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SACERDOCIO: GANAS DE SERVIR

José Luis Martín Descalzo

 

Hace ahora treinta y cinco años que quien ahora os habla predicó el primer sermón de su vida. Tenía yo entonces diecisiete años y estudiaba en el seminario de Valladolid. Y en vísperas de San José de aquel año 1948 nos llamó el rector del seminario a quienes entonces estudiábamos filosofía y nos comunicó que le habían pedido ese año más seminaristas de las parroquias para el día de San José. Éste era el gran día de la fiesta de los seminarios y quienes estudiaban teología predicaban en esa jornada para explicarle a la gente en los púlpitos de la capital qué era el seminario y qué era el sacerdocio. Pero aquel año iríamos también los filosofillos.

¿Cómo explicarle a la gente qué era ser sacerdote y por qué quería yo serlo?

Yo había entrado en el seminario de pequeñín, recién cumplidos los diez años y la verdad es que yo quería ser sacerdote ya desde algunos años antes. Del tiempo que yo tengo recuerdos creo que nunca me he imaginado a mí mismo siendo otra cosa que cura. Pero ¿por qué quería serlo? Al principio supongo que por razones muy elementales: porque en mi casa se vivía un clima alegremente religioso y apostólico; porque conocía a un cura que yo admiraba mucho y a quien me apetecía parecerme, por pocas cosas más. Pero, cuando uno se adentra en los quine, en los dieciséis o diecisiete años, hay que encontrar razones más sólidas para seguir.

Y en aquellos días previos a mi sermón traté de formular esas razones por escrito, pues es sabido que una cosa no se sabe del todo hasta que no se escribe. Y recuerdo que entonces escribí una fase, que creo que desde entonces ha sido el eje de mi vida: la frase "ganas de ayudar". Más tarde vi que a eso los teólogos lo llaman "misión de servicio", pero como yo nunca he sido una persona solemne preferí quedarme con aquella fórmula del muchacho que yo era: "ganas de ayudar".

¿Ayudará a qué? ¿Ayudar a quien? entonces tuve la audacia de muchacho de escribir que "ayudar a Dios y a los hombres". Ayudar a Dios a ser conocido, ayudar a los hombres a conocerle.

Recuerdo que, por aquella época, me había impresionado mucho a aquel grito de San Francisco de Asís que salía por las calles voceando: “El amor no es amado", "El amor no es amado".

Eso me parecía a mí: que la gente tiene tantas preocupaciones en la vida, que corren tanto para hacer tantas cosas, que a veces se olvidan de lo fundamental: que hay un Dios que les quiere, que sus vidas tienen un sentido más hondo que el de ganar dinero.

Me pareció que bien valía la pena que algunos nos dedicásemos exclusivamente a recordar a la gente estas maravillas, se renunciásemos a algunas cosas de la vida -que también a nosotros nos gustaban, es claro- para dedicarnos en exclusiva a anunciar esas buenas noticias.

Creo que, cuando al fin subí al púlpito, no hice otra cosa que tartamudear y me parece que quienes entonces me oyeron no se enteraron de nada.

Hoy quiero aprovechar que tengo este púlpito un poco más grande para hacer aquella declaración de amor que entonces no supe formular.

Porque la verdad es que, treinta y cinco años más tarde, me sigo sintiendo muy feliz de la vocación a la que me he dedicado. Y me encanta esta profesión de ir por las calles diciéndole a la gente que Dios les está amando.