.

 

 

  AL SERVICIO DE LOS NIÑOS: EL SACERDOCIO EN CALASANZ

Miguel Ángel Asiain, Sch. P.

   

Tomado de entre los hombres

El 17 de diciembre de 1583 era ordenado sacerdote José de Calasanz. Desde ese día hasta comienzos del año 1592 en que va a Roma, el nuevo sacerdote se dedica a su labor ministerial. Aunque existen lagunas en este período y no siempre se sabe con total certeza el paradero y la misión que lleva Calasanz entre manos, no obstante la investigación histórica ha dejado en claro los hitos más importantes de su caminar sacerdotal. Es secretario de una reforma, trabaja incansablemente en Montserrat, ayuda a Fray Andrés Capilla y durante un cierto tiempo se dedica a la reforma del clero. Él mismo, en alguna de las veladas de San Pantaleón, debió referirse a aquellos años; además había padres jóvenes interesados en conocer la vida del Fundador durante los años de su estancia en España.

El P. Catalucci, en su «Breve notizia», narra un hecho que tiene sabor de autenticidad y que no pudo salir sino de labios del mismo protagonista. Dice: «Efectuando la visita por los montes Pirineos, encontró al clero muy disipado y fuera de regla, por lo que dio e hizo cumplir muy excelentes ordenamientos, y decretó pena de excomunión a los Arciprestes y Vicarios Foráneos, si no denunciaban a los no observantes. Provocó esta medida sublevación del clero y del pueblo, llegando hasta pretender asesinarle. Pero viendo que todo resultaba a mayor gloria de Dios, se fueron calmando. Y en señal de deferencia le regaló aquella comunidad buena cantidad de quesos, mostrándole su gratitud y confesando que hasta aquel momento no había conocido su propio bien y cuán excelsa era su dignidad sacerdotal» (1).

A pesar de la relativa falta de documentos y del poco conocimiento de este período español, no cabe duda, como lo han hecho resaltar los historiadores de esa época (2), que Calasanz trabajó como un celoso sacerdote, preocupado por las misiones que se le confiaban y por las almas a las que tenía que atender. El celo y amor sacerdotales aparecen también en las pocas anécdotas de ese tiempo que han llegado hasta nosotros.

Ahora nos interesa conocer el pensamiento del santo sobre el sacerdocio. Él fundó una Congregación clerical y se dedicó sin descanso a exhortar, animar y ayudar a los sacerdotes de su Instituto. En sus cartas, aunque sea en forma dispersa, sin ánimo doctrinal y sin escribir tratado alguno, fue aconsejando y dando su visión del sacerdote, y él mismo dirigió, sobre todo a seglares, cartas de dirección espiritual en las que puede verse su modo de actuar y de comprender la vida cristiana. Por eso nos interesa centrarnos en estos elementos y ver qué figura de sacerdote puede diseñarse con los trazos que usa el Fundador.

En favor de los hombres

En Roma, Calasanz se dedicó por entero a sus escuelas. Fue hombre de una sola pasión: la entrega desinteresada, total y exclusiva a los niños y jóvenes, sobre todo pobres; era la herencia que Dios le había dado, y él fue coherente y fiel a semejante herencia. De ahí que las cartas estén apoyadas fundamentalmente y casi siempre en dos pilares: la vida religiosa de sus hijos, y la preocupación por las escuelas de los niños. Y al aire del trajín diario, de los acontecimientos cotidianos, de las varias necesidades de una vida sencilla, fue desgranando consejos y ánimos, exhortaciones y reprimendas. Y éstos fueron los dos grandes anhelos de su corazón: la santificación religiosa de sus hijos y la educación cristiana integral de sus niños. Pasó la vida gastándose y desgastándose por lograr esas dos cosas.

Sólo, de vez en cuando y por pura casualidad, aparecen en el epistolario cartas dirigidas a seglares. Suele tratarse de bienhechores de las Escuelas Pías, gente por otra parte piadosa que requería la ayuda del santo. Y es fundamentalmente en esas cartas y en algunas otras dirigidas a sus religiosos, donde aparece el temple de conductor de almas de Calasanz. Suelen ser cartas breves pero exentas de todo argumento sobre cosas materiales, argumento que tan a menudo aparece en las restantes cartas. Son más bien misivas espirituales que buscan desarrollar las actitudes cristianas de las personas a las que van dirigidas, que pretenden hacerles comprender lo que significa y entraña la vida espiritual y el amor al Señor Jesús. Por desgracia no abundan, pero son de las cartas más hermosas y más perennes que encierra el epistolario, ya que las otras están dedicadas a temas más del momento que hoy nada significan para nosotros.

a) Principios que sienta

Existen en sus cartas algunos principios que sienta el Fundador y que manifiestan las ideas que él tenía en torno a la vida espiritual y a la dirección. Son principios que forman el trasfondo sobre el que viene a diseñarse todo lo que dirá después de las situaciones de la vida.

El primero es la inmensa confianza que tenía en la apertura de conciencia. Calasanz no quería nascondismos interiores ni permitía que se jugara en este terreno. Para él era necesaria una gran transparencia interior como medio único que podía servir al bien del individuo. Por eso insistía a los suyos en esa apertura transparente y la favorecía con todos los medios. El Hno. Angel Morelli desconfiaba de su superior el P. Cherubini y sentía repugnancia a abrirse con él: creía incluso que el superior podía traicionarle. El santo, al mismo tiempo que escribe al P. Esteban, decía al hermano: «Para mayor seguridad suya puede ir a confiarse, cuando tenga necesidad de ello, con otro sacerdote de la casa, con el que crea puede sacar más provecho su alma; a tal efecto le doy licencia a fin de que viva más tranquilo» (3).

En segundo lugar, el Fundador creía en la importancia del confesor. Éste puede ayudar a quien se encuentre enfermo espiritualmente, y la constante asistencia del mismo puede terminar en la curación del necesitado. De ahí que el sacerdote puede hacer mucho bien a las personas que se le confían. En Nápoles había un hermano que se había escapado de casa; no estaba del todo bien ni interna ni acaso psicológicamente. El santo escribe al superior P. Fedele y le aconseja cómo se ha de comportar con él. Oigámosle: «Por el correo he recibido noticia de la huida del Hno. Alejos. Me parece que debe estar mal de la cabeza. Siendo esta falta suya por consentimiento voluntario a la tentación del demonio, me parece que el remedio que se podría emplear sería que un confesor que tenga mucha caridad lo confiese un par de veces por semana y lo visite a menudo, induciéndole a que descubra todos sus pensamientos y cavilaciones que siente interiormente, procurándole el necesario remedio. Si este caritativo ejercicio durara dos o tres meses, estoy seguro de que se corregiría y entraría en su corazón el dolor por haber ofendido a Dios y el deseo de hacer penitencia por sus pecados» (4).

