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BIOGRAFÍA DE M. CELESTINA DONATI (II)

Segundo de los cuatro fragmentos de la Biografía

 

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    LAS PRIMERAS COMPAÑERAS

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El primer pensamiento de la Sierva de Dios fue juntarse con algunas compañeras que quisieran ayudarle en la asistencia y educación de las niñas pobres y abandonadas.

Así, en marzo de 1889, acogía a una jovencita del Monte S. Savino, a quien le brillaban en el rostro los colores de la salud, mientras  poco a poco otras jóvenes, llenas de vida y de buena voluntad, pedían  entrar en la nueva Congregación Calasancia.

La Sierva de Dios sintió entonces palpitar en su corazón un mundo de almas; y con el nombre de Sor Celestina de la Madre de Dios comenzó la misión a la que Dios le llamaba, abriendo en una casa lindante -cuatro pobres estancias estrechas y ennegrecidas- una escuela externa femenina.

El establecimiento para escuela, bueno o malo, estaba resuelto, pero las hermanas vivían bajo el mismo techo con el viejo Avv. Donati y la hija Gema.

De esto se preocupó Mons. Zini -promovido el 25 de marzo de 1889 como Arzobispo de Siena- el cual en sus frecuentes visitas a Florencia, para proveer a las Hermanas de una habitación propia, pensó en una comisión de piadosas y pudientes señoras.

No quedaron defraudadas sus esperanzas, pues en breve tiempo las ofertas alcanzaron una suma tal que no pareció temerario buscar una casa más adecuada para un Instituto de Hermanas.

Y he aquí que se presenta la ocasión de una vivienda con doce habitaciones en el segundo piso de un palacio, cuyo propietario, en principio irremovible, tenía como ventaja, la confianza ilimitada de Madre Celestina: "Nada acaece -acostumbraba ella a decir- sin un designio de sabiduría y de amor de parte de Dios. Hagamos nuestro el lema del santo Fundador José de Calasanz: "In spe contra spem: esperar contra toda esperanza". Una vez visitado el local, lo encontró plenamente satisfactorio.

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    UN LIRIO CORTADO

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¡Pero no hay rosas sin espinas! Apenas había comenzado a arreglar la nueva casa, cuando el 5 de junio de 1890 cayó enferma de tisis Sor Maura de Santa Catalina de Siena, secretaria del naciente Instituto.

La Madre se afligió mucho; era una de las primeras Hermanas y tenía apenas 19 años: un semblante angelical, un rostro con dos grande ojos azules, por los cuales transparentaba toda la pureza de su alma. Serena, siempre sonriente: una criatura dulce y bondadosa.

Con todo cuidado la Madre la separó de las otras. Postrada en su lecho, como un lirio abatido en el campo, Hermanas y señoras bienhechoras  iban a visitarla  y traslucía una ternura y piedad grande verla en la flor más bella de su vida, sufrir no sólo resignada, sino con la sonrisa en los labios, pese a los estragos de la terrible enfermedad. Nunca pedía; era preciso adivinar sus deseos.

Sólo un día expresó la voluntad de oír la santa Misa en la Capilla. Era la mañana del 7 de julio.

Conmovidas y temblorosas las Hermanas, la aguardaron entre lágrimas. La Madre parecía acariciarla con los ojos llenos de piedad. Su rostro pálido, sus grandes pupilas nos hablaban del cielo, las manos juntas en actitud orante. Parecía un ángel…

Un día vino su padre para llevarla consigo a su tierra natal: el aire de los montes habría podido ayudarle.

La noticia le ocasiona un llanto repentino. No quería separarse de las Hermanas, de la Madre: quería morir "en su nido", -como decía ella. Pero la Madre la induce a obedecer. Demasiada  responsabilidad retener en Florencia a la querida enferma; contra el parecer de los médicos, está el deseo de los padres.

Por desgracia los cuidados de la familia no le ayudaron. De día en día se consumía y languidecía.

Son conmovedoras sus últimas palabras a la Sierva de Dios, que había acudido a su lado: "Rogaré en el Paraíso por nuestra pequeña Obra, para que el Señor la bendiga, la propague por todo el mundo y le envíe innumerables Hermanas". Palabras proféticas: Ocurría pronto un hecho, que abría nuevos horizontes a la Congregación naciente.

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    LA PEQUEÑA CERILLERA

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Era el 22 de enero de 1891.

