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Nuevo
modelo de familia, de hogar, de relaciones intrafamiliares..., luego
nuevo
modelo de hijos. ¿Cómo son éstos? Se ha escrito mucho sobre el perfil de las
nuevas generaciones de niños, de adolescentes y de jóvenes1. Veamos una
fotografía de los alumnos que pueblan y van a poblar cada día más nuestros
colegios, a través de unas pinceladas generales, recogidas de unas y otras
encuestas y estudios2. Algunos de estos rasgos son más apropiados a los niños,
otros a los adolescentes, y jóvenes; pero, en cierto modo afectan a todos:
-
Personas
instaladas en el interés de lo inmediato.
-
A la búsqueda de
la satisfacción de los sentimientos.
-
Apolíticos, tanto
institucional como cívicamente.
-
Viven con una
dosis de ansiedad cada vez mayor.
-
Con una gran
necesidad de comunicarse y de relacionarse, pero no en profundidad.
-
Anómicos en su
comportamiento, por causa, en gran parte, de la falta de autoridad en que han
nacido, crecido y en que se educan.
-
Con una dimensión
ética muy relativista.
-
Con una
incapacidad grande para asumir, aceptar y gestionar la adversidad, el dolor, la
contrariedad...
-
Crecen a golpe de
videojuego, de móvil con juegos, de ordenador con juegos de rol... Hijos de la
audiovisualidad.
-
La vivencia de la
sexualidad como instrumental en la relación, más que como expresión, compromiso
y fuente de vida.
-
Suelen ser
bastante individualistas. El asociacionismo, en casi todos sus modelos (incluso
el deportivo) ha descendido alarmantemente.
-
Inseguros, por un
lado, y caprichosos, intolerantes y a veces agresivos, por otro.
-
Han incorporado
muy bien en su comportamiento el consumismo como filosofía natural de vida.
-
No soportan
apenas el silencio y la ausencia del ruido. Por tanto, carentes de la capacidad
de contemplación, o, al menos, no la han puesto en juego.
-
Sin religión, o
con una religión a la carta, o débil, o confusa, con mezcla de parasicología,
magia y otras espiritualidades. En la mayoría de los casos, y cada vez más, sin
una primera evangelización siquiera.
-
Su comportamiento
agresor va en aumento.
-
Sus valores: la
alta valoración de atención al sentimiento en las relaciones interpersonales, la
comunicación, la estética, la ecología, la paz, lo pragmático, lo útil y
concreto, su familia, el buen lugar, el buen momento y el buen “rollo”.
-
Tienen una gran
necesidad de seguridad, de afecto y de alguien a quien abrirle su interior.
-
Son muy
expresivos, tanto verbalmente como no verbalmente, entre ellos; pero muy
cerrados cara a los adultos.
-
Aparentemente muy
joviales, pero con un interior muy problemático y problematizado; necesitado de
sanación y de curación personal integral.
-
Aparentemente muy
amantes de la libertad, pero entendida más como espacio para el “laisez faire”
que como conquista basada en la razón y en la voluntad, es decir, en la opción y
en la decisión para optar; lo cual no les suele gustar nada.
Se podrían añadir
más pinceladas, pero, para tener un plano general de nuestros destinatarios,
creo que nos basta; por otra parte todos estos datos vienen a constituir el
denominador común de la mayoría de los análisis hechos. Pueden servirnos, por
otra parte, para, a partir de ellos, analizar entre todos, en qué medida
participan nuestros alumnos de estos rasgos o de otros no señalados aquí.
Sin embargo vamos
a centrarnos ahora en los hijos del área de esa nueva realidad familiar, que es
la de los separados y divorciados:
ALGUNOS RASGOS
ESPECÍFICOS Y PROBLEMAS EN LOS HIJOS DE PADRES SEPARADOS3
No tenemos más
remedio que aceptar la realidad de la separación de los
cónyuges y del
matrimonio, como un hecho cada vez más normal de nuestra sociedad. No es
objetivo nuestro analizar las causas del mismo y hemos de aceptar los hijos de
esta realidad, tal como vienen a nuestras aulas, sin actitudes de paternalismo,
de conmiseración negativa, ni tampoco de rechazo de ningún tipo, lógicas, por un
lado, pero malas consejeras educativas; pero también sin actitudes de distancia
o de indiferencia fría que nada va a favorecer la tarea educadora que, en estos
casos, está llamada a tener una incidencia especialmente positiva cara a esos
alumnos y alumnas.