Por último, el ministerio de la caridad ha de estar ejercido en medio de una gran comprensión, cariño y aceptación de la persona que se tiene delante. De lo contrario no produce el fruto que se espera de él. Las palabras ásperas, las expresiones demasiado duras, pueden alejar más que atraer a quien se acerca a un sacerdote o confesor; mucho más cuando, de principio, quien se acerca a ellos es ya una persona vulnerada por dentro y, a lo mejor, destrozada en lo íntimo de su conciencia. El santo escribía con mucha caridad al Hno. Bartolomé Nardi de este modo: «Creo que ya hace mucho que no me escribe de aquel hermano; cuando el demonio se apodera de un corazón, hace esas locuras y aun mayores. Conviene caminar con mucha caridad... ya que no es capaz por ahora de reprensiones ni de palabras ásperas» (5).

Estas eran las convicciones que apoyaban el modo de obrar del santo y que recuerdan también al escolapio unas líneas muy sencillas de un modo de obrar muy importante. La conveniencia o aun necesidad de la transparencia de alma es algo que no sólo ha de procurar en los demás el sacerdote sino que ha de realizar en su propia vida; si no hay transparencia no hay posibilidad de una cercanía fructuosa de Dios a la propia vida. Sólo es posible ver el rostro de Dios con la sencillez de un corazón transparente, porque sólo los que tienen un corazón limpio verán a Dios.

b) Situaciones de la vida y actitud cristiana

Desde los principios citados, el santo iba orientando a quienes acudían a él en busca de ayuda, consejos y de una palabra de Dios que iluminara la situación en que se encontraban. Y esto deseaba conseguir el Fundador: arrojar la luz suficiente como para que los destinatarios de sus cartas pudieran obrar de acuerdo con el espíritu del evangelio. Así concebía él su misión sacerdotal de guía de almas. No es guía quien impone, o quien sustituye a la otra persona allá donde ésta ha de tomar unas determinadas posiciones; es, más bien, quien arroja la luz suficiente para que el otro pueda comprender, por una parte, cuál es la actitud cristiana ante esa situación, y, por otra, se sienta animado a ponerla en práctica. La luz evangélica no sólo ilumina, impulsa también a obrar bien. Así se comportaba Jesús en el evangelio y José quería imitarle en ese comportamiento.

La primera cosa que inculcaba José en el alma de quienes se dirigían a él, era la paz interior. Por muchas que fueran las dificultades, aunque se pasase por situaciones de malestar o a pesar de ciertos acontecimientos que podrían engendrar angustia o turbación, Calasanz insistía y se esforzaba en infundir paz, en ahuyentar las angustias, en no permitir que la intranquilidad ganara las batallas del corazón humano. En medio de la paz está el Señor, y su espíritu engendra paz; la turbación, angustia y miedo son manifestaciones –al margen de lo que puedan tener de psicológico– de una estrechez de alma que produce dificultades para vivir en la libertad de los hijos de Dios que Cristo ha ganado para el hombre. Decía: «Le exhorto en cuanto sé y puedo a que por ningún acontecimiento por grave que sea, pierda V. S. la paz interior, sino que procure conservar siempre su corazón tranquilo y unido a Dios, recurriendo a la oración cuando más turbado esté, porque el Señor suele entonces aquietar la tempestad del mar» (6). La señora Angélica di Falco, a la que dirigía estas líneas, quizás tenía motivos humanos más que suficientes para encontrarse desasosegada, inquieta, con falta de paz. El Fundador, que conocía la historia de la familia y sabía cuál es la herencia de sus elegidos, la animaba a que, por medio de la oración, no permitiera sembrar en su alma el descontento y la intranquilidad. Además es en la paz como se puede caminar solo hacia Dios, y esto porque la paz ensancha el ánimo y lo hace disponible para la venida de Dios, mientras que su falta encoge el espíritu, crea estrechez de corazón. Y los resultados son bastante negativos en esa situación.

Pero la paz no está reñida con el conocimiento real de lo que es la vida; de ahí que Calasanz insistiera siempre en un segundo elemento que va acompasado con el primero, el realismo espiritual que va en contra de cualquier engreimiento propio ante el bien que uno cree hacer y de cualquier descorazonamiento ante el mal que constata en su vida. Por eso el realismo consiste en saber la fuerza del mal, la debilidad propia, y en estar convencido de cómo las imperfecciones y aun las faltas aparecerán en la vida como evidencias de la hondura del pecado que hay en el hombre. Pero experimentar esta realidad es una gracia porque antes nace la libertad y la posibilidad de impetrar de corazón la salvación. Era ese realismo el que hacía resaltar al P. Cherubini hablándole precisamente del Hno. Ángel Morelli que antes hemos citado. Le decía: «Me escribe el Hno. Ángel de Sto. Domingo acerca de algunas tentaciones o preocupaciones suyas; procure consolarlo y tratarle con cariño paterno ya que, como Superior, debe soportar las imperfecciones de los súbditos y ayudarlos a descargarse de ellas poco a poco. No es posible que uno se haga perfecto inmediatamente, además de que siempre le quedarán imperfecciones contra las que luchar... En cuando a tratar cosas de conciencia, dé a algunos licencia para ir a otro sacerdote si ve que es más útil para sus almas, porque importa mucho en esto tener satisfacción en la propia conciencia» (7).

Se ha de tener en cuenta siempre que este realismo y lo que comporta en ningún momento ataca la paz arriba citada; el cristiano sabe aceptar en paz el mal de su vida porque ha de hacer de él el lugar privilegiado de la experiencia de salvación y de la misericordia infinita de Dios. La salvación y la misericordia se realizan en medio del pecado y ambos son generadores de paz. Por eso, cuando se viven con espíritu cristiano, no distorsionan el alma; cuando con sinceridad uno se abre a Dios y comprende la maldad que anida en su corazón, se entrega al poder salvador de Dios, y allí, en la confesión de su pecado, se realiza la gracia que otorga una paz sin límites. Calasanz insistía en estos dos elementos necesarios en toda vida espiritual, pasara por donde pasara esa vida.

Una tercera línea de comportamiento que pretendía desarrollar el Fundador en aquellos a los que dirigía era la total confianza en Dios. También esta faceta es universal y no depende de las circunstancias en que se vive. Calasanz había visto a la Providencia asomarse a su vida y actuar en ella; él dependía constantemente de esa Providencia y comprendía que todo hombre había de abrirse a su acción benéfica. De ahí todo su esfuerzo dirigido hacia quienes le escribían para que confiaran plenamente en el amor providente de Dios que atiende a todo hombre y se preocupa por él. Amasar la vida en la confianza de la Providencia era abrir el camino hacia un desarrollo gozoso de la propia existencia. Al P. Alacchi que estaba en Venecia le recordaba la experiencia que había tenido el Instituto del cuidado de Dios durante tantos años; le decía: «Me parece locura muy grande la nuestra si, fatigándonos como nos fatigamos, pretendiésemos la recompensa temporal de los hombres. Por otra parte, si nos dedicamos a este ejercicio, me parece que sería hacer gran ofensa a la divina Providencia que procura lo necesario a los pájaros del campo, con no tener fe en ella, habiendo probado por experiencia durante tantos años el cuidado que de nosotros ha manifestado el Señor» (8). Esta confianza, que es también paciencia (9), ha de estar presente en todos los momentos de la vida y nadie ha de abdicar de ella so pena de oscurecer el panorama de su camino, y de meterse en un horizonte en el que ya no brilla la esperanza de un amor que perdona y consuela al hombre.