La Fundadora, no resistiendo al ímpetu de su caridad, se postra delante de Jesús y, en un arrojo de fe, oró así: -Señor, si quieres que acoja a niñas pobres, hoy, a primera hora, mándame una.

Y he aquí que el reloj estaba para dar la hora, cuando se oye golpear agitadamente a la puerta.

La Madre, confiada en su oración, corrió a abrir. Era una señora descompuesta, llorando:

- ¡Oh! buena Hermana -imploraba- tenga piedad de mi pobre niña! Está en el lecho muy lívida por los golpes que le ha dado su padre. Ayer por la tarde, pobrecita, no pudo vender todas las cerillas y le ha castigado de este modo. Está enferma y no tengo medios para mantenerla. Cójamela usted, aunque sólo sea por unos pocos días. Y Dios se lo pagará.

El corazón de la Madre se llenó de ternura, y volviéndose a la pobre señora:

-¡Cálmese, -le aseguró-; todo se arreglará!

Diez días después, la niña, como pajarillo asustado, entraba en la casa de Vía Faenza, primera de las criaturas necesitadas de amor, para poner en marcha la obra de asilo y asistencia, sueño desde siempre de Madre Celestina.

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    SOLA CON JESÚS

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El 20 de mayo de 1992 Mons. Zini -el gran apoyo espiritual de la Fundadora- moría como un santo, como había vivido.

Indecible el dolor de la Sierva de Dios, la cual, nunca como ahora, sintió sobre sí toda la responsabilidad de Madre. Pero pasados los días de turbación, volvió a escuchar la voz de su heroica fe.

"Si tuviese en mi asilo las hijas del rey -decía- ¿podría creer que él las dejase morir de hambre?

Y por qué debería yo creer que el Rey de reyes deje que les falte lo necesario a estas criaturas que son las predilectas de su Corazón: antes bien, ellas tienen doble derecho a su protección, porque son pobres y niñas".

Y reemprende su camino confortada con la bendición del Arzobispo, Emm. Card. Bausa, quien poco después aprobaba el pequeño Instituto de las Calasancianas, en compensación de tantos temores sufridos por la Madre.

N.B: (La Aprobación Apostólica del Instituto fue concedida el 24 de noviembre de 1911 por Pío X, el "Papa Santo").

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    LAS DOS PEQUEÑAS HEBREAS

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Un día pareció llegada la última hora del venerando Avv. Donati.

La Sierva de Dios, con dolor de su alma, acudió donde solía ir siempre cuando un dolor fuerte abatía su corazón: A la Capillita, a los pies de Jesús, prometiéndole que si su padre curaba ella recogería dos niñas hebreas.

¿Por qué dos hebreas? Quizá para indicar la amplitud del ardor de su caridad, o también para arrancar más fácilmente la gracia de Jesús, diciéndole: "Tú me das a mí a mi padre y yo te ofrezco a cambio dos almas de tu antigua estirpe de Israel!".

El gesto cristianamente compasivo debió complacer a Jesús, porque al día siguiente, con gran maravilla del médico que le atendía, el viejito estaba curado; mientras, dos días después el Prior de San Miguel le presentaba dos chicas de una familia hebrea: Paloma, -una chica en la flor de sus 18 años-, y Clara, apenas con 16 años.

Fueron acogidas con los brazos abiertos y de repente pensó en instruirlas en la religión cristiana, como ellas lo deseaban vivamente.

Hechas algunas indagaciones, se descubrió que la primera, Paloma, había sido bautizada secretamente por su nodriza. Era necesario mientras se administraba el Sacramento a una sola y a entrambas la Confirmación y la Sda. Comunión. Rogaron al Sr. Cardenal Bausa, quien aceptó de buen grado, que administrara los ritos.

Llegado el día de la ceremonia, a la que se creyó oportuno darle la mayor solemnidad, Paloma tomó asiento junto al altar; Clara, en cambio, que debía recibir el bautismo, permaneció en el umbral de la Iglesia, esperando ser regenerada en la vida de Cristo.

El Cardenal, después de haber recitado los Salmos del ritual, se volvió hacia la niña y con tono majestuoso y solemne, le preguntó:

-¿Cómo te llamas? -  La respuesta fue un llanto incontenible de la niña.

El Cardenal no consiguió frenar la emoción; todos los ojos de los presentes estaban húmedos por las lágrimas.

Terminada la ceremonia, el purpurado no pudo dejar de exclamar:

-Me habéis hecho pasar una mañana de Paraíso!

