..

FAMILIA CRISTIANA

Jaime y Lourdes Goicoechea Giménez

.

..

Familia cristiana es:

1.- La que vive en la ternura.

La ternura es como el aire de la casa. Todos se sienten aceptados y queridos por encima de sus merecimientos. Se sienten necesitados unos de otros, sea del consejo, sea del servicio, sean del beso y la sonrisa. La ternura llena la mirada de comprensión y compasión. Es que la ternura es hija del amor.

Y también se hermana del humor, que es una manera de ver las cosas limpia, tolerante, cariñosamente. El humor es muy sano en las familias, para rebajar tensiones, para superar momentos difíciles, para llenar vacíos y para poner en todo el toque de alegría.

El que se siente amado es un hombre sano y capacitado para amar. Y lo hará no solo dentro del recinto familiar sino fuera. Tratará de ampliar las paredes de la casa, para que quepan todos. Está capacitado para irradiar en todos sus ambientes -trabajo, compañeros, marginados- los perfumes del amor y la ternura.

2.- La que construye la comunidad.

Se trata de poner todo en común: los bienes materiales y espirituales, los sentimientos y los deseos, también las ideas y los criterios. Quiere decir que hay que dialogar y no encerrarse en su recinto exterior o en su concha interior. Hay que dedicar tiempo y espacio para cultivar lo común, aunque sea a costa de la TV. Quiere decir también que hay que despojarse de todo tipo de propiedades, aunque sean intelectuales, como el creer que sus gustos y sus ideas son las mejores, que siempre se lleva la razón, que uno es el más “guapo” de la familia.

Poner en común no quiere decir unificar a base de callar, ceder, imponer un estilo, matar la diversidad. Es todo lo contrario, respetar la riqueza de cada uno, defender su propia identidad y estimular la creatividad. Pero armoniosamente, colaborando y coordinándose. No hay autoridad impositiva y vertical, sino espontánea y dialogada.

Las relaciones familiares han de ser democráticas y tolerantes, pero no blandas y permisivas. Porque se quieren, todos se respetan, pero todos se exigen. Así se van iniciando en la construcción de un mundo nuevo, que ha de ser un hogar grande, libre de opresión y de injusticia. La comunidad familiar será fermento de comunidades más grandes.

 3.-La que anima la creatividad.

No es cuestión de repetir siempre las mismas tradiciones y comportamientos. Hay que limpiar el polvo de la rutina. Hay que estar abiertos a la sorpresa. Hay que estimular el crecimiento, no solo vegetativo, sino espiritual.

Cada día hay que cuidar el detalle y cultivar el amor. Cada día hay que vigilar y limpiar los cristales de la mirada. Cada día hay que ensanchar la capacidad de acogida y entrega.

Todo esto es imposible sin esfuerzo y trabajo. Será preciso leer y comentar juntos, reflexionar juntos sobre los acontecimientos, descubrir las vocaciones, aplaudir las pequeñas realizaciones, estimular la participación en todas las cosas. Vale más y satisface más un juego activo que un espectáculo visto pasivamente en la TV. Vale más la propia tertulia que la ajena.

En esta escuela se aprende prontamente el espíritu crítico. Hoy nos resulta más necesario que nunca. Es tal la cantidad de mensajes, de reclamos, de propaganda, de seducciones, de mentiras, que es imprescindible aprender a pensar por cuenta propia, aprender a discernir y valorar. Si tú no piensas, otros te pensarán, y entonces terminarás convirtiéndote en pura marioneta. Sólo el que tiene una palabra propia que decir, puede aportar algo en la construcción del mundo nuevo.

4.- La que se ejercita en la austeridad.

La austeridad, hoy sobre todo, es virtud y es necesidad. La familia, sabemos, es campo abonado para el consumismo. Difícil para los amos y amas de casa no caer en esa trampa.

Si la familia entra en la dinámica consumista, pierde su espíritu. Ganará muchas cosas, podrá llenar la casa de cosas, vivirá confortablemente, pero sin alma.

La austeridad, en cambio, produce libertad y ayuda a dar el valor justo a cada cosa. El trabajo, por ejemplo, no será sólo un medio para ganar mucho dinero, sino para ser; sabe que el dinero es importante, por eso no lo malgasta. Es fácil comprender que de la austeridad a la solidaridad no hay más que un paso. Todos estos valores, la libertad, el trabajo creativo, la solidaridad, son la base de un Nuevo Orden Internacional.

5.- La que asume las dificultades y la dureza de la vida.

La primera dificultad es vivir la comunidad. La convivencia prolongada puede originar cansancio, roces o simplemente aburrimiento. Para convivir es preciso conmorir. Para compenetrarse hay que vaciarse. Para compartir hay que ceder.

Hay otras muchas dificultades, por el trabajo, la salud, las insatisfacciones o desilusiones y los problemas de cada día. La familia cristiana entiende que en todas estas dificultades se hace presente las Cruz de Cristo.

Una persona curtida, desde la familia, en el sufrimiento, estará capacitada para las luchas, los trabajos y la dificultad de las relaciones humanas en general.

6.- La que está siempre abierta a los problemas de otros.

No puede entenderse una familia encerrada en si misma. Hay que tener las puertas abiertas para oxigenarse con el viento vital del Espíritu, que lo abre todo. Puertas abiertas significa en primer lugar acogida y hospitalidad. Que todo el que entre sea acogido como amigo y hermano, y algo más, como el mismo Cristo.

Puertas abiertas significa también, ir al encuentro del otro, sentido de vecindad, preocupación por los problemas comunes, trabajar en favor de los demás.

No vivimos para nosotros mismos. Vivimos para los demás. La palabra de Cristo es tajante en este sentido. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?... Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mí hermana y mi madre” (Mc. 3, 33-35)

La familia es un valor, pero no el familiarismo. La unión familiar no está reñida con el compromiso cristiano y el compromiso social, nacemos y nos hacemos en la familia, pero para seguir construyendo familia. Amamos y defendemos a la familia, pero siempre que esté abierta y relacionada con los demás.