.

EL SACERDOTE DEL MAÑANA

Kart Rahner (de su libro SIERVOS DE CRISTO. Herder)

   

¿Cómo habrá de ser y comportarse el sacerdote de mañana, para corresponder de algún modo a lo que le exige su misión? Creo que, sin tener dotes de profeta, se puede responder así: habrá de ser en mucha menor medida que hoy el funcionario al servicio de una institución religiosa, que por sí misma se impone y afirma en virtud de su poder social. No se habrá de acreditar a sí mismo por medio de la Iglesia, sino la Iglesia por medio de él. No podrá emplear su ministerio para fundamentar su prestigio social; por el contrarío, él es quien, en lugar de servirse de él, deberá acreditarlo como válido y ratificarlo por la prueba del espíritu y de la fuerza, por la vitalidad original de su experiencia de lo divino. No podrá ser un mero empleado que cumpla una función social en la Iglesia, como si se tratara de un oficio civil con obligaciones bien reguladas, para poder ser además y al margen de ello - por fin - un ciudadano privado, cuya vida «no importa a nadie». Es preciso que sea un creyente, que espera y ama, por una experiencia totalmente original e irreductible. Su oficio no se aprende con humana solicitud, y si lo consideramos a su verdadera luz, con todas las implicaciones que lleva consigo y exige, no es siquiera comunicable por completo por el opus operatum de la imposición de las manos. Es un carisma, con mayor razón que el de un sabio o un poeta, un carisma que se debe vivir y ejercer incluso en el orden socio-eclesiástico, más aún en el orden social profano, si bien en una forma que hoy no está exenta de cambio. La vida del sacerdote ha de ser empleada en su ministerio, su oficio ha de seguir identificado con su vida, cuando ya no sea posible ejercerlo en sentido social, de la misma forma que distinguimos entre músicos en sentido propio y músicos a los que así llamamos por extensión, pues los unos son músicos porque viven de la música y los otros lo siguen siendo aunque se mueran de hambre por ella.

El sacerdote del mañana habrá de ser un hombre en el que encuentren acceso los hombres maduros, aunque la sociedad civil se niegue a entregarle los niños. Será un hombre, que sienta de veras las pesadas tinieblas de la existencia con todos sus hermanos y hermanas, pero sin olvidar que tales tinieblas tienen al tiempo su primer principio y su feliz consumación en el misterio de aquel amor que triunfa por medio de la incomprensibilidad de la cruz. Finalmente, el sacerdote del mañana, será -o no será sacerdote- un hombre capaz de escuchar, un hombre para el cual sea importante cada hombre en concreto, aunque no signifique nada en el orden político y social. Será un hombre a quien uno pueda confiarse, que cometa la saludable estupidez, o al menos lo procure, de llevar no solamente sus cargas, sino también las de los otros: será un hombre, que aun teniendo los medios para ello y sin ser un miserable, no se deje arrastrar por los demás a la caza desesperada y neurótica del dinero, el placer y el resto de los calmantes con que se adormece la espantosa decepción de la existencia, sino que demostrará por medio de su vida, que la renuncia espontánea en el amor del Crucificado es posible y liberadora.

El sacerdote del mañana no será un hombre investido de poder, en virtud del poder social de la Iglesia, sino el hombre que tendrá el valor de ser impotente precisamente porque la Iglesia, carece de tal poder; un hombre convencido de que la vida viene de la muerte y el amor, el desinterés, lo que nos habla de la cruz y la gracia de Dios tienen poder suficiente para procurarnos lo único que importa, a saber, que un hombre pueda entregarse de buen grado a la incomprensibilidad de su existencia, por la fe y la esperanza en que su existencia está gobernada por la incomprensibilidad de Dios, en quien reside la salvación y el amor indulgente que se comunica a sí mismo. El sacerdote de mañana será un hombre, cuyo oficio apenas tendrá justificación en el orden profano, porque lo que pudiera tener de éxito se perderá continuamente en el misterio de Dios, y él mismo no será precisamente un psiquiatra vestido con los atuendos trasnochados del mago. Hablará suave, y no se sentirá capaz de disipar patéticamente las tinieblas de la vida y las perennes tribulaciones de !a fe; dejará resignado que triunfe Dios donde él ha cosechado una derrota, y seguirá viendo actuar a la gracia de Dios cuando él mismo no sea ya capaz de hacer con su palabra y sacramento, que sea aceptada precisamente por medio de ellos; no calculará el poder de la gracia por las cifras que arrojan las estadísticas de los que se confiesan, y. sin embargo, se sentirá asumido para el servicio de Dios y para su misión, aunque haya llegado a la convicción de que la misericordia de Dios puede seguir su obra sin contar con él.