Son también, al
fin y al cabo, los destinatarios de nuestra tarea con quienes ésta tendrá éxito
en la medida en que los conozcamos, los aceptemos y nos comprometamos en hacer
de la escuela ese lugar de expansión vital de sí mismos y de realización de sus
personas, como cualquier otro alumno; sólo que éstos lo necesitan de un modo
especial, más urgente, podríamos decir, debido a su propia historia personal y
familiar. Con ellos, la escuela está llamada a demostrar de modo eminente su
función educadora, humanizadora y socializadora, a la vez.
Son niños o
adolescentes, en los que fácilmente vemos una inestabilidad emocional más fuerte
de lo normal, inseguridad y desequilibrio afectivos, que a veces se manifiestan
en comportamientos más o menos violentos, o bien de aislamiento de los demás.
Al faltarles la
referencia del padre o de la madre de forma continuada, constante y sistemática,
el desarrollo de las potencialidades, virtudes y capacidades que despierta más
la persona que falta, bien sea por razón del otro sexo, bien por su presencia
específica paterna o materna, le llevarán muchas veces a cierto empobrecimiento
en su autoestima personal.
Es normal también
que su rendimiento académico y escolar sea deficiente, entre otras cosas, porque
su capacidad de concentración continua personal para el aprendizaje, lógicamente
también es más débil. Lo cual conlleva también una motivación poco fuerte para
aprender, interiorizar normas y socializar correctamente con los demás,
compañeros y profesores.
En algunos casos
aflora la desconfianza personal, más o menos formulada y
expresada, según edades
e historia personal de cada caso, hacia los demás, la escuela, la sociedad, el
mundo... De ahí actitudes de distancia, de reserva comunicativa, de juego
relacional no intencionado con doble mensaje, a veces, que produce cierta
perplejidad, si no se toma a la persona con la seriedad y dignidad que merece. O
bien pueden aparecer la mentira, el egocentrismo caprichoso o un comportamiento
despótico más o menos manifiesto, según sea el profesor, la autoridad y los
compañeros y el clima en el aula y en el colegio en que se desenvuelven, el
trato que reciben de los demás, las relaciones que con ellos se establecen...
Como consecuencia
de todo lo anterior y de su posicionamiento ante la vida, en general, percibirán
lógicamente la sociedad con desengaño, viviéndose como fruto de una injusticia,
tolerada sin remedio, como mucho, en un nivel en desventaja con relación a sus
compañeros y otras personas que no han pasado por su mismo proceso. Su enfoque
de la vida será un tanto desajustado, ya que la ve desde un sentimiento básico
humano de desamparo y, por consiguiente de malestar vital, que repercute en su
proyección al exterior.
En cuanto a
los problemas que encarnan, unos consecuencia de los rasgos enumerados, otros
del ambiente familiar o social que respiran, o bien de la propia dinámica
personal evolutiva de cada caso, podemos atender éstos:
-
Poca disciplina y
ausencia de hábito de estudio, o muy débil.
-
Desorden en sus
cosas y en su comportamiento, caótico a veces.
-
A veces el
contacto del centro con sus padres es difícil y susceptible.
-
Se da fácilmente
el absentismo escolar: las condiciones familiares y también, a veces, las
sociales lo facilitan.
-
Pasividad ante el
aprendizaje y la propuesta de unas relaciones cordiales
-
Hay casos en que
se dan conjuntamente varios problemas: los económicos, la incomunicación de la
familia con el centro, el retraso en las comunicaciones mutuas escritas
familia-colegio, una ausencia de los padres en las reuniones del colegio y en
otras actividades programadas, bien para padres, bien para los mismos
alumnos..., dejando la impresión, a unos y otros (alumno, padres, profesores) de
que estamos viviendo un caso de segunda categoría en la comunidad educativa.
-
Comportamientos
extraños (en el comedor escolar, con los profesores, compañeros, monitores de
comedores o de transporte escolar, de deporte...) aparentemente injustificados,
unas veces violentos, otras de chantaje, tendentes a demandar afecto y atención.
-
En la familia
suele fallar el principio de autoridad, que engendra en el hijo o hija o bien
cierta violencia o bien una sumisión desmedida.
-
Frialdad afectiva
de los hijos hacia sus padres
-
Comportamiento
chantajista hacia padres y abuelos, buscando la confrontación de ambos.
-
Demanda, por
parte de los padres, de una atención desmedida de los tutores y del colegio
hacia sus hijos, que no les corresponde ni son quiénes para satisfacer
necesidades que sólo los padres pueden satisfacer responsablemente, como el
experimentarse amados como hijos, la pertenencia a su familia concreta, la
validez personal básica ante y en la vida... Su no atención es la causa mayor de
conductas y de problemas que estamos enumerando.
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