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PABLO DE TARSO Y JOSÉ DE CALASANZ

Fr. Fernando Negro Marco Sch. P. - New York, August 2008

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En el contexto de este año paulino, proclamado como tal por el Papa Benedicto XVI, me gustaría explorar algunas similitudes entre El Apóstol de las Naciones (Pablo de Tarso) y el Fundador de la Primera Escuela Cristiana Popular en el Mundo (José de Calasanz)

No creo que sea artificial el intento de identificar y descubrir los lugares internos comunes a ambos santos, ya que si analizamos los escritos de Calasanz, empezando por las Constituciones, y pasando por sus cartas y otros documentos, vemos claramente su referencia constante a las enseñanzas y las experiencias de Pablo tan bien reflejadas por Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Para dar forma y sentido a lo que deseo profundizar en este artículo, empiezo dibujando el mapa general que contiene los siguientes aspectos:

  1. La conversión de Pablo de Tarso a Cristo Resucitado

  2. La conversión de Calasanz a Cristo en los niños y los pobres

  3. El conocimiento supremo de acuerdo a Pablo y Calasanz

  4. Siguiendo la voz profunda del Espíritu

  5. El nacimiento del Hombre Nuevo

  6. Nuevos Cielos y Nueva Tierra

  7. Firmes en medio de la persecución

  8. La muerte, encuentro definitivo con el Amado

 I. LA CONVERSIÓN DE PABLO DE TARSO A CRISTO RESUCITADO

Todos recordamos la personalidad de Pablo de Tarso, fundamentados en su viaje de Jerusalén a Damasco, persiguiendo a los cristianos. Podemos fácilmente concluir que era un fanático de la Ley Judía, que veía en los seguidores del Camino una amenaza al mundo de sus doctrinas. El fanático no puede soportar un mundo diferente al que él se imagina, y no admite ninguna idea que suponga un reto a sus convicciones. Esta es la razón por la que los fanáticos, sin excepción, tienden a incrementar un conflicto interno que acaba expresándose en formas externas de violencia.

Esto fue precisamente lo que atravesó la mente y el corazón de Saulo, y le hizo asentir en la muerte de Esteban, el primer mártir cristiano, para luego comenzar personalmente la persecución contra los “herejes cristianos” que iban expandiendo una doctrina acerca de un tal Jesús. “Mientras tanto Saulo intentaba destruir la iglesia; entraba en las casas y sacaba a hombres y mujeres y los llevaba a las prisiones” (Act. 8,3)

Pero este Jesús se convirtió en la columna de de su vida. Y así, de ser el perseguidor, ahora se convierte en el seguidor más ferviente; en apóstol del mundo. “Pues oísteis hablar de mi manera anterior de vivir en el Judaísmo. Cómo perseguí a la Iglesia de Dios desmesuradamente tratando de destruirla; y progresé en el judaísmo más que muchos de mis contemporáneos entre los de mi raza, pues yo era muy celoso de mis tradiciones ancestrales. Pero cuando Dios me separó en el vientre de mi madre para revelar en mí a su Hijo…” (Gal 1, 13-16) Adquirió un nombre nuevo. En adelante ya no es Saulo sino Pablo. Y considerará todo como basura, comparado con el conocimiento y el amor de Jesús que - y éste es el modo en que fue tocado por Él - lo amó y murió por él  (Gal 2, 20) “Por su causa todo lo he perdido y todo lo considero basura, para poder ganar a Cristo y ser encintrado en Él no por la justicia basada en la ley sino por la que viene por la fe en Cristo, la justicia de Dios que depende de la fe” (Phil 4, 8-9)

Leyendo a Pablo en sus cartas ya no vemos a un fanático, sino a un “entusiasta” atraído por Cristo, como si se hubiera enamorado de Él. La palabra “entusiasta”, de origen griego, provee un significado hermoso: en + theos = persona que vive “en Dios”, cargado de una energía vital que no procede de él mismo, sino de arriba, de la misma energía divina. Este es el significado más apropiado de la experiencia de Pablo que se encuentra con el Resucitado. En adelante no podrá dejar de anunciarlo y de proclamarlo como el centro de todo lo que hacía y decía. Finalmente Pablo había encontrado una razón por la que valía la pena morir. Según la tradición murió degollado en Roma habiendo compartido la prisión con Pedro, la piedra sobre la que Cristo fundó su Iglesia. “Porque para el que está en Cristo hay una nueva creación, lo viejo ya ha pasado” (2 Co 6, 17).  “El tiempo de mi partida ya está cerca, he competido bien; he terminado mi combate, he conservado la fe. Ahora me espera la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me dará en ese día; y no sólo a mí, sino a todos los que esperan su venida” (2 Tim 4, 7-8)

 

