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1.
UNOS PRESUPUESTOS (A modo de introducción)
Soledad y comunicación
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Un hombre dijo a su esposa: «Tengo muchas cosas que hacer; pero
todo, todo, lo hago por ti». Con esta suerte de excusa, no hallaban
tiempo para
estar juntos ni charlar, y el día en que se encontraron
de nuevo ya no supieron qué decirse.
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Por desgracia, tras los años despreocupados de la niñez llega la
adolescencia, y en ella se experimentan las primeras dificultades
para comunicarse.
-
Aflora una tendencia a cerrarse en sí mismo, nos tornamos
susceptibles y celosos de la propia independencia e intimidad.
Parece que el adolescente solo es capaz de abrirse a los demás
dentro del grupo de amigos, pero también allí cada uno busca
adquirir el prestigio y recibir la aceptación incondicional que
tanto necesita. No quiere sentirse solo.
Una experiencia muy común
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La soledad es una experiencia que todos, quien más quien menos,
hemos sufrido a lo largo de nuestra biografía. Y con la soledad
llega la tristeza, a veces disfrazada con un barniz de seriedad.
Marcel lo sostuvo con palabras rotundas: «Sólo existe un
sufrimiento: estar solo»; y lo confirmó tras muchos años de
experiencia: «Nada está perdido para un hombre que vive un gran amor
o una verdadera amistad, pero todo está perdido para quien se
encuentre solo».
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«Sólo el amor arranca al hombre de la soledad. No basta la simple
cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la
colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El
amor, en sus diversas formas —conyugal, paterno, materno, filial,
fraterno, de amistad—, es requisito necesario para no sentirse
solo». (Javier Echevarría)
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Ya Adán, antes de la creación de Eva, experimentó con desasosiego
esta soledad; «no encontró una ayuda adecuada», semejante a él. Por
eso acogió a la mujer como un don incomparable y, descubriendo a
alguien con quien poderse comunicar, exclamó con un sobresalto de
alegría: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne».
Es cuestión de amor
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La mayoría de las veces la soledad deriva de la ausencia de un buen
amor
suficientemente maduro y desarrollado. Por eso, ante una
situación de aislamiento nos debemos preguntar ¿por qué un marido y
una mujer han cerrado las vías de comunicación? O los padres y los
hijos…O los amigos y compañeros. Casi siempre es problema de
comunicación. No es la palabra en sentido estricto, sino el amor, lo
que establece la sintonía entre dos personas.
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El auténtico amor impulsa a salir de uno mismo, para asentar la
propia morada en el corazón del ser querido: según San Agustín, «el
alma se encuentra más en aquel a quien ama que en el cuerpo que
anima». Quien ama tiende a dar y a darse, se da de hecho, se
«comunica» a la persona amada, entregándole -de todos los modos
posibles- lo mejor de sí mismo: su propia persona. Y acoge libre y
gozosamente cuanto le ofrenda aquel o aquella a quien quiere:
también, en fin de cuentas, su persona.
-
Bajo este prisma, parece correcto resaltar como modelo de
comunicación hondamente humana la que se establece entre una madre y
el hijo que lleva en su seno. E incluso cabría hablar de una
comunicación «que dista mucho de ser silenciosa: se constituye, al
contrario, en una voz existencial grande y amplificada, aunque sea
sin palabras, porque es -y las madres encinta lo saben bien- la
donación de la vida».
Aunque también es cuestión de técnicas
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Porque se dan circunstancias en que la raíz del malestar no es la falta
de amor sino la falta de saber comunicarse. Dos personas se quieren,
pero les resulta difícil verbalizar ese amor. Por motivos diversos les
cuesta hablar: abrir la propia intimidad, hacer al otro partícipe de sus
sentimientos, ilusiones, afanes, dudas, preocupaciones…
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Aunque se aman, no gozan de la habilidad para alimentar su afecto
mediante la palabra… y pueden llegar a dudar de ese cariño y sentir que
su amor se enfría. En tales circunstancias, las técnicas sirven no tanto
para suplir el amor (que en este supuesto sí que existe), sino para
descubrirlo y re-crearlo en un nivel más alto y encendido. Por eso es
conveniente —imprescindible— pedir auxilio en momentos de dificultad.