En una palabra, el sacerdote del mañana habrá de ser un hombre con el corazón traspasado, el único que puede proporcionarle la energía necesaria para su misión. Con el corazón traspasado: traspasado por la existencia sin Dios, traspasado por la locura del amor, traspasado por la falta de éxito, traspasado por la experiencia de la propia miseria y de su radical incertidumbre, pero convencido de que únicamente tal corazón puede proporcionar la energía para cumplir la misión; y convencido también de que ni la autoridad inherente al ministerio, ni la validez objetiva de la palabra, ni la eficacia del opus operatum de los sacramentos, podrán convertirse en el suceso salvador por medio de la gracia de Dios, si no llegan al hombre a través del medio inefable de un corazón traspasado. Y digo que es un hombre con el corazón traspasado, porque debe llevar a los hombres al centro más íntimo de su existencia, por tanto a la raíz del corazón, y no estará en condiciones de hacerlo, si él mismo no ha encontrado su propio corazón, porque este centro de la existencia, es decir, el corazón, solamente podrá ser encontrado por él y por los otros, a condición de que se acepte que está traspasado, pero por la incomprensibilidad del amor, que ha tenido a bien triunfar exclusivamente en la muerte.

Naturalmente, hay razón para decir que así ha de ser el sacerdote en todas las épocas y que así ha de entenderse a sí mismo. Pero precisamente esto que de tal forma es siempre esencial al sacerdote, se hace ahora y se hará mañana más patente y se exigirá con mayor apremio de la decisión del sacerdote, pues el sacerdocio será cada vez en menor grado una magnitud evidente en sí y de tipo social, y deberá ser ejercido cada vez en mayor grado en la diáspora de la incredulidad, de la insignificancia de la Iglesia en el orden social, de la falta de comprensión para Dios en el mundo. Y lo que se trata de saber, es si no se habrá de perder aún mucho en el futuro de lo que actualmente constituye el estatuto social del sacerdote, aunque esto no quiere decir que lo que esperamos para el futuro, coincida, por lo que hace a este estatuto, con lo que nosotros mismos procuramos ya ahora activamente o con lo que debemos fomentar. Pero, en todo caso, es cierto que la era constantiniana está tocando a su fin, no solamente para la Iglesia en general, sino también para cada uno de los sacerdotes en concreto. El sacerdote ya no ejerce su misión en un pequeño estado-iglesia, ya no es una especie de papa en su feligresía, ya no cuenta indiscutido entre los más honorables, que manejan prerrogativas y prestigios sociales. Poco a poco se ve reducido a lo que debe ser: el hombre de Dios, el homo religiosus, que cree, espera y ama. Por su misma situación, se le pre­gunta si es realmente lo que debe ser, el hombre del corazón traspasado, corazón que es el verdadero triunfo de Dios y fuente del Espíritu, y la verdadera fuerza de su misión y de su credibilidad.

Y cuando el sacerdote de mañana -que ha de ser así, y por serlo, será también radicalmente por la gracia de Dios- se vea continuamente llevado al límite, e inquiera lleno de cuidado, dónde podrá encontrar lo que él no tiene de si, dónde le será dado ver una y otra vez, su sencillez arquetípica, lo que ha de hacer de si mismo, no tendrá más que un recurso: volverse al Señor a quien sirve, poner su vista en el que traspasaron y rendir culto al corazón traspasado de Jesucristo.