II. LA CONVERSIÓN DE CALASANZ A CRISTO, VIVO EN LOS NIÑOS Y EN

LOS POBRES

Cuando Calasanz llegó a Roma, el año 1592, 100 después del llamado “descubrimiento de América” el 12 de octubre de 1492, no sospechaba que Cristo lo estaba acechando precisamente allí, de manera sorpresiva, para iniciar una aventura nueva, un nuevo nacimiento como Cristo exigió a Nicodemo (“Nicodemo, tienes que nacer de nuevo…”). Calasanz había sido hasta entonces un sacerdote bueno, dedicado y eficaz. Acababa de llegar a Roma como triunfador, con varias tareas a realizar y, quizás urgido por las circunstancias, deseaba acabarlas cuanto antes, para regresar a España. Pero los pasos de Cristo en su vida lo hicieron ir más lento. Quería correr como un joven atleta, pues estaba todavía en sus treintas, pero el Señor le enseñó durante cinco años, hasta el 1597, primero a descubrirlo dentro de sí mismo, escuchando la voz del Espíritu que enseña a los simples de corazón a orar con gemidos inenarrables, tal y como escribiría más tarde en sus Constituciones (n. 23) escritas en Narni en 1621. Este Espíritu será el actor de su “nuevo itinerario” vital, de su segunda conversión a través de la cual encontrará a Cristo especialmente en los niños pobres y abandonados, en las calles de la Roma Renacentista. Alguien ha dicho que las generaciones entre 1550 y 1650 fueron los verdaderos promotores del pensamiento moderno. Y aquí precisamente tenemos  a este gran hombre, pedagogo y sacerdote, santo humanista que descubrió a Cristo de manera privilegiada en los niños y jóvenes pobres. Suya es esta sentencia: “He encontrado ya la manera definitiva de servir a Dios en estos pequeños y pobres, y ya no la dejaré por nada del mundo”.

Es la perla preciosa del Evangelio; es Cristo descubierto por Pablo vivo en su vida como una zarza ardiendo en su corazón, pero sin consumirse. Es el tesoro descubierto por Calasanz, muchos siglos después. En ambos santos algo muy especial se realizó, una nueva visión emergió en sus vidas llenándolas de sentido. Pablo ya no será el mismo tras el encuentro con Jesús, y cada acontecimiento de su vida será una oportunidad para anunciar que Él está vivo. Cruzará tierra y mar en medio de incomprensiones, dificultades y persecuciones. Calasanz comenzará a servir a Cristo en los pobres, dando nacimiento en la Iglesia a un nuevo apostolado, un carisma nuevo que cristalizará en la Orden de las Escuelas Pías. “Y ya que profesamos ser auténticos Pobres de la Madre de Dios, nunca despreciaremos a los niños pobres; por el contrario, con gran paciencia y caridad trataremos de enriquecerlos de toda cualidad, estimulados por la Palabra del Señor: “lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (CC 4)

 

III. EL CONOCIMIENTO SUPREMO SEGÚN PABLO Y CALASANZ

Tanto en Pablo como en Calasanz hubo un desplazamiento del enfoque de sus vidas, a causa de Cristo. No fue algo automático y puntual, sino un proceso lento en el que aprendieron a ser moldeados por una sabiduría superior. Y esa sabiduría tenía un nombre, “el nombre sobre todo nombre”. Se llamaba Jesús el Señor. Fue Él el centro de sus corazones y el objeto repetido de su permanente enseñanza. Pablo dirá: “Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesús el Mesías como Señor” (2 Co 4, 5) Pero siguiendo las huellas de ambos apóstoles, el autentico foco, el centro profundo de su suprema sabiduría estaba escondido en el libro de la cruz, de Cristo Crucificado. “Pues los judíos piden signos, los griegos sabiduría; pero nosotros proclamamos a Cristo Crucificado, piedra de escándalo para los judíos y locura para los gentiles; pero para los que han sido llamados, judíos y griegos, Cristo es el poder de Dios y la Sabiduría de Dios” (1 Co 1, 22-24)

Haciéndose eco de esta enseñanza, Calasanz escribirá después: “La auténtica sabiduría y bienaventuranza no la encontraron los filósofos de la antigüedad, e incluso muy pocos la encuentran hoy, ya que Cristo nuestro Maestro la puso en la cruz. Y esto, aunque difícil de practicar en esta vida, sin embargo contiene dentro de sí mismo tantos bienes y consuelos que excede a todos los de la tierra… En silencio profundo y en calma de cuerpo y alma, arrodillados o en otra postura conveniente, trataremos, siguiendo el ejemplo de Pablo, de imitar a Cristo Crucificado y los diferentes momentos de su vida”.

