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LOS INTERROGANTES DE ABRAHAM

José Antonio Gimeno, Sch. P.

   

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La vida se compone de pequeñas experiencias, repetidas una y otra vez. La luz que de ellas se desprenda nos habla de la vida que hay detrás. Nos ayuda a todos poner en común esas pequeñas luces. Es la razón de estas líneas.

Flash 1: Siempre he pensado que el patriarca Abraham debió pasarlo mal, al principio sobre todo, cuando su Alianza con Yahvé, hace casi cinco mil años. El era hombre práctico, rico, con tierras, rebaños, criados y muchos amigos. Una buena vida asegurada para el futuro. ¡A disfrutar de paz, tranquilidad, y seguridad! Un contratiempo: no tenía hijos. Pero un día entiende que Yahvé quiere hacer con él una Alianza, quien le promete descendencia y ser padre de un pueblo numeroso, que Yahvé será su Dios y cuidará de él, y que dará una tierra a ese pueblo.

Pero resulta que tiene que abandonar la tierra de sus antepasados en que vive, e ir en busca de otra tierra que el Señor le dirá. Los interrogantes y dudas que vinieron a su mente debieron ser fortísimos; era hombre de gran sentido común. "Esto que dejas, tierras, bienestar, amigos, seguridad, tranquilidad... lo conoces, lo tienes ya, ¡es tuyo! ¿Adónde vas buscando otra tierra? No la necesitas. Puede ser un sueño, tu imaginación, un embuste, una utopía. Encontrarás enemigos, ladrones, peligros, si te vas". "¿Y qué cosa mejor te va a dar ese Dios que dices?" lo corroborarían los amigos.

Mas su respuesta fue siempre la consecuencia de su asombrosa fe, que tanto alabó S. Pablo: "Un pueblo, la Promesa, y la tierra: es la palabra de Yahvé". Y luego resultó ser el principio de la gran revelación de Dios a la humanidad.

Flash 2: La historia de Abraham se repitió casi tres mil años después. Los discípulos de Jesús, entusiasmados con su palabra, sus milagros, vibran con la gente en la multiplicación de los panes, en el sermón de la Montaña, en la Transfiguración de Tabor... y dejan todo lo que tienen, que no era mucho: redes, barcas, cobrar impuestos, mujer e hijos...

Pero un tiempo más tarde se llenan de miedo cuando el Señor les habla de su muerte y de que serán perseguidos, y se estremecen de repugnancia y pena cuando Jesús anuncia en la sinagoga de Cafarnaún que todos tendrán que comer su cuerpo, y ve que todos le dejan solo por chiflado. "¿También vosotros os queréis ir?"

Y a su mente vendrían con fuerza los interrogantes: "Esto que dejas, aunque no es mucho, es cosa segura, firme, que tú conoces; pero el seguir a este hombre, a este Señor, ¿qué te reportará". Y su respuesta confiada, de fe en su palabra: "El céntuplo aquí abajo, y luego la eternidad".

Flash 3: Cuando a mis 55 años me ofrecí para ir a la Misión de Camerún, pues hacía falta gente, sentí conmoverse mis entrañas con los interrogantes de Abraham. Y los oía repetidos por familiares y amigos: "Esto que vas a dejar, lo conoces ya, ha sido tu vida y has sido feliz. ¿Por qué cambiar? Nueva cultura y lengua, hábitos. Aquí hay también mucho trabajo que hacer". Recuerdo que en una ocasión, al formularme alguien de nuevo esta pregunta, extrañado de mi decisión, otro intervino rápidamente razonándole con tono de convencido: "Déjalo, hombre, ¿no ves que le gusta ir a esos sitios y ese estilo de vida?". Y se quedó tan tranquilo con esa respuesta propia de un niño y no de un Licenciado en Físicas como era él. Sólo le faltó añadir: "Igual que a otros les gusta ser torero, o paracaidista, o legionario". Yo me sonreí.

¡Pues no, no es así! No fui a Camerún porque me "gustaba". No me gusta pasar hambre, ni sufrir malarias cada año, ni tener miles de gusanos filarias debajo de la piel picando día y noche durante meses, ni niguas creciendo bajo las uñas de los pies, ni aguantar asaltos nocturnos con pistolas, ni vivir en medio de tanta corrupción generada por la pobreza y en un polvorín político que un día estallará. No me gusta vivir lejos de los míos y de mi hermoso país, España, donde he sido tan feliz, en una cultura extraña, teniendo que cambiar la vida, las costumbres y hasta la lengua a los cincuenta y cinco años. ¡Fui a pesar de todo eso! Son otras muy distintas las profundas razones.

Recuerdo que ciertos días sentía conmoverse mis entrañas. Y recordaba la palabra del Señor: * un pueblo: la Iglesia que me enviaba a Camerún y que allí encontré, como aquí en España.

  • una promesa: "Yo estoy con vosotros". Así lo sé y lo siento.

  • Una tierra: de promisión, el cielo, el ver a Dios cara a cara para siempre.

Flash 4: Siendo joven elegí seguir al Señor en la Vida Religiosa, como escolapio. Tengo setenta años y doy testimonio público de que se ha cumplido la palabra del Señor: el céntuplo aquí abajo; y espero, confiado en su misericordia, la segunda parte: luego la vida eterna.

  • Dejé de joven dos casas de mi madre y unos campos. Y he encontrado cientos de casas de mi Orden Religiosa.

  • Dejé un hermano y una madre (mi padre ya había muerto). Y he encontrado a casi mil quinientos hermanos, a 200 de los cuales, de mi Provincia Religiosa, conozco muy bien y con los que construimos la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Y con unos cuantos, mi Comunidad, en diversos sitios, hemos construido y seguimos ahora construyendo cada día, la fraternidad de Jesús con sus discípulos, como El nos mandó a todos los cristianos.

  • Dejé de joven un futuro prometedor, seguro y de bienestar, en que yo me construiría mi vida, por otra en que siempre me dirían otros, a través de la obediencia, lo que debería hacer o dónde debería estar, como a Jesús le fue dicho por el Padre. Y he encontrado (¡tiempo me costó descubrirlo!) una constante fuente de serenidad, paz y alegría profunda al saber que en todo momento estaba haciendo la voluntad del Padre.

  • Dejé de lado, por imitar a Jesús, el ser padre de un buen número de hijos. Y aunque repetidas veces sentí con fuerza lo duro que es ser siempre llamado "Padre" por unos hijos que nunca serán tuyos, ciertamente he experimentado intensamente, en mis largos años de educador y sacerdote, la paternidad espiritual de cientos y cientos de hijos con quienes gozaré un día en la casa del Padre de todos.

Doy testimonio público ante mis hermanos cristianos de que sin buscarlo ni pretenderlo, he encontrado el céntuplo aquí abajo, de acuerdo con la promesa de Jesús. Y percibo que Él está conmigo aquí, en mi trabajo de cada día que hago por Él, en mi vida, unido a mis hermanos de Comunidad y Provincia. Y me baila el corazón de contento cuando revivo la esperanza, la certeza más allá de las matemáticas, que da la fe, de la vida eterna que me aguarda. Definitivamente se habrá cumplido la promesa de Jesús. Hice bien en creer sus palabras y seguirle de joven. Y doy testimonio de que he sido y soy muy feliz.

Y digo esto porque todos hemos visto hace muchos años, que los jóvenes están tan bombardeados por los mensajes y valores antievangélicos de la sociedad, que pueden pensar que el Evangelio es un cuento chino, de mentes cerradas fanáticas. Es lo que el mundo dice. No puede ser otra su explicación, pues no hay explicación humana natural: siempre lo dijo y siempre lo dirá.

¡Pero es falso, completamente falso! Seguir a Jesús viviendo una vida cristiana según el Evangelio, y también seguirle más de cerca aún en esa forma especial llamada "Vida Religiosa", es, además de una maravillosa utopía, un hecho posible, real, fecundo, transformante de la persona y generador de una inmensa paz y felicidad, siempre a través de una dura lucha, como hizo Jesús. Y como prueba, aporto la única que puedo aportar: la larga experiencia de mis 70 años de vida y 54 de vida religiosa. De ello doy fe y testimonio.

Un día, de joven, me planteé los interrogantes de Abraham, y los de los discípulos de Jesús. "¿Y tu Señor, qué te dará?". ¡Y se ha cumplido la promesa del Señor! He recibido el ciento por uno ya en esta vida. ¡Ha sido fantástico fiarse de Él y dejarse llevar!
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