Otra constante en la dirección del santo era la de procurar la limpieza de corazón de aquellos a quienes escribía. Lo dijo Jesús, los limpios de corazón verán a Dios. La limpieza interior es presupuesto necesario para caminar al encuentro de Dios. Si no hay limpieza no hay posibilidad de encuentro, no hay un tú que responda a nuestras preguntas, que se deje encontrar, que sea compañero del camino, que obre el milagro de convertir nuestra vida. Limpieza de corazón que consiste en una finura cada vez más grande en relación a Dios y a todo lo que es nuestra vida. El corazón turbio no puede encontrar al Dios de los limpios, el corazón doble no puede percibir al Dios de los rectos. Es la mayor sintonía con Dios, vivir en una frecuencia de fidelidad íntima y de limpieza grande de espíritu. Cuando la doblez, la falta de finura, los recovecos, las tergiversaciones, las terceras vías imperan en la vida, no es posible ya captar el rostro de Dios. Los ojos nublados no se dan cuenta de la luz que irradia la limpieza de Dios. Calasanz quería llevar a los demás hacia esa limpieza en la que se perciben los rasgos más determinados de Dios, y en la que se captan los aleteos más tenues del Espíritu.

De diversas maneras había que conquistar o mantener esa realidad. Por eso insistía en la resistencia frente a las tentaciones y en la prontitud de respuesta ante cualquier solicitación. Se lo decía al P. Alacchi: «En cuanto a las tentaciones, si V. R. tuviera un poco más de conocimiento sobre la existencia del Ángel Custodio, y tratara con él más familiarmente, sentiría muy grandes y manifiestas ayudas, pero se requiere gran pureza de corazón. Si cuando el enemigo le sugiere algo grande, lo rechazara pronto y, no pudiendo, recurriera a la ayuda del Ángel Custodio, encontraría remedio, y mire no se cumpla aquel dicho "si iniquitatem aspexi in corde meo, non exaudiet Dominus"» (10).

En consecuencia, hay que hacer frente a la pasión, sea cual fuere; el resultado de esa resistencia no es otro que la paz y la tranquilidad. Oigámosle en dos pasajes: «Tengo por gran siervo de Dios a aquel que no se perturba ni se conmueve en su tranquilidad en circunstancias adversas o prósperas, sino que siempre permanece íntegro, esto es, de un mismo ser, sin que la pasión lo mueva de lugar, y éste tal es el que gana el premio. Donde quiera que se entrometa la pasión, viene perturbada la mente, que una vez alterada no puede juzgar con libertad» (11). «Siento muchísimo que dicho Padre no sepa vencer sus pasiones y vivir en la paz y tranquilidad con que todos pueden vivir en su propia Religión, mortificando sus pasiones y haciendo penitencia por sus pecados, habiendo dicho el Espíritu Santo por Salomón "tempus plangendi et tempus ridendi", y quien no sepa distinguir entre esta vida y la otra se hallará engañado» (12).

La pasión no es sino la fuerza del mal grabada en nuestra carne; oponerse a ella es, en consecuencia, luchar contra el mal que pretende adueñarse de la vida del cristiano. No hay sino un solo Dios y ante él sólo hay que doblar las rodillas. Por eso, incluso la resistencia a la pasión que conduce al pecado es un homenaje de alabanza a Dios a quien entonces se le reconoce como el único Dios por quien merece la pena dar la vida. Además, quien resiste a la tentación aprende cómo ha de comprender y animar a quienes pasan por las mismas circunstancias. Decía: «Por la gracia del Señor V. R. no se ha dejado vencer por las pasiones, por lo tanto debe poner todo su empeño en ayudar a los que se dejan vencer por ellas, pues hará con ello una obra muy agradable a Dios. Exhorte a todos a preocuparse de la salvación de la propia alma, no teniendo aversión uno contra otro, pues es una gran peste de las Religiones, y no tiene poca gracia de Dios quien se sabe librar de esto» (13)

Una quinta línea de dirección calasancia era enseñar al cristiano a aceptar todo como venido de la mano de Dios. Es decir, una interpretación cristiana de los acontecimientos sobre el telón de fondo en el que prevalece la convicción de que, según dice san Pablo, todo coopera al bien de los que son amados por Dios. Desde esa perspectiva todo el empeño del Fundador iba dirigido a desarrollar una actitud de acogimiento religioso, de saber aceptar todo viendo detrás de los sucesos la mano de Dios que guía la historia personal de cada uno. Cuando un hombre aprende a vivir así, comienza a saber qué es ser cristiano y empieza a introducirse en la luz que ilumina toda la vida; entonces puede brillar el gozo, y la alegría llega a ser un don que se ha de conquistar y que permanece con uno constantemente. Hacia esa convicción, ese gozo y esa alegría dirigía el Fundador sus intenciones cuando conducía las almas que le pedían consejo y ayuda. Al P. Marcos Manzella le dirigió estas palabras en las que acentúa la disposición cristiana de aceptación: «Acepte todas las cosas de la mano de Dios bendito, que nos ama mucho más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos, y no de la mano de ciertos perturbadores de nuestro Instituto. Tenga V. R. la recta intención de conformarse a la paterna voluntad de Dios, el cual guiará nuestras cosas a mayor gloria suya y nos dará su santa gracia para servirle en el futuro con la perfección religiosa que conviene» (14). Y al P. Pedro Lucas Battaglione le decía: «Con la carta de V. R. he recibido particular consuelo, en la que muestra verdadero espíritu religioso conformando su voluntad a la voluntad de Dios, en la que los buenos religiosos ven manifiestamente la voluntad del Señor» (15). Esta disposición la pedía no sólo a los religiosos sino también a quienes no lo eran, ya que se trata de una actitud cristiana que abarca a todos los bautizados. A la señora Angélica di Falco le enseñaba: «Me desagrada enormemente la indisposición de V. S. pues le impide realizar sus ejercicios espirituales visitando la iglesia y frecuentando los santísimos sacramentos; ahora bien, el Señor lo hace todo con singular providencia y quiere que V. S., ya que no puede ir corporalmente a la iglesia, vaya en espíritu, cosa que suele agradar mucho al Señor. Yo le pediré que le otorgue doble mérito y también la salud corporal, pero si es para gloria suya» (16).

