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¿Cómo
habrá de ser y comportarse el sacerdote de mañana, para corresponder
de
algún modo a lo que le exige su misión? Creo que, sin tener dotes
de profeta, se puede responder así: habrá de ser en mucha menor
medida que hoy el funcionario al servicio de una institución
religiosa, que por sí misma se impone y afirma en virtud de su poder
social. No se habrá de acreditar a sí mismo por medio de la Iglesia,
sino la Iglesia por medio de él. No podrá emplear su ministerio para
fundamentar su prestigio social; por el contrarío, él es quien, en
lugar de servirse de él, deberá acreditarlo como válido y
ratificarlo por la prueba del espíritu y de la fuerza, por la
vitalidad original de su experiencia de lo divino. No podrá ser un
mero empleado que cumpla una función social en la Iglesia, como si
se tratara de un oficio civil con obligaciones bien reguladas, para
poder ser además y al margen de ello - por fin - un ciudadano
privado, cuya vida «no importa a nadie». Es preciso que sea un
creyente, que espera y ama, por una experiencia totalmente original
e irreductible. Su oficio no se aprende con humana solicitud, y si
lo consideramos a su verdadera luz, con todas las implicaciones que
lleva consigo y exige, no es siquiera comunicable por completo por
el opus operatum de la imposición de las manos. Es un carisma, con
mayor razón que el de un sabio o un poeta, un carisma que se debe
vivir y ejercer incluso en el orden socio-eclesiástico, más aún en
el orden social profano, si bien en una forma que hoy no está exenta
de cambio. La vida del sacerdote ha de ser empleada en su
ministerio, su oficio ha de seguir identificado con su vida, cuando
ya no sea posible ejercerlo en sentido social, de la misma forma que
distinguimos entre músicos en sentido propio y músicos a los que así
llamamos por extensión, pues los unos son músicos porque viven de la
música y los otros lo siguen siendo aunque se mueran de hambre por
ella.
El
sacerdote del mañana habrá de ser un hombre en el que encuentren
acceso los hombres maduros, aunque la sociedad civil se niegue a
entregarle los niños. Será un hombre, que sienta de veras las
pesadas tinieblas de la existencia con todos sus hermanos y
hermanas, pero sin olvidar que tales tinieblas tienen al tiempo su
primer principio y su feliz consumación en el misterio de aquel amor
que triunfa por medio de la incomprensibilidad de la cruz.
Finalmente, el sacerdote del mañana, será -o no será sacerdote- un
hombre capaz de escuchar, un hombre para el cual sea importante cada
hombre en concreto, aunque no signifique nada en el orden político y
social. Será un hombre a quien uno pueda confiarse, que cometa la
saludable estupidez, o al menos lo procure, de llevar no solamente
sus cargas, sino también las de los otros: será un hombre, que aun
teniendo los medios para ello y sin ser un miserable, no se deje
arrastrar por los demás a la caza desesperada y neurótica del
dinero, el placer y el resto de los calmantes con que se adormece la
espantosa decepción de la existencia, sino que demostrará por medio
de su vida, que la renuncia espontánea en el amor del Crucificado es
posible y liberadora.
El
sacerdote del mañana no será un hombre investido de poder, en virtud
del poder social de la Iglesia, sino el hombre que tendrá el valor
de ser impotente precisamente porque la Iglesia, carece de tal
poder; un hombre convencido de que la vida viene de la
muerte y el
amor, el desinterés, lo que nos habla de la cruz y la gracia de Dios
tienen poder suficiente para procurarnos lo único que importa, a
saber, que un hombre pueda entregarse de buen grado a la
incomprensibilidad de su existencia, por la fe y la esperanza en que
su existencia está gobernada por la incomprensibilidad de Dios, en
quien reside la salvación y el amor indulgente que se comunica a sí
mismo. El sacerdote de mañana será un hombre, cuyo oficio apenas
tendrá justificación en el orden profano, porque lo que pudiera
tener de éxito se perderá continuamente en el misterio de Dios, y él
mismo no será precisamente un psiquiatra vestido con los atuendos
trasnochados del mago. Hablará suave, y no se sentirá capaz de
disipar patéticamente las tinieblas de la vida y las perennes
tribulaciones de !a fe; dejará resignado que triunfe Dios donde él
ha cosechado una derrota, y seguirá viendo actuar a la gracia de
Dios cuando él mismo no sea ya capaz de hacer con su palabra y
sacramento, que sea aceptada precisamente por medio de ellos; no
calculará el poder de la gracia por las cifras que arrojan las
estadísticas de los que se confiesan, y. sin embargo, se sentirá
asumido para el servicio de Dios y para su misión, aunque haya
llegado a la convicción de que la misericordia de Dios puede seguir
su obra sin contar con él.