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Podría afirmarse que en una relación de amistad, familiar o matrimonial
que ama y lo sabe no necesita técnica alguna, pues los procedimientos
con que espontáneamente manifiesta su cariño la suplen con creces; sin
embargo, para los cónyuges, amigos y familias que en el fondo se quieren
pero experimentan dificultades para expresar ese cariño, las técnicas de
comunicación les ayudarán a redescubrir un afecto que tal vez creían
perdido y a incrementar ese cariño.
Dificultad para comunicarse
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La vivencia que debería presidir el trato de cualquier relación es la de
la comunicación franca como fuente de gozo, de paz y de superación de la
soledad. Los fracasos más comunes de toda relación estriban en que se da
entrada progresiva a la incomunicación. Así las parejas se casan, se
aíslan de sus antiguos amigos y compañeros, se hacen voluntariamente
estériles, se desentienden de sus mayores y se encierran en sí mismos…
para acabar solos, ya sea juntos -«soledad de dos en compañía», llamó
hace ya casi doscientos años Kierkegaard a algunos matrimonios-, ya cada
uno por su
lado.
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Por varios motivos, pero sobre todo por orgullo a veces evitamos
aparecer ante los ojos del otro como en verdad somos: no nos fiamos de
su amor incondicionado. La relación, entonces, degenera, tornándose más
y más penosa. Por cuanto en el matrimonio y en toda relación humana, la
comunicación personal resulta insustituible.
Algo más que charlar
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Para cualquier relación resulta imprescindible volver a advertir que
comunicarse es algo más que un simple conversar o platicar. Presenta, en
cierto modo, un doble objetivo: conocer la verdad y el amor.
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Comunicarse consiste en «bajar la guardia» por completo para dejarse
conocer por el otro, de ahí que se pueda incluso hablar mucho sin que
exista real comunicación. Cabe charlar de deportes, de la moda, de
dinero o de chismes de los vecinos sin comunicar lo que se vive por
dentro. Hay gente tan locuaz como celosa de la propia intimidad.
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Por desgracia, vemos bastantes matrimonios en que la comunicación
primero se da por supuesta y luego -en fin de cuentas, por miedo al
rechazo: por no advertir que somos queridos incondicional y
gratuitamente- se teme; se suprime el coloquio personal y se silencian o
eluden los problemas. Los espacios vacíos los llenan entonces la
televisión, el periódico, Internet, un pasatiempo, el teléfono, de la
profesión, incluida la de ama de casa.
2.
2.
REGLAS DE COMUNICACIÓN
Entendemos que el arte de la comunicación se fundamenta en el amor y se
mejora con el esfuerzo personal teniendo en cuenta algunas ‘reglas’ o
técnicas, que a continuación señalamos:
a)
Escuchar
Saber escuchar es condición indispensable para la comunicación y el
diálogo. Es también un ingrediente indispensable para la empatía, y ésta
supone:
-
tener en cuenta el modo de ser del otro, sus peculiaridades
características y las circunstancias concretas del momento que está
viviendo.
-
atender a lo que en cada instante nos dice y siente quien nos habla, en
lugar de andar pensando, mientras nos habla, qué le vamos a contestar.
Es preciso dejar a un lado nuestros pensamientos y ocupaciones, mirar
con interés a los ojos de nuestro interlocutor, y dejarle terminar su
discurso sin interrupciones. Solo así cabe apreciar qué desea
transmitirnos. De lo contrario, resulta muy sencillo filtrar sus
palabras y entender lo que esperamos oír de él o lo que más se adecua a
nuestros criterios.
Por eso, no sabe escuchar:
-
quien emite juicios de valor sobre lo que el otro está diciendo o
intenta discutirlo.
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quien interrumpe la conversación o presuntuosamente completa las frases
del otro.
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quien se distrae durante el diálogo, entreteniéndose u ocupándose en
hacer otras cosas;
-
quien se apresura a dar soluciones, ignorando que el otro es capaz de
hallarlas por sí mismo.
b)
«Mirarse» mientras se habla
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La intimidad en toda relación aflora de muchas maneras, y una de ellas,
quizás la principal, es la comunicación de la mirada. Los ojos reflejan
y trasmiten el interior de la persona de una manera más natural y
directa que la palabra. La palabra puede ser distorsionada; la mirada,
no.
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Por esta razón, el individuo que durante su conversación con nosotros no
nos mira a los ojos, sino que desvía su mirada a otras partes, nos
parece que esconde algo (siempre, claro está, que no se trate de
problemas psíquicos complejos) Todos nos sentimos inseguros ante
personas con las que no podemos comunicarnos con los ojos porque ocultan
su mirada o no miran de frente.
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El psicólogo Carlos Llano comentando estas ideas llega a decir que
“resulta imposible entrar en el fondo del alma cuando no podemos hacerlo
mediante esas ventanas privilegiadas que son los ojos de nuestro
interlocutor...No es a los ojos a los que hay que atender: es a la
mirada que los ojos del otro dirige a los míos. Hasta que esto no se
dé…no habrá una verdadera comunicación...La verdadera comunicación es
íntima, sentimental, personalizada, aunque sea también abstracta,
universal y objetiva»
-
Estas ideas nos dejan entrever los ‘nuevos’ problemas, hoy día, para una
auténtica comunicación a través de la TV y el Internet, porque no se da
aún un intercambio de miradas…
c)
Repetir o parafrasear
Esta técnica nos asegura que hemos comprendido lo expuesto por otro.
Testimonia nuestra escucha y que nos tomamos en serio lo que dice.
Ignorar, aceptar con suficiencia o ridiculizar lo que se nos comenta,
resulta siempre profundamente lesivo: hiere en lo más hondo del alma.
d)
Responder
Para que exista comunicación no basta con escuchar. Es preciso también
expresar nuestro parecer sobre lo que nos dicen. En ocasiones, las
menos, puede bastar un «sí… es cierto… sin duda… de acuerdo… tienes
razón…», que revela nuestra atención, al tiempo que promete una
contestación definitiva más tarde, cuando hayamos reflexionado a fondo
sobre lo propuesto.
No es aconsejable responder con el silencio, pues la palabra es más
cálida y humana. También deben evitarse los sonidos inarticulados:
«hum», «pss»… Al contrario, a la manifestación de interioridad de
nuestro interlocutor hemos de corresponder con expresiones claramente
articuladas, que correspondan lo más ampliamente posible a la cuestión
planteada.
e)
Adecuar el comportamiento a la palabra coherencia
Nuestro modo de actuar debe ser coherente con nuestras palabras. Por
ejemplo, cuando dices a tu mujer o amigo: «te escucho», debes también
cerrar el periódico o apagar el televisor. Y cuando te has comprometido
a hacer algo y ves que no te da tiempo, decláralo con sencillez en lugar
de dar falsas esperanzas y poner a prueba la paciencia del otro.
f)
Valentía
En toda relación profunda entra en juego un delicado intercambio de
sentimientos. Estos dan belleza y atractivo a la relación, pero también
la pueden tornar frágil y exponerla a ciertas crisis. A veces resulta
costoso descubrir el origen de las crisis. En tales casos es necesario
un esfuerzo valiente para abrir nuestro corazón al otro y pedirle que
haga otro tanto. Si esto no se hace, surgen las alusiones irónicas que
expresan un malestar y que, si nos se aclaran, originarán
resentimientos, acritud y encerramiento en uno mismo. Después, cuando el
peligro ya resulte evidente, tal vez uno dirá al otro que habría debido
manifestarle lo que no iba bien. Y el otro se sentirá con derecho a
responderle: «¡Tendrías que haberte dado cuenta!».
g)
Espíritu positivo
Todo deseo de que el otro cambie ha de expresarse en la forma más
positiva posible, procurando más bien reflejar la situación personal de
fragilidad ante el defecto del otro. No digamos al otro «Eres un
egoísta, sólo piensas en ti» sino más bien, «tu olvido de mi cumpleaños
me causa tristeza, para mí tu recuerdo vale mucho» Y en lugar de sólo
acusar al otro, hemos de buscar nuestra parte de culpabilidad en el
tema. Por ejemplo, en lugar de decir: «Ayer me hablaste en un tono del
todo improcedente», cabría decir: «Perdona, anoche perdí un poco los
estribos, estaba nervioso y excitado… y conseguí sacarte también a ti de
tus casillas»
h)
Búsqueda sincera de la verdad
Cuando se trata de resolver posibles problemas, el esfuerzo de
comunicación
entre los interlocutores no debe tender solo a manifestar
lo que uno y otro sienten y piensan, sino también a descubrir la verdad
del asunto que llevan entre manos y que juntos pretenden esclarecer.
Porque el objetivo raíz de la comunicación es el conocimiento de la
verdad. No se trata, por tanto, principalmente, de exponer lo que cada
uno cree ver dentro de sí, sino sobre todo cuál es la realidad objetiva
de las cosas. Por ejemplo: en la relación entre padres e hijos, no sería
suficiente que los padres llegaran al acuerdo de permitir al chico o a
la chica de 12-13 años salir habitualmente las noches de los fines de
semana y volver a casa al amanecer; como tampoco sería fruto de
auténtica comunicación, en una vida matrimonial que busca la verdad,
acordar, sin motivo justificado, no acoger a los hijos que Dios quiera
enviar.
En estos dos ejemplos, la decisión de la pareja atenta contra la
naturaleza de la familia y no puede producir auténticos frutos de paz y
alegría. Tan solo son apariencias de comunicación, porque esas
decisiones no se ajustan a la realidad objetiva de la responsabilidad
matrimonial.
La comunicación “...reclama cierta dosis (a veces gran dosis) de
comprensión, de paciencia con los defectos del otro (todos tenemos
defectos) o con su modo de ser, abnegación, espíritu de sacrificio,
sentido de la proporción…» (Federico Suárez, psicólogo).
3.
3.
APRENDER A DISCUTIR
A pesar de la ayuda que pudieran prestar las mejores reglas, y a pesar
sobre todo del cariño e ilusión crecientes que se pongan en evitarlos,
es natural que en el mundo de las relaciones de todo tipo existan
discusiones, tensiones, diferencias de opinión y gusto. Todo ello bien
llevado conduce a la maduración de la relación. Y por medio de la
comunicación se aprende a superar conflictos, a perdonar y a ser
perdonado, ambas jugosas y gratificantes expresiones de amor.
En toda
relación hay un proceso de aprendizaje.
No hay, pues, que asustarse demasiado ni intentar evitar a toda costa
las discusiones, reprimiendo emociones y sentimientos.
En ocasiones es bueno desfogarse. Pero resulta imprescindible aprender a
discutir.
Diez consejos básicos:
«El decálogo del buen dialogante-discutidor»
-
No eludas la discusión por encima de todo, ni la cortes saliendo
ostentosamente de la escena, cuando temes estar equivocado. Y si hubieras obrado de este modo, ten la honradez de volver, pasados los
momentos de enfado, y replantear el asunto hasta alcanzar el acuerdo
deseable.
-
Ten la disposición habitual de reconocer tus defectos y errores… y amar
e incluso llegar a «sentir ternura» por los de tu cónyuge, amigo o
interlocutor. Son signos de grandeza de ánimo.
-
Si adviertes que has dicho algo falto de objetividad o injusto, retíralo
de inmediato lealmente, pidiendo perdón si es necesario (es decir: casi
siempre).
-
Evita palabras agresivas y descalificadoras, y actitudes irónicas o
despreciativas.
-
Presta atención para no proyectar inconscientemente en el otro la razón
de tu malhumor. Más vale «desaparecer de la escena» por algún tiempo que
descargar sobre otros una tensión de la que ellos no tienen
responsabilidad.
