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DEL RECUERDO A LA ESPERANZA (Reflexión)

Antonio Alconchel, Sch. P.

 

 

“La esperanza no defrauda”

“Esperar cuando no había esperanza,
fue la fe que lo hizo padre de muchos
pueblos” (Rom.4,18).

“Poema sin poesía”

Cuando he visto un niño llorar…

Cuando he visto su rostro sucio y triste, y las moscas
entre sus labios y sus ojos…

Cuando he visto un niño desnudo y con hambre,
su estómago hinchado, y sus piernas y brazos delgados…

Cuando lo he visto solo, y con sus grandes ojos, sin mirada…

Cuando he visto a un niño triste y sin sonrisa…

Cuando he visto “una llama” que se apaga,

Me he preguntado, con el corazón roto,
¿quién mató la esperanza?

…y no me he sabido responder.

Perdón, Señor, porque no te he reconocido.

Desde el Recuerdo

Viene a mi memoria (siempre es la memoria vehículo de vivencias), viene a mi mente, digo, lo que es recuerdo y fue vivencia, de hoy y de hace ya muchos años.

Eran nuestros, mis años de estudiante de teología, en aquel pueblo pequeño, en aquella inmensa casa, con espacios abiertos, cuando todo era muy simple: estudio, deporte, rezo y silencio, lectura, y amistad sincera; paseos largos y sustanciosas conversaciones…

Sí, recuerdo aquellas tardes de invierno, después de un partido de futbol, en un, casi-campo de piedras; juventud, sudor, desahogo, y una ducha de agua fresca, fría, ¡helada!; y luego, al estudio. Recuerdo aquellos atardeceres de primavera, con aquella inmensa huerta ya reverdecida y con una temperatura y silencio apacibles. Recuerdo aquellos otoños con las hojas de los árboles amarillentas, o de diversos colores, caídas, y ya casi muertas… Son recuerdos, no nostalgia ni tristeza, vivencias cargadas de esperanzas que aún hoy siguen vivas.

No me lleva, digo, a aquel tiempo, la nostalgia de lo marchito o perdido, “nada se pierde” -dice el poeta. Confieso aquí la esperanza que, por todos mis poros, transpiraba, y que aún siento. No anhelo lo pasado; gozo con lo que viví y con lo que entonces esperé y he vivido.

Permitidme un recuerdo más: aquella estupenda Biblioteca, llena de jóvenes, todos en silencio, leyendo o estudiando. Un ambiente ocasionalmente serio, donde día a día formábamos nuestra inteligencia y nuestro corazón, con la esperanza de, un día, servir mejor a la Iglesia y a los niños y jóvenes. Agradezco emocionado la afición a la lectura que, en aquellos años de estudiante, se fue forjando en mí.

Recuerdo y releo, algunos libros de aquellos años de presente, hoy, y de esperanza, entonces, que produjeron en mí un grato influjo y una visión que aún mantengo. “La espera y la esperanza” de L. Entralgo, es uno. Habla de la esperanza humana y cristiana; y son la Biblia y San Pablo, sus fuentes, aunque no sólo. Desde ese humanismo cristiano dice que “la espera se hace esperanza cuando el hombre confía, de un modo más o menos firme, en su ser, y cuando descubra que aquello en que su confianza se apoya, es el fundamento gratuito, creador y obsecuente de la realidad. La esperanza sólo puede ser genuina siendo religiosa”.

El fundamento de por qué se espera convierte la espera, en un esfuerzo creador, y no en un empeño inútil. Si el fundamento es trascendente y mira a Aquel que, sólo Él, puede salvar definitivamente al hombre, se convierte en esperanza cristiana. “La esperanza cristiana tiene que ser un misterioso, gratuito y sobrenatural acabamiento de la pasión y del hábito de vivir esperanzado” (Prólogo)

Según San Pablo…

Con mucha frecuencia he leído y he vuelto a leer a San Pablo, y en concreto su carta a los Romanos.

”…Más aún estamos orgullosos también de las dificultades, sabiendo que la dificultad produce entereza, la entereza calidad, la calidad esperanza, y esa esperanza no defrauda, porque el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado”(5,3-5).

Dos son los elementos o ingredientes que dan realidad a la esperanza. Por un lado, la certeza de conseguir lo que se espera. Por otro, el fundamento de esa certeza. Por el primero, se elimina todo lo que sea ilusión o fantasía: un buen sueño o un sueño vano sin visos de realidad. No es cuestión de dar rienda suelta a lo que son puros devaneos. Por el segundo, el fundamento de la esperanza, lo ponemos en algo o en alguien que es capaz o tiene fuerza para producir ese efecto. Es necesario que la esperanza sea posible, para que la espera, tenga razón de ser anidada en el corazón del hombre. Cuando San Pablo dice “sé de quien me he fiado”, (II Tim.1,12), lo hace o dice, con la esperanza de estar seguro y de ser cierto, y con la seguridad de aquello en que basa su esperanza. El fundamento está en Cristo de quien “está persuadido que tiene poder”.

