean, es la comunión en el reino, es la vida de aquí abajo la que se expansionará en la vida eterna. Hemos señalado que hay etapas, maduraciones, crisis, idas y retornos, conversiones... No es un camino para el descanso y el reposo. El amor no es reposo ni es quietud, porque es la vida. Aceptemos este mensaje y preguntémonos qué es lo que Dios quiere decirnos, a cada uno de nosotros, hoy, cómo esta alianza de Dios con nosotros, se cumple en nuestras vidas, en nuestros hogares, en el celibato o en la soledad. Si Dios es LA VIDA, Él es EL AMOR. Sí, ya seamos hombres o mujeres, nosotros estamos hechos para EL AMOR, estamos hechos para LA VIDA. AMÉN.