Esta aceptación adquiere relieve especial en una situación muy humana y muy corriente, el dolor, el sufrimiento. De las pocas cartas del Fundador que podemos contar dentro del tema de la dirección, una gran parte están enviadas a personas que se encontraban en el dolor o sumidas en la enfermedad y el sufrimiento. Parece que es en estas ocasiones cuando el hombre acude de modo especial a quien puede darle una palabra de ayuda, consuelo y verdad. Calasanz tuvo que escribir a personas que se encontraban en esa situación y trabajó para que vieran sobre todo en esas ocasiones la mano de Dios, comprendieran su amor y aceptaran su designio de cariño sobre ellas. Él sabía que es difícil ser cristiano de verdad en esas ocasiones; que es difícil dar el salto entre lo que ven los ojos y lo que confiesa la fe, pero no ignoraba que, cuando se logra dar el salto, se abren panoramas infinitos de paz, alegría y adelantamiento cristiano, y, por eso, insistía en crear en quienes sentían sobre sí la mano pesada de Dios, unos ojos limpios que miraran como pide el evangelio y no como enseña la ciencia humana.

Poseemos pasajes hermosos en los que se subraya esa actitud. A la señora Flaminia Racani le decía: «Ordinariamente el Señor suele mortificar en esta vida a quienes ama como hijos para no tener que mortificarles en la otra; y siendo eso verdad, todos deben recibir, como de la mano de un padre, todo lo que nos sucede, en especial la enfermedad, la que si pudiéramos, no sólo con paciencia sino con alegría, concebirla como venida de su mano, le haríamos un sacrificio muy agradable. En la presente exhorto a V. S. que, considerando cuán bueno es el Señor que por males temporales y breves tiene preparado un Reino eterno, lo alabe y bendiga, y se conforme a su santísima voluntad con alegría, diciéndole que si le quiere sana está presta a servirle, y si enferma, está muy pronto a servirle enferma como está; esta conformidad alegre con el Señor es gran perfección en el cristiano» (17). Y a la señora Angélica di Falco: «No sin gran providencia ha mandado Dios a V. S. una enfermedad tan larga y tan fastidiosa al sentido, pues como Padre quiere purificar su alma en esta vida con el fuego de la tribulación para no tener que purificarla en el Purgatorio que sin ninguna comparación es muchísimo más terrible que lo que se puede imaginar; así que siendo ésta la voluntad del Señor debe agradecerle la presente tribulación y pidiéndole paciencia conformarse con mucho mérito a su santísima voluntad, considerando todavía que como en este mundo soportó penas muy grandes y muy ignominiosas, quiere que sus criaturas elegidas tengan alguna tribulación. Si pues el Señor le muestra gran amor dándole tribulación, debe V. S. esforzar su corazón en amar mucho a quien tanto le ama pues con el amor no sentirá tanto el dolor. Yo no me decido a pedir al Señor que le quite la tribulación, sino que le dé paciencia para soportarla y amor grande para no sentirla; por los otros que V. S. me recomienda rezaré que si tienen salud la empleen en el servicio de Dios y utilidad del prójimo, de otra manera sería mejor no tener salud o morirse antes que ofender a un Dios de tanta misericordia» (18).

Y casi tres años después, a la misma señora que había ya superado el dolor y el mal, le recordaba algo tan hermoso como lo que sigue: «El Señor prueba generalmente en esta vida a los que ama y no quiere castigarlos en la otra con muchas tribulaciones, las cuales, tomadas ahora con paciencia y de su mano benignísima, son de gran mérito. Me alegro con V. S. que haya salido tan bien de esa tribulación de la rodilla, que tanto miedo le había producido, y no piense que el Señor se olvida de V. S. al enviarle ocasiones de merecer mayor premio en el cielo, pues es necesario que los elegidos sufran muchas tribulaciones si quieren entrar en el paraíso y es mucho mejor soportarlas en esta breve vida, donde también encontramos consuelos temporales o espirituales, que soportan los otros que se deberían soportar conforme a la gravedad de los que sufren en este mundo. No me olvidaré de pedir al Señor para que se porte con V. S. como suele hacer con aquellos que ama y tiene predestinados para el paraíso» (19).

Procuraba, por tanto, que todos aceptaran las cruces de la vida diaria, pero también la pasión, es decir, no sólo lo que sucede día a día frente a lo que hay que tener un corazón abierto, sino también lo incomprensible, lo sin-sentido. En esa aceptación, les recordaba que había que sufrir por amor, que el sufrimiento viene sobre los favoritos de Dios, pero viene también y antes porque el hombre es pecador. Oigamos sus deliciosas palabras dirigidas al P. Frescio: «V. R. debe tener grabada en el corazón aquella santa sentencia que dice: per multas tribulationes oportet introire in Regnum Dei, y por amor al Señor, que sin haber pecado padeció por todos, sin estar obligado, tantas tribulaciones y oprobios; nosotros debemos padecer grandes cosas como hacen los favoritos del Señor para darle gusto, si bien antes debemos pensar que los merecemos por nuestros pecados para humillarnos siempre» (20).

Así se conducía Calasanz como director de almas. No se dedicó a este menester, se cuidó mucho más de la perfección de sus religiosos, pero en las pocas cartas dirigidas a seglares resuena alta y potente su voz que sabe encauzar los espíritus al encuentro con Dios; supo discernir las situaciones más comprometidas de la existencia humana y, al mismo tiempo que echaba sobre ellas el bálsamo del consuelo de Cristo, enseñaba que no hay otra salvación fuera de Cristo, el Señor.

Para ofrecer dones y sacrificios

Calasanz había comprendido bien la misión sacerdotal de ofrecer dones y sacrificios por los pecados del pueblo, como pide la carta a los Hebreos. Este oficio sacerdotal lo entiende el Fundador desde lo que quiere decir el sacrificio eucarístico. Él había profundizado íntimamente en lo que es y significa ofrecer la Víctima Santa e Inmaculada a Dios Padre. Calasanz vivía en toda su riqueza la eucaristía porque había llegado a percibir su inmensa grandeza, revestida de formas tan sencillas como lo vemos en el altar. Ahí poseemos la Víctima sagrada desprovista de su gloria y ofrecida en perdón de los pecados. El sacrificio de la eucaristía hay que vivirlo seriamente y así lo entendió el santo. Podemos percibir la hondura de su vivencia a través de las palabras que dirigía a los sacerdotes recién ordenados, recomendándoles cómo habían de celebrar. Oigamos algunos párrafos de sus cartas y démonos cuenta de lo que latía detrás de todo ello: «Le ruego cuanto puedo que ejercite este oficio con mucha humildad. Considere, antes de iniciar la misa, que lleva una embajada al Padre Eterno de parte de toda la santa Iglesia, no sólo para la exaltación de la fe católica y perdón de los pecadores, sino también para socorro de las almas de los fieles difuntos. Para impetrar tales gracias, se necesita mucha humildad, y conviene comenzar bien desde el principio» (21).