Aquí abajo transcribo una pieza imaginativa, a modo de monólogo, en la que veo a Calasanz que hace suyos los pensamientos de Pablo en la carta a los Filipenses, 4, 4 – 16:

Si hay alguien en el mundo que tiene rezones para la autosuficiencia y para el orgullo por haber triunfado, ése soy yo. Nací en una familia noble, de ascendencia cristiana donde aprendí a rezar, a comportarme bien y a imitar todo lo bueno que mis padres y educadores me enseñaban en Peralta de la Sal. Además yo era un estudiante inigualable durante mi educación primaria y secundaria. En el periodo universitario gané fama de inteligente. Era listo y además yo lo sabía muy bien. Más tarde decidí ser sacerdote y conseguí mi objetivo.

Podría haberme casado con una hermosa muchacha de la que me enamoré cuando era estudiante de teología en Valencia, pero no lo hice, pues tenía claro lo que quería. Tras mi ordenación varios obispos me llamaron y fui su secretario personal. Y puedo enorgullecerme de haber hecho un buen trabajo con ellos.

En cuanto a mi ministerio sacerdotal, puedo decir que lo disfruté y mis parroquianos me aceptaban y me querían; hice todo lo posible por atraerlos hacia Dios. Podría incluso enorgullecerme de mi deseo, por amor a la Iglesia, de que la renovación del Concilio de Trento se hiciera real de muchas maneras.

Sabía que llegar a ser una persona honorable en la Iglesia e incluso, quién sabe, llegar a ser Obispo, no estaba a mi alcance. Por eso se me ocurrió que si iba a Roma podría obtener un canonicato con la ayuda de algunos cardenales a los que llevé cartas de recomendación de mis Obispos. Y así lo hice. Era el año 1592. Yo era doctor en Teología y derecho Canónico. Llegado a Roma, disfrute de la vida, sí señor: viviendo en el palacio del cardenal Colonna, saboreando comidas suculentas, vestido de seda y enorgulleciéndome cuando me llamaban: ‘Doctor Calasanz’.

Pero todo lo que gané,  ahora lo considero una pérdida comparado con Cristo, que insistentemente llamaba una y otra vez a la puerta de mi corazón invitándome a la conversión. Cristo fue quien se me hizo presente en aquellos chicos abandonados en las calles de Roma, la Roma del Luminoso Renacimiento que había olvidado que el Evangelio y el alimento de la cultura era también para los pequeños, especialmente los pobres. Y así, conociendo a Cristo cada día más, aprendí a amarle más intensamente amando a aquellos muchachos por los que sufrí la pérdida paulatina de todo lo que tenía.

Considero que las consecuciones del pasado son pura basura en comparación con la ganancia del amor de Cristo que me amó y se entregó por mí. Se acabó lo de ‘Doctor Calasanz’. Ahora soy ‘José de la Madre de Dios’.

La pena y la tristeza que contemplé al ver el espectáculo de la miseria humana entre los clérigos simplemente para conseguir el titulo de ‘canónigo’, un titulo que hasta los gusanos pueden devorar, me llevó a la auténtica perspectiva de la vida: Quiero conocer a Cristo Crucificado y el poder de su resurrección y compartir sus sufrimientos pareciéndome a Él en su muerte, de manera que de alguna forma pueda experimentar su resurrección.

Ya soy un anciano; sé que el final de mi vida está a las puertas y estoy a punto de encontrarme con mi Maestro Jesús. También sé que no soy perfecto, pero me esfuerzo en serlo puesto que Cristo me ha hecho suyo en la llamada a servirle entre los pequeños. Este es mi autentico tesoro que no dejé ni dejaré por nada en el mundo. Así que olvido el pasado, perdonando a todos los que me malentendieron o me persiguieron, dentro y fuera de las Escuelas Pías. Y me lanzo al futuro que está delante. Dios mismo es fiel y sigue repitiéndome: ‘Ven a mí, hijo mío, ven a mí’.

Hijos míos, perseverad en la imitación de mi ejemplo, tratad de observar el buen ejemplo de los que siguen el buen camino. Hay muchos que viven siendo enemigos de la Cruz de Cristo. Por el contrario, vosotros mirad a la cruz cada día de vuestras vidas y haced de ella la escuela de vuestra santificación. Ella es la escuela de de la autentica sabiduría de Dios. Que nadie os desvíe de Cristo.

Recordad que sois ciudadanos del cielo. Así pues, hermanos a quienes amo y por quienes sufro, mi alegría y mi joya, Permaneced firmes en el Señor.

