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¿Compartir el carisma escolapio?

(P. Javier Aguirregabiria)

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¿Una Escuela Pía Laical? o ¿de Religiosos?

(Ángel Martínez) 

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Más quijotes a la mies

(Manolo Olave)

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Laicos y religiosos: Fecundo intercambio de dones

(F. G. M.)

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Gozoso florilegio calasancio (II)

(P. Dionisio Cueva)

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Ser laico escolapio

(Natxo Torrijos)

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Iglesia laical

(José Manuel López)

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Lar: Familias en ámbito escolapio

(Lar)

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Vivir en Lar

(M. Ángel y M. Lorente)

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¿Escolapios laicos, Laicos escolapios?

(Javier Gutiérrez)

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Carta a los miembro de la Fratern. Escolapia

(Lourdes Goicoechea)

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"La eclesiología conciliar ha puesto de relieve la complementariedad de las diferentes vocaciones en la Iglesia, llamadas a ser juntas testigos del Señor resucitado en toda situación y en todo lugar. El encuentro y la colaboración entre religiosos, religiosas y fieles seglares en particular, aparece como un ejemplo de comunión eclesial y, al mismo tiempo, potencia las energías apostólicas para la evangelización del mundo."

"Un apropiado contacto entre los valores típicos de la vocación laical..., y los valores típicos de la vida religiosa..., pueden convertirse en un fecundo intercambio de dones entre los fieles seglares y las comunidades religiosas".

"La colaboración y el intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos de seglares participan por vocación, y del modo que les es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el carisma y en la misión del Instituto. Entonces se instaurarán relaciones fructuosas, basadas en relaciones de madura corresponsabilidad y sostenidas por oportunos itinerarios de formación en la espiritualidad del Instituto."

"Para conseguir ese objetivo, es necesario tener comunidades religiosas..., que sepan animar y estimular a los seglares a compartir el carisma del propio Instituto, según su índole secular y su diverso estilo de vida, invitándolos a descubrir nuevas formas de actualizar el mismo carisma y misión. Así la comunidad religiosa puede convertirse en un centro de irradiación, de fuerza espiritual, de animación, de fraternidad que crea fraternidad, y de comunicación y colaboración eclesial, donde las diversas aportaciones contribuyen a construir el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia."

("La vida fraterna en comunidad" Nº 70.- Roma,2 de febrero de 1994).

"La comunidad religiosa, como expresión de Iglesia, es fruto del Espíritu y participación de la comunión trinitaria". "Toda la fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común" (Nº 71).

"Caminar desde Cristo", nº 3l, del Magisterio de la Iglesia {19 Mayo 2002), nos recuerda: "La comunión y la reciprocidad en la Iglesia no son nunca en sentido único. En este nuevo clima de comunión eclesial, los sacerdotes, los religiosos y los laicos, lejos de ignorarse mutuamente o de organizarse sólo en vista de actividades comunes, pueden encontrar la relación justa de comunión y una renovada experiencia de fraternidad evangélica y de mutua emulación carismática, en una complementariedad siempre respetuosa de la diversidad."

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Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

¿Qué es la espiritualidad de la comunión?

Con palabras incisivas capaces de renovar relaciones y programas, el Papa Juan Pablo II enseña:

  1. Espiritualidad de comunión significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.
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  2. Y además: Espiritualidad de la comunión significa capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece". De este principio derivan con lógica apremiante algunas consecuencias en el modo de sentir y de obrar:

  1. Compartir las alegrías y los sufrimientos de los hermanos.

  2. Intuir sus deseos y atender sus necesidades.

  3. Ofrecerles una verdadera y profunda amistad.

  1. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí", además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.
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  2. En fin, espiritualidad de la comunión es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco nos servirán los instrumentos externos de la comunión. Se convertirán en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento.

(Véase:"Novo Millennio ineunte" nº 43. "Caminar desde Cristo" nº 29)

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Caminar desde Cristo supone haber descubierto en Él la plenitud humana, haberse dejado seducir por su persona y caminar por la vida como expresión y consecuencia de ese encuentro. "El alma del ecumenismo es la oración y la conversión" (CdC 40).

Santa Teresa de Jesús nos dice sobre la oración la definición siguiente: "que no es otra cosa oración, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida 8,5). La oración siempre es un verdadero diálogo con Jesús; un diálogo que provoca una amistad personal y la conversión individual, porque descubrimos lo que Dios quiere de nosotros.

En el comienzo de este encuentro, de este diálogo, basta con mirar al Señor, hacer un acto de fe, aunque sea rutinario, un acto de amor, una jaculatoria aprendida. Así algún tiempo. Rezar muy despacio algunas oraciones (el Padrenuestro...). Enseguida irás añadiendo algo tuyo, frases hechas en tus ratos de meditación o lectura espiritual o lectura de los Evangelios, cosas que se te ocurran, es decir, que Él te dice pero que tú no eres consciente de ello, sobre todo, si hay acontecimientos de dolor o alegría en tu vida.

Un novio, cuando tiene que declararse a su novia, no utiliza las rimas de Bécquer, aunque sean más hermosas que las palabras que él pueda inventarse. Igual pasa con Dios. Le gusta que simplemente estemos en su presencia; le agrada que balbuceemos al principio palabras y frases entrecortadas. Así nos vamos introduciendo en ese "trato de amistad", que debe ser la oración personal, pero sabiendo que todo eso hay que interiorizarlo, hacerlo nuestro por la meditación-oración-diálogo; diálogo personal y afectivo con Cristo Eucaristía.

Madre Teresa de Calcuta nos recuerda: "La necesidad que tenemos de oración es tan grande porque sin ella no somos capaces de ver a Cristo bajo el semblante sufriente de los más pobres, el rostro de Cristo en los niños y en nuestros semejantes... Hablad a Dios; dejad que Dios os hable; dejad que Jesús ore en vosotros. Orar significa hablar con Dios. Él es mi Padre. Jesús lo es todo para mí".

Desde los inicios, la oración personal diaria hay que orientarla hacia la vida y conversión como fundamento y finalidad esencial de la misma. La oración es un camino de seguimiento del Señor Jesús.

Las principales dificultades para hacer oración no se solucionan con técnicas de ningún tipo, sino sólo con el querer amar a Dios sobre todas las cosas y con la consiguiente conversión (continua toda la vida), absolutamente necesaria, que esto lleva consigo.

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Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús "al partir el pan" (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: "¡Hemos visto al Señor¡" (Jn 20,25).

Y dirijamos la mirada a María, Madre y Maestra de cada uno de nosotros. Ella vivió la plenitud de la caridad. Ferviente en el espíritu, sirvió al Señor; alegre en la esperanza, fuerte en la tribulación, perseverante en la oración; solícita por las necesidades de los hermanos.

Que Ella nos sostenga en el empeño cotidiano, de manera que podamos dar un espléndido testimonio de amor, según la invitación de san Pablo: "Tened una conducta digna de la vocación a la que habéis sido llamados" (Ef 4,1).

Fernando Gar-Mar., Escolapio.