Pero, antes de intentar esclarecer un poco más lo que acabamos de decir, recordemos de nuevo las dos limitaciones que aducimos a nuestra proposición anterior. Recordemos también lo que ya sabemos, es decir, que el “corazón” es un concepto fundamental en la Sagrada Es­critura; que esta palabra es un término raíz que sirve para expresar el centro original del hombre en cuanto éste es visto por Dios en su unidad y realidad total; que no hablamos del corazón en sentido metafísico, como si fuera una idea abstracta tomada, por traslación artificial, de un órgano fisiológico, sino que nos referimos desde el comienzo a este centro del hombre, en el que mora y se cumple su eternidad; además, que el hombre necesita de estos términos, radicales y primigenios, evocadores de estas ideas arquetípicas, si no quiere agostarse en la sequedad racionalista y limitar su saber acerca del misterio de su existencia a lo que de ella puede decir explícitamente en conceptos, lo que equivaldría a no saber en resumen nada de él, porque los conceptos habrían perdido así su virtualidad para remitir a algo que los trasciende, a una experiencia más original, en la que vienen dados el mismo hombre, Dios y su espíritu precisamente en el corazón; que para poder hablar de devoción al corazón de Jesús, es esencial referirse al corazón del Señor, pero que no es esencial convertir el corazón del Señor, en cuanto tal, en término al que directamente se dirigen las súplicas e invocaciones del culto, sino que basta -y si hay riesgo de extravagancias sentimentales sería mejor- invocar al Señor “en  su corazón”, buscarle y amarle “con los ojos puestos en su corazón”.

Supuestas pues, las dos limitaciones señaladas, y supuesto también lo que acabamos de decir, podemos añadir ahora: el sacerdote del mañana encontrará su propia realidad en cuanto tal, si se fija en el corazón del Señor. Es el corazón que ha tomado sobre sí la tiniebla del mundo y sus culpas; el corazón que encomendó en las manos del Padre incluso su sentimiento de abandono por parte de Dios; el corazón que no quiso más poder que el amor indulgente; el corazón que fue traspasado, y de esta forma se convirtió en fuente de todo espíritu. Este es el corazón del mundo, el centro en que Dios y el mundo, la eternidad y el tiempo, la vida y la muerte, la palabra de Dios y la respuesta del hombre se hicieron uno, ni separados ni confundidos; el centro en que la unidad substancial, llamada unión hipostática, se vertió a suceso existencial y de esta forma cubrió su último sentido y llegó a su plenitud propia. En él están unidas y reconciliadas en el origen todas las realidades de la Palabra encarnada del Padre, y por lo mismo el incalculable cúmulo de múltiples experiencias a que llegamos en él y con él. Al hablar del corazón de Jesús, evocamos aquel centro radicalmente unificador -incomprensible al tiempo que evidente- que se explícita en la historia de Jesús de Nazaret, y en ella se realiza, el que confiere su sentido a esta historia y a cada acontecimiento que en ella se cumple, el sentido de Dios, de su incomprensibilidad, de su amor, de la vida, que se encuentra a sí misma por medio de la muerte.

Este corazón, pues, no es “dulce”, sino terrible. Terrible en su tenebrosa angustia de muerte, terrible por e! incomprensible misterio del amor, en el que Dios se entregó a sí mismo a su creación, a sus culpas y a su vaciedad; terrible en lo incondicional de las exigencias que nos plantea y con las que nos asume en su propio destino; terrible por la confianza con que corresponde a nuestra falta de seguridad. Y si este corazón es “dulce” lo será por la santa madurez del amor que triunfó en la muerte, y que sólo alcanza a comprender el que con él ha pasado por su terrible sino. Con este corazón traspasado ha de tropezar el sacerdote de mañana.

No crean ustedes que esta devoción al corazón de Jesús ha pasado de moda y pertenece a un tipo de piedad, que ya es de ayer. ¿Qué es lo pasado de moda? ¿Qué es moderno? El Cristiano verdaderamente moderno, no es el que practica un efímero inconformismo frente al pasado y cae víctima del hoy, el que sólo lo superficial tiene por futuro, sino el que conserva lo antiguo y anticipa realmente lo futuro. En lo que a menudo parecía antiguo, se ha anticipado muchas veces el futuro en la Iglesia, antes de hacerse visible a todos. Quien en pleno apogeo del individualismo ingenuo, tenía el valor de mantener una auténtica piedad eclesial, anticipaba la época que ahora comienza a alborear; el que en la escuela, de san Ignacio hacía auténticos ejercicios de elección, tomaba por adelantado el auténtico existencialismo teológico de la deci­sión solitaria, un existencialismo que tal vez no aparezca hasta mañana. Los que van en solitario y los decididos por cuenta propia, los que encuentran en el ayer lo del mañana, son los verdaderos portadores del hoy. Y lo mismo puede suceder con la veneración al corazón de Jesús. Es una devoción que en el fondo tiene poco que ver con el barroco. Ni tampoco se reduce a ser el lujo de una introversión religiosa dedicada al cuidado de la propia alma, un lujo que resulta ya extraño a nuestra mezquina época, en el fondo tan amenazada.

