![]() |
ANCIANIDAD Y VIDA RELIGIOSA
P. Urbano Valero, S. J..... |
| . |
|
|
Como
a todos, también a los religiosos nos llega la hora de
la
Y como todos, acumulamos experiencias, madurez, sentido de lo sustancial y de lo relativo, mezcla de serenidad e inseguridad, de esperanzas y temores, limitaciones, cansancios, fragilidades… Y ya como religiosos nos preguntamos: ¿cómo vivir la ancianidad en la vida religiosa? Y ¿cómo vivir la vida religiosa en la ancianidad? ¿QUIÉNES SOMOS?: Hombres y mujeres con edades comprendidas entre los últimos años 60 y su final. Muchos llevamos ya medio siglo o más de vida religiosa. Entre todos y todas sumamos, particularmente en Europa occidental, un número bastante elevado de personas dentro de nuestros institutos como parece que nunca lo ha sido. Esto es ya un hecho relevante para nuestros institutos: querámoslo o no, somos un inevitable factor de envejecimiento global de los mismos. Si bien es verdad que su vida y vitalidad circula por debajo del nivel mínimo de nuestra edad. Nos damos cuenta de que este hecho plantea un doble problema: por una parte la necesidad de prevenirlo y compensarlo y, por otra, la de colocarnos en una escena no marginal sino digna y, en la medida de nuestras posibilidades, también participativa, fecunda y fructuosa, en la que no entorpezcamos ni coartemos vitalidad e ilusión, sino que, por el contrario, podamos contribuir a ellas en la medida de nuestras posibilidades.Además, no sólo somos hombres y mujeres mayores, sino de "otra generación". Ello hace que nos sintamos distintos de las generaciones que vienen atrás: en lenguajes, costumbres, culturas, intereses, criterios, talantes… En realidad, por encima de todo eso, nos queremos unos y otros y, poniendo todos lo mejor de nosotros mismos, podemos llegar a lugares de encuentro profundo y sustancial y de conveniencia. …Nosotros somos la "generación del cambio", porque a nosotros, en nuestra vida en general, y también en nuestra vida religiosa, se nos cambiaron muchas cosas y nosotros mismos también cambiamos muchas. Justamente hace ahora 40 años, el Concilio Vaticano II, describiendo la situación del hombre en el mundo de hoy, nos dijo cosas tan sorprendentes como éstas: "el género humano se halla hoy en un periodo nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que se extienden al mundo entero. Tan es así que se puede hablar ya de una verdadera revolución social y cultural que repercute también en la vida religiosa… Como ocurre en toda crisis de crecimiento, ésta trae consigo no leves dificultades" (G.e.S, 4,5). Se nos llamaba a diseñar un nuevo modelo de vida religiosa más acorde con la nueva etapa del mundo y con la imagen que la Iglesia, en obediencia al Espíritu, quería proyectar de sí misma… Tuvimos que aprender lenguajes nuevos y adquirir criterios y actitudes nuevas, adoptar distintos modos de proceder, dejando costumbres y querencias anteriores que nos parecían sustanciales y sagradas, diseñar estructuras nuevas y tomar opciones nuevas (cfr. P.C.,2). El proceso de cambio no fue fácil ni indoloro. Muchos caminamos a oscuras y a tientas; y nos despistamos y cometimos errores… Y aunque el resultado final pueda considerarse en general como positivo (P.C., 13) los costos fueron elevados y dolorosos: profundas desazones personales y comunitarias, zozobras interiores, divisiones y enfrentamientos, calificaciones y descalificaciones mutuas, y una hemorragia imparable de abandonos por personas, no pocas, muy valiosas, que muy bien podrían estar ahora entre nosotros. Pero, poco a poco, se nos iba apareciendo una vida religiosa más ágil y sensible al Espíritu, renovada, o en vías de renovación, más humana y fraterna, más centrada en lo sustancial, menos rígida y normada, más participativa, creadora y fecunda, más sensible a las necesidades del mundo, más lista, en definitiva para servir a la causa del Reino de Dios en la tierra. ¿QUÉ HACEMOS? Tenemos que evitar dos extremos: Por una arte aferrarnos a lo que veníamos haciendo muy bien, con competencia y acierto, pero de lo que ya no somos capaces, al menos con la capacidad debida y exigida por el hoy ni con el grado de responsabilidad y de cogestión que las circunstancias exigen de ordinario. Por otra parte, replegarnos antes de tiempo y sin necesidad, sobre nosotros mismos, por miedos y temores o por indolencia, en una situación estéril y nociva, que nos aísla y nos encierra. Sin creernos ya necesarios, al menos como podíamos haberlo sido antes (que, a lo mejor, tampoco lo fuimos tanto), es bueno que vivamos, mientras podamos, con proyecto y con actividad, una actividad acomodada a las posibilidades y realidades presentes de cada uno. Podemos descubrir a nuestras edades actuales, veredas nuevas que nos abran a horizontes insospechados, tanto en lo humano como en lo espiritual. Esto supuesto, nuestras actividades pueden ser muy variadas. Hay algunos que aún, en su edad avanzada, siguen siendo Superiores de sus comunidades: la escasez de