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EDUCADORES CRISTIANOS

José Luis Martín Descalzo

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Decía Lamartine que la obra de todo gran hombre no era otra cosa que un sueño infantil realizado en la etapa adulta. Y la frase es verdadera, pero hay que referirla no sólo a los grandes hombres, sino a todos, porque, verdaderamente, toda obra humana que valga la pena tiene siempre sus raíces clavadas en la infancia.

También la fe. La fe completa y total es, ciertamente, fruto de madurez, pero la mayoría de los creyentes, al menos en pueblos de tradición cristiana, hemos recibido la fe de labios de nuestras madres primero, y de nuestros maestros después. De esos maestros de los que, a lo mejor, ya ni nos acordamos, pero que fueron en realidad fundamentalísimos en nuestras vidas.

A estos maestros cristianos, a estos profesores de nuestras infancias de ayer y de las infancias de los niños de hoy, se dedica este comentario. Y se dedica con ese agradecimiento del que tantas veces nos olvidamos.

Una de las mayores deudas que tiene contraída la Iglesia es la deuda del agradecimiento hacia todos cuantos se dedican a la evangelización de los niños. Una acción evangelizadora que, con demasiada frecuencia, minusvaloramos e incluso despreciamos. “¡Bah!, decidimos, para dar catecismo vale cualquiera. Los niños con cuatro cosas se contentan". Y pensamos que los apostolados de primera categoría, los apostolados "difíciles", son los que se realizan con universitarios, con agnósticos, con la gente de colmillo retorcido.

Y la verdad es que en la Iglesia todos los apostolados son importantes, y ciertamente el de los niños no menos que los más complicados.

Es cierto que no basta con la fe infantil, es cierto que toda fe tiene que llegar a la madurez. Pero qué difícilmente se llegará a la gran cosecha si no se empieza por la pequeña semilla.

Y entre los trabajos que se hacen con los pequeños, el que realizan los maestros, los educadores cristianos, es uno de los más importantes.

Lo dijo expresamente el Papa en su viaje por España:

"No cabe duda de que la parroquia debe continuar su misión privilegiada de formadora en la fe; no cabe duda de que los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos. Sin embargo, no puede dejar de tenerse en cuenta la transmisión del mensaje de la salvación con la enseñanza religiosa en la escuela, privada y pública. Sobre todo en un país en el que la gran mayoría de los padres pide la enseñanza religiosa para sus hijos en el periodo escolar."

Recordar esto, repetir esto, es más importante que nunca en la España de hoy, en la que existe -¿por qué no decirlo?- una verdadera lucha de ideologías, entre un laicismo que desearía borrar toda la raíces de la tradición cultural española impregnada de catolicismo, y entre unos creyentes que no queremos que se nos arranque algo que consideramos el mismo centro de nuestras almas.

Nadie quiere, como es lógico, una guerra escolar. Pero si queremos que, respetada hasta la raíces la libertad religiosa de todos, no se ha arranque la religión de la enseñanza de aquellos niños cuyos padres la pidiesen y deseasen.

En esta tarea, la función de los profesores cristianos es fundamental. No podemos limitarnos a decir: ya existen colegios confesionalmente cristianos para quienes lo deseen. Porque son muchos los padres que tienen derecho a preferir la enseñanza pública y que en ella se dé a sus hijos una educación religiosa que para ellos es parte integrante de toda verdadera educación.