En
una palabra, el sacerdote del mañana habrá de ser un hombre con el
corazón traspasado, el único que puede proporcionarle la energía
necesaria para su misión. Con el corazón traspasado: traspasado por
la existencia sin Dios, traspasado por la locura del amor,
traspasado por la falta de éxito, traspasado por la experiencia de
la propia miseria y de su radical incertidumbre, pero convencido de
que únicamente tal corazón puede proporcionar la energía para
cumplir la misión; y convencido también de que ni la autoridad
inherente al ministerio, ni la validez objetiva de la palabra, ni la
eficacia del opus operatum de los sacramentos, podrán convertirse en
el suceso salvador por medio de la gracia de Dios, si no llegan al
hombre a través del medio inefable de un corazón traspasado. Y digo
que es un hombre con el corazón traspasado, porque debe llevar a los
hombres al centro más íntimo de su existencia, por tanto a la raíz
del corazón, y no estará en condiciones de hacerlo, si él mismo no
ha encontrado su propio corazón, porque este centro de la
existencia, es decir, el corazón, solamente podrá ser encontrado por
él y por los otros, a condición de que se acepte que está
traspasado, pero por la incomprensibilidad del amor, que ha tenido a
bien triunfar exclusivamente en la muerte.
Naturalmente,
hay razón para decir que así ha de ser el sacerdote en todas las
épocas y que así ha de entenderse a sí mismo. Pero precisamente esto
que de tal
forma es siempre esencial al sacerdote, se hace ahora y
se hará mañana más patente y se exigirá con mayor apremio de la
decisión del sacerdote, pues el sacerdocio será cada vez en menor
grado una magnitud evidente en sí y de tipo social, y deberá ser
ejercido cada vez en mayor grado en la diáspora de la incredulidad,
de la insignificancia de la Iglesia en el orden social, de la falta
de comprensión para Dios en el mundo. Y lo que se trata de saber,
es si no se habrá de perder aún mucho en el futuro de lo que
actualmente constituye el estatuto social del sacerdote, aunque esto
no quiere decir que lo que esperamos para el futuro, coincida, por
lo que hace a este estatuto, con lo que nosotros mismos procuramos
ya ahora activamente o con lo que debemos fomentar. Pero, en todo
caso, es cierto que la era constantiniana está tocando a su fin, no
solamente para la Iglesia en general, sino también para cada uno de
los sacerdotes en concreto. El sacerdote ya no ejerce su misión en
un pequeño estado-iglesia, ya no es una especie de papa en su
feligresía, ya no cuenta indiscutido entre los más honorables, que
manejan prerrogativas y prestigios sociales. Poco a poco se ve
reducido a lo que debe ser: el hombre de Dios, el homo religiosus,
que cree, espera y ama. Por su misma situación, se le pregunta si
es realmente lo que debe ser, el hombre del corazón traspasado,
corazón que es el verdadero triunfo de Dios y fuente del Espíritu, y
la verdadera fuerza de su misión y de su credibilidad.
Y
cuando el sacerdote de mañana -que ha de ser así, y por serlo, será
también radicalmente por la gracia de Dios- se vea continuamente
llevado al límite, e inquiera lleno de cuidado, dónde podrá
encontrar lo que él no tiene de si, dónde le será dado ver una y
otra vez, su sencillez arquetípica, lo que ha de hacer de si mismo,
no tendrá más que un recurso: volverse al Señor a quien sirve, poner
su vista en el que traspasaron y rendir culto al corazón traspasado
de Jesucristo.
