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LA COMUNICACIÓN: PUENTE QUE UNE

Adaptado y sintetizado de un artículo de T. Melendo Granados, catedrático de Filosofía y Director de Estudios Universitarios sobre la Familia, Málaga

   

1. UNOS PRESUPUESTOS (A modo de introducción)

Soledad y comunicación

  • Un hombre dijo a su esposa: «Tengo muchas cosas que hacer; pero todo, todo, lo hago por ti». Con esta suerte de excusa, no hallaban tiempo para estar juntos ni charlar, y el día en que se encontraron de nuevo ya no supieron qué decirse.

  • Por desgracia, tras los años despreocupados de la niñez llega la adolescencia, y en ella se experimentan las primeras dificultades para comunicarse.

  • Aflora una tendencia a cerrarse en sí mismo, nos tornamos susceptibles y celosos de la propia independencia e intimidad. Parece que el adolescente solo es capaz de abrirse a los demás dentro del grupo de amigos, pero también allí cada uno busca adquirir el prestigio y recibir la aceptación incondicional que tanto necesita. No quiere sentirse solo.

Una experiencia muy común

  • La soledad es una experiencia que todos, quien más quien menos, hemos sufrido a lo largo de nuestra biografía. Y con la soledad llega la tristeza, a veces disfrazada con un barniz de seriedad. Marcel lo sostuvo con palabras rotundas: «Sólo existe un sufrimiento: estar solo»; y lo confirmó tras muchos años de experiencia: «Nada está perdido para un hombre que vive un gran amor o una verdadera amistad, pero todo está perdido para quien se encuentre solo».

  • «Sólo el amor  arranca al hombre de la soledad. No basta la simple cercanía, ni la mera conversación rutinaria y superficial, ni la colaboración puramente técnica en proyectos o empresas comunes. El amor, en sus diversas formas —conyugal, paterno, materno, filial, fraterno, de amistad—, es requisito necesario para no sentirse solo». (Javier Echevarría)

  • Ya Adán, antes de la creación de Eva, experimentó con desasosiego esta soledad; «no encontró una ayuda adecuada», semejante a él. Por eso acogió a la mujer como un don incomparable y, descubriendo a alguien con quien poderse comunicar, exclamó con un sobresalto de alegría: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne».

Es cuestión de amor

  • La mayoría de las veces la soledad deriva de la ausencia de un buen amor suficientemente maduro y desarrollado. Por eso, ante una situación de aislamiento nos debemos preguntar ¿por qué un marido y una mujer han cerrado las vías de comunicación? O los padres y los hijos…O los amigos y compañeros. Casi siempre es problema de comunicación. No es la palabra en sentido estricto, sino el amor, lo que establece la sintonía entre dos personas.

  • El auténtico amor impulsa a salir de uno mismo, para asentar la propia morada en el corazón del ser querido: según San Agustín, «el alma se encuentra más en aquel a quien ama que en el cuerpo que anima». Quien ama tiende a dar y a darse, se da de hecho, se «comunica» a la persona amada, entregándole -de todos los modos posibles- lo mejor de sí mismo: su propia persona. Y acoge libre y gozosamente cuanto le ofrenda aquel o aquella a quien quiere: también, en fin de cuentas, su persona.

  • Bajo este prisma, parece correcto resaltar como modelo de comunicación hondamente humana la que se establece entre una madre y el hijo que lleva en su seno. E incluso cabría hablar de una comunicación «que dista mucho de ser silenciosa: se constituye, al contrario, en una voz existencial grande y amplificada, aunque sea sin palabras, porque es -y las madres encinta lo saben bien- la donación de la vida».