Quien así se acerca a Dios, ha de hacerlo con reverencia y fervor, como conviene a tal acción, y no con modos que pueden ser reprochables. Decía: «Advierta mucho que sea buen sacerdote y celebre la misa no tan rápidamente como acostumbran algunos, sino con mucha reverencia, considerando que habla con el Padre Eterno de problemas muy graves, y se debe hacer con mucha reverencia y atención» (22). Y todo ello porque tratan asuntos graves e importantes con Dios: «Si no son muy humildes, será mucho peor para ellos ser promovidos al sacerdocio que permanecer así. Porque deben tratar de parte de la santa Iglesia negocios gravísimos con el Padre Eterno y la Santísima Trinidad. Vea, pues, con qué devoción y humildad se debe comportar el sacerdote mientras celebra la misa» (23).

De ahí que las actitudes que más inculca como propias del sacerdote mientras celebra la muerte y resurrección de Jesús sean la reverencia y la humildad; las dos le han de acompañar en el encargo que tiene de estar ante Dios y pedirle favores por los hombres sus hermanos: «Salude de mi parte al P. Carlos, con quien me alegro se haya ordenado sacerdote. Exhórtele a que procure tener gran reverencia al Padre Eterno cuando celebra la misa y le hable con respeto y temor, diciendo al final de todas las oraciones: Por Jesucristo, tu hijo. Que si sabe acomodarse a esta idea, logrará para sí gran provecho espiritual» (24).

Al mismo tiempo la celebración de la eucaristía provoca en el sacerdote actitudes de celo, sencillez y observancia, que son el resultado de su encuentro con Dios y de la vivencia del misterio que ha celebrado: «Me desagrada que se encuentre solo y no haya quien esté de su parte en el celo de la santa observancia. Deberían darse cuenta todos, principalmente los sacerdotes, que todas las mañanas hablan y deberían hablar familiarmente en el santo sacrificio de la misa, de donde deberían salir con gran celo del servicio de Dios y de la observancia de nuestras reglas. Pida a Dios por ellos, que yo hago lo mismo desde aquí» (25). Por todo ello, el santo Padre deseaba que los sacerdotes celebraran diariamente (26), y en todo caso, si un día no lo hacían, que participaran en la eucaristía recibiendo el Cuerpo del Señor (27).

El carácter equilibrado del Fundador aparece también en este argumento. Quería que se celebrara con reverencia, pero no permitía ninguna singularidad; cuando la veía, se oponía tenazmente a ella. Véase como ejemplo las cartas que siguen: «Diga al P. José que si dice la misa en más de media hora se le castigará muy bien; tenga por tanto el reloj a la vista y la primera vez se le quitará el vino, y si no se enmienda, se le aumentarán las mortificaciones, pues debe conformarse con una modesta mediocridad, para que los alumnos y los seglares puedan asistir a su misa. Adviértale de mi parte que se enmiende, como espero que lo haga» (28). Equilibrio que quiere decir normalidad en el desempeño del propio ministerio, tanto más cuanto que tenían que tratar continuamente con niños.

Misión del sacerdote no es sólo la de celebrar la eucaristía sino también la de perdonar a los cristianos en el nombre de Jesús. El Fundador buscaba la limpieza y honradez en este campo, cosa que en su tiempo a veces dejaba que desear. Cómo tenían que confesar lo explica en esta carta: «Si tiene el oficio de confesor, propóngase hacerlo sólo para guiar las almas al servicio de Dios, quien suele remunerar con generosidad, principalmente a quienes por amor suyo no se dejan corromper por intereses humanos. Si por esta causa es perseguido, tómelo con paciencia: bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan por mi causa, dice el Señor» (29). Y en la misma carta, un poco más arriba, se refiere a ciertos comportamientos que se daban en su tiempo y que condena muy justamente. Dice: «Me parece una costumbre de las peores que existen el cobrar dinero por las confesiones porque suele ser ocasión de graves desórdenes. Si los superiores supieran extirparla, no se realizarían tantas confesiones inválidas, ni se iría buscando a los penitentes, como muchos suelen hacer, aun sin aceptar dinero en el confesionario, ya que el confesionario es un tribunal donde, cuando se administra bien, no sólo se pone remedio a las cosas pasadas sino que también se preserva de las futuras sin respeto humano».

Para el santo, los religiosos escolapios habían de estar ante todo al servicio de los niños y sólo, después, de la restante gente de forma que quienes se dedicaban a una pastoral de adultos no habían de olvidar a los niños: «Los confesores admitidos para oír las confesiones de los seglares, de ninguna manera se nieguen a oír las confesiones de los alumnos» (30).

Además de la eucaristía y confesión, el sacerdote es también ministro de la palabra. El santo daba orientaciones prácticas en este campo a fin de que la predicación de la Palabra de Dios pudiera resultar más fructífera. «Al predicar, manténgase en el plano espiritual, sin opiniones, y dejará al auditorio con deseo de oírle otra vez. De otro modo, los hombres no asistirán. Siga esta orientación por ahora, y acostúmbrese a una argumentación así limitada y toda dirigida a encender a los oyentes en el odio al pecado y en el amor a Dios» (31). Y en otra ocasión refiriéndose también al mismo ministerio: «Es necesario mortificar el fervor al predicar y no pasar de un cuarto de hora; ni gritar con voz sonora. Sea el discurso familiar, sencillo y espiritual» (32).

Si el sacerdote quiere ser instrumento apto en la extensión del Reino, ha de comprender que es Dios quien obra, y que su trabajo poco vale. No hay pecado tan opuesto a este ministerio como el orgullo, el engreimiento, el envanecimiento por el fruto que a uno le parece lograr. Dios, a menudo, confunde los pensamientos orgullosos de sus ministros. La palabra sin la fuerza del Espíritu es vana, y el orgullo por el fruto conseguido es resultado de una grave ignorancia porque nadie sabe si el fruto ha sido del que ha plantado, o del que ha regado, o de quien ha cuidado. En el fondo, sin duda, es de quien da el incremento, de Dios. El Fundador aleccionaba a sus sacerdotes en este sentido, procurando arraigar en ellos la sencillez de corazón ante el trabajo que realizaban. Oigamos los pasajes de dos cartas: «Aquellos sacerdotes que predican en la iglesia, practiquen algunos ejercicios de humildad para que no aumente en ellos la propia estima, viendo que producen en el prójimo mayor fruto externo. Que podría ser que el fruto del prójimo procediese más de la oración de los otros que del trabajo de ellos» (33). «Si desea hacer fruto –en la predicación–, es necesario que sea muy humilde. De otro modo son palabras sin espíritu, que no conmueven. ¡Cuánto mejor sería dar clase o predicar a los alumnos!» (34).