La persona de Cristo Crucificado ha sido siempre la causa de todo proceso de conversión. Un autor moderno lo expresa de esta manera: “¿Por qué el dolor, el sufrimiento y la muerte? ¿Tienen alguna explicación? Un buen día me paré abruptamente atraído por la imagen de un hombre colgado en la pared con los brazos abiertos, clavado en una cruz de manos y pies… moría en agonía. Ya había pasado delante del crucifijo infinidad de veces y lo había mirado de manera casual, pero no lo había contemplado realmente. Ese día Él me habló a mí, sin palabras desde luego, pero su presencia era un mensaje, un secreto que deseaba ser compartido conmigo. Allí había una historia para ser contada, una historia de un pueblo esclavizado, obligado a trabajar y a sufrir, hasta que finalmente encontró su liberación”. (Cardenal Basil Hume, “The Mystery of the Cross”)

 

IV. SIGUIENDO LA VOZ INTERIOR DEL ESPÍRITU

Pablo y Calasanz fueron auténticos maestros. En la tradición asiática hindú el maestro es alguien muy importante en la vida del discípulo, pues no es sólo el que enseña a nivel teórico, sino sobre todo el que le ayuda a adquirir la sabiduría que le lleve a un nuevo nacimiento. En India han sido muchos los “gurús” o maestros que han contribuido a las grandes reformas religiosas y sociales. Es interesante notar que la palabra “gurukula” (escuela) está compuesta de los siguientes términos: gu que significa oscuridad, ru que es remover, y kul que significa ambiente. Así pues llegamos a la sorprendente definición del “gurú” como el que destruye la oscuridad; y gurukul el ambiente oportuno donde el gurú o maestro prepara al discípulo para recibir la “iluminación”.  Desde los tiempos antiguos se ha conocido la “gurukula” como el concepto indio de educación en el que el discípulo adquiere conocimiento mientras vive junto al maestro. Él era amigo, filósofo y guía… La trasmisión del conocimiento era sobre todo por vía oral, muy estilizado y personal.

Cristo se sitúa a sí mismo al nivel del gurú que ha venido a romper la oscuridad ya que Él mismo es la Luz. Ha venido a nosotros como testigo de manera que tengamos vida en abundancia. Su enseñanza está siempre basada en la experiencia y el ejemplo: “Me llamáis Maestro, y lo soy. Si yo, el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies” (Jn 13, 13-14). En este mismo contexto, cuando Jesús anuncia que dentro de poco se va a marchar y el corazón de sus apóstoles estaba triste y alterado, a renglón seguido les anuncia que les va a enviar el Espíritu Santo, el Maestro interior: “El Espíritu de la verdad, el Abogado que el Padre enviará en mi nombre; Él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho” (Jn 17, 25-26)

San Pablo desarrollará más tarde maravillosamente la teología del Espíritu Santo; de sus enseñanzas concluimos que el Espíritu Santo es quien nos revela que Dios es Padre, y por tanto somos sus hijos de adopción. Este Espíritu es el Maestro que nos ilumina acerca de lo que es bueno o malo, y quien nos fortalece para que perseveremos en el bien en un proceso de constante liberación de camino hacia la santidad y la perfección. Este mismo Espíritu nos encamina a una nueva personalidad nacida de lo alto, cuyo resultado es la nueva humanidad creada bajo el modelo del mismo Cristo Resucitado. “Así pues, para quien está en Cristo hay una nueva creación; lo viejo ha pasado; mirad, lo nuevo ya ha llegado” (2 Co 5, 17)

A través de los Hechos de los Apóstoles vemos que el Espíritu Santo fue el auténtico motor de cada decisión que Pablo tomaba como ministro del Evangelio: “Mientras ayunaban y adoraban al Señor, el Espíritu dijo “apartadme a Pablo y Bernabé…” Así que les impusieron las manos y los enviaron” (Act 13, 2- 3). Y así comenzó el primer viaje apostólico de Pablo. La entrada en Europa tendrá lugar como consecuencia de una visión que Pablo interpreta como llamada a anunciar allí el evangelio por vez primera (Act 16, 10). Muchas veces los planes de Dios estuvieron interferidos por persecuciones, accidentes, encarcelamientos, azotamientos, apedreamientos, naufragios, etc.

Pablo siempre tenía clara una cosa: Era el Espíritu de Jesús quien trabajaba en él, curando y ayudando a vencer todo miedo: “La noche  siguiente el Señor se acercó a Pablo y le dijo, “sé valiente, pues lo mismo que has dado testimonio mío en Jerusalén, debes hacer lo mismo en Roma” (Act 23, 11) Pablo proponía siempre la recepción del Bautismo en el Espíritu Santo, diferente del de Juan (Act 19, 1-2). En los Hechos de los Apóstoles el actor primordial es el Espíritu que animaba la vida de la Iglesia. Este texto nos ayuda a condensar esa experiencia: “Con el consuelo del Espíritu Santo la Iglesia iba creciendo en número” (9, 31)

