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EDUCACIÓN Y FAMILIA

P. Cesáreo Tiestos Loscos, Sch. P. 

 

 

Personalmente creo que es un tema decisivo, y, de hecho, hace ya más de 30 (treinta) años, fundé y dirigí, por diez años, la Revista FAMILIA y ESCUELA. A ella dediqué muchas horas y sigo creyendo en la centralidad del tema en relación a nuestro ministerio y carisma escolapio.

A lo largo de mi vida de sacerdote escolapio, me he cuestionado, muchas veces, la actuación escolapia en el campo educativo. No pretendo sentar cátedra alguna, ni por mi mente pasa el juzgar ninguna institución educativa escolapia, y mucho menos a persona alguna.

Siempre me he cuestionado nuestro actuar colectivo, nuestras políticas educativas. Nuestro pasado escolapio, sin duda alguna, extraordinario y glorioso, no importan las limitaciones y acontecimientos históricas y culturales, ha estado muy circunscrito y reducido a la práctica instructiva y, gracias a Dios, también educativa en muchos casos. Eso nos ha dado un prestigio cultural inmenso, basado en los grandes centros educativos que, a lo largo de la historia, hemos creado, muy en particular en las ciudades importantes. Y no obstante, ahí va mi cuestionamiento.

Cada vez más nuestro espacio social educativo ha ido, y creo que seguirá en aumento, reduciéndose. Cada vez más los Estados van tomando conciencia –para bien o para mal- y van ampliando su radio de acción hacia mayor presencia en el mundo educativo. Nuestro “prestigio” se va reduciendo a grandes colegios y escuelas, con todos los adelantos técnicos y materiales que hagan posible su supervivencia y, de alguna manera, “competir” con esa invasión estatal, con tendencias frecuentemente monopolistas. Y creo que esa “carrera” competitiva y de supervivencia no tiene mucho futuro.

De ahí la enorme actualidad y trascendencia de que volvamos los ojos hacia lo que, en el inicio, fue nuestro actuar escolapio y que el Santo Padre sentenció con su principio: “La reforma de la sociedad cristiana radica en la diligente práctica de esta misión. Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la PIEDAD Y en las LETRAS, ha de preverse con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida”

Me parece intuir en el pensamiento de Calasanz aplicado a nuestros días, que el carisma educativo escolapio lo hemos de ir centrando cada vez más en la educación de los “adultos”, en la educación de la FAMILIA.

Esto no implica, ni mucho menos, el abandono del trabajo directo con los niños y jóvenes. Todo lo contrario. Ayudando a que los padres de familia adquieran un mayor y mejor conocimiento de su dignidad y vocación educadora, de sus derechos y deberes en cuanto los primeros y principales educadores, es como haremos realidad la intuición social y educativa de Calasanz.

Estas reflexiones me llevan hacia la conveniencia, quizás la necesidad, de volver sobre nuestros pasos. Sin desdeñar el pasado, y menos aún criticarlo o condenarlo, el futuro de nuestro carisma educativo escolapio creo que debe orientarse más hacia una escuela de tipo parroquial. No quiero decir una escuela que dependa directamente de la jerarquía diocesana. Me refiero hacia una escuela en la que queden integrados, de verdad, tanto nosotros los escolapios, como los padres de familia, y todos orientados hacia el conjunto de esa verdadera comunidad, incluidos, como es natural, los alumnos.

Todo esto implica que el horario de trabajo del escolapio no empieza por la mañana y termina al mediodía –en los casos de jornada única- o al concluir las clases por la tarde. La proyección y dedicación a los adultos –la FAMILIA- que han depositado su confianza en nosotros, encomendándonos que les ayudemos en su educación, debe ir adquiriendo, cada vez más un relieve preponderante.  Y en concreto, nuestros centros educativos creo que deben integrarse, siempre que se pueda, dentro de una visión parroquial, en la que confluyan todos los integrantes de la misma; en la que haya programas educativos específicos no sólo para los niños y jóvenes,  sino para los diversos grupos integrantes de esa comunidad humana.

Sin ánimo de crear falsos modelos, y siempre teniendo presentes las diferencias culturales, económicas, sociales y religiosas, quisiera proponer, para la reflexión individual y comunitaria, unos datos concretos que nos sirven de punto de referencia para nuestro actuar. Yo sé que cada caso es distinto al del vecino; yo sé que la situación de Europa es distinta a la nuestra en América. Incluso, en los distintos ámbitos geográficos, históricos y culturales americanos, la situación es distinta.

Aun conociendo todo eso, ofrezco unos datos que pueden cimentar mis reflexiones anteriores, y el por qué creo que nuestro carisma educativo escolapio debe superar el marco académico de nuestros centros –sin descuidar la excelencia académica- y orientarse más hacia lo que está condicionando, fuertemente, el progreso académico de nuestros alumnos.