Siendo, en consecuencia, un ministerio tan importante, el santo trataba por todos los medios de que quienes llegaban a la ordenación tuvieran la ciencia suficiente para desempeñar el sacerdocio como se debía. En las cartas, la llamada a la formación sacerdotal es constante: «No se ordenará si no tiene la suficiencia de vida para las órdenes en cuanto a las letras y temor de Dios y reverencia de vida a aquel tremendo sacrificio» (35). A un clérigo le escribía: «No he recibido noticia hasta ahora de que haya procurado con diligencia adquirir las letras necesarias para un sacramento tan grande como es el de la misa» (36). Por eso las recomendaciones constantes que daba: «Hacerse sacerdote y ser ignorante no conviene para bien del alma» (31); «para ser sacerdote no basta tener la edad sino la ciencia necesaria» (38).

Podemos decir, como resultado de este repaso, que Calasanz buscaba un sacerdote centrado en su propia misión, la entrega a los niños, y, en este sentido, su sacerdocio tenía que estar dirigido antes que nada hacia aquellos que Dios había puesto en sus manos. Era sacerdote para ellos, luego tenía que celebrar la eucaristía para ellos, confesarlos y predicarles. Podía en todo caso atender a otras personas, pero sin olvidar y sin quitar la primacía a la dedicación a los niños. Y por lo que aparece en las cartas, y luego veremos, no siempre resultaba fácil semejante comportamiento. También en este campo aparecieron algunos desviacionismos.

Por esto también él, envuelto en flaqueza...

Si en alguna virtud hizo hincapié el Fundador como propia del sacerdote, fue precisamente en la humildad. El sacerdote ha de trabajarse en humildad ya que un ministerio tan importante ha de poseer cimientos profundos. Esta virtud ha de acompañar al candidato al sacerdocio y ha de poseerla el mismo sacerdote. «Procure adquirir tanta humildad que se halle a su tiempo digno de ser promovido al sacerdocio, para el que necesita gran disposición y capital de virtud. Sin la cual ¡ay del que se hace sacerdote!» (39). Y en otra ocasión: « Si no son humildes, será mucho peor para ellos ser promovidos al sacerdocio que así» (40). Tan necesaria consideraba esta virtud que llegaba a decir: «Le habría sido mejor ser mozo de cocina con humildad que sacerdote con propia estima y soberbia» (41). La humildad aparece en estas cartas como presupuesto para la ordenación; sin ella nadie debería llegar al altar del Señor. Ministerio tan alto y digno –en la terminología del santo– requiere una humildad muy bien asentada y probada: «El Señor le conceda la gracia de conocer la dignidad sacerdotal y le dé aquella humildad y reverencia que se deben a tan alto ministerio y sacramento» (42).

He aquí la humildad en el sacerdote como una especie de obsesión en el santo. La pone como requisito para conceder las licencias de ordenación: «Vaya con mucho cuidado en conceder licencias para que se ordene de sacerdote, porque no está nada fundamentado en santa humildad, la cual es necesaria para entrar en tal estado» (43); y la pide constantemente a sus hijos cuando quiere concienciarles de lo que van a hacer: «Procurad haceros aptos con diligencia en el examen de las órdenes, no sólo estudiando las cosas necesarias, sino mucho más procurando las virtudes que hacen al hombre idóneo en el ejercicio de las sagradas órdenes, especialmente la de la santa humildad, la cual si la conocierais bien, procuraríais conseguir con toda diligencia» (44).

Ya en los primeros tiempos empezó a alimentarse una falsa idea que Calasanz atacó con dureza. Se huía la escuela aludiendo a la dignidad sacerdotal, pero en el fondo lo que se quería hacer era esquivar un trabajo duro y a menudo difícil. De seguir por ese camino peligraba la obra, y el santo atacó con fuerza. No podía permitir que aparecieran comportamientos ambiguos y equivocados. He aquí algunos ejemplos que revelan la práctica que se iba introduciendo: «Si se ordenan han de dar escuela, pues si los sacerdotes no dan escuela, todos procurarán serlo para no darla y estaría relajada la religión» (45); afirmación muy dura por todo lo que supone que ocurría en aquellos tiempos. La pobreza, como se ha explicado en otro lugar (46), era extrema; el trabajo era muy duro en las escuelas mientras que resultaba mucho más llevadero en las iglesias; de ahí que había quienes se amparaban en la dignidad sacerdotal para no dar clase, y el santo temía que si todo seguía así, todos querrían ser sacerdotes. Otro texto: «Antes de ordenarse que se ejercite en enseñar y aprender, pues una vez sacerdote ya no se preocupan más de estudiar» (47); «los sacerdotes necesitan ser reformados porque se dedican a otras actividades y no a la escuela» (48); «faltan maestros porque los sacerdotes aborrecen la escuela»(49).

El Fundador se había esforzado en enseñar a los suyos que la enseñanza no era ningún desdoro para el sacerdocio; les hacía comprender por todos los medios posibles que para llegar al sacerdocio o por haber llegado a él no había que dejar la escuela ni tampoco por ser superior. Él mismo, siendo sacerdote y superior general se había dedicado constantemente a las escuelas. Al P. Fedele, provincial de Nápo1es, le decía: «Oigo que ha faltado un maestro en la escuela de Porta Reale; si V. R. hubiera suplido en su lugar, habría dado un grandísimo ejemplo a los seglares y no habría perdido nada de la dignidad de sacerdote ni de provincial y habría superado la soberbia de todos nuestros religiosos. Eso mismo de entrar en una escuela por ausencia de un maestro lo he hecho a menudo y no he perdido por ello crédito alguno ante los seglares. En cambio, entre nuestros religiosos, cuando uno llega a ser superior de una casa, parece que queda libre de dar escuela por siempre y es una gran tentación por la que muchos de los nuestros se han dejado vencer» (50). Y sobre él mismo dice: «Muchas veces yo mismo he llevado la clase de ábaco y he enseñado a algunos de los nuestros para que entraran en el ejercicio del ábaco y no por ello he perdido nada en el oficio de sacerdote pues es cosa santa ser superior universal en todas las cosas de las escuelas» (51).

Nadie se arrogue tal dignidad

La dignidad del sacerdocio viene subrayada en las cartas de san José de Calasanz. Refiriéndose a él dice: «un oficio tan grande» (52); «un tan alto ministerio y sacramento» (53); «un tan gran oficio y dignidad» (54); «un alto y tremendo ministerio» (55). Es tan grande esa dignidad que ha habido personas que, frente a él, se han retirado y no lo han abrazado. Escribiendo al P. Ambrosio Ambrosi y refiriéndose al Hno. Carlo di Giacomo, le indicaba que, al celebrar la eucaristía, había de hacerlo «con mucha reverencia y atención, pues no haciéndolo así sería mejor que no se ordenara, como hizo san Francisco, que comprendió la pureza de corazón que debe tener el sacerdote» (56). Y refiriéndose a los seglares, decía: «La del sacerdote es una dignidad que muchos literatos, que la han comprendido, no se han atrevido a abrazarla» (57).