personal obliga a veces a ello. Otros y otras desempeñan bien y eficazmente tareas domésticas, indispensables en toda comunidad. Es posible, muchas veces, prestar buenos servicios de consejos y de apoyo personal o de pura escucha a quien la solicita de una u otra manera, como tarea pastoral o como servicio fraternal espontáneo. Se pueden seguir desempeñando tareas pastorales importantes, aunque sea a ritmo más leve, muy diversas: visitas a enfermos, atender a inmigrantes, visitas a cárceles, dirigir grupos de oración con personas mayores y menos mayores, servicios desinteresados voluntarias en ONGs, Cáritas..., acompañar a quienes viven solos... Lo que verdaderamente deseamos las personas mayores es que todas esas tareas y dedicaciones no nos sean catalogadas como hobbys o entretenimientos individuales, sino como tareas importantes en la misión y proyecto pastoral de la comunidad y de la misión de la Obra que dicha comunidad mantiene y coordina. La ancianidad no es ni debe ser, como ninguna fase de la vida, tiempo de ociosidad; sí puede ser tiempo de un sano y bien aprovechado ocio, en cierto modo merecido: lecturas, música, ejercicio físico, Internet,... Aquí tiene también su lugar privilegiado la posibilidad de dedicar tiempos más largos a la oración de todo tipo y género y al trato directo con Dios, sin objeto especial, simplemente hablando con Él. ¿Y los que no pueden hacer ya nada o casi nada?... Pues que hagan eso: casi nada; la energía del vacío es una dimensión no eficaz para el mundo, pero muy válida en el plan de Dios. ¿CÓMO NOS SENTIMOS? Sabemos que nos acechan algunos peligros o "malas compañías" que pueden hacer que no nos sintamos bien. Ya el Qohélet se refería al tiempo de la ancianidad como "los años en que dirás: no les saco gusto" (Ecl.12,1). Eso es efectivamente algo de lo que nos suele pasar a los religiosos y religiosas: que perdamos el gusto de vivir. La pérdida de energías vitales trae consigo paralelamente, una baja del tono vital, con laxitud y desgana. Se puede llegar a sentir cansancio, desazón y aun hastío de la vida: el clásico taedium vitae del que hablan ya los antiguos. Tenemos que estar atentos a ello y saber defendernos verdaderamente, manteniendo despierto nuestro gusto por las cosas, las de ahora, forjando y renovando continuamente un proyecto de vida y de acción, fomentando relaciones sanas con los demás, incluso las que nos posibilita la informática; regularizando nuestros horarios, sin dejarnos llevar pro la gana o desgana del día y del momento, combinando trabajo y descanso; cuidando de nuestro estado físico y también de nuestro arreglo, presentación y aliño exterior. Nos acecha otro peligro: el recuerdo nostálgico, melancólico y morboso de lo que pasó y no volverá, como una fuente de tristeza que seca la alegría del presente y puede llegar a intoxicar el sentido mismo de la vida. No podemos concedernos este engañoso y malsano placer. Lo vivido, vivido está y ya pasó, dejando una huella beneficiosa –sea la que sea- para nosotros y para otros, de la que debemos sentirnos contentos y orgullosos. Lo que ahora cuenta es lo que estamos viviendo y lo que queda por vivir, que sin duda puede depararnos nuevas expectativas dentro de los límites de nuestra vida. Peor enemigo y compañía es el resentimiento y la amargura acumulada por algo del pasado: por desaires o menosprecios percibidos: por reales injusticias sufridas, por fracasos en nuestros proyectos, por nuestra cortedad en la respuesta a la llamada recibida, por la ramplonería de nuestra vida e incluso por nuestras infidelidades. En tales casos, dejemos que entre la luz y el aire de Dios en nuestro interior y atrevamos a mirarnos como Él nos mira: con y desde su corazón, con misericordia (poner corazón y ternura en la miseria humana), la del Dios de la paz y de la vida: si Dios está de nuestra parte ¿quién estará en contra nuestra? (Rom.8,31). Si Dios nos reconcilia y nos quiere ¿quién o qué puede culpabilizarnos? Pero nuestra realidad suele ser otra por lo general: paz interior, confianza, alegría y agradecimiento a Dios, a la vida y a los hermanos. Así se expresan muchos ancianos y ancianas en nuestras comunidades de mayores. Alegres y agradecidos por lo que ha significado nuestra vida. Dentro de su normalidad, alegrías y tristezas, y dentro incluso de los temores y zozobras pasadas, nuestra vida en su conjunto ha sido una experiencia fascinante que nunca podríamos haber sospechado. Sentimos realmente que el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (salmo 126), que El señor hizo en mí maravillas a favor de su pueblo (Lc.1, 49), por lo que ya desde ahora empezamos a cantar para siempre sus misericordias (sal.88, 2). Así, aunque quedarían muchas cosas por decir, la última palabra para los mayores en la vida religiosa podría ser ésta: estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres... El Señor está cerca (Flp. 4,4-5). (Extractado y condensado de la revista SAL TERRAE, marzo de 2006, por JNM) |