Pero,
antes de intentar esclarecer un poco más lo que acabamos de decir,
recordemos de nuevo las dos limitaciones que aducimos a nuestra
proposición anterior. Recordemos también lo que ya sabemos, es
decir, que el “corazón” es un concepto fundamental en la Sagrada
Escritura; que esta palabra es un término raíz que sirve para
expresar el centro original del hombre en cuanto éste es visto por
Dios en su unidad y realidad total; que no hablamos del corazón en
sentido metafísico, como si fuera una idea abstracta tomada, por
traslación artificial, de un órgano fisiológico, sino que nos
referimos desde el comienzo a este centro del hombre, en el que mora
y se cumple su eternidad; además, que el hombre necesita de estos
términos, radicales y primigenios, evocadores de estas ideas
arquetípicas, si no quiere agostarse en la sequedad racionalista y
limitar su saber acerca del misterio de su existencia a lo que de
ella puede decir explícitamente en conceptos, lo que equivaldría a
no saber en resumen nada de él, porque los conceptos habrían perdido
así su virtualidad para remitir a algo que los trasciende, a una
experiencia más original, en la que vienen dados el mismo hombre,
Dios y su espíritu precisamente en el corazón; que para poder hablar
de devoción al corazón de Jesús, es esencial referirse al corazón
del Señor, pero que no es esencial convertir el corazón del Señor,
en cuanto tal, en término al que directamente se dirigen las
súplicas e invocaciones del culto, sino que basta -y si hay riesgo
de extravagancias sentimentales sería mejor- invocar al Señor “en
su corazón”, buscarle y amarle “con los ojos puestos en su corazón”.
Supuestas
pues, las dos limitaciones señaladas, y supuesto también lo que
acabamos de decir, podemos añadir ahora: el sacerdote del mañana
encontrará su
propia realidad en cuanto tal, si se fija en el
corazón del Señor. Es el corazón que ha tomado sobre sí la tiniebla
del mundo y sus culpas; el corazón que encomendó en las manos del
Padre incluso su sentimiento de abandono por parte de Dios; el
corazón que no quiso más poder que el amor indulgente; el corazón
que fue traspasado, y de esta forma se convirtió en fuente de todo
espíritu. Este es el corazón del mundo, el centro en que Dios y el
mundo, la eternidad y el tiempo, la vida y la muerte, la palabra de
Dios y la respuesta del hombre se hicieron uno, ni separados ni
confundidos; el centro en que la unidad substancial, llamada unión
hipostática, se vertió a suceso existencial y de esta forma cubrió
su último sentido y llegó a su plenitud propia. En él están unidas y
reconciliadas en el origen todas las realidades de la Palabra
encarnada del Padre, y por lo mismo el incalculable cúmulo de
múltiples experiencias a que llegamos en él y con él. Al hablar del
corazón de Jesús, evocamos aquel centro radicalmente unificador
-incomprensible al tiempo que evidente- que se explícita en la
historia de Jesús de Nazaret, y en ella se realiza, el que confiere
su sentido a esta historia y a cada acontecimiento que en ella se
cumple, el sentido de Dios, de su incomprensibilidad, de su amor, de
la vida, que se encuentra a sí misma por medio de la muerte.
Este
corazón, pues, no es “dulce”, sino terrible. Terrible en su
tenebrosa angustia de muerte, terrible por e! incomprensible
misterio del amor, en el que Dios se entregó a sí mismo a su
creación, a sus culpas y a su vaciedad; terrible en lo incondicional
de las exigencias que nos plantea y con las que nos asume en su
propio destino; terrible por la confianza con que corresponde a
nuestra falta de seguridad. Y si este corazón es “dulce” lo será por
la santa madurez del amor que triunfó en la muerte, y que sólo
alcanza a comprender el que con él ha pasado por su terrible sino.
Con este corazón traspasado ha de tropezar el sacerdote de mañana.
No
crean ustedes que esta devoción al corazón de Jesús ha pasado de
moda y pertenece a un tipo de piedad, que ya es de ayer. ¿Qué es lo
pasado de moda? ¿Qué
es moderno? El Cristiano verdaderamente
moderno, no es el que practica un efímero inconformismo frente al
pasado y cae víctima del hoy, el que sólo lo superficial tiene por
futuro, sino el que conserva lo antiguo y anticipa realmente lo
futuro. En lo que a menudo parecía antiguo, se ha anticipado muchas
veces el futuro en la Iglesia, antes de hacerse visible a todos.
Quien en pleno apogeo del individualismo ingenuo, tenía el valor de
mantener una auténtica piedad eclesial, anticipaba la época que
ahora comienza a alborear; el que en la escuela, de san Ignacio
hacía auténticos ejercicios de elección, tomaba por adelantado el
auténtico existencialismo teológico de la decisión solitaria, un
existencialismo que tal vez no aparezca hasta mañana. Los que van en
solitario y los decididos por cuenta propia, los que encuentran en
el ayer lo del mañana, son los verdaderos portadores del hoy. Y lo
mismo puede suceder con la veneración al corazón de Jesús. Es una
devoción que en el fondo tiene poco que ver con el barroco. Ni
tampoco se reduce a ser el lujo de una introversión religiosa
dedicada al cuidado de la propia alma, un lujo que resulta ya
extraño a nuestra mezquina época, en el fondo tan amenazada.