No es extraño este sentimiento en Calasanz después de lo que hemos visto más arriba acerca de la misión que tiene de presentarse ante Dios, ante su Divina Majestad e impetrar su gracia y el perdón para los hombres. Dignidad sacerdotal que choca con la indignidad humana y que tiene como resultado la sencillez de corazón. El Fundador, que conoce y confiesa la gran dignidad del sacerdocio, y que, por otra parte, no desconoce la maldad humana, no fomenta la huída ante el ministerio sacerdotal, sino más bien insiste en tener un corazón humilde, que es el mejor modo de acercarse a Dios. «El Señor lo colme de bienes espirituales y le haga la gracia de conocer la dignidad sacerdotal, y le dé la humildad y reverencia que se desea a un ministerio y sacramento tan alto» (58).

Esta dignidad conlleva algunas consecuencias. Una, la piedad sacerdotal, que es para el santo una piedad tierna, fresca, no amanerada; el que tenga que presentarse el sacerdote ante la Santísima Trinidad y pedir por los pecados de los hombres, no ha de crear en él un excesivo temor reverencial, en vez del amor filial y confiado, propio de los hijos de Dios. La piedad de Calasanz no es una piedad distante, lejana, de temor; en las palabras que siguen se percibe todo lo contrario: «Los sacerdotes cada mañana traten y deberían tratar familiarmente con Dios en el santo sacrificio de la misa» (59).

En segundo lugar está el buen ejemplo que tiene que dar el sacerdote ante los demás. Es frecuente, en los escritos del santo, el pensamiento de la obligación en que se encuentran los sacerdotes en base a su sacerdocio de dar testimonio de aquello en lo que creen y a lo que han entregado sus vidas. Al P. Juan Domingo Romani le decía: «¡Oh, cuánto me duele que los sacerdotes, que deberían dar buen ejemplo de santa obediencia y humildad, sean los primeros en dar ejemplo de soberbia!... ¡Oh, cuánto valdría el ejemplo de los sacerdotes para convertir en espirituales a los clérigos y hermanos y, por el contrario, qué gran cuenta tienen que dar a Dios los sacerdotes por el mal ejemplo que dan a los clérigos y hermanos! Creo que ésta es la causa por la que los hermanos rudos quieren ser sacerdotes» (60). Y a la Sra. Flaminia Racani, que tenía un hijo sacerdote, le dice: «Que el Señor conceda tan gran luz interior al hijo sacerdote, que conozca el estado y obligación grande que tiene de servir a Dios y de dar buen ejemplo a los seglares, pues si no lo hace, hubiera sido mejor que nunca se hubiera hecho sacerdote» (61).

El sacerdote, en base al sacramento recibido, tiene mayor responsabilidad de dar ejemplo a los seglares, y al mismo tiempo sus malos comportamientos causan peores males que si los dan los seglares. Estas ideas estaban grabadas en el alma del Fundador y de ahí que cuidara tanto el ejemplo de sus religiosos ante los de fuera. Era ésta una constante preocupación que aparece en las cartas. A un hermano que se había ordenado sacerdote le decía después de un tiempo: «Me parece extraño su cambio después de haber llegado al sacerdocio. Como si tal estado no obligase a mayor humildad y, en resumidas cuentas, a mayor virtud... y no de apariencias» (62). Y en otra ocasión: «El sacerdote está obligado a mayor virtud, y advierta bien a la obligación que tiene de dar buen ejemplo» (63). Y en sentido opuesto, he aquí lo que afirmaba: «El ejemplo de los sacerdotes es un grandísimo escándalo para los que no son sacerdotes» (64). Esta gravedad la pone el santo en relación con el pecado; el pecado de los sacerdotes reviste en sí mismo una gravedad superior al pecado de los seglares. En la carta ahora mismo citada explicaba el santo: «Preocúpese con diligencia en la cuestión de confesarse que es tan importante, pues la falta ordinaria en un religioso es grandísima en un sacerdote». Al P. Francisco Giacomelli le recordaba que «es mucho mayor el pecado de un sacerdote que el de un seglar» (65). Sin duda, movido por esta idea, prescribía que, si era necesario, los sacerdotes se confesaran diariamente antes de celebrar (66).

La tercera consecuencia que se desprende de la dignidad del sacerdocio es la atención que prestaba el Fundador a las normas litúrgicas. No conviene detenerse en este punto que aparece con cierta frecuencia cuando se habla del sacerdocio en las cartas, y de la celebración de la eucaristía. Quiere que los religiosos se examinen de las ceremonias para ver si las conocen (67), insiste en que, si no se han aprendido al principio, siempre se celebrará mal la misa (68) y pide que se conozcan antes de ordenarse (69); aconseja tener un misalito en el cuarto para preparar la misa del día siguiente (70) y desea que no se introduzca ninguna innovación, aunque parezca normal (71). Buscaba que todo se hiciera con sencillez (72), que se tuvieran las cosas limpias (73), que se siguieran las normas de la Iglesia y que, para ello, se tuviera el estudio continuo de casos de conciencia y de liturgia (74). Era la preocupación constante de cumplir todo aquello que pedía la Iglesia como hijo observante de la misma.

El peligro de un desviacionismo

Pronto comprendió el Fundador el grave peligro que se cernía sobre las Escuelas Pías. En cuanto se permitió el culto público en las iglesias de las casas escolapias, empezaron a aparecer religiosos que se iban desentendiendo, poco a poco, de toda labor docente en favor del trabajo ministerial del sacerdote. No era sólo celo por las almas; detrás de todo ello existía una evidente antipatía por la escuela debido al trabajo que suponía, demasiado fuerte y duro para personas que vivían en pobreza suma (75). El Fundador quiso poner un dique a esas aguas que de seguir por ese camino acabarían por desbordarse totalmente y arrasar la obra calasancia. Habían empezado a multiplicarse los casos de sacerdotes que rehuían las clases y eran cada día más abundantes los hermanos que buscaban semejante liberación a través de la ordenación sacerdotal. Entonces el santo emprendió la lucha de conversión de quienes se desmandaban en el camino de la enseñanza. Para la asistencia pastoral a los seglares existen muchas religiones, insistía Calasanz, mientras que para la educación integral de los niños pobres sólo están las Escuelas Pías. No se deje lo específico –campo que nadie va a cuidar– por lo común, en lo que otras muchas religiones pueden emplearse y ayudar a los cristianos. Y empezaron en sus cartas los consejos y los mandatos en contra de todo desviacionismo.

