Madurar Gozosamente en la edad mayor: éste es el imán que atrae la mayoría de los artículos y presentaciones del nuevo número de nuestra revista PERALTA.

La clave está en el adverbio gozosamente. Todo lo demás lo pone la vida, la evolución natural.

Ver crecer y madurar, ver cómo viven nuestros mayores, nuestros padres y madres, nuestros hermanos religiosos mayores, es, a la vez que un signo cargado de un cierto misterio sagrado, una lección para quienes vamos detrás.

Hay personas que maduran con nostalgia y como con pena de una etapa que se escapa de las manos y que irremisiblemente no puede volver atrás; y parece que esas personas se aferran a la actividad, a las costumbres y hábitos de siempre, como si no hubiera que tomar posiciones nuevas ante realidades nuevas.

Y hay personas que nos dan hermosas lecciones de aprender a desapropiarse y desprenderse incluso de criterios para no marcar los hitos de la historia a quienes vienen detrás, confiados plenamente en Dios, en su Providencia y agradecidos al Creador por la existencia que han vivido, por la fe, por todo lo que han vivido; en estos casos, el recuerdo es sencillo, es agradecimiento, gozo y gratuidad; en los anteriores es pena, rémora, es rendición de cuentas.

Toda etapa es de fructificación, toda etapa de la historia es etapa de producción gozosa en Dios al servicio de los hermanos y de la Obra que Él un día hizo nacer entre nosotros. Tal vez sólo quienes han trabajado más sobre el sí mismo son los que saben fructificar en la etapa de la no tarea, de la no actividad, pero sí en la era de la contemplación, del hacia adentro, del contacto rico y fecundo de contacto con el Dios con nosotros anidado en lo profundo de cada ser humano.

Nuestra época es época de éxodo y de exilio a la vez. Y en esta etapa, somos invitados a creer firmemente en el Señor de la historia y en el señor de nuestra propia historia sagrada personal, en la que seguimos siendo llamados a jalonar la etapa final a base de esperanza: espiritualidad de esperanza, la espiritualidad del éxodo recuerda que no hay que ser ni tristemente pesimistas ni ingenuamente optimistas, sino personas de esperanza (Camilo Maccise). Y la espiritualidad del exilio nos invita a no aposentarnos en moradas seguras impropias de nuestra patria personal primigenia: los obstáculos más temibles en la vida consagrada son los internos: buscar la seguridad y el éxito fuera de Dios que salva (ídem).

P. Javier Negro, Sch. P.

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