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¿QUÉ EDUCACIÓN CRISTIANA DAMOS A NUESTROS NIÑOS?

Cyrille Mbarga, escolapio camerunés

Traducción: P. Pedro Sanz, Sch. P.

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El ambiente en que se mueven nuestros jóvenes de hoy no favorece la educación humana y mucho menos la educación religiosa. Hemos de constatar que la primera educación condiciona profundamente la actitud religiosa de los adultos. En esta pequeña reflexión intentaremos ver cuál es la responsabilidad de los padres cristianos en cuanto a la educación religiosa de sus hijos y qué es lo que pueden hacer. Los agentes educativos y su manera de trasmitir sus enseñanzas no es el todo. Muy a menudo la educación cristiana consiste en transmitir un número de "valores" enseñados y promovidos por la Iglesia. Estos valores son una fórmula abstracta e idealista de lo que nosotros deberíamos llegar a ser, y los maestros lo hacen bastante bien a través de los cursos de religión en el programa de cada clase. Los jóvenes de hoy no son fáciles de engañar y manifiestan más tarde poco interés al respecto.

Así la educación cristiana se reduce generalmente a una información moral relativamente sencilla, a la trasmisión de ciertas tradiciones, y a un núcleo dogmático un poco rígido que gira en torno al Credo. Esa "trasmisión" puede parecerse más a una forma de adiestramiento que a una educación. Es preciso descubrir la dimensión espiritual en el despertar a la fe y a la oración de los pequeños, como si las dificultades pudieran encontrarse desde que el niño comienza a crecer. Y es curioso constatar en las enseñanzas de Jesús que Él no se entretenía nunca en una reflexión abstracta. Él remite a sus mismos interlocutores, invitándoles a detenerse en sus experiencias. Jesús no busca enseñar primero o trasmitir algunas cosas a sus discípulos, sino que los invita a vivir como Él, a descubrir el misterio de su propia vida y de su Persona, como algo que tienen que aprender.

Así, en el seguimiento de Jesús, comprendamos que educar a un niño es ayudarle a descubrir las cosas por sí mismo, permitiéndole acceder a lo real, y aceptando enfrentarse consigo mismo. Esto obliga a los padres a proseguir su autoeducación y a admitir dejarse interrogar repetidamente, incluso si tienen dificultades para ello. Educar no consiste, pues, en trasmitir sus convicciones a fuerza de argumentos afectivos, sino en ayudar al otro a acceder a las verdades que realmente ha descubierto para hacerlas suyas. Es la lucha continua de los educadores cristianos en una zona donde la fuerza de la cultura reside en el miedo.

Los pobres, a los que Jesús se dirige en el Evangelio, no tienen medios para soñar en otro mundo que no existe. Están sumergidos en un algo real y humano y reclaman un poco de luz para avanzar. Su problema es el de la esperanza. Ya no necesitan encontrarla en una persona por la cual van a recibir una luz, como una enseñanza hecha de palabras. Para adquirir una educación, Jesús entrega su propia Persona hasta ser descubierto. Introduce a sus discípulos en el secreto de lo que Él vive. No se opone a la ley; la señala como un recuadro religioso útil; pero impotente para dar esperanza, y como a la espera de su Presencia.

De forma análoga, si se educa a un niño presentándole sólo la ley moral, se corre el riesgo de conducirlo a la desesperanza, porque se carece siempre de ella: la ley que tiene como fin principal devolvernos la lucidez en nuestra incapacidad para ser verdaderamente humanos sin la presencia de otros y de Cristo.

Observemos que si pensamos generalmente evitar el mal, pensamos poco en educar para la creatividad de cara al amor, a la inteligencia del bien. Jesús se ocupa del bien y hace descubrir su dependencia positiva para con su Padre. Para educar no es necesario saber de todo. Lo esencial es llevar al niño a saber discernir bien.

El contenido catequético no tiene sentido si no va unido a una experiencia de vida interior personal para con Dios y en relación a los demás. Es el verdadero sentido del temor cristiano en la educación de los niños. Llevar hacia el misterio es, pues, más importante que formular definiciones. El corazón de una verdadera educación cristiana está en permitir al niño descubrir este Otro, que es Jesús, y en Él, a Dios.

Concretamente, primero se debe educar al niño en la adoración a su Dios: descubrir su presencia y quién es Dios para él. Este descubrimiento personal llevará al niño además a mantener una verdadera autonomía. Es importante ayudarle enseguida a alimentarse directamente de la palabra de Dios, que debería ser en una familia cristiana como una parte de su herencia.

Los sacramentos ocupan el tercer lugar en la educación cristiana del niño: habrán de descubrir que no son tanto ritos como encuentros, como compromiso del encuentro de cada uno con Cristo y para estar presente en la comunidad que Él ha querido formar. La enseñanza de la Iglesia no tiene otros fines que educar nuestro paladar para saborear la presencia de Dios en su Palabra y en sus sacramentos.

Hagamos notar, para terminar, que si en otros tiempos se hubiera educado, en buena medida, para el medio que nos rodea; hoy la calidad del encuentro personal de cada uno es esencial. No puede limitarse a la de los padres o de los maestros; concierne también a los hermanos y a las hermanas, a los abuelos, a los sacerdotes, a los religiosos... Es toda la Iglesia la que está invitada a ser esta red educativa, comunidad de personas que aceptan dejarse penetrar por el misterio y que reciben la luz unos por otros. Y es a nosotros, los Escolapios presentes en las escuelas a quienes se lanza este desafío a fin de devolver la esperanza a una sociedad que pierde velocidad y le falta originalidad, sobre todo aquí en Bamendjou, donde yo creo que es apremiante de una manera especial.