Una hora de Paraíso había pasado también Madre Celestina.

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    EL HORIZONTE SE ENSANCHA

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Las chicas habían aumentado hasta el bonito número de 43. Pero para algunas delicadas y a menudo enfermizas, los cuidados de la Hermana no bastaban para hacerles florecer.

Desde hacía tiempo la Madre soñaba con la idea de tener una casa junto al mar, aunque modesta, donde las Hermanas y las chicas pudieran recuperar la salud.

Habló con una señora de Livorno que le indicó una casa llamada "La Madonnina" en las cercanías de la ciudad, próxima al mar, en lugar aislado, y porque pertenecía a un caritativo señor, el marqués Cubas, pensó pedírsela directamente por carta.

Escribió. ¿Respuesta? Un no desnudo y crudo. ¡El propietario la necesitaba para guardar patatas!.

-¡Qué pena verse postergadas a las patatas! – dijo-, dirigiéndose a Madre Celestina.

La piadosa señora se preocupó de encontrar otro palacete en alquiler por un mes: lo consiguió.

*     *     *

El 24 de julio de 1899 un grupo de niñas y de Hermanas partieron para Livorno.

Viaje muy alegre. Llegadas a la estación, las Hermanas alinearon de dos en dos a las niñas y entraron en la ciudad cantando en alta voz la conocida estrofa:

Oh, estrella del mar,

oh, Reina nuestra.

Florencia se inclina,

postrada a tus pies!

Los livorneses las esperaban estupefactos y conmovidos.

Entre los espectadores se encontraba también el viejo Marqués Cubas, el cual supo que las pequeñas eran justamente las del Instituto Calasanciano, a las cuales él había tan rudamente rehusado la casa.

El mismo día mandó decir a la Madre que fuera sin demora a visitarle en su casa.

Sor Celestina fue, y al visitar los locales, encontró las famosas patatas. El Marqués rió a carcajadas cuando supo la expresión dirigida a la Madre.

Se rió y obró como un señor, enviando al día siguiente medio quintal de patatas.

*    *    *

Entretanto la Obra se afirmaba.

En 1912 la Madre con algunas Hermanas se acercó a  Barberito, en el Valle de Elsa para abrir un asilo infantil y un taller con una sala de recreo para las niñas.

La nueva casa se inauguró el 8 de diciembre bajo la protección de la Virgen Inmaculada.

En junio de ese mismo año, otra fundación.

Las Hermanas Calasancianas son llamadas a Iesi (Ancona) por el Obispo Mons. José Gandolfi para abrir una post-escuela con salón de actos y salas de trabajo.

Tres años después, apertura de un asilo infantil en la misma ciudad.

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En 1917 se abría una nueva casa en Cerreto de Esi (Ancona) con la presencia del Card. Mistrángelo y de Mons. Cassulo, obispo de Fabriano, con salón de actos y salas de trabajo para jóvenes.

Así también en Santa María Nova de la provincia de Ancona, y más tarde en Collina de esta misma provincia.

La Madre gozaba al ver que la Obra se extendía, porque sentía que la bendición de Dios acompañaba sus pasos tan hermosos de luz y tan fecundos.

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    LA GRAN OBRA

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Una mañana de septiembre de 1899 se presentaba en el Asilo Calasanciano de Livorno una persona caritativa, que con lágrimas en los ojos suplicaba a la Superiora que acogiera a tres pobres niñas, cuyo padre había sido condenado a treinta años de prisión, y se habían  quedado sin pan, sin techo, sin ningún auxilio en el mundo.

La Madre escribe enseguida al Director del Asilo de los Hijos de los encarcelados, en Pompei. Le respondieron que aquel Asilo acogía solamente niños, añadiendo que cuanto se había hecho en Pompei en favor de los hijos de los encarcelados se podía hacer en Livorno por las hijas de los mismos.

Desde luego la Madre no perdió tiempo con esta sugerencia; y pocos días después la piadosa visión de las tres criaturas llamó a su corazón generoso.

¿Y por qué no podría acogerlas yo? -preguntó- y poniendo toda su confianza en la Divina Providencia, con un gesto, inspirado únicamente en la caridad de Cristo, los tomó a su cargo.

Comprendió entonces que su destino era salvar del abandono físico y moral a las pobres criaturas que sufren por culpa de otros.

Así Madre Celestina Donati, en el nombre y con el mandato de Cristo, iniciaba a la Obra de las Hijas de los Encarcelados: nueva afirmación de aquella inagotable caridad cristiana, que en la historia de los dolores de la humanidad ha escrito páginas inmortales.

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    A ROMA

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Había sido siempre vivísimo el deseo de la Madre de abrir una casa en Roma. Pero insuperables dificultades le impedían siempre cumplir su sueño, hasta que un día se le oyó exclamar: 

¡Yo quiero mucho a San Pedro, pero San Pedro no me quiere en Roma!

Una primera tentativa se remontaba a marzo de 1922.

La Madre con algunas Hermanas había llegado a la capital. Dio vueltas, suplicó, llamó en muchas puertas. Pero en vano. Habiendo caído enferma, tuvo que volver a Florencia. Dejó en Roma dos Hermanas para que continuasen buscando, pero también ellas, tras agotadoras alternativas, esperanzas y desilusiones, tuvieron que retornar.

¡No ha sonado todavía la hora de la Providencia -suspiró la Fundadora; - esperemos!

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Fuera de Porta de San Juan, había dos casitas unidas. Lugar encantador, tranquilidad, libertad.

Pero ¿el precio? - ¡230 mil liras!

Las Hermanas estaban asustadas; la Madre, no.

Así, siempre prudente en sus santas audacias, la Sierva de Dios se rige por el consejo de autorizadas personas, expone el caso, las modalidades, las condiciones.

Unánime respuesta: "Asunto ruinoso"...  La Madre baja la cabeza y también esta vez renuncia.

¡Es preciso esperar la hora de Dios!

Mientras no se consigue alcanzar Roma, en ese mismo tiempo nuevas peticiones para abrir Casas y Asilos en Toscana y fuera. Incluso el Cónsul de la República Argentina ruega a Sor Celestina que envíe Hermanas a Livorno para abrir un Asilo marítimo. Pero a todas estas invitaciones la Madre se ve obligada a renunciar.

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El 14 de agosto de 1943, un admirador de lo Obra, escribía desde Roma que había encontrado fuera de Porta Furba el local deseado: un palacete de ocho habitaciones, mucho terreno alrededor, mitad huerto, mitad jardín, luz, agua, terraza; todo por poco dinero.

Llena de esperanza, Madre Celestina, acompañada de dos Hermanas, parte hacia la capital. Todo el viaje es un sueño y una oración.

Ella ya se imagina un tropel de niñas llenar de gritos alegres la estancia, jugar tras las verjas del jardín.

Al llegar a Roma, visita la casita. Es pequeña, pero será un primer paso.

Estipula el contrato: 52 mil liras más 13 mil para construir un dormitorio para doce niñas.

Aconsejada por Mons. Enrique Salvador, gran admirador de la Obra, pide un préstamo de 30 mil liras, que le es concedido.

Esta vez parece haber llegado la hora de Dios.

La Madre vuelve a Florencia para reunir, al menos en parte, la suma solicitada. No faltaron dificultades, temblores, contratiempos. Pero "Jesús es bueno" - dice estimulando a las Hermanas- el dinero llegará: lo que más importa es que hagamos buenas a nuestras niñas. Después "In spe contra spem"- el lema de su inquebrantable fe.

Pocos días después un telegrama: "Esperamos a la Madre".

La Madre está fuera de sí de alegría.

En Roma no tiene un momento de reposo: se multiplica para que todo esté a punto, para que el pequeño nido esté decorosamente amueblado.

Lo que más le preocupa es la Capilla. Para ésta no mira gastos ni sacrificios. Adquiere lo necesario para equiparla y entrega un adelanto de 400 liras. Para el resto, el Señor proveerá.

Entretanto, se presentaba en la quinta el Prof. Julio Salvador con su hermana Josefina, anunciando que su hermano Mons. Enrique había obtenido una audiencia privada del Santo Padre para cuatro Hermanas.

El conocido Profesor, "poeta de la bondad" conversa afablemente con la Hermana. Les dice que aquella su primera pequeña casa le recordaba la modestia de las primeras casas cristianas y que también el lugar estaba lleno de grandes y santas memorias, porque precisamente en aquellos contornos Jesús se apareció a San Pedro, mientras huía de la persecución neroniana.

-Y también vosotras siete -concluía con aquella dulzura  piadosa que resplandecía en sus ojos-  habéis llegado para mantener en el bien obrar a muchas niñas pobres.