Aunque también es cuestión de técnicas

  • Porque se dan circunstancias en que la raíz del malestar no es la falta de amor sino la falta de saber comunicarse. Dos personas se quieren, pero les resulta difícil verbalizar ese amor. Por motivos diversos les cuesta hablar: abrir la propia intimidad, hacer al otro partícipe de sus sentimientos, ilusiones, afanes, dudas, preocupaciones…

  • Aunque se aman, no gozan de la habilidad para alimentar su afecto mediante la palabra… y pueden llegar a dudar de ese cariño y sentir que su amor se enfría. En tales circunstancias, las técnicas sirven no tanto para suplir el amor (que en este supuesto sí que existe), sino para descubrirlo y re-crearlo en un nivel más alto y encendido. Por eso es conveniente —imprescindible—  pedir auxilio en momentos de dificultad.

  • Podría afirmarse que en una relación de amistad, familiar o matrimonial que ama y lo sabe no necesita técnica alguna, pues los procedimientos con que espontáneamente manifiesta su cariño la suplen con creces; sin embargo, para los cónyuges, amigos y familias que en el fondo se quieren pero experimentan dificultades para expresar ese cariño, las técnicas de comunicación les ayudarán a redescubrir un afecto que tal vez creían perdido y a incrementar ese cariño.

Dificultad para comunicarse

  • La vivencia que debería presidir el trato de cualquier relación es la de la comunicación franca como fuente de gozo, de paz y de superación de la soledad. Los fracasos más comunes de toda relación estriban en que se da entrada progresiva a la incomunicación. Así las parejas  se casan, se aíslan de sus antiguos amigos y compañeros, se hacen voluntariamente estériles, se desentienden de sus mayores y se encierran en sí mismos… para acabar solos, ya sea juntos -«soledad de dos en compañía», llamó hace ya casi doscientos años Kierkegaard a algunos matrimonios-, ya cada uno por su lado.

  • Por varios motivos, pero sobre todo por orgullo a veces evitamos aparecer ante los ojos del otro como en verdad somos: no nos fiamos de su amor incondicionado. La relación, entonces, degenera, tornándose más y más penosa. Por cuanto en el matrimonio y en toda relación humana, la comunicación personal resulta insustituible.

Algo más que charlar

  • Para cualquier relación resulta imprescindible volver a advertir que comunicarse es algo más que un simple conversar o platicar. Presenta, en cierto modo, un doble objetivo: conocer la verdad  y el amor.

  • Comunicarse consiste en «bajar la guardia» por completo para dejarse conocer por el otro, de ahí que se pueda incluso hablar mucho sin que exista real comunicación. Cabe charlar de deportes, de la moda, de dinero o de chismes de los vecinos sin comunicar lo que se vive por dentro. Hay gente tan locuaz como celosa de la propia intimidad.

  • Por desgracia, vemos bastantes matrimonios en que la comunicación primero se da por supuesta y luego -en fin de cuentas, por miedo al rechazo: por no advertir que somos queridos incondicional y gratuitamente- se teme; se suprime el coloquio personal y se silencian o eluden los problemas. Los espacios vacíos los llenan entonces la televisión, el periódico, Internet, un pasatiempo, el teléfono, de la profesión, incluida la de ama de casa.

2.     2. REGLAS DE COMUNICACIÓN

Entendemos que el arte de la comunicación se fundamenta en el amor y se mejora con el esfuerzo personal teniendo en cuenta algunas ‘reglas’ o técnicas, que a continuación señalamos:

a) Escuchar

Saber escuchar es condición indispensable para la comunicación y el diálogo. Es también un ingrediente indispensable para la empatía, y ésta supone:

  • tener en cuenta el modo de ser del otro, sus peculiaridades características y las circunstancias concretas del momento que está viviendo.

  • atender a lo que en cada instante nos dice y siente quien nos habla, en lugar de andar pensando, mientras nos habla, qué le vamos a contestar.

Es preciso dejar a un lado nuestros pensamientos y ocupaciones, mirar con interés a los ojos de nuestro interlocutor, y dejarle terminar su discurso sin interrupciones. Solo así cabe apreciar qué desea transmitirnos. De lo contrario, resulta muy sencillo filtrar sus palabras y entender lo que esperamos oír de él o lo que más se adecua a nuestros criterios.

Por eso, no sabe escuchar:

  • quien emite juicios de valor sobre lo que el otro está diciendo o intenta discutirlo.

  • quien interrumpe la conversación o presuntuosamente completa las frases del otro.

  • quien se distrae durante el diálogo, entreteniéndose u ocupándose en hacer otras cosas;

  • quien se apresura a dar soluciones, ignorando que el otro es capaz  de hallarlas por sí mismo.

b) «Mirarse» mientras se habla

  • La intimidad en toda relación aflora de muchas maneras, y una de ellas, quizás la principal, es la comunicación de la mirada. Los ojos reflejan y trasmiten el interior de la persona de una manera más natural y directa que la palabra. La palabra puede ser distorsionada; la mirada, no.

  • Por esta razón, el individuo que durante su conversación con nosotros no nos mira a los ojos, sino que desvía su mirada a otras partes, nos parece que esconde algo (siempre, claro está, que no se trate de problemas psíquicos complejos)  Todos nos sentimos inseguros ante personas con las que no podemos comunicarnos con los ojos porque ocultan su mirada o no miran de frente.

  • El psicólogo Carlos Llano comentando estas ideas llega a decir que “resulta imposible entrar en el fondo del alma cuando no podemos hacerlo mediante esas ventanas privilegiadas que son los ojos de nuestro interlocutor...No es a los ojos a los que hay que atender: es a la mirada que los ojos del otro dirige a los míos. Hasta que esto no se dé…no habrá una verdadera comunicación...La verdadera comunicación es íntima, sentimental, personalizada, aunque sea también abstracta, universal y objetiva»

  • Estas ideas nos dejan entrever los ‘nuevos’ problemas, hoy día, para una auténtica comunicación a través de  la TV y el Internet, porque no se da aún un intercambio de miradas…

c) Repetir o parafrasear

Esta técnica nos asegura que hemos comprendido lo expuesto por otro. Testimonia nuestra escucha y que nos tomamos en serio lo que dice. Ignorar, aceptar con suficiencia o ridiculizar lo que se nos comenta, resulta siempre profundamente lesivo: hiere en lo más hondo del alma.

d) Responder

Para que exista comunicación no basta con escuchar. Es preciso también expresar nuestro parecer sobre lo que nos dicen. En ocasiones, las menos, puede bastar un «sí… es cierto… sin duda… de acuerdo… tienes razón…», que revela nuestra atención, al tiempo que promete una contestación definitiva más tarde, cuando hayamos reflexionado a fondo sobre lo propuesto.

No es aconsejable responder con el silencio, pues la palabra es más cálida y humana. También deben evitarse los sonidos inarticulados: «hum», «pss»… Al contrario, a la manifestación de interioridad de nuestro interlocutor hemos de corresponder con expresiones claramente articuladas, que correspondan lo más ampliamente posible a la cuestión planteada.

e) Adecuar el comportamiento a la palabra coherencia

Nuestro modo de actuar debe ser coherente con nuestras palabras. Por ejemplo, cuando dices a tu mujer o amigo: «te escucho», debes también cerrar el periódico o apagar el televisor. Y cuando te has comprometido a hacer algo y ves que no te da tiempo, decláralo con sencillez en lugar de dar falsas esperanzas y poner a prueba la paciencia del otro.

f) Valentía

En toda relación profunda entra en juego un delicado intercambio de sentimientos. Estos dan belleza y atractivo a la relación, pero también la pueden tornar frágil y exponerla a ciertas crisis. A veces resulta costoso descubrir el origen de las crisis. En tales casos es necesario un esfuerzo valiente para abrir nuestro corazón al otro y pedirle que haga otro tanto. Si esto no se hace, surgen las alusiones irónicas que expresan un malestar y que, si nos se aclaran, originarán resentimientos, acritud y encerramiento en uno mismo. Después, cuando el peligro ya resulte evidente, tal vez uno dirá al otro que habría debido manifestarle lo que no iba bien. Y el otro se sentirá con derecho a responderle: «¡Tendrías que haberte dado cuenta!».

g) Espíritu positivo

Todo deseo de que el otro cambie ha de expresarse en la forma más positiva posible, procurando más bien reflejar la situación personal de fragilidad ante el defecto del otro. No digamos al otro «Eres un egoísta, sólo piensas en ti» sino más bien, «tu olvido de mi cumpleaños me causa tristeza, para mí tu recuerdo vale mucho» Y en lugar de sólo acusar al otro, hemos de buscar nuestra parte de culpabilidad en el tema. Por ejemplo, en lugar de decir: «Ayer me hablaste en un tono del todo improcedente», cabría decir: «Perdona, anoche perdí un poco los estribos, estaba nervioso y excitado… y conseguí sacarte también a ti de tus casillas»

h) Búsqueda sincera de la verdad

Cuando se trata de resolver posibles problemas, el esfuerzo de comunicación entre los interlocutores no debe tender solo a manifestar lo que uno y otro sienten y piensan, sino también a descubrir la verdad del asunto que llevan entre manos y que juntos pretenden esclarecer. Porque el objetivo raíz de la comunicación es el conocimiento de la verdad. No se trata, por tanto, principalmente, de exponer lo que cada uno cree ver dentro de sí, sino sobre todo cuál es la realidad objetiva de las cosas. Por ejemplo: en la relación entre padres e hijos, no sería suficiente que los padres llegaran al acuerdo de permitir al chico o a la chica de 12-13 años salir habitualmente las noches de los fines de semana y volver a casa al amanecer; como tampoco sería fruto de auténtica comunicación, en una vida matrimonial que busca la verdad, acordar, sin motivo justificado, no acoger a los hijos que Dios quiera enviar.

En estos dos ejemplos, la decisión de la pareja atenta contra la naturaleza de la familia y no puede producir auténticos frutos de paz y alegría. Tan solo son apariencias de comunicación, porque esas decisiones no se ajustan a la realidad objetiva de la responsabilidad matrimonial.

La comunicación “...reclama cierta dosis (a veces gran dosis) de comprensión, de paciencia con los defectos del otro (todos tenemos defectos) o con su modo de ser, abnegación, espíritu de sacrificio, sentido de la proporción…» (Federico Suárez, psicólogo).

3.     3. APRENDER A DISCUTIR

A pesar de la ayuda que pudieran prestar las mejores reglas, y a pesar sobre todo del cariño e ilusión crecientes que se pongan en evitarlos, es natural que en el mundo de las relaciones de todo tipo existan discusiones, tensiones, diferencias de opinión y gusto. Todo ello bien llevado conduce a la maduración de la relación. Y por medio de la comunicación se aprende a superar conflictos, a perdonar y a ser perdonado, ambas jugosas y gratificantes expresiones de amor.

En toda relación hay un proceso de aprendizaje. No hay, pues, que asustarse demasiado ni intentar evitar a toda costa las discusiones, reprimiendo emociones y sentimientos. En ocasiones es bueno desfogarse. Pero resulta imprescindible aprender a discutir.

Diez consejos básicos: «El decálogo del buen dialogante-discutidor»

  1. No eludas la discusión por encima de todo, ni la cortes saliendo ostentosamente de la escena, cuando temes estar equivocado. Y si hubieras obrado de este modo, ten la honradez de volver, pasados los momentos de enfado, y replantear el asunto hasta alcanzar el acuerdo deseable.

  2. Ten la disposición habitual de reconocer tus defectos y errores… y amar e incluso llegar a «sentir ternura» por los de tu cónyuge, amigo o interlocutor. Son signos de grandeza de ánimo.

  3. Si adviertes que has dicho algo falto de objetividad o injusto, retíralo de inmediato lealmente, pidiendo perdón si es necesario (es decir: casi siempre).

  4. Evita palabras agresivas y descalificadoras, y actitudes irónicas o despreciativas.

  5. Presta atención para no proyectar inconscientemente en el otro la razón de tu malhumor. Más vale «desaparecer de la escena» por algún tiempo que descargar sobre otros una tensión de la que ellos no tienen responsabilidad.

  6. No levantes ‘acta de las culpas’ de cónyuge o interlocutor, ni te empeñes en seguir echándole en cara cosas ya pasadas: menos cuanto más graves o dolorosas hayan podido ser. No devuelvas jamás al pasado a tu cónyuge o interlocutor: no tienes derecho. Intenta vivir en el presente y mirar hacia adelante.

  7. Esfuérzate por comprender, si es el caso, que la rabieta del otro está surgiendo de una momentánea necesidad de desahogo.

  8. Permite al cónyuge o interlocutor llegar hasta el final en la exposición de su malestar, intentando por todos los medios comprender su punto de vista; a menudo le bastará esa posibilidad amable de desfogue o desahogo para calmarse en un 50%.

  9. Procura exponer tus razones de forma clara y breve, con la máxima calma posible y, si eres capaz, con un tanto de humor (que equivale a saberte reír de ti mismo, a no tomarte demasiado en serio), pero jamás con ironía.

  10. Conseguid, como ya se ha sugerido, que incluso las discusiones más violentas acaben con un gesto de reconciliación; de esta forma, hasta las propias disputas formarán parte del ‘humus’ sobre el que crece el amor conyugal. (Federico Suárez, psicólogo)

El buen amor se alimenta de positivos y negativos. Podríamos decir que el amor dispone de un aparato metabólico que es capaz de convertir en buen alimento incluso lo que de por sí es nocivo: la traición, el olvido, el desamor. Por eso, más que el propósito de no pelearse jamás, conviene hacer el de recomponer la paz, cada vez, lo antes posible: No te acuestes sin haber resuelto los posibles conflictos originados durante el día. Las relaciones no mueren por las trifulcas, sino que las matamos por no saber ponerlas remedio y sacarles partido. Y cuando en una familia los hijos han presenciado una disputa, es bueno y necesario que asistan también a la reconciliación.

Cuatro principios de fondo

Si a pesar del esfuerzo personal las cosas se pusieran mal, no hay que olvidar que quien responde al desprecio o al odio con amor siempre vence: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal a fuerza de bien” (Rom 12, 21). “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor” (San Juan de la Cruz). El amor es el arma más poderosa, porque con ella participamos del más vigoroso poder de Dios.

Partiendo de esta convicción, vamos a ver cuatro principios básicos capaces de dirigir y enderezar el cambio de opiniones entre amigos, esposos, familiares…Podrían enunciarse así:

 

  1. Estudiar los problemas más que discutir sobre ellos. La actitud radical de toda relación mejora hondamente con este cambio de enfoque aparentemente mínimo. Discutir entraña casi siempre, de manera más o menos velada, un enfrentamiento entre los interlocutores que de forma no del todo expresa se sienten acusados e incluso rechazados por el otro, y un semiconsciente afán de llevar razón. De la discusión no suele salir la luz, porque la apaga el apasionamiento.

  2. Pedir sinceramente al otro que nos explique su pensamiento. La manifestación del deseo sincero de entender los motivos  que llevan al otro a opinar o a obrar de un determinado modo, nos sitúa en condiciones óptimas para contrastar objetivamente sus posiciones con las nuestras y provoca en ambos  la actitud de apertura que la discusión acalorada suele matar.

  3. Cambiar uno mismo como invitación para que el otro modifique su conducta. Esto se basa sobre un principio fundamental: “Si quieres que el otro cambie, cambia tú primero en algo”.

  4. Olvidarse de sí y aceptar amorosamente al otro. Más relevantes que las palabras son todavía el cariño, la comprensión honda y esforzada, la aceptación radical del modo de ser del otro y la falta de apego a nuestro yo. De ahí que, en caso de conflictos o de disparidad de opiniones, lo absolutamente imprescindible es el esfuerzo por ponerse a uno mismo ‘entre paréntesis’, el afán por comprender y aceptar las diferencias esenciales que provocan la disensión y el empeño por aprender a vivir con ellas… sin por eso disminuir ni un ápice el amor, la honra y el respeto que nuestros interlocutores se merecen.