.

.

  E D I T O R I A L

NUESTRO MINISTERIO SACERDOTAL ESCOLAPIO

Javier Negro, Sch. P.

   

El Año sacerdotal convocado por el Papa Benedicto XVI, no está ahí para bendecir todo lo que los religiosos hacemos, sino para tomar conciencia del don recibido a través del sacramento del Orden y ponerlo en verdad al servicio de la Iglesia (José Cristo Rey García Paredes: Ministerio ordenado en la Vida religiosa, en el libro Ministros ordenados religiosos, de Publicaciones Claretianas)

San José de Calasanz, nuestro fundador, que fue y vivió como presbítero diocesano, nos quiso, aunque no exclusivamente, presbíteros al servicio eclesial de comunión, en la parcela eclesial del mundo de la infancia y juventud, sobre todo marginada, a modo de iglesia particular, en comunión con la Iglesia local y universal. Tal vez, por ello hoy, que al pensar y hablar de sacerdocio se piensa más en el sacerdote diocesano que en el religioso, adolecemos de cierta autoestima institucional y personal, y también de esa responsabilidad de comunión eclesial en la aportación específica carismática y profética que, como sacerdotes escolapios, estamos llamados a aportar a cada Iglesia local donde estamos encarnados y también a la Iglesia universal.

Pienso que nos falta una reflexión e interiorización serias y actualizadas sobre nuestro don presbiteral o sacerdotal: el del ministerio ordenado y configurado por el carisma congregacional escolapio que está llamado a enriquecer la vida de cada Iglesia particular.

El documento Mutuae Relationes, (1978), que tal vez sea el documento eclesial más clarificador sobre la cuestión y contenido de este número de nuestra Revista Peralta, nos invita a:

  • Sentirnos familia diocesana, sin que ello implique menoscabo de nuestra especificidad carismática y tampoco atente contra la unidad e índole de nuestra Orden Religiosa.

  • Realizar una inserción y encarnación local del carisma enriqueciendo así a la Iglesia Local con nuestra aportación significativa propia de sacerdotes para y entre los niños y jóvenes sobre todo, reinventado o recreando el sentido de nuestro ministerio ordenado.

  • Entender y vivir el “famoso privilegio de la exención” no como privilegio de exclusividad y funcionalidad, sino como don que tiene razón de ser en la disponibilidad al servicio de la utilidad de la Iglesia misma (LG,45)

El día de nuestra Ordenación sacerdotal, el Obispo depositó en nuestras manos consagradas dos hermosos regalos que dan sentido a nuestras vidas como presbíteros religiosos de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo: la referencia constante e íntima a Jesucristo y el amor a la comunidad propia y específica para la que respondimos SI a la llamada del Pastor por excelencia, Jesucristo. Estos dos polos esenciales han de configurar nuestro vivir y actuar, siendo servidores de la comunidad concreta particularizada (pars, parte, porción) sobre todo en el mundo y la Iglesia de los niños y jóvenes, praesertim pauperes: Servidores al estilo de Jesús, sirviéndoles la Palabra, los Sacramentos y pastoreando, a su estilo y manera, esta pequeña y hermosa grey que se nos ha confiado.

Es lo que, en este número, hemos querido recoger y presentar con reflexiones, colaboraciones y experiencias sacerdotales, como homenaje propio a este año sacerdotal recientemente concluido y que institucionalmente nos hemos propuesto coronar con la peregrinación a Roma, en y con la actitud profunda de comunión eclesial de nuestro Fundador Calasanz, besando el pie del primer papa de la Iglesia, San Pedro, sobre todo en este tiempo de tensión eclesial. Y todo esto, sin olvidar nunca el “cum in Ecclesia Dei per varia instituta…” del principio de sus Constituciones, que nos invita a no residir en los márgenes geográficos y sociales del Corpus Ecclesiae, sino a sentirnos y actuar in et cum Ecclesia, más en estos tiempos y lugares concretos en los que vivimos y misionamos con precariedad y vulnerabilidad sacerdotal grandes.