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  E D I T O R I A L

LOS MÁS POBRES

P. Javier Negro, Sch. P.

   

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"Los religiosos amarán a la venerable pobreza, madre de la exquisita humildad y de las demás virtudes, como a la más firme defensa de nuestra Congregación" (S. José de Calasanz: Constituciones, 137)

Este número de nuestra revista quiere ser una oportunidad más para la reflexión y el compartir sobre la virtud de la pobreza y sobre los destinatarios de nuestra misión "praesertim pauperibus", sobre todo a los más pobres.

En el ámbito de la reflexión sobre la Vida Religiosa actual, uno de los puntos más reiterativos y remarcados es el de la pobreza, bajo unas denominaciones u otras: "permanecer en la frontera", "ir a las fronteras o a los lugares de frontera", "nacidos para una presencia en el margen y en la exclusión", etc.

Vivir en pobreza, ser pobres, dejarnos evangelizar por los pobres, estar en contacto con los habitantes de los márgenes de la sociedad, acoger a los excluidos... Cuántas frases, a veces tópicos, para abordar una realidad que nos está pidiendo auténtica conversión personal e institucional a la pobreza verdadera del Evangelio, aquella que elegimos desde lo más hondo del espíritu, al estilo de Jesús y en su seguimiento.

Si no somos pobres, no seremos humildes y si no somos humildes, nuestras relaciones interpersonales comunitarias y laborales serán desde posiciones de poder, de orgullo y de protagonismo, posiciones que nada benefician a nuestras vidas y a nuestra misión. Sólo desde y en la posición del pobre tiene cabida el Espíritu, y la acción de Dios es eficaz verdaderamente.

Hoy los destinatarios más pobres de nuestra acción tienen el nombre genérico de "inmigrantes", "gitanos", hijos de familias desestructuradas, niños marginados familiar, social y culturalmente, etc. Son los que "nunca debemos despreciar, los "praesertim" a atender y abrazar evangélicamente, aquellos de los que Dios se va a servir para que, aprendiendo de ellos, de su mirada, del hondón de sus vidas y de la contemplación de su propia historia sagrada particular con jalones profundamente marcados, en su corto recorrido, de pobreza, de historia oscura y de tristeza existencial, nos convertirán a otro estilo de vida más fiel a la Profesión Religiosa que hicimos para seguir en radicalidad fiel a Jesús en la viña escolapia, nos revitalizarán y nos harán relativizar drásticamente muchos de nuestros pequeños problemas, que no nos dejan ser y vivir libres.

Calasanz tiene razón: la pobreza es la mejor defensa de nuestra Congregación, es la actitud, virtud y posicionamiento mejores para vivir y trabajar en comunidad al servicio de la sociedad y de la Iglesia de Jesucristo.

Javier Negro, Sch. P.