Con este título se presentó el trabajo sobre el laicado escolapio en nuestra Orden, según propuesta de la Congregación General, en su tercera línea general de acción.

Y en nuestra Provincia, nos propusimos para este primer bienio, que ya estamos acabando, hasta 10 objetivos concretos para conseguir fundamentalmente estas tres realidades: unas estructuras ágiles de participación de los laicos en la misión escolapia, una mejor coordinación y sintonía entre los diferentes grupos de laicado ya existentes en nuestras obras y una Formación rica, sobre todo en los aspectos educativos, calasancios y teológico-pastorales.

Algo hemos conseguido, sobre todo en orden a la acción y potenciación de nuestros grupos de misión. Y, tal vez el logro mejor ha sido la constitución de la Fraternidad Escolapia de la provincia de Aragón, integrada, por ahora, por trece laicos y siete religiosos. Sin embargo, estas conquistas no pueden ser metas de llegada, sino sólo puntos de partida, pues sólo son inicios y nacimientos de una vida que continúa y que hay que cuidar y mimar constantemente, como nace, se mima y se cuida constantemente una vocación.

Sólo un mismo sueño, un mismo proyecto común a religiosos y laicos nos mantendrá unidos y vivos constantemente. Y éste, en nuestro caso, sólo tiene que ser el sueño de Calasanz, su pasión por Dios y por el mundo de los niños y jóvenes, que le robó el corazón y le comió todas las energías de su existencia.

No nos unimos porque esté de moda, porque es la tónica de una Iglesia postconciliar, porque nos necesitamos, sino porque el mismo Espíritu que un día inspiró en Calasanz ese sueño, sigue inspirándolo hoy día sobre todos nosotros: religiosos y laicos. Muchas veces, al ver, hablar y compartir con laicos que trabajan en nuestras Obras, me he preguntado por el motivo de su presencia escolapia ahí, en el colegio o en la parroquia. Y me he sentido contento y con gratitud en mi corazón al ver la finura de su razón de ser en el mundo educativo y evangelizador escolapio, dando sentido a su actuar y al desgaste de sus energías. Está claro que, otras veces, el motivo es sólo profesional, laboral o económico; como también puede ocurrirnos a los religiosos, si no purificamos cada día nuestra vocación y nuestras intenciones. Pero es evidente que, sólo si nos dejamos llevar por el Espíritu, recrearemos la Escuela de Calasanz en este nuestro siglo XXI, al servicio de los niños y jóvenes que pueblan nuestras aulas y que inconscientemente demandan de nosotros una respuesta a sus preguntas vitales.

Ese mismo espíritu enriquece nuestras Obras con la sintonía armónica de dos vocaciones hermosas diferentes: laical y religiosa; la primera con plena encarnación en el mundo, viviendo sobre todo la sacralidad de la temporalidad desde la consecuencia de la fe y del Bautismo, y la segunda con plena pasión por Dios y por la vida fraterna que testimonie de modo eminente la vida del Espíritu y de Dios en el mundo.

En este número contemplaremos opiniones, reflexiones; veremos testimonios de personas que nos acercarán a vislumbrar un poco la gran riqueza de nuestro laicado escolapio que en nuestras Obras resalta grandemente. Son tantos... y algunos, de forma callada y eficaz, golpe a golpe, minuto a minuto, los que van dando vida a nuestra misión a la vez que dan su vida. Hacia todos nuestro agradecimiento y reconocimiento institucional, a veces no otorgado.

Sólo las relaciones mutuas son el vehículo mejor y propio de actuación de todo lo que vivimos en nuestras programaciones, la herramienta de evangelización eficaz y el medio de expresión de nuestra amistad y afectividad. Por esto, hago una llamada a cultivar y cuidar las relaciones de religiosos y laicos porque sólo a través de ellas resplandecerá, en todo su esplendor, el tesoro que llevamos en y entre nuestras manos para hacer de cada Obra escolapia una verdadera parábola del Reino.
.