Son datos de octubre 2008

En la escuela primaria de Calasanz de Santo Domingo en Ecuador (desde los 5 a los 11 años), tenemos que sólo el 44.92% de los padres de familia (el 99% católicos) están casados. Y que el 22.60% están conviviendo en unión libre y casi el 20% están separados o divorciados. Si a toda esa situación familiar unimos que el 6.21% de los padres (uno de ellos o frecuentemente los dos) son emigrantes, tenemos una sólida base para ver el impacto, no sólo afectivo y emocional de nuestros alumnos, sino también el académico. Es necesario, pues, bregar con los niños y jóvenes no sólo en el salón de clases, en el horario escolar y extraescolar, sino también con las FAMILIAS que nos han confiado la educación de sus hijos. Y una nota que quiero resaltar: la edad de esos alumnos nuestros. Precisamente con los niños más pequeños es donde la situación FAMILIAR presenta más problemas, con el 37.50% de uniones libres. Y con los mayorcitos de primaria sobresalen, además de las uniones libres, los divorcios y separaciones con el 30% aproximadamente.

Preocupante es la situación anteriormente descrita, no sólo por el AMBIENTE FAMILIAR en el que vive una buena proporción de nuestros alumnos. Pero ése es el mundo de los adultos, que influye, o puede influir, significativamente en el equilibrio y adecuado desarrollo emocional de los niños/as, y también en su progreso académico e intelectual. Pero hay otras circunstancias y SITUACIONES FAMILIARES aún más preocupantes. Es la manera como esos niños viven su vida familiar. Aporto algunos datos: El 26.29% de los estudiantes reconocen que las relaciones entre papá y mamá son regulares o malas. Y en ese ambiente es en el que viven los niños. Cierto que en el peor de los basureros se  pueden cultivar flores hermosas; pero eso no es lo normal. La percepción que un alto porcentaje de muchachos tiene es que entre papá y mamá la cosa no va bien. Que la FAMILIA les está afectando en su desarrollo psicológico, emocional, y también en su rendimiento académico. La autoridad educativa de papá y mamá en relación a su hijo está bastante resquebrajada. Y en ese ambiente es bastante problemático el ejercicio de la autoridad moral de los padres en relación a su trabajo escolar de los niños, al cumplimiento de las tareas escolares a realizar en casa, y otros muchos aspectos de la vida estudiantil. Si a todo eso añadimos que la violencia mental, y también física, hacia los hijos es muy frecuente, y que la violencia de género se da en bastantes hogares, podemos concluir que, en gran medida, la FAMILIA es un PROBLEMA EDUCATIVO de primer orden.

Otro punto de reflexión: la relación de los hijos, nuestros alumnos, es mejor con la mamá que con el papá. No obstante, aún así, tenemos un 8.72% de problemas de relación de los niños con sus mamás; con los papás ese porcentaje sube al 15.78%. Una vez más vemos que los papás (varones) se preocupan menos –dada su relación con los hijos- que las mamás. Y este fenómeno tiene repercusiones bastantes serias en la vida personal y académica de los hijos, nuestros alumnos.

Es interesante notar, aunque sea de pasada, cómo esa dinámica intrafamiliar va evolucionando con los diferentes grados o cursos de Primaria. El porcentaje de hijos que se llevan regular o mal con el papá aumenta al crecer en edad los hijos. Algo semejante ocurre en las relaciones de las mamás con sus hijos, aunque en menor proporción que los papás.

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Esta misma preocupación por la situación de la FAMILIA, y sus repercusiones en la vida afectiva, emocional y académica de nuestros alumnos me llevó a realizar el mismo estudio en relación a los adolescentes y jóvenes, alumnos nuestros. La inmensa mayoría entre 12 y 17 años.

Aquí la situación es un tanto diversa a la analizada con los niños de la Primaria, pero educativamente no es menos importante. Todos reconocemos el despertar y desarrollo del sentimiento y percepción de la propia individualidad de este grupo de estudiantes. También conocemos cómo ese legítimo deseo de independencia y afianzamiento de la propia personalidad lleva, frecuentemente, a conflictos en las relaciones familiares y cierta rebeldía juvenil.

Pero no es menos cierto que nuestros adolescentes y jóvenes necesitan de acompañamiento de los educadores adultos que están en relación con ellos. Es posible que, exterior y verbalmente manifiesten cierta oposición, y aún resistencia; pero la inmensa mayoría percibe la necesidad de una guía, de un asesoramiento, de un acompañamiento.

La primera cosa que deseo comentar es que parece que hay cierta mayor estabilidad en la situación familiar en los alumnos de Bachillerato. Posiblemente la inestabilidad emocional de los matrimonios jóvenes, su falta de acoplamiento, incluso la propia inmadurez de los primeros años de matrimonio -especialmente en los matrimonios de tempranas edades- hace que esa situación cambie positivamente al aumentar la edad de nuestros alumnos, y, consiguientemente, la edad de sus padres. De hecho, tenemos un porcentaje mayor de padres casados, y un menor número de uniones libres, separados o divorciados. También pudiera ser que la dinámica social y familiar actual haga que la inestabilidad familiar más reciente sea mayor que la de hace unos años. En los alumnos de Bachillerato tenemos un 53% de padres casados (frente al 44.93% en Primaria) y un menor porcentaje de uniones libres. El porcentaje de padres emigrantes es similar (un 6.21% en Primaria frente al 7.00% en Bachillerato).