Calasanz entendió también que el Espíritu Santo es el habitante interior, el maestro íntimo que construye en la vida de sus alumnos y discípulos una nueva personalidad, si están atentos a sus mociones: “La voz de Dios es voz del Espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa, sin saber de donde viene ni adonde va. Es de gran importancia estar siempre atentos no sea que llegue de repente y marche sin dar frutos”. La vida de Calasanz fue una escucha constante de su voz, especialmente en momentos de dificultad y oscuridad. Además esto se combina con su concepto de educación según el cual el Espíritu Santo toma control de nuestro interior cuando se lo permitimos y, con la ayuda de un educador a quien él define como “cooperador de la verdad”, vamos creciendo hacia el sueño que Dios tiene para cada uno. Esta convicción le llevó a confiar más en la calidad de la vida espiritual de sus estudiantes (con la oración y los sacramentos) que en el castigo.

Y así Calasanz creó el llamado “método preventivo” de educación. La base de este método es un acto de fe en la persona y en Dios. En la persona, pues Calasanz confiaba en la posibilidad de regeneración, crecimiento y libertad de elección del bien contra el mal. Y confianza en Dios, pues él creía que era la gracia la que de manera determinante actúa, especialmente a través de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación. Así trabaja el Espíritu.

Acabamos esta sección citando aquella bella intuición de Calasanz cuando habla de cómo formar a los novicios. Puede aplicarse perfectamente al plano del crecimiento espiritual en general: “Sobre un punto queremos prevenir encarecidamente al Maestro: que interprete con fino discernimiento en cada novicio su tendencia profunda o la orientación del Espíritu Santo, que enseña a los sencillos a orar con gemidos sin palabras; y así por ese mismo camino se esforzará en llevar a cada uno hasta la cumbre de la perfección” (CC 23)

 

V. DANDO A LUZ AL HOMBRE NUEVO

En la experiencia del Cristo Resucitado, Pablo descubre una nueva perspectiva no solamente válida para él sino para todos los creyentes que le aceptan como Señor. En otras palabras, su experiencia no es privilegio exclusivo suyo, sino patrimonio de todos los creyentes. Pablo es el primer teólogo que deja sentadas las bases firmes donde poco a poco cristalizará el cristianismo. No podemos imaginar el cristianismo de hoy sin la reflexión teológica que Pablo hizo en sus cartas. Todo ello basado en su experiencia personal de conversión, narrada en tres ocasiones en los Hechos, capítulos 9, 22 y 26. Pablo experimentó que Cristo estaba vivo en él, con un poder que le hizo verse como una persona nueva, con un nuevo universo de valores. El Señor Resucitado ensanchó su mirada estrecha y lo hizo mensajero universal de salvación abierta a todos los que aceptan que Jesús es el Señor. “Pues ahora, sin la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, la justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen sin distinción; pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios; y ahora son justificados gratuitamente por su gracia” (Rm 3, 21-24)

Los que creen en Él entran en un nivel nuevo de existencia donde la Ley escrita es solamente un indicador de la excelencia de la auténtica Ley del Espíritu escrita, sin tinta,  en el corazón humano. “Ahora pues ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Porque la Ley del espíritu de vida en Cristo Jesús os ha liberado de la Ley del pecado y de la Muerte” (Rm 8, 1–2). El hombre nuevo creado por la fe en Jesús y sostenida por el Espíritu trae una nueva visión de Dios a quien el creyente llama Abba, Padre. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 16)

Como consecuencia de esta profunda experiencia de fe nacerá una nueva manera de vivir, un nuevo código moral, no basado en “obligaciones escritas” que vienen de fuera, sino de la misma experiencia del Señor que, progresivamente, lleva al creyente a la libertad al servicio del amor: “Porque el Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, existe la libertad. Todos nosotros, con la cara descubierta reflejamos la gloria del Señor, y vamos siendo transformados en su misma imagen de gloria en gloria, por medio del Señor que es Espíritu” (2 Co 3, 17-18) El nuevo código de conducta estará basado en la inspiración interna del Espíritu de Jesús, Señor Resucitado, que nos libera para amar: “Porque vosotros habéis sido llamados a la libertad, hermanos. Pero no a una libertad al servicio de la carne. Por el contrario servíos unos a otros en el amor” (Gal 5, 13). Pablo llama a este nuevo estilo de vida “vida en el Espíritu

Con su intuición profética de educar en la piedad y las letras (educación integral o holística), Calasanz vio el mejor modo de colaborar con Cristo y su Espíritu para ayudar a llegar a la plenitud del hombre nuevo, creado en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Él había establecido desde la creación del mundo (Ef 2, 10). El preámbulo de sus Constituciones es un claro reflejo de esta realidad:

  • Concilios ecuménicos, Santos Padres, y Filósofos de recto criterio coinciden uniformemente en que la renovación de la sociedad se basa en la práctica diligente de esta misión.