Para quien quiera

  • Es posible la esperanza? ¿Qué razones existen para la esperanza?

  • ¿Cuáles son las certezas de los que esperamos como hombres, como cristianos, como religiosos?

  • ¿Pueden ser nuestras esperanzas un simple tránsito pasivo del tiempo, en una espera infructuosa y aburrida?

  • ¿Cuáles son los fundamentos de nuestras esperas y esperanzas?

  • ¿Es posible que se dé una esperanza sin contenido, incluso en nuestra vida, y en la que los fundamentos sean de arena inestable?

Donde está el corazón del hombre, allí pone sus esperanzas y su ilusión, y éstas le llevan a luchar y a buscar nuevas dimensiones. “Lo que embellece al desierto -dice S. de Exupery-es que en alguna parte se esconde un pozo de agua”. Ello hace que el que busca siga caminando, aún en el desierto.

Impresión

Esperar sin que exista más allá de mi tiempo y del tuyo; de tu proyecto y el mío; sin que exista nada más allá de nuestra mirada egoísta, es, ni mirar, ni siquiera vislumbrar unos cielos nuevos y una tierra nueva.

Vivir, en nuestro caso, en esperanza, es vivir luchando y construyendo una realidad distinta a la de quienes quieren imponer, injustamente, su egoísmo, sus ascensos, y sus pensamientos vacíos.

Decía Unamuno:”Jamás desesperes aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”.

Cuando, en la lucha de la acción o del pensamiento, estás dispuesto a abandonar, y el aburrimiento quiera invadirte; cuando todo el esfuerzo parezca una pasión inútil, no cedas a la tentación de la huída. No hacen los caminos y las sendas los que se paran y se sientan, sino los  que siguen caminando. Los sueños, las esperanzas no son solamente sueños, cuando están bien fundamentados. Él, Cristo es el fundamento, la “piedra angular” en la que basamos nuestra vida. “Sé de quién me he fiado, y estoy firmemente convencido de que tiene poder para asegurar, hasta el último día, el encargo que me dio” (II Tim.1,12).

Se suele decir que cuando nos hacemos mayores, volvemos sobre las lecturas que más nos impactaron en la juventud. Este es mi caso, cuando vuelvo sobre uno de los libros, que guardo con esmero. Fue también en los años jóvenes cuando leí “Literatura del Siglo XX y Cristianismo” de Charles Möeller, el tomo IV, dedicado a cuatro autores, bajo el subtítulo de “La esperanza en Dios Padre”. Dice el autor en la introducción: “Para los testigos que vamos a interrogar, esperar es aguardar un acontecimiento que interesa a todos los hombres, a todos al mismo tiempo… nos aproximan a la visión litúrgica de la esperanza”. Al citar “Antígona”, de Anouilh, dice que “en el drama se lucha porque se espera salir de él, permaneciendo en el dominio de la esperanza: la felicidad es difícil, abrupta pero puede ser alcanzada…; en la tragedia -dice- se sabe que ya no hay esperanza”.

En el drama, en la dificultad, siempre puede haber un rayo de luz; siempre puede amanecer; es posible la esperanza. ”En cada amanecer -dice Clarasó- hay un vivo poema de esperanza, y, al acostarnos pensemos que amanecerá”. La esperanza nos hace rejuvenecer, y tiene capacidad, incluso, “de hacernos ver de manera distinta el pasado” L. Rosales.

Preguntas para examen

¿Quién mató la Esperanza de quien emprendió un camino de ilusión?

¿Quién mató la esperanza que brilló en aquellos ojos limpios?

¿Quién mató la esperanza de quien emprendió una empresa bella?

¿Quién cortó las alas de quien alzó su vuelo buscando la luz?

¿Quién devolverá la esperanza al corazón herido.

La gran esperanza que nos mantenga en el camino, solo puede ser Dios”. Benedicto XVI, “Spe Salvi” n.31

La esperanza prometida

Existen algunos salmos con los que te identificas más y los rezas con más sentimiento. Este es para mí el caso del Salmo 136. Encuentro en él, sentimientos complementarios. Por un lado, una santa nostalgia envuelta en una pizca de tristeza. Por otro, un sentimiento de inconformismo, unido a una cierta rebeldía. Y en tercer lugar, queda patente el sentimiento de venganza hacia el opresor.

Si la primera parte es un lamento, en actitud de espera pasiva e infructuosa, la segunda es un canto de optimismo y de esperanza de quien no se resigna ante el drama que sufre el Pueblo de Dios.

“…Si me olvido de ti, Jerusalén,
Que se me paralice la mano derecha.