-
No levantes ‘acta de las culpas’ de cónyuge o interlocutor, ni te
empeñes en seguir echándole en cara cosas ya pasadas: menos cuanto más
graves o dolorosas hayan podido ser. No devuelvas jamás al pasado a tu
cónyuge o interlocutor: no tienes derecho. Intenta vivir en el presente
y mirar hacia adelante.
-
Esfuérzate por comprender, si es el caso, que la rabieta del otro está
surgiendo de una momentánea necesidad de desahogo.
-
Permite al cónyuge o interlocutor llegar hasta el final en la exposición
de su malestar, intentando por todos los medios comprender su punto de
vista; a menudo le bastará esa posibilidad amable de desfogue o desahogo
para calmarse en un 50%.
-
Procura exponer tus razones de forma clara y breve, con la máxima calma
posible y, si eres capaz, con un tanto de humor (que equivale a saberte
reír de ti mismo, a no tomarte demasiado en serio), pero jamás con
ironía.
-
Conseguid, como ya se ha sugerido, que incluso las discusiones más
violentas acaben con un gesto de reconciliación; de esta forma, hasta
las propias disputas formarán parte del ‘humus’ sobre el que crece el
amor conyugal. (Federico Suárez, psicólogo)
El buen amor se alimenta de positivos y negativos. Podríamos decir que
el amor dispone de un aparato metabólico que es capaz de convertir en
buen alimento incluso lo que de por sí es nocivo: la traición, el
olvido, el desamor. Por eso, más que el propósito de no pelearse jamás,
conviene hacer el de recomponer la paz, cada vez, lo antes posible: No
te acuestes sin haber resuelto los posibles conflictos originados
durante el día. Las relaciones no mueren por las trifulcas, sino que las
matamos por no saber ponerlas remedio y sacarles partido. Y cuando en
una familia los hijos han presenciado una disputa, es bueno y necesario
que asistan también a la reconciliación.
Cuatro principios de fondo
Si a pesar del esfuerzo personal las cosas se pusieran mal, no hay que
olvidar que quien responde al desprecio o al odio con amor siempre
vence: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal a
fuerza de bien” (Rom 12, 21). “Donde no hay amor, pon amor y sacarás
amor” (San Juan de la Cruz). El amor es el arma más poderosa, porque con
ella participamos del más vigoroso poder de Dios.
Partiendo de esta convicción, vamos a ver
cuatro principios básicos capaces de dirigir y enderezar el cambio de
opiniones entre amigos, esposos, familiares…Podrían enunciarse así:
-
Estudiar los problemas más que discutir sobre ellos.
La
actitud radical de toda relación mejora hondamente con este cambio de
enfoque aparentemente mínimo. Discutir entraña casi siempre, de manera
más o menos velada, un enfrentamiento entre los interlocutores que de
forma no del todo expresa se sienten acusados e incluso rechazados por
el otro, y un semiconsciente afán de llevar razón. De la discusión no
suele salir la luz, porque la apaga el apasionamiento.
-
Pedir sinceramente al otro que nos explique su pensamiento.
La
manifestación del deseo sincero de entender los motivos que llevan al
otro a opinar o a obrar de un determinado modo, nos sitúa en condiciones
óptimas para contrastar objetivamente sus posiciones con las nuestras y
provoca en ambos la actitud de apertura que la discusión acalorada
suele matar.
-
Cambiar uno mismo como invitación para que el otro modifique su conducta.
Esto
se basa sobre un principio fundamental: “Si quieres que el otro
cambie, cambia tú primero en algo”.
-
Olvidarse de sí y aceptar amorosamente al otro.
Más relevantes que las palabras son todavía el cariño, la
comprensión honda y esforzada, la aceptación radical del modo de ser
del otro y la falta de apego a nuestro yo. De ahí que, en caso de
conflictos o de disparidad de opiniones, lo absolutamente
imprescindible es el esfuerzo por ponerse a uno mismo ‘entre
paréntesis’, el afán por comprender y aceptar las diferencias
esenciales que provocan la disensión y el empeño por aprender a
vivir con ellas… sin por eso disminuir ni un ápice el amor, la honra
y el respeto que nuestros interlocutores se merecen.
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