  • Si los niños son instruidos diligentemente en la piedad y las letras, sin ninguna duda se debe esperar que el trascurso de sus vidas será feliz.

  • Con actitud humilde esperaremos de Dios Omnipotente, que nos ha llamado a esta mies fertilísima, los medios necesarios para llegar a ser dignos cooperadores de la verdad.

  • Trataremos de enriquecerlos, con mucha paciencia y caridad, con todas las cualidades, motivados especialmente por las palabras del Señor: “Lo que hicisteis con uno de estos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

  • Por eso, la tarea de nuestra Orden será enseñar a los muchachos, desde los primeros rudimentos, a leer, escribir, matemáticas y latín; pero sobre todo la piedad con la doctrina cristiana; y todo ello con la mejor de nuestras habilidades.

Examinando los escritos de Calasanz concluimos que la visión de Pablo acerca del nacimiento del Hombre Nuevo es también parte esencial de la visión y misión de Calasanz: “Por el amanecer podemos prever cómo será el resto del día; de un buen principio se deriva un feliz final. Del mismo modo, el resto de la vida de una persona depende de la buena educación impartida en los primeros años. Su buen olor nunca se perderá, como ocurre con el ánfora que contiene vino añejo. ¿Quién no se da cuenta de que los demás ministerios darán mucho fruto y tendrán menos dificultad si la preparación de sujetos bien educados ha tenido lugar?”

El sueño de Calasanz es modelar al hombre Nuevo dentro, en el corazón del estudiante; el hombre nuevo según el modelo del Hombre Nuevo, Cristo Jesús: “La senda más rápida y más fácil de ser exaltado al conocimiento de sí mismo y, desde él, a los atributos de la misericordia, prudencia e infinita paciencia y bondad de Dios, es rebajarse a dar luz a los muchachos, especialmente a los destituidos; ya que ésta es tarea baja y ardua, son muy pocos los que están preparados a humillarse. Pero Dios generalmente devuelve el ciento por uno”. Las palabras de Pablo pueden unirse a todo esto: “Doy gracias al que me dio fuerzas, al Mesías Jesús Señor Nuestro, por la confianza que tuvo en mí al designarme para su servicio” (2 Tim 1, 12)

 

VI. UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA

“Hasta que lleguemos a obtener la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios como personas perfectas a la medida de la talla que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13). “Pues en Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente, y estáis llenos de Él que es la cabeza de todo principado y de todo poder” (Col 2, 9-10). “Considero que los sufrimientos del tiempo presente son nada comparado con la gloria que se nos va a revelar. Pues la creación entera espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, porque las criaturas están sujetas a la vanidad, no por sí mismas sino por razón de quien las sujeta con la esperanza de que también ellas sean liberadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo de ella, sino también de nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8, 18-23). En estos textos de Pablo, recogidos sin orden, vemos que su experiencia y la de todo creyentes, afecta lo profundo del corazón, en el contexto de la comunidad cristiana, la Iglesia, y alcanza hasta la visión cósmica de la creación entera; pues Cristo, en la terminología de Teillard du Chardin SJ, es el Alpha y Omega hacia quien tiende toda realidad cósmica en su proceso de perfección absoluta, Pero este dinamismo no sucede por pura casualidad ni por pura inercia. Debe ser trabajado en nosotros y por nosotros, estableciendo una colaboración entre gracia y esfuerzo humano.

Y he aquí el papel que jugó Calasanz quien entendió y dedicó todas sus energías a educar a los niños pobres desde la más tierna infancia, de manera integral y personalizada, para ponerlos en relación con la Verdad que es Cristo. Por esa razón define al educador como “Cooperador de la Verdad

El objetivo es construir una nueva humanidad al servicio de un mundo Nuevo. Es lo que la teología moderna de manera más normal y coherente que en el tiempo de Calasanz dice acerca del Reino de Dios. Calasanz habla de lo mismo pero con un lenguaje de su época: “La reforma de la sociedad cristiana consiste en el ejercicio diligente de la tarea de enseñar. La buena educación de los jóvenes es el remedio más eficaz de preservarlos y curarlos de todo mal. Al mismo tiempo es la manera de inducir e iluminar en ellos la bondad. De esta tarea depende la paz y la tranquilidad del pueblo, el buen gobierno, la propagación de la fe, la conversión y la preservación de toda herejía y, finalmente, la reforma de la sociedad cristiana, ya que enseña a la gente a vivir bien”.

