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  TESTIMONIO DE MI SACERDOCIO ESCOLAPIO

Fernando Gallo, Sch. P.

 
 

Fernando Gallo, sacerdote escolapio. Así me siento y así me presento siempre. Cuando alguien desconoce a los escolapios, les digo que soy sacerdote educador. Nunca, en ninguna circunstancia, he ocultado mi identidad, nunca he pensado en ser otra cosa que sacerdote escolapio.

Desde muy niño he querido ser sacerdote escolapio, queriendo imitar a mi tío, el Padre escolapio Valentín Gallo. Cuando estudiaba en el Colegio San Antonio de los Maristas de Burgos, en Primaria, aquellos estupendos Hermanos me querían llevar a su Postulantado, junto a la Cartuja de Miraflores, y yo les decía que no, que quería ser sacerdote escolapio, no sólo maestro.

En los años inquietos y difíciles de los Junioratos de Albelda y Salamanca, después del Concilio Vaticano II, cuando tantos compañeros excelentes dejaban el Seminario y cantábamos con José Feliciano aquella canción “¿Que será de mi vida, qué será?… Ya mis amigos se fueron casi todos…”, yo pedía al Señor que me mantuviera fuerte y feliz en la opción sacerdotal escolapia. Interrumpiendo los estudios de Teología, los dos años de experiencia comunitaria escolapia en la Comunidad del Colegio de Logroño me dieron la suficiente seguridad para pedir la profesión solemne como escolapio y ordenarme sacerdote el dos de Julio de 1972, a los veinticinco años.

En estos casi 38 años de sacerdocio escolapio, la mayor parte de ellos en mi querida Provincia escolapia de Aragón desempeñando diversas responsabilidades, especialmente la de Director de los Colegios de Logroño, Calasancio, Soria y Cristo Rey… me he sentido siempre Sacerdote Educador, y he vivido siempre la responsabilidad conjunta tanto de la pastoral como de la pedagogía. He cuidado tanto la formación religiosa de nuestros alumnos como la cultural, según el lema “Piedad y Letras” de Calasanz, consigna que me parece un acierto como oferta de educación integral para el mejor servicio de las personas y de la sociedad.

La cercanía a los chicos-as en los patios y excursiones, el aprovechar tantas oportunidades como me han ofrecido mis habituales clases de Filosofía, Literatura y Religión para reflexionar sobre los mejores valores y actitudes humanas, la preparación de las horas de formación y tutoría con textos y testimonios interpelantes, las celebraciones religiosas y convivencias con los muchachos, así como las Eucaristías que habitualmente he celebrado los domingos con la gente, en todos las localidades por las que he pasado, me han permitido ser un sacerdote escolapio bastante coherente.

De los aún no cumplidos cuatro años en Bolivia, llevo ya más de tres como Párroco de San Rafael en Cochabamba y, como tal, mucho más entregado a la vocación sacerdotal. Soy responsable de una parroquia tranquila de unas diez mil personas, de nivel económico entre medio y medio bajo, flanqueada por cuatro Unidades Educativas parroquiales, con un total aproximado de mil ochocientos estudiantes, desde kinder hasta la Universidad. Ahora soy el “Padrecito” de la Parroquia y el Director o Coordinador General de esos cuatro Colegios, que tienen cada uno un Director Académico y  unos Planteles Docentes o Claustros de Profesores, lo que me ahorra los trámites administrativos y disciplinarios. Continúo, por lo tanto, como Sacerdote Escolapio con muchas posibilidades pastorales y educativas y me siento bien.

Como sacerdote me preocupa la excesiva religiosidad popular y el escaso compromiso social; la falta de una fe profunda y la despreocupación por la formación religiosa. Como educador me duele la débil educación cultural y en valores que están recibiendo los niños, adolescentes y jóvenes bolivianos, situación agravada por la condición situación familiar tan desestructurada por la emigración, la pobreza, el alcoholismo y otras deficiencias.

Como Párroco, cuido las Celebraciones religiosas, la evangelización y la acción social y caritativa. En el día a día programo catequesis, celebro misas y los diversos sacramentos de la reconciliación, bautismo, matrimonio y unción de enfermos; también atiendo con cariño y respeto a todas las personas que se acercan por la Parroquia y los Colegios, procurando tener siempre palabras y gestos de bondad y afecto para con todos, y muy especialmente hacia los niños y jóvenes, los ancianos y enfermos, los pobres y los que demandan alguna atención.

Si volviera a nacer volvería a ser sacerdote escolapio. Considero mi vida y ministerio sacerdotal como un don de Dios para el servicio a los demás; además poseo muy buena salud, mucha alegría y una gran paz interior. Quiero a la gente y me siento valorado y querido; mi tiempo y las cualidades que Dios me ha dado son para los demás. Por eso doy gracias a Dios por mi vocación y misión sacerdotal escolapia.

Una anécdota final: Hace unas semanas, al comenzar una Misa, un niño de unos cinco años se aparta de su mamá, se me acerca  y me pregunta de un modo espontáneo:

-    ¿Eres Diosito?  (equivalente a Dios, en diminutivo afectivo).

No – le contesté- yo sólo soy el Padrecito.

Y… ¿quién es Diosito?

Diosito es el Señor que está representado en la gran Cruz del altar mayor del templo, el mismo que también está pintado en el cuadro de la Resurrección.- le explico.

Y… ¿eres buenito?

Lo intento cada día; el que es muy bueno es Diosito, Jesús, y su mamá, la Virgen María.

¿No es bonito que el niño confundiera a Dios con un sacerdote, sea yo u otro?

Ojalá todos los sacerdotes representemos dignamente a Cristo, el mejor sacerdote y mediador entre Dios y las personas. 

Fernando Gallo, vuestro hermano y amigo, desde Cochabamba