Mi lengua se me pegue al paladar,
si de ti no me acuerdo,
si no alzo a Jerusalén
al colmo de mi gozo…” (S. 136)

El Pueblo de Dios reacciona con esperanza, y se rebela contra su pasividad. El fundamento de su esperanza radica en Yahvéh. No se apagará aquella fe y confianza que la promesa de Dios encendió en Abrahán. No importa que los signos de hoy sean contrarios a la misma. “El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del sol; con ella se extingue el esplendor de nuestra vida”. “Que se me pegue la lengua al paladar…” grita, el pueblo de Dios, cautivo.

“Es Dios quien habló a Abrahán, y su palabra es eterna.

“Dios le habló así: por mi parte he aquí mi Alianza contigo… serás padre de una muchedumbre de pueblos… Te haré fecundo…una Alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo. Después de hablar con él, subió Dios, dejando a Abrahán” Gn.

Nos dejó, Dios, su Alianza, y se marchó. Nos dejó el encargo de guardar su proyecto y de luchar hasta llegar a la “tierra de Promisión”, que Él había prometido a su descendencia.

Dios, que es fiel, volverá, cuando esa promesa se borre del corazón, y con ella toda esperanza. Volverá y renovará su alianza eterna.

“Cuando Dios vio a Moisés le llamó
desde la zarza que ardía…Él respondió:
heme aquí…Yo soy el Dios de tu padre
Abrahán…he visto la aflicción de mi
pueblo y he oído su clamor” Éxodo

La Promesa hecha a Abrahán vuelve a reavivarse al resplandor de la llama ardiente. Dios firma su alianza con su pueblo, ahora en el desierto, y le pide su asentimiento,

”Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz guardaréis mi Alianza… Vosotros seréis mi propiedad…

Siempre estará acechando la tentación de la infidelidad; el desierto es lugar de tentación, lugar de prueba; se sentirá inclinado ante “el becerro de oro” y ante otros dioses. Pero, es también, lugar de encuentro del hombre con Dios. Por Moisés y los Profetas fue guiando Dios a su Pueblo, siempre en esperanza.

Los pastores de mi pueblo no cuidaron del rebaño; más aún se aprovecharon de él; bebieron su leche; dividieron el rebaño y lo dispersaron. Ez.34. Pero Jesús dice: “Yo soy el buen Pastor y cuido de mis ovejas… las reuniré”. Jesús, el Mesías, es la fuente de nuestra  la esperanza.

Cuando esa promesa se realice, en Jesús, Dios habrá tomado carne de hombre, carne de infidelidad, pero también de promesa y de esperanza. Dios habrá plantado su tienda junto a la nuestra y entonces se realizará lo que dice Isaías,

“Ya no te llamarán abandonada,
ni a tu tierra devastada;
a ti te llamarán mi favorita
y a tu tierra desposada…”.

Me gustaría…

  • Ver signos de esperanza en medio de nosotros, en el camino, aunque sea duro.

  • Ver y sentir, en medio de la tentación del desierto, aunque solo fuese un lento caminar hacia la “tierra prometida”.

  • Vivir en una espera, aunque sea tensa, la llegada de un Moisés, al “campamento del pueblo”.

  • Vivir y celebrar el gozo del camino, con el pueblo que lleva el arca de la Alianza y el carisma.

  • Oír una voz que grita, también en esperanza, con Ezequiel, “por qué queréis morir casa de Israel… haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo”.

Solo unos deseos más… ¡perdón!

  • Quisiera oír y cantar, descansando o caminando, “una canción nueva”, sin halagos vanos que nada celebran.

  • Quisiera celebrar, con aleluyas, y cantar cantos de alabanza, porque la vieja vara de Jesé, nuevamente, ha vuelto a florecer en “nuestra tierra”.

  • Quisiera escuchar el tintineo de las esquilas del rebaño, que se reúne con el único y verdadero pastor.

  • Quisiera oír y escuchar, por pasillos, escuelas y recreos, la voz, los cantos, las risas y las quejas de jóvenes escolapios, que juegan, ríen y cantan, con los niños y jóvenes, y también, exigen y protestan.

  • Quisiera, en fin, entonar un canto a Jesús, con una melodía nueva, y cantar con los ángeles y los hermanos, “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra Paz”.

Y, ¡final!

La esperanza es un Don que hay que pedir y cultivar.

Sólo quien tiene esperanza y crea esperanza, puede buscar y andar por caminos nuevos; necesitamos indagar en nuestra fe; entrar en nuestro interior y pararnos; buscar los caminos nuevos de esperanza, como nos dice Jeremías:

“Paraos en los caminos y mirad,
y preguntad por los senderos antiguos,
cuál es el camino bueno, y andad por él,
y encontraréis sosiego para vuestras almas”.

                                                    Jer.6,16