Lo primero que intentó el santo fue que sus religiosos no se entregaran al trabajo pastoral de las confesiones y predicación. Era tajante en esto, como lo vemos por los siguientes pasajes: «Le recomiendo a usted y a todos los de casa que atiendan con todo empeño al ejercicio de las escuelas, y principalmente a la piedad y santo temor de Dios en los alumnos. Que es nuestro Instituto, en el cual hay mayor mérito que en atender a las personas mayores. Estas tienen muchas religiones que les ayudan, y los alumnos solamente tienen la nuestra» (76). Y en otra ocasión: «Aunque en nuestra religión haya teólogos prácticos y graduados, yo no he permitido nunca que suban a un púlpito o cátedra a predicar, conociendo bien que no faltan en la iglesia de Dios hombres que, por oficio y ministerio propio, tienen derecho a predicar, como lo hacen con toda virtud. Debe estar lejos de nosotros meter la hoz en mies ajena. No sería poco saber humillarnos hasta la capacidad de los alumnos, a cuya instrucción nos ha enviado la santa Iglesia» (77).

En todo caso si por razón mayor o causa justa tienen que predicar o confesar a seglares no deben negarse a ejercer ese ministerio con los niños de las escuelas: «Nadie que predique públicamente los días festivos rehúse predicar durante la semana, en el oratorio o en la iglesia, a los alumnos: a quienes, en cuanto sea posible, atraerá al servicio de Dios con el ejemplo de las propias virtudes y con la doctrina sencilla, confirmada con el ejemplo de algunos santos» (78). Por esa misma razón pedía que se liberaran de la confesión de mujeres (79), que en las escuelas, a lo más, se dedicara un confesor para seglares (80), y que confesaran en los días festivos cuando no había escuela (81). Reconoce que las confesiones suelen distraer mucho a los escolapios y les ocupa el tiempo que tendrían que dedicar a las escuelas (82).

Realizó un segundo intento el santo Fundador: no sólo evitar a sus religiosos el ministerio de la predicación y confesión de seglares, sino también cualquier otra tarea sacerdotal que pudiera constituir un impedimento a la entrega que tenían que hacer a su trabajo. De ahí que no quisiera que asistieran a las procesiones (83), ni que sirvieran en otras iglesias (84), ni que fueran a visitar a los enfermos de noche (85). Todo iba dirigido a mantener el aprecio de la propia misión, aprecio que peligraba por causas particulares si se dejaba abierta la puerta a una tarea pastoral que evitaba el trabajo ingrato y cansado de las escuelas. Del P. Honofre le contaba al P. Alacchi: «De mayor mérito sería para él y para todos barrer las escuelas de los pequeños y enseñar el Padre nuestro, que cantar las Horas» (86). La idea del santo José está marcada claramente en estas palabras dirigidas al P. Juan Crisóstomo Peri: «Deseo que todos los sacerdotes en particular y también los demás de la casa, atiendan al ejercicio de los alumnos, pues este es nuestro Instituto, no sólo en lo referente a las letras sino principalmente a la frecuencia de los santísimos sacramentos» (87)

Esta es la imagen que san José de Calasanz se formó del sacerdote y la que deseaba ir grabando en sus hijos. Los tiempos han cambiado y la fuerza de las intenciones han podido variar y desplazar el acento de un elemento a otro. Pueden existir facetas que hayan salido a la superficie después, y otras que hayan perdido el esplendor antiguo. No obstante todo, seguirá siendo válida la preocupación que tenía el Fundador por los sacerdotes; hoy también el sacerdote es un arrancado de entre los hombres, que viene a ser servidor de ellos en lo que se refiere a Dios, para seguir ofreciendo dones y sacrificios por los pecadores; sigue siendo verdad que él se ve rodeado de mal, mal que lo siente grabado en su carne de pecado, y que esto le hace ser comprensivo con los demás. Sigue siendo verdad que este servicio es un don y que hay que aceptarlo de Dios con corazón humilde. Y sigue siendo verdad que Calasanz pensaba así: «A duras penas se encuentran ahora sacerdotes que quieran hacer escuela. Y son más a propósito para educar bien a los alumnos los sacerdotes que los clérigos y hermanos» (88).

 Notas

 

1. Reg. Cal. plúteo 14, doc. 62-6.

2. Pueden verse los artículos del P.José Poch
    en
Analecta Calasanctiana.

3. EP 898 (152). Cf. EP 899 (153).

4. EP 3055 (447).

5. EP 2118.

6. EP 826 (146).

7. EP 899 (153).

8. EP 1961 (317).

9. Cf. EP 1484.

10. EP 1961 (317).

11. EP 2457 (3801.

12. EP 3860 (567).

13. EP 2683 (400).

14. EP 4458 (680).

15. EP 4453 (677).

16. EP 1705. Cf. EP 2455.

17. EP 1468 (242).

18. EP 1627 (254).

19. EP 2205 (338).

20. EP 1353 (224).

21. EP 1350 (222).

22. EP 3706 (540).

23. EP 3647. Cf. EP 3669 (530).

24. EP 3683. Cf. EP 3669 (530), 3706 (540),
     2954.

25. EP 3621 (528).

26. Cf. CC 56.

27. Cf. CC 61.

28. EP 1286 (210).

29. EP 1759 (271).

30. CC 325.

31. EP 1410 (236).

32. EP 1415 (237).

33. EP 2947 (428).

34. EP 2263.

35. EP 3678.

36. EP 3904.

37. EP 1724.

38. EP 1588. Cf. EP 1193 (189).

39. EP 1928 (305).

40. EP 1932. Cf. EP 3832, 1588.

41. EP 3677 (533).

42. EP 4572 (694).

43. EP 1472.

44. EP 1193 (189). Cf. EP 1436, 2705.

45. EP 3026.

46. Cf. La experiencia religiosa de
     Calasanz, Salamanca 1979, PD.83-84.

47. EP 3127.

48. EP 3114 (460).

49. EP 3125 (465).

50. EP 2798 (409).

51. EP 3672 (531).

52. EP 1948.

53. EP 4572 (694).

54. EP 1948.

55. EP 1588.

56. EP 3706 (540).

57. EP 1724.

58. EP 4572 (694).

59. EP 3621 (528).

60. EP 2835 (412).

61. EP 2433 (376). Cf. EP 202.

62. EP 2083 (324).

63. EP 1129.

64. EP 2197.

65. EP 1932.

66. Cf. CC 58.

67. Cf. EP 301.

68. Cf. EP 604 (114), 459.

69. Cf. EP 453.

70. Cf. EP 547 (93).

71. Cf. EP 304.

72. Cf. EP 950.

73. EP 3008, 1263,2068 (170).

74. Cf. EP 1077.

75. Cf. interpretación del hecho en
     La experiencia religiosa de Calasanz,
    
Salamanca 1979, p. 71-74.

76. EP 2623.

77. EP 2577 (389).

78. CC 333.

79. Cf. EP 1523.

80. Cf. EP 3112 (458).

81. Cf. EP 2908.

82. Cf. EP 2968 (430).

83. Cf. EP 591 (109).

84. Cf. EP 143 (42).

85. Cf. EP 2276 (348).

86. EP 2646 (397).

87. EP 2602 (393).

88. EP 2811.