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¿Compartir el carisma escolapio?

(P. Javier Aguirregabiria)

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¿Una Escuela Pía Laical? o ¿de Religiosos?

(Ángel Martínez) 

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Más quijotes a la mies

(Manolo Olave)

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Laicos y religiosos: Fecundo intercambio de dones

(F. G. M.)

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Gozoso florilegio calasancio (II)

(P. Dionisio Cueva)

 

 

 

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Ser laico escolapio

(Natxo Torrijos)

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Iglesia laical

(José Manuel López)

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Lar: Familias en ámbito escolapio

(Lar)

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Vivir en Lar

(M. Ángel y M. Lorente)

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¿Escolapios laicos, Laicos escolapios?

(Javier Gutiérrez)

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Carta a los miembro de la Fratern. Escolapia

(Lourdes Goicoechea)

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Ser laico es también una vocación. Uno no nace laico, del mismo modo que no nace religioso. Dios llama a unos a la vida religiosa, y a otros a la vida laical: dos formas diferentes de vivir una misma fe; dos vocaciones complementarias que se necesitan una a otra para ser plenas. Además, el Espíritu Santo otorga también una serie de carismas, una serie de dones que, siendo regalados, no pueden quedarse ocultos en nosotros, como si la fe se redujese al ámbito de lo privado, sino que deben ser puestos al servicio de los hombres.

Dios me ha llamado a mí a ser laico y a ser escolapio. Amo ambas vocaciones y por ello necesito de la Fraternidad Escolapia, pues en ella ambas adquieren sentido pleno, en ella no hay una sin la otra, y viceversa. Dios me llama a sembrar en medio del mundo, en mi trabajo, en mi familia, en la sociedad en la que vivo. Me llama, por otro lado, a entregarme a un Evangelio leído y orado desde los ojos de tantos y tantos niños pobres. Niños pobres, faltos de todo; por favor, no reduzcamos la pobreza a lo material, pues el problema, en ocasiones, es mucho más grave. A veces el problema no es no tener qué comer, sino no tener con quién comer.

A lo largo de mi vida, más bien corta, he ido avanzando por un camino unas veces estrecho, otras, formado por amplias avenidas, de la mano de los escolapios. No puedo evitar recordar a tantos y tantos laicos y religiosos que me acompañaron y me acompañan durante el trayecto. Grupos Calasanz fue el barco en el que decidí montarme ya de niño, para que alguien me dijera quién era Dios y dónde estaba. Allí, unos cuantos catequistas me mostraron un Dios que habita entre nosotros, que se manifestaba en mi grupo, que al subir a la montaña, con un poco de esfuerzo, me regalaba un adelanto de lo que sería mi propia vida: montañas, lagos, praderas, pendientes casi insalvables y caminos llanos bien marcados junto al río.

Caminar junto a otros por ese camino sería, es y será duro en ocasiones, pero la meta, ese temblor, felicidad y esperanza que le recorre a uno el cuerpo cuando divisa el Pirineo desde arriba, desde las cumbres, hace que el camino recorrido sea el mejor regalo que Dios nos da. En Grupos Calasanz me enseñaron a ver la vida como una senda pirenaica que nos lleva hacia Dios. Descubrí allí la necesidad de caminar con otros. Si todos llegamos a esas cumbres fue por una suma del esfuerzo de todos, no por grandes heroicidades, sino por una pizca de apoyo, otra de entrega y grandes cucharadas de amistad.

Llegó el momento de la Confirmación y no dudé en confirmar mi fe en una Iglesia así, cargada de conflictos, pecadora, pero a la vez una Iglesia santa, de todos, que sueña con acompañar en el camino, una Iglesia que se entrega, y una Iglesia que somos todos, también tú y yo. Pasé entonces a formar parte de Jaire, siguiendo la lógica de un proceso pastoral formado por Grupos Calasanz y Jaire.

En Jaire terminé de descubrir que mi vida no es sólo para mí, que mis dones, mis virtudes y mis errores también son para el mundo. Allí comencé a descubrir que hay opciones de vida cristiana más allá de la participación individual. Descubrí que existen otras formas de vivir, quizás más radicales e incluso arriesgadas. Allí descubrí que Dios pensaba para mí una comunidad que, en silencio y sin que nos enteráramos, se iba formando poco a poco. Hice, pues, con mi pareja, el año de discernimiento hacia la Fraternidad Escolapia de Aragón. Ahora, con una cierta perspectiva, descubro la acción del Espíritu en aquel proceso duro pero a la vez apasionante y hermoso.

El día 13 de noviembre dijimos sí a un sueño, a un proyecto, a un modo de vida que potencia nuestra vocación laical y escolapia. Siento hermanos a un montón de personas que están junto a mí, unos religiosos y otros laicos, pero todos escolapios. Por todo eso soy un gran defensor de nuestros procesos pastorales, porque junto a ellos fuimos, son y serán muchos los niños y jóvenes que descubran todo aquello que yo descubrí.

El Espíritu Santo sopla nuevos vientos para nosotros, y eso es toda una revelación descubierta entre todos. Ese viento del que hablamos nos dice que la Escuela Pía sigue siendo necesaria, actual, importante, que su misión y su carisma están vigentes y que Dios cuenta con ella para seguir creando Reino.

Sueño cada día con una Escuela Pía abierta al mundo, que vislumbra los signos de los tiempos, que sabe adaptarse a ellos. Sueño con una Escuela Pía de todos y para todos. Sueño con una mayor comunión de comunidades donde la vocación religiosa y la vocación laical son regalo de unos para otros y complemento perfecto para un proyecto, el de Calasanz, que sigue vivo y con fuerza entre nosotros. Estoy convencido de que los sueños que Dios tiene para cada uno de nosotros caminan también por estos derroteros y que, con el esfuerzo, la ilusión y la entrega de todos, esos sueños son y serán realidad. Sueño con una Orden que se lanza, con valentía y esperanza, a nuevos proyectos en favor de los más pobres, de los más pequeños.

Y tú, ¿con qué sueñas?
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