UNA  PERSONA  BUENA  (Pedro  Recuenco)

Ejemplo de madurez en la edad avanzada....

P. Fernando Negro Marco, Sch. P......

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Cuando se hace una entrevista a ciertas personas, la pregunta casi obligada de turno es ‘¿Cómo le gustaría que le recordaran?’ Y en muchas ocasiones se responde: ‘como a una persona buena’. ‘Ser bueno’, en el mejor sentido de la palabra ‘bueno’, es como el anhelo escondido de todo ser humano. Y cuando Jesús resucita y llega el Espíritu Santo y los apóstoles comienzan a predicar, su recuerdo espontáneo es que ‘pasó haciendo el bien’

En esta pequeña reflexión me estoy centrando en Pedro Recuenco, escolapio hermano cuyo recuerdo me inspira bondad. En el año 1979, siendo yo todavía junior, fui enviado, durante aproximadamente un mes y medio, a la comunidad de Logroño para ayudar al comienzo de las clases, antes de volver a Salamanca para seguir los estudios de teología. Y allí estaba Pedro. Me impresionó su paciencia nerviosa, su seriedad en las clases, su responsabilidad y su cierto tinte de niño escondido que se dejaba notar en ciertas reacciones cándidas que denotaban compasión hacia las personas. Fui de excursión acompañándole con los chicos de quienes él era tutor. Allí hablamos mucho de lingüística, un tema que a mí también me apasiona. Al regresar, caminando por las calles con los muchachos, una familia nos saludó y Pedro se disculpó de manera cándida, con aquella sonrisa siempre dibujada en sus labios, de que aquel día no se puso el clergiman ‘porque en estos tiempos hay que hacerse uno con estos chicos’. Recuerdo aquella anécdota con cariño.

Mi hermano Luís colaboró con él en la composición y edición de los Evangelios en aragonés, a través de la asociación del Ligallo, en Zaragoza. Lo recuerdo en sus años en que andaba con la depresión a cuestas y, luego, cuando, como si de un milagro se tratase, me lo encontré en la India en Octubre del 2001, rodeado de los juniores en aquel retiro que yo les dirigí en Cochin. También estaba allí presente el P. José Alfaro. En uno de aquellos días celebramos su cumpleaños. Eran 74 años y hacía relativamente poco que había salido del túnel de la depresión. Tras el canto de ‘cumpleaños feliz’, se le veía emocionado mientras algunas lagrimas le resbalaban. Todos sabemos de lo emotivo que era. Compartió con nosotros cómo la India le estaba dando vida, aquella vida que años atrás la creía perdida. Ese mismo día, escribí en mi diario, influenciado por lo que Pedro expresó: ‘Sí, necesitamos demostrar afecto y amor entre nosotros. Señor, nos has dado un corazón para hacerlo trabajar, para hacerlo capaz de recibir amor genuino y compartirlo con generosidad’.

No pretendo escribir aquí una esquela, sino solamente dejar plasmado un flash acerca de cómo su vida resonó dentro de mí. Por eso ya me voy al último momento de mi adiós con él. Pasó Pedro por Bangalore el día 10 de Mayo, previo a su vuelo del día 11. Aquel día 11 de mayo lo despertamos nada menos que a las 3 de la madrugada ya que teníamos que ir al aeropuerto, pues el avión le salía a las 5:45 de la mañana. El junior Alfred nos acompañó. Desoyendo a la policía que no me dejaba acompañar a Pedro, subimos a la parte superior del aeropuerto. Hicimos el registro de las maletas. Intentaba darle ánimos diciéndole que aquel día su color estaba mucho más rojizo y de mejor tono. Él me sonreía y asentía entre la duda y el deseo de que así fuera. Llegamos a la zona de inmigración para entregar los pasaportes. Yo quería haberle acompañado hasta el avión si hubiera sido posible, pero ya no me dejaron pasar más adelante. Enseguida le sellaron el visado y se me acercó para darme un abrazo. Estaba emocionado y lloroso. Hasta nos pidió perdón por las molestias. Yo le dije: ‘Pedro, ya sólo faltaba eso. Ha sido una alegría tenerte contigo. Te estamos esperando’… Lo dejé marchar con su mochilita a la espalda y yo lo seguía con mi mirada. No quise perderme aquel momento. Tras haber pasado el último chequeo policial, se perdió al atravesar una puerta hacia la derecha. Yo sentía tristeza y compasión en aquel momento.

…Y ahora Pedro ya está junto al Padre. Creyó en el Resucitado, aprendió de Él a pasar haciendo el bien. Y el Dios Bueno lo ha acogido en su amor eterno. Allí, Pedro, ya no tienes que preocuparte ni excesos de equipaje ni de chequeos policiales. El Padre te estaba esperando con los brazos abiertos. Ese Padre que todo lo hace bueno, para el que todo vale, hasta nuestras roturas profundas. Siempre he dicho que el amor de Dios es como cuando no nos salen las cuentas: Él viene y las hace buenas, las enmienda, luego nos mira sonriente y nos dice: ‘¡Qué bien, hijo mío, sobresaliente!’ Esto me consuela, porque nunca me han gustado las matemáticas… Ya me dirás si es así más o menos. Hasta pronto.
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