Nadie duda hoy acerca del valor de la educación desde la tierna infancia para establecer la paz, la justicia y la armonía en el mundo: “La búsqueda de la belleza divina desarrolla en las personas consagradas el deseo de cuidar la imagen divina deformada en los rostros de muchos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el hambre, desilusionados de las promesas políticas vacías, rostros humillados de aquellos cuya cultura ha sido despreciada… La Vida Consagrada manifiesta así con  la elocuencia de sus hechos que la caridad divina es el fundamento y la motivación de todo amor gratuito y eficiente” (VC 75).

 

VII. FIRMES EN MEDIO DE PERSECUCIONES Y LAS DIFICULTADES

Pablo de Tarso y José de Calasanz pasaron por momentos de pruebas, persecuciones y sufrimientos por causa de su amor a Cristo y a la Iglesia. En el caso de Pablo fueron los judíos, su propio pueblo, quienes se opusieron a sus enseñanzas. Algo parecido sucedió con Calasanz: algunos de sus religiosos fueron piedra de tropiezo. En ambos la energía y el poder del Señor fueron los grandes vencedores en medio de sus debilidades. Pablo declaró sin ambages: “Si he de gloriarme en algo, me gloriaré de mis debilidades”. En esta frase Pablo se defendía a sí mismo contra aquellos que lo descalificaban como apóstol.

Previamente Pablo había dado un recuento de sus encarcelamientos, duros trabajos, flagelaciones, heridas, golpes, peligros en los ríos, asaltos de ladrones, acusaciones entre los falsos hermanos, etc. Y al final, casi de pasada pero lleno de convicción, hace una revelación muy personal: “Yo sé de alguien en Cristo que, hace catorce años (no sé si dentro o fuera del cuerpo, sólo Dios lo sabe) fue llevado al tercer cielo. Y sé que esta persona (dentro o fuera del cuerpo, no lo sé, sólo Dios lo sabe) fue llevado al Paraíso y oyó cosas inefables que nadie puede expresar. Me glorío en esta persona, pero no en mí, excepto en mis debilidades” (2 Co 12, 2-5). Y a continuación Pablo habla de la espina en la carne a través de la cual aprende la sabiduría que le lleva a la humildad, experimentando que “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10)

La historia de José de Calasanz también se hace eco de esta biografía interna de Pablo de Tarso. En los momentos en que estaba teniendo popularidad y triunfo humano, le vendrán enfermedades, accidentes, acusaciones, criticismos negativos, etc. Pero siempre acudió a la intimidad con el Señor como tabla de salvación. Cuando llegó el decreto pontificio de  disolución de la Orden, a través del cual todo su sueño y trabajo habían sido destruidos, simplemente dijo como Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”. E inmediatamente escribió: “Finalmente ha llegado el documento que muestra claramente la ruina de nuestra Orden. Pero espero que cuanto más vilipendiada, más la exaltará Dios. No puedo entender cómo nuestra Orden puede ser destruida cuando es tan apreciada en Europa. Mientras yo tenga aliento esperaré a que sea restaurada. Aunque los adversarios son poderosos y grandes, debemos esperar que la Bondad Divina no permitirá que nuestra Orden sea del todo destruida, pues ha sido aprobada por tres Papas y aplaudida y requerida a través de toda Europa, incluso por los herejes”.

Su secretario personal, P. Berro, escribió posteriormente cómo Calasanz le refirió en dos ocasiones el relato de la fuente de donde sacó las fuerzas sobrenaturales que le llevó a soportar todo como un nuevo Job, aunque no da una fecha exacta de cuándo sucedió esta experiencia mística: “Yo sé de una persona que, con una sola palabra que le habló el Señor en su corazón, fue capaz de soportar, con mucha paciencia y alegría diez años de dificultad y de grandes dificultades”. La experiencia de Pablo y Calasanz prueba que la energía (gracia) que les sostuvo en sus momentos de crisis y dificultades venía de una profunda experiencia mística con el Señor. Así fue cómo finalmente el poder de la Verdad fue mayor que el de la maldad.

 

VIII. LA MUERTE, ENCUENTRO DEFINITIVO CON EL AMADO

Pablo y Calasanz sacan a relucir constantemente el tema de la muerte no tanto como una posibilidad sino como algo evidente, real y deseado. Sin embargo este pensamiento jamás los apartó de la realidad que combina el dolor cotidiano con las alegrías y gozos: “Pues estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ningún poder, nada de arriba ni de abajo, ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro” (Rm 8, 38-39)

No sabemos con certeza ni el modo ni la fecha en que Pablo sufrió el martirio. Yo he visitado la prisión donde él y Pedro fueron encarcelados, en Roma, la Prisión Mamertina. Cuando entras ahí sientes la sensación profunda de estar ante el misterio y al amor de Cristo… Todo es oscuridad…Quizás la mejor disposición externa de entrenarse para el encuentro definitivo con la luz sin ocaso… “Porque si vivimos, vivimos para el Señor; así que ya vivamos o muramos somos del Señor” (Rm 14, 8)

Los místicos han hecho la experiencia del encuentro místico con el Amado y han aprendido, muchas veces a base de sufrimientos, a poner todo en perspectiva al servicio de la decisión absoluta de poseer la perla preciosa, al mismo Jesús y su amor. A los 80 años, Calasanz escribía, “Yo, pobre y ya avanzado en edad, no tengo ambiciones ni poseo nada superfluo, y deseo morir pobre de toda cosa terrena”.

