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Ser laico esolapio

(Natxo Torrijos)

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Iglesia laical

(José Manuel López)

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Lar: Familias en ámbito escolapio

(Lar)

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Vivir en Lar

(M. Ángel y M. Lorente)

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¿Escolapios laicos, Laicos escolapios?

(Javier Gutiérrez)

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Carta a los miembro de la Fratern. Escolapia

(Lourdes Goicoechea)

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Los entuertos son muchos y los quijotes pocos; envía, Señor, más quijotes a la mies.

Esto de los centenarios está bien; te brinda la oportunidad de relanzar un tema que nunca debió permanecer olvidado o cuando menos aparcado.

Esto de las conmemoraciones tiene una doble lectura. Por un lado es un bonito pretexto para revisar un tema de indudable interés, pero, por otra parte, es una constatación de lo olvidado que estaba el tema y la urgente necesidad que tiene de ser revitalizado.

El quijotismo no es una excepción y aunque obviamente nunca se ha olvidado, es uno de esos ideales que todos admiran pero pocos practican. Eso de ir por la vida de caballeros andantes "desfaciendo entuertos" resulta un poco digamos... comprometido. Es mucho más fácil mirar para otro lado, escurrir el bulto, inhibirse, en una palabra, evitar el compromiso. ¡Qué palabra tan comprometedora, verdad!

¿Y no fue en definitiva don Quijote un gran comprometido? ¿Y qué necesita nuestra sociedad sino personas comprometidas? Desde los políticos hasta los administrados más humildes, todos deberían estar comprometidos con su misión de servicio a la colectividad.

¿Y los cristianos? Pues lo tenemos muy fácil. ¿Es que no tenemos la vocación de servicio por imperativo evangélico? ¿Es que no seguimos a quien vino a servir y no a ser servido? Pues seamos coherentes y ejerzamos de cristianos.

Que la hora de los laicos ha llegado es harto evidente. Hoy por hoy, o es la hora de los laicos o no es la de nadie en la Iglesia. ¿Estamos preparados para asumir nuestro compromiso eclesial? La Iglesia lo reconoce abiertamente: no es para sí misma sino para la misión. Y también reconoce que todos los bautizados estamos llamados a ejercer la misión, con independencia de nuestra vocación eclesial laica, religiosa o sacerdotal.

En mi opinión, que el apremio venga por la falta de vocaciones, no debería ser argumento para eludir nuestro compromiso. En cualquier caso, Jesús siempre contó con nosotros los laicos.

El evangelio lo deja meridianamente claro: "Id también vosotros a mi viña", llamamiento que no ha dejado de resonar en el curso de la historia, aunque el clero lo estuviera acallando cuando no nos necesitaba y nosotros -no seamos hipócritas- tan tranquilos con nuestra responsabilidad delegada.

Y si es por testimonios, que no quede. Desde la Constitución dogmática "Lumen Gentium" del Vaticano II, hasta la "Christi fideles Laici" de Juan Pablo II, podemos encontrar todas las referencias explícitas que queramos a nuestra responsabilidad como bautizados en la misión de la Iglesia.

Llegados a este punto, siento la necesidad, seguro que por deformación profesional, de ser didáctico para aclararme yo mismo de lo que estoy hablando. Me vais a permitir, pues, una pequeña incursión en la semántica a colación de la palabra laico y sus derivadas laicidad y laicismo.

Es curioso, hay palabras nacidas para significar una cosa que terminan significando otra distinta y, a veces, opuesta. Es el caso de laico, combinación de la raíz griega laos (pueblo) y el sufijo ikos (pertenencia a un grupo) para formar laikos. Así, en la Grecia antigua los laikoi eran los ciudadanos de a pie.

Los primeros traductores de la Biblia no utilizaron esta palabra; sí lo hicieron los traductores posteriores, dándole el significado de cosa no consagrada a Dios, que por ello podía tener destinos profanos (pan "laico" versus pan "consagrado"), siempre refiriéndose a cosas inanimadas (los panes, por ejemplo), hasta los primeros cristianos que aplican por primera vez la palabra laico a las personas.

Aunque en los primeros siglos del cristianismo los laicos alcanzaron un importante grado de integración eclesial, la Edad Media marcó una clara división entre clérigos y laicos, que se tornaría en conflicto hostil con el advenimiento de los estados modernos y la paulatina laicización de todos los ámbitos de la sociedad.

¿Y los escolapios, qué tal estamos de compromiso? No es pasión de hijo, pero me parece que a quijote comprometido no le ganan muchos a muestro fundador. El problema es que no le llegamos ni a la suela del zapato y no alcanzamos las metas que nos marcó.

De todas formas, a pesar de nuestra mediocridad, siempre hemos estado ahí cuando la Iglesia nos ha necesitado, incluso en los momentos actuales, en los que hay que ser auténticos quijotes para responder a la invitación de la Iglesia.

El movimiento laical escolapio nace del convencimiento de que el Espíritu de Jesús y el carisma de José de Calasanz, han de ser vividos en cada época de modos diversos. Hoy Jesús de Nazaret y José de Calasanz nos llaman y nos convocan a participar del carisma, de la espiritualidad y de la misión de la Orden de las Escuelas Pías.

Religiosos y laicos somos conscientes de la importancia y actualidad del carisma escolapio, del cual participamos todos los que compartimos la misión educadora y nos sentimos enviados a servir, desde la educación.

Nuestro lema de "evangelizar educando" deja muy clara nuestra vocación inequívoca e irrenunciable. Más allá de los conocimientos que podamos transmitir, nos importa experimentar la presencia y compañía de Dios e interiorizar una imagen suya de amor, de bondad, de ternura, como Padre y Madre a la vez.

Convencidos de la legitimidad de nuestra meta, el proyecto del Movimiento Laical Escolapio pretende evangelizar a toda la comunidad educativa: directivos, padres, maestros, personal de administración y servicios... con la humildad y confianza que da el saber que la fe nace, crece y madura no por lo que hacemos o dejamos de hacer.

Y como obras son amores y no buenas razones, asumamos la responsabilidad de revitalizar el movimiento laical, de hacerlo crecer y de irradiar su mensaje a todