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DERECHOS Y DEBERES DE LOS PADRES DE ALUMNOS José Antonio Gayarre Gómez |
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Aunque
no pretendo dogmatizar sobre el concepto de derechos y deberes,
sí conviene que nos pongamos de acuerdo en lo que entendemos por
unos y otros.
Entroncándolo con lo anterior, Mahatma Gandhi decía lo siguiente: “La verdadera fuente de los derechos es el deber. Si todos cumplimos con nuestros deberes, será fácil hacer que se respeten nuestros derechos. Pero si al mismo tiempo que descuidamos nuestros deberes reivindicamos nuestros derechos, éstos se nos irán de las manos y, a manera del fuego fatuo, cuanto más los persigamos, más lejos de nosotros los veremos”. Este sabio y sugerente texto de Gandhi corrobora la estrecha unión existente entre derechos y deberes. Podemos decir sin temor a errar que son hijos de la misma madre, que nacen, crecen y mueren a la vez. Son como las dos caras complementarias del comportamiento ético. El respeto por los derechos implica el cumplimiento de las obligaciones. Ésta es una idea que debe guiarnos siempre en nuestras actuaciones, ya que muchos problemas podrían solucionarse si nos preguntáramos primero por nuestras obligaciones y, luego, por nuestros derechos. Sin embargo, la realidad es que todos, sin excepción, mostramos una gran sensibilidad por la defensa de nuestros derechos, pero no pocas veces olvidamos nuestros deberes. Además, tengo el profundo convencimiento de que lo que realmente nos ayuda a crecer como personas no es la exigencia de nuestros derechos, sino la sincera aceptación y el noble acatamiento de nuestros deberes.
Señalo,
también, que los derechos son deseos plausibles; o sea, ideales
hacia los
Veamos algunos ejemplos: Declaración de los Derechos del Niño, 1959. La Asamblea General de las Naciones Unidas dice (nº 4, de los 10): Derecho a una alimentación, vivienda y atención médica adecuadas para el niño y la madre. ¡Qué horrible sarcasmo! Art. 18.1 de nuestra Constitución de 1978: Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. ¿Y la basura televisiva que sin pudor se vierte a troche y moche, sin que nadie ponga orden en este obsceno patio de monipodio? Art. 35.1: Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo…y una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo. ¿Todos? ¿Y la inquietante cifra de parados que crece sin control? ¿Y las diferencias salariales entre el varón y la mujer? A pesar de todo lo dicho, es evidente que ustedes deben conocer sus derechos para exigirlos, y sus deberes para cumplirlos. A unos y otros los regula La LOCE (Ley Orgánica de Calidad Educativa), Capítulo II, Artículo 3. De igual modo, el Capítulo Cuarto del Reglamento de Régimen Interior del Colegio también los tipifica. Estoy convencido, y esto lo digo sin restricción mental alguna, de que lo que realmente buscan lo padres, por encima de derechos y deberes, son fórmulas, consejos o ayudas para ser unos padres responsables y competentes en la difícil y trascendente tarea educadora de sus hijos, a la vez que compatibilizar sus derechos y deberes de padres con los derechos y deberes de los profesionales de la Educación. Nadie, sin embargo, posee la barita mágica que resuelva todos los problemas que plantea el entorno educativo de “esos locos bajitos”, como cantaba Serrat, si no me equivoco, en una entrañable tonada; pero sí se puede dialogar, poner en común las dudas y miedos y, sin olvidar ni abdicar de los derechos, aplicarse principalmente en los deberes y en ofrecer una leal participación en la formación académica y humana de los hijos. He dicho que se puede dialogar, pues dialoguemos. ¿No es cierto que hubo un tiempo en el que los padres confiaban a sus hijos para educarlos con total y entera libertad, según el ideario del Colegio y según el buen criterio de los maestros y profesores? Los padres, sin la más mínima vacilación, refrendaban todas las actuaciones del maestro, aunque en alguna ocasión pudiese estar equivocado.
¿No
es menos cierto, también, que hoy las cosas han cambiado, y que
el
Los padres ponen en tela de juicio casi todas las conductas del profesorado. Hemos pasado del rotundo “magister dixit” (lo que el maestro ha dicho va a misa), al desautorizador “me va a escuchar” o “qué se habrá creído”. Hagan, si no, memoria de la última ocasión en que hayan vivido una actitud semejante. ¿Por qué este cambio tan radical? Porque, en un momento determinado, las leyes españolas abrieron las puertas de entrada a la familia en algunos órganos del mundo escolar, y las del mundo familiar a los profesores (en la faceta de orientadores de los alumnos y sus familias). Y ocurrió que ciertos padres pretendieron gestionar competencias que pertenecían al ámbito didáctico y de organización escolar, y que algunos maestros y profesores quisieron entrar bienintencionadamente en la familia “más allá” de lo debido (invasión de derechos). Todo esto provocó que los padres pensasen que nadie debía “entrar” en lo que sucede en su familia, y que ellos sabían muy bien cómo habían de conducir a su hijo. Por otro lado, el maestro puso cerco a su ámbito para que ningún padre entrase en su aula, ya que nadie sabía mejor que él cómo realizar su tarea educativa. Así las cosas, el conflicto estaba servido. A esta situación, ya de por sí complicada, se han incorporado dudosos comportamientos paternos y recelosas actitudes de maestros y profesores. Unos padres se muestran demasiado indulgentes con sus hijos; otros, en cambio, les exigen lo que no pueden dar de sí. Hay padres que abogan por la disciplina, pero en cuanto recae una sanción sobre sus hijos… ¡Con los lazos de sangre hemos topado, amigo Sancho!, que diría D. Quijote. Y no hablemos de las tareas escolares: que si son muchas, que si son pocas… ¿Y las notas? Antes de poner una nota, el profesor se lo piensa dos veces: “¿Cómo es posible ponerle un 3’5, cuando mi niño, piensa y exterioriza la madre o el padre o ambos a la vez, ha estado estudiando todo el fin de semana su asignatura?”. A menudo los profesores se sienten injustamente tratados: “Lo que yo diga no cuenta, sólo creen lo que les dice su hijo”. Con frecuencia se sienten infravalorados, porque los padres se meten en su terreno. Y muchas veces se sienten los malos de la película: “¡Tienen a mi hijo sin dormir!”, les achacan los progenitores. Claro que también los padres sufren lo suyo: “¿Cómo es posible que todos los días al llegar del trabajo a casa tenga que ayudar a mis hijos a hacer cantidades ingentes de actividades? ¿Por qué los niños tienen que cargar cada día con una cartera que es doble de su peso? ¿Por qué las vacaciones y los fines de semana no son para disfrutarlos en familia? ¿Cómo es posible que siempre que hay Educación Física el niño o niña vuelva a casa sin alguna prenda? ¿Por qué consideran los profesores que los padres son enciclopedias? ¡Oiga!, que no pasa un día sin que a mi hijo le den un balonazo en el patio de recreo; ¡a ver si ponen un poco más de atención!”. Como ven, hay sacos de quejas por ambas partes. Sacos que van engordando y que explotan el día en que el profesor llama a los padres para decirles que su hijo no estudia, o que se porta fatal en clase. ¿Por qué hay dos posturas encontradas, cuando el interés es el mismo? ¿Por qué esta especie de divorcio entre ambas instituciones?
Porque
familia y escuela están muchas veces de espaldas y representan
líneas
Además, las perspectivas educativas de padres y profesores son divergentes. Los profesores tienden a hacer responsables, y en ocasiones culpables, a los padres de todo o casi todo lo que el niño es o manifiesta. Los padres, en cambio, se inclinan por responsabilizar a los profesores, o al sistema educativo, de la falta de éxito en los estudios, o del fracaso escolar de sus hijos, repitiéndose la vieja queja del maestro: “Cuando el alumno tiene éxito es porque es inteligente, y cuando fracasa es porque el maestro no es bueno”. Lo cierto es que a estas alturas de tantas reformas educativas y nuevos modelos de planes y otras menudencias, todos estamos convencidos de que, al margen del mencionado y algo exagerado glosario de desencuentros, sin una estrecha participación de padres y maestros no vamos a parte alguna y que, por lo tanto, hay que buscar la llave de esa enriquecedora y benéfica interacción Familia-Colegio en el lugar donde realmente se perdió. He aquí unos cuantos “lugares” comunes (digo comunes porque son habituales y sobradamente conocidos) donde se puede buscar y encontrar esa llave:
Su madre lo escucha y le dice (atentos padres y madres): “Tu profesor está viendo que no te centras, que no atiendes, que pierdes el tiempo en bobadas…y tú sabes que lleva toda la razón. Te dice estas cosas porque espera que reacciones y te portes mejor, pero él no pretende ofenderte. Sé que es un buen profesor que quiere a los alumnos y se preocupa de ellos”. No le dijo: “Iré a hablar con el profesor para decirle que haga el favor de no llamarte payaso e inmaduro, ¡qué se habrá creído!”; no le dio alas a su hijo criticando la actitud del profesor. Una madre o padre inteligente no comete la torpeza de creer al hijo sin más, y no indagar a fondo para enterarse de lo que verdaderamente ha ocurrido. La madre del relato, con buen criterio y exquisito tacto, pidió una entrevista con el profesor de su hijo. Empezó por reconocerle que era un chico difícil y que le agradecía el interés que se tomaba por él (con qué sencillas y comprensivas palabras abortó cualquier posible prejuicio y actitud defensiva del profesor, y propició un clima de entendimiento y colaboración). Le comentó, a continuación, que si su hijo se sentía importante por algo mejoraba bastante (y le cuenta un encargo familiar del que tiene responsabilidad). Si usted lo cree oportuno, siguió la madre, podría felicitarle las pocas veces que esté más atento y a lo mejor cambia poco a poco. También puede darle algún pequeño encargo. Pasaron unas semanas y Luis llevó una nota de puño y letra de su profesor, en la que decía: “Me alegra comunicarle que Luis ha mejorado bastante después de nuestra entrevista y desempeña estupendamente el cargo de…”.
Mitos que están en boga:
Los hijos, como todo el mundo, necesitan unas normas, pautas o reglas establecidas en principio por los padres y consensuadas y admitidas por aquéllos, que se deben cumplir y a las que hay que adaptar las conductas. ¿Cómo deben ser las normas? Pocas (no se debe caer en la tentación de dar constantemente órdenes a los hijos, ya que la inflación de mandatos es contraproducente), razonables, claras y muy fáciles de entender. Hay que establecer un límite de tiempo para cumplirlas y dejar claro cuáles serán las consecuencias para quien no las cumpla (no pongan muy alto el listón de la penalización). Al principio, los más pequeños necesitarán ayuda para cumplirlas. Sin embargo, es fundamental la firmeza más absoluta en exigir que se acate lo acordado, porque, en cuanto los padres hagan concesiones, el niño sabrá aprovecharse. Se debe armonizar la exigencia en el cumplimiento y la comprensión, dándoles un margen de tiempo para que se habitúen a hacer lo que deben hacer, aunque les cueste. Y ya para terminar les diré que si todos observamos nuestros deberes, nadie necesitará reclamar sus derechos. Y que la Escuela Pía, según declaración institucional, sobrepasa ampliamente esos derechos que la ley les asigna, ya que desea que se abran de par en par sus Colegios a las familias, para que entre todos se construya un ambiente de amor y libertad que haga sentir a unos y a otros esta familia de familias. ¡Ah!, y si a pesar de todo su empeño, no tienen lo que quieren, cosa altamente probable, sí, al menos, pueden y deben querer lo que tienen; porque esto, amigos, es de capital importancia si pretenden disfrutar de una cierta y necesaria higiene mental. |