La tradición nos cuenta que Pablo fue decapitado, siendo así testigo de Jesús, desde Jerusalén hasta los confines del mundo. Por eso la Iglesia lo proclama Apóstol de los gentiles; se atrevió a salir de los límites estrechos de un judaísmo basado en normas y regulaciones demasiado formales, para compartir su convicción íntima de que Cristo salva. Gracias a la acción del Espíritu del Resucitado, como aparece en el libro de los Hechos, la Iglesia ha llegado a ser auténticamente “católica” o “universal”.

Calasanz moría el 25 de agosto de 1648 con 91 años de edad. Su secretario, P. Berro, dejó un relato conmovedor de su muerte que trascribo debajo, a punto ya de acabar esta reflexión: “Eran aproximadamente las doce de la noche. Los dos padres que lo cuidaban pensaban que ya estaba agonizando. Tocaron la campana de la comunidad y todos, padres y hermanos, bajaron. De rodillas, el P. Castilla entonó la recomendación del alma. Nuestro Padre, ya agonizante, rezaba con los ojos levantados. Se asemejaba a una persona saludable que recitaba sus oraciones. Permaneció en esa posición hasta que oímos el sonido del reloj en la madrugada. Inmediatamente, levantando sus manos como si quisiera bendecirnos, entró en la agonía real. Los padres continuaban recitando la letanía de los santos. Y finalmente expiró su último aliento mientras pronunciaba claramente los nombres benditos de Jesús y de María, y así entregó su alma al Creador. Era la 1:30 am. del mes de Agosto, festividad de San Bartolomé Apóstol. Mientras el padre agonizaba, todos los padres y hermanos lloraban tiernamente por su amado progenitor. Pero tras expirar todos se llenaron de una alegría tan grande que comenzaron a abrazarse unos a otros. La alegría era tan profunda por dentro y por fuera, que parecía que no había muerto sino que había resucitado. La conmoción de todos era tan grande que todos parecían borrachos del amor divino

Y así acaba la historia de estos dos grandes santos que, en diferentes circunstancias y en momentos históricos diversos, se abrieron a la acción del Espíritu de Jesús. Por su causa lo dejaron todo, incluso sus vidas, de maneras diferentes. Sin duda ninguna Calasanz se inspiró grandemente en el “corazón universal” del Apóstol de los gentiles. Y así aprendió a ser universal él mismo. El año 1948, el Papa Pío XII proclamó a Calasanz “Patrono Universal de todas la Escuelas Cristianas”

 

CONCLUSIÓN

La liturgia del 25 de agosto, fiesta de San José de Calasanz, propone como segunda lectura el texto de Corintios 13, “El cántico de la caridad”. Este es el más apropiado para ambos santos, Pablo y Calasanz, pues descubrieron el centro y el valor supremo de lo que significa ser humano y santo a la vez: amar y ser amado tal y como Dios me ama.

Tras el encuentro con Cristo ambos dejaron sus nobles pero no del todo purificadas ambiciones y adquirieron la misma mente y corazón de un Dios que es puro amor; como dice un padre del desierto, Isaac de Nínive, “Dios sólo puede amar”. Y Juan de la Cruz, que también encontró el tesoro”, ya cercana la hora de su muerte, acuñó esta frase: “al final de tu vida te examinarán en el amor”. Un poco después de su llegada a Roma, Calasanz envió un hermoso presente a Peralta: era un cáliz de oro con la siguiente impresión: “pro ferro, aurum et argentum”. Muy probablemente se inspiró en el texto de Isaías 60, 17 que dice: “En lugar de bronce enviaré oro, en lugar de hierro, plata”. De alguna manera este regalo era el símbolo de su ambición y orgullo que todavía le impedía ver las cosas desde la perspectiva de Dios. Fue necesario su viaje a Roma para comenzar allí su “segundo viaje interior”, de la misma manera que fue necesario que Pablo viajara de Jerusalén a Damasco para encontrarse con el Resucitado y así emprender el viaje de ser misionero universal.

La vida de estos dos grandes maestros y su experiencia íntima son una invitación a animarnos a seguir a Cristo de todo corazón en la Iglesia. La experiencia de los santos es patrimonio universal de todos los que, como ellos, creemos.