Aquí es objeto de culto el corazón que se olvidó de si mismo en la mortal soledad de nuestra culpa y en la tremenda incomprensibilidad de Dios, y de esta forma se confió a la sobria trivialidad del cada día en el pesado servicio de la confirmación diaria. En el tronco del barroco nació únicamente la semilla, que cae hoy en la tierra y muere y mañana da fruto: los frutos de la capacidad de decisión del corazón solitario, el fruto de la fe en medio de la incredulidad, el fruto de la experiencia de Dios en medio de un mundo que exclama, ligero o preocupado: “Dios ha muerto”; el fruto del amor mutuo, que es muy otra cosa que los cálculos sagaces y oprimentes de todos Ios egoísmos; el fruto de la locura de la cruz y del valor de morir en medio de un mundo convencido de que ha superado la muerte porque lleva a los moribundos a los hospitales y cree haber creado vida en cuanto prolonga la agonía. El corazón del hombre será siempre un país desconocido, que sólo el futuro se encarga de descubrir; el primer comienzo, al que no hemos llegado todavía. Y por este motivo, el comprender lo que significa el corazón de Jesús en fe, esperanza y amor equivale a una aventura única, interminable y siempre nueva, que no llegará a término mientras no se haya llegado al propio corazón, y se haya visto que esta tremenda fosa está cubierta, a pesar de todo, por Dios. Esto vale para cada uno y vale también para la situación presente en su conjunto.

No es posible inducir a nadie a que tome la decisión de practicar la devoción al corazón de Jesús, por medio de tan abstractas consideraciones de índole filosófíco-histórica e histórico-teológica, y más difícil sería aún preparar en la retorta de la teología la gracia y el carisma de tal devoción. Lo más que se puede hacer, es centrar la atención sobre el problema -que cada cual ha de responder por su cuenta - de si no habrá en la realidad algo que responda a lo que queremos decir cuando nos expresamos así, algo que proceda del núcleo más íntimo de la existencia, pues lo que aquí expresamos será imposible de entender mientras no sea la gracia quien proporcione al hombre, con su poder, el fundamento al que se refieren estas palabras. Pero el que tenga el valor de experimentar esta gracia, es decir, el valor de retirarse a la soledad del corazón, el valor de ser fiel, de tener una conciencia ajena a la recompensa, el valor de amar al más extraño como si fuera su prójimo, descubrirá su mísero corazón, co­menzará a comprender lo que realmente se expresa al hablar del corazón. Y si el tal se dirige confiado y suplicante, con amor y esperanza a su señor, al Hijo del hombre, para ver en él el ejemplar según el cual ha sido creado él mismo, a cuya imitación ha sido llamado, notará luego de repente y con santo temor, cómo, guiado él mismo por la experiencia del propio corazón, invoca a este su Señor en su propio corazón. Notará que se le ofrece la gracia de la devoción al corazón de Jesús. Y la aceptará, y se esforzará por hacer que crezca, discretamente, sin emplear pomposamente palabrería piadosa, sin ignorar el inevitable pluralismo, tan propio de seres creados incluso en la vida espiritual, que ha de emplearse en multitud de ejercicios para procurar lo único que importa al fin. Notará que la retraída sobriedad en el estilo de piedad rei­nante hoy, forma precisamente ese ámbito de silencio y soledad en el que crecen la sobria embriaguez del espíritu, el dolor, ardiente y dichoso, del amor a Dios y el misterio del morir con el Crucificado, abandonado por su Padre. Pondrá sus ojos en Aquél, a quien también él ha traspasado, y notará las heridas, que este Traspasado le ha infligido a él en su ser más íntimo. Tal vez se espante y huya entonces, sin hacerse a ella, de la monótona rutina del funcionario eclesiástico, y el temor de ser infiel algún día a la gracia y a su verdadera misión, puede tras­pasar su corazón; huirá de sí mismo y se refugiará en el único que constituye nuestro futuro y nuestra esperanza y se dirigirá a Cristo para pedirle: Dame, Señor, la gracia de ser en tu corazón el hombre con el corazón traspasado, única forma de ser tu sacerdote.