No obstante esa llamada “rebeldía” juvenil, las relaciones de papá y mamá son semejantes en Primaria y en Bachillerato: un 26.29% de relaciones malas o regulares en Primaria, frente a un 26.00% en Bachillerato. Parece que esa cuestión obedece más bien a causas estructurales familiares que a causas contingentes temporales. Pero esto también es un problema para nosotros educadores, no sólo respecto de los jóvenes, sino también de sus padres.

Las relaciones tensas intrafamiliares entre papá y los hijos se han agravado (15.789% en Primaria frente a un 24.24% en Bachillerato). Tanto la edad de los hijos, como su propia evolución psicológica, pueden explicar ese cambio tan marcado. Y la misma tendencia vemos en las relaciones tensas de los hijos respecto de la mamá (8.72% en Primaria frente a 18.00% en Bachillerato).

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He procurado, basándome siempre en datos estadísticos y en el análisis objetivo de la realidad concreta de tantas y tantas FAMILIAS que confían la educación de sus hijos a nuestras Instituciones. Sin duda que muchas actuarán de esa manera por razones no estrictamente pedagógicas, educativas, sino por otras consideraciones sociales más o menos válidas: prestigio social de nuestros centros, disciplina y seguridad para sus hijos, cercanía a sus domicilios, y tantas otras circunstancias que pueden explicar esos comportamientos.

Pero mi aportación tiene otras implicaciones personales e institucionales, todas ellas relacionadas con el tema de la FAMILIA. Pero poco serviría la evidencia aportada si no fluyen unas consecuencias educativas y organizativas. No se trata de un mero ejercicio de estadística descriptiva, sin ni siquiera adentrarnos en una estadística inferencial. No son los números y porcentajes los que ahora nos interesan; esa evidencia nos sirve de base y sostén a una serie de reflexiones y conclusiones.

Yo sé que éste es el punto más delicado y comprometido; pero también estoy seguro que en esta época de búsqueda de nuevas estructuras escolapias pueden aportar alguna luz.

Nuestra realidad escolapia, masivamente, se centra en las grandes ciudades, con centros educativos muy numerosos, con alumnos provenientes de todos los rincones de la ciudad, con poca o nula conexión con las parroquias, con una calidad académica muy aceptable, con un prestigio social muy bien logrado y mantenido.

Pero el contacto con las FAMILIAS, en la hipótesis que exista, y en el porcentaje de casos que éste se dé, es, frecuentemente, oficial, legal, extrínseco.

Ciertamente que en el pasado no siempre fue así, incluso desde la época del Santo Padre: en sus tiempos ya existieron fundaciones en ciudades y pueblos pequeños. Y eso se mantuvo durante siglos. Modernamente, quizás por exigencias económicas y por causas totalmente circunstanciales, se ha dado esa concentración escolapia en las grandes aglomeraciones urbanas, con el consiguiente peligro de anonimato educativo y pastoral. Soy consciente de que todo ello nos ha dado, institucionalmente, un “prestigio”, un “peso” no despreciable, pero que corre el peligro de eclipsar nuestra original vocación educadora. Reconozco que, en última instancia, esto depende de cada religioso. Pero también la organización institucional puede ayudar o dificultar la plena realización de nuestras relaciones con los alumnos y sus FAMILIAS.

Hasta este punto podemos estar de acuerdo en mayor o menor proporción, respetando siempre las circunstancias históricas y culturales de los diversos países en los que trabajamos. Incluso en un mismo país esas circunstancias pueden aconsejar realizaciones distintas del carisma escolapio.

Para concluir este humilde punto de vista personal, me gustaría “soñar”, me gustaría “cerrar” los ojos para ver una Escuela Pía distinta, trabajando en pequeñas comunidades de ciudadanos, sea en los continentes más históricos y tradicionales, sea en los nuevos pueblos que van emergiendo de su secular atraso, no sólo en los países de América Latina, y otras zonas misionales del mundo. Me gustaría ver, incluso en las grandes ciudades donde trabajamos, pequeñas realizaciones de Escuelas y Colegios con un alumnado relativamente reducido, donde las relaciones con ellos fueran más personales, las relaciones con las FAMILIAS más intensas y educativas.

Y sigo “soñando”. Incluso en esas grandes ciudades, sea en instituciones propias o no, con un par de religiosos en cada una, incorporando de verdad al “laicado escolapio”, especialmente los maestros y maestras de nuestros centros educativos y parroquiales, podrían juntarse al terminar la jornada de trabajo, en Comunidad, para rezar juntos, relajarse juntos, cenar juntos… y a la mañana siguiente, después de la oración y el desayuno, cada uno a su lugar de trabajo, a su campo de acción apostólica escolapia.

No soy ajeno al conocimiento de los riesgos que esta “visión” podría acarrear a la Orden, especialmente en algunas naciones. Pero creo que vale la pena afrontar con valentía y decisión esos riesgos y revitalizar, de verdad, la Orden y no sólo en sus estructuras meramente externas, organizativas, de gobierno, administrativas.