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UN PROFETA SACERDOTE: JOSÉ DE CALASANZ Apuntes rápidos sobre el sacerdocio de Calasanz Ángel Ayala, Sch. P. |
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Nota para el lector: la presente colaboración nace con deseo de contribuir a la reflexión compartida en las Escuelas Pías sobre la figura y la obra de Calasanz. En ella prima la brevedad y busca ser acicate para completar y rebatir lo que aquí se dice, con el objetivo de suscitar pensamientos en diálogo. Las perspectivas apenas sugeridas a modo de ingredientes, son variadas: la espiritualidad, la historia interior intuida de un hombre en búsqueda, la Palabra bíblica, nuestro hacer en la escuela... que forman parte de la vida escolapia de cada día. Es lo que quieren ser unos “apuntes rápidos” tomados al ritmo de la vida en este año sacerdotal. “Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el campo y sacase un manantial de la tierra para regar la superficie del campo. Entonces el Señor Dios modeló al ser humano de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el ser humano se convirtió en ser vivo”. Gn.2,4b
Al
ser humano que había formado, Dios le regala el soplo de la vida en
forma de aliento creador y vivificador. Los creyentes hebreos expresaron
la convicción fundamental del origen de la vida valiéndose de la imagen
del Dios alfarero que, en un desbordamiento de
Desde el momento primero, el ser humano se vincula al Hacedor de una manera radical y nueva, quedando referido a Él no desde la servidumbre de esclavo, sino desde la libertad gloriosa de los Hijos, aquellos que se saben en deuda de amor con Quien les ha creado. ¿Cómo pagaré al Señor tanto bien cómo me ha hecho? Es la pregunta de aquél que sabe que el abismo de generosidad derramada no puede ser colmado por la finitud de la existencia. Sólo queda alzar la copa de la salvación e invocar confiadamente el nombre del Señor; hacer de la propia vida una acción de gracias fiel y continuada, que responda a tanto como se ha recibido. La alabanza y la bendición se convierten así en el quicio del vivir el ministerio presbiteral: invitados por vocación a celebrar la vida, ésta se presenta como la mejor ofrenda, que aparece entonces como perfecta, espiritual y agradable a Dios. Éste ha de ser nuestro culto razonable. Calasanz intuye, desde muy pronto, que la existencia cobra sentido desde la donación, y, usando las categorías que le ofrece el momento en el que le toca vivir, hace una apuesta radical y definitiva al optar por el sacerdocio ministerial, primer jalón cronológico de su itinerario vocacional. Sacerdocio preñado en Calasanz de radicalidad definitiva que habla de la solidez de su opción vocacional apenas vislumbrada: Radicalidad expresada en el deseo que surge en su corazón en los últimos años de estudios en Lérida, y defendida frente a otras opciones como la vida en pareja y el amor de una mujer sugeridos en el episodio de Valencia, o la continuidad del apellido y la oposición familiar tras la muerte de su madre y los herederos varones.
Radicalidad
definitiva puesto que la decisión tomada no es susceptible de regreso:
quien
Calasanz no es sacerdote por costumbre, ni por casualidad, sino por opción: ama su vocación, la defiende y la cuida por encima de todo, porque sabe que del desempeño fiel de su ministerio depende el feliz trascurso de su vida y la de los que están a su cargo. La lucha por la canonjía debe inscribirse en esta línea de celo y preocupación pastoral: Piensa que éste (ser canónigo) es el mejor modo de responder a una llamada que él cree de Dios para ejercer su sacerdocio. El presbiterado configura a Calasanz desde dentro, y le introduce en un modo nuevo y diferente de relación con Dios-Padre, al asociarle a su modo de ser y de dar el ser, revelando claves que estarán presentes en la plasmación definitiva de su carisma: la experiencia de Reverencia y Temor del Señor, y su consecuencia práctica y más visible: el empeño en una misión que lo es de sanación y liberación por ejercerse entre los muchachos en un ámbito explícitamente educativo.
La
experiencia de Reverencia-Temor: ambos conceptos aparecen en Calasanz
vinculados a dos ámbitos muy precisos: la celebración de los sacramentos
y el modo o espíritu en
La experiencia de la cercanía de Dios asociada al Temor plantea al creyente un doble interrogante acerca de la identidad personal (¿Quién soy yo, para que me visite la madre de mi Señor? ¡Soy un hombre de labios impuros que habita en un pueblo de labios impuros!) Por otra, sobre el ser de Dios y su manera de comunicarse (Yo soy el que Soy, no temas, Yo estoy contigo). El creyente Calasanz va aprendiendo a saberse sacerdote exponiéndose a la acción de este Dios vivo que se manifiesta de un modo nuevo entre los más pequeños, y que le lleva a preguntarse a un tiempo por la propia identidad y por el ser mismo de Dios bien entrado en la madurez. Calasanz se siente llamado a cooperar en una misión de sanación y liberación. El Dios que llama es el mismo que asocia e invita a la comunión de sentimiento y de acción con Él. A imagen del siervo de YHW, Calasanz escucha como dirigidas a él las palabras del Señor: “Es poco que seas mi siervo, para restablecer las tribus de Jacob, para reunir a los supervivientes de Israel, hoy te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra (Is.49, 6). Salvación que interpreta en claves de liberación de esclavitud de la ignorancia y del pecado, por medio de los sacramentos y de la educación remedio preventivo y curativo del mal.
Y es aquí en el Trastévere romano de finales del XVI donde intuye una llamada nueva a mediar y servir como presencia eclesial fiel y disponible desde el sacerdocio ministerial; es el Dios de la vida el que escuchando el clamor de sus pequeños afirma: “Bien vista tengo la opresión de mi pueblo, pues sube hasta mis oídos su clamor”, y por eso se pegunta “¿A quién enviaré? ¿Quién irá en mi Nombre?”. ”He encontrado en Roma el mejor modo de servir a Dios haciendo el bien a estos pequeños y no lo dejaré por cosa alguna de este mundo”, afirmación que resulta familiar y querida, mostrando lo radical, definitivo y concreto de su opción, traducción en el lenguaje del barroco de aquella otra más antigua, pero igualmente arriesgada y profética: “Aquí estoy yo, envíame” (Is. 6,8). |