Aquí
es objeto de culto el corazón que se olvidó de si mismo en la mortal
soledad de nuestra culpa y en la tremenda incomprensibilidad de
Dios, y de esta forma se confió a la sobria trivialidad del cada día
en el pesado servicio de la confirmación diaria. En el tronco del
barroco nació únicamente la semilla, que cae hoy en la tierra y
muere y mañana da fruto: los frutos de la capacidad de decisión del
corazón solitario, el fruto de la fe en medio de la incredulidad, el
fruto de la experiencia de Dios en medio de un mundo que exclama,
ligero o preocupado: “Dios ha muerto”; el fruto del amor mutuo, que
es muy otra cosa que los cálculos sagaces y oprimentes de todos Ios
egoísmos; el fruto de la locura de la cruz y del valor de morir en
medio de un mundo convencido de que ha superado la muerte porque
lleva a los moribundos a los hospitales y cree haber creado vida en
cuanto prolonga la agonía. El corazón del hombre será siempre un
país desconocido, que sólo el futuro se encarga de descubrir; el
primer comienzo, al que no hemos llegado todavía. Y por este motivo,
el comprender lo que significa el corazón de Jesús en fe, esperanza
y amor equivale a una aventura única, interminable y siempre nueva,
que no llegará a término mientras no se haya llegado al propio
corazón, y se haya visto que esta tremenda fosa está cubierta, a
pesar de todo, por Dios. Esto vale para cada uno y vale también para
la situación presente en su conjunto.
No
es posible inducir a nadie a que tome la decisión de practicar la
devoción al corazón de Jesús, por medio de tan abstractas
consideraciones de índole filosófíco- histórica e
histórico-teológica, y más difícil sería aún preparar en la retorta
de la teología la gracia y el carisma de tal devoción. Lo más que se
puede hacer, es centrar la atención sobre el problema -que cada cual
ha de responder por su cuenta - de si no habrá en la realidad algo
que responda a lo que queremos decir cuando nos expresamos así, algo
que proceda del núcleo más íntimo de la existencia, pues lo que aquí
expresamos será imposible de entender mientras no sea la gracia
quien proporcione al hombre, con su poder, el fundamento al que se
refieren estas palabras. Pero el que tenga el valor de experimentar
esta gracia, es decir, el valor de retirarse a la soledad del
corazón, el valor de ser fiel, de tener una conciencia ajena a la
recompensa, el valor de amar al más extraño como si fuera su
prójimo, descubrirá su mísero corazón, comenzará a comprender lo
que realmente se expresa al hablar del corazón. Y si el tal se
dirige confiado y suplicante, con amor y esperanza a su señor, al
Hijo del hombre, para ver en él el ejemplar según el cual ha sido
creado él mismo, a cuya imitación ha sido llamado, notará luego de
repente y con santo temor, cómo, guiado él mismo por la experiencia
del propio corazón, invoca a este su Señor en su propio corazón.
Notará que se le ofrece la gracia de la devoción al corazón de
Jesús. Y la aceptará, y se esforzará por hacer que crezca,
discretamente, sin emplear pomposamente palabrería piadosa, sin
ignorar el inevitable pluralismo, tan propio de seres creados
incluso en la vida espiritual, que ha de emplearse en multitud de
ejercicios para procurar lo único que importa al fin. Notará que la
retraída sobriedad en el estilo de piedad reinante hoy, forma
precisamente ese ámbito de silencio y soledad en el que crecen la
sobria embriaguez del espíritu, el dolor, ardiente y dichoso, del
amor a Dios y el misterio del morir con el Crucificado, abandonado
por su Padre. Pondrá sus ojos en Aquél, a quien también él ha
traspasado, y notará las heridas, que este Traspasado le ha
infligido a él en su ser más íntimo. Tal vez se espante y huya
entonces, sin hacerse a ella, de la monótona rutina del funcionario
eclesiástico, y el temor de ser infiel algún día a la gracia y a su
verdadera misión, puede traspasar su corazón; huirá de sí mismo y
se refugiará en el único que constituye nuestro futuro y nuestra
esperanza y se dirigirá a Cristo para pedirle: Dame, Señor, la
gracia de ser en tu corazón el hombre con el corazón traspasado,
única forma de ser tu sacerdote.
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