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ATERRIZANDO EN ÁFRICA

Alberto M. Márquez López, escolapio laico

   

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En el prólogo de su libro Ébano, Kapuscinski, un periodista de los de verdad, escribe:

"He vivido unos cuantos años en África. (…) Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes (…). Todo lo contrario: prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical. Su vida es un martirio (…) que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos. De manera que éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí (…) Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo (…) Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos "África". En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe."

Mientras aterriza, la sensación de vértigo que produce el avión con el morro inclinado se suma a la que uno siente cuando está llegando a África. En seguida sorprende lo verde del paisaje. Unas horas antes, con un poco de suerte se puede adivinar desde el avión el desierto. Este primer contraste no es más que el preámbulo de lo que África representa, y Camerún no es menos: un lugar de mezclas. En la ciudad, caros coches circulan por las mismas desgastadas carreteras que desvencijados taxis y sobrecargadas motos. Junto al mercado de alimentos, un montón de basura espera a ser recogido, mal que bien, por el irregular servicio de limpieza.

Con esta visión de África, la primera, se corre el riesgo de pensar como el periodista; y en cierto modo la realidad es que África es esa "convención reduccionista" de la que habla. Es plural, caótica, un crisol, acudiendo al tópico. En poblados alejados entre sí poco más de 2 km. se hablan lenguas tribales distintas. Pero quedarse ahí sería un error y un obstáculo para comprender las posibilidades que tiene el continente y en concreto Camerún, que es el país que, poco a poco, voy conociendo.

Esta parte de ese gran continente es riquísima en muchas cosas: en carácter de la gente, en naturaleza (magnífica fruta y verdura, paisaje tropical…), en cultura… La mayoría de su gente habla inglés y francés, además de pidgin en la parte anglófona y su lengua materna. En ocasiones, por las imágenes que nos llegan a Europa, no podemos evitar tener el cliché de pobreza y analfabetismo para con África, pero en realidad África mira al mundo con ojos críticos, inteligentes y esperanzados. También es cierto que otras veces la forma de mirar al mundo es otra, no tan positiva: piensan que Europa es el cielo, y si se les intenta hablar de nuevos modelos de desarrollo, de otra forma de ver las cosas y de valorar sus cosas positivas no siempre lo entienden. Pero a pesar de eso, tenemos la suerte de ver la otra cara: la de los jóvenes que estudian con ilusión para dar un futuro a los suyos, la de ideas y proyectos que desde ellos mismos salen y la de mucha gente que poniendo buena cara a las dificultades permanece con alegría. África tiene mucho que decir al resto del mundo.

Blaise es uno de los cocineros de los colegios de Bamenda, muy avispado. Al responderle a su pregunta sobre la media de hijos por pareja en España, pensó en voz alta: ¡pero entonces lo tendrán todo! Nada más lejos de esa situación la de Camerún: ninguna pareja tiene menos de 4 ó 5 hijos. Bien es cierto que, con los sueldos de aquí y la subida exponencial de los productos de primera necesidad, lo pasan verdaderamente mal para subsistir. Las familias africanas hacen verdadera magia, aunque no sea precisamente divertida. El ooohh del público llega cuando, como resultado de haber crecido en un entorno así la gente no es en absoluto codiciosa ni egoísta: son ampliamente generosos, hasta sorprender.

En esa alegría de hacer las cosas bien, de acompañar a esta gente y facilitarles mucho, están los escolapios aquí en Camerún. La Viceprovincia de Camerún es joven, "está formándose", en el amplio sentido de la palabra: las casas de formación están llenas de ilusión, los colegios van absorbiendo el carácter calasancio y muchos de los escolapios cameruneses están ya al frente de la mayoría de proyectos con niños. Las parroquias están llenas de vida, actividades y sobre todo mucha implicación. El momento por el que pasa la iglesia camerunesa y especialmente la local es bonito y hay que aprovecharlo, y en ello están también nuestros escolapios. Saben acompañar, estar, alegrarse y sufrir con Camerún. Contribuyen a que cada día ese cosmos heterogéneo tenga más que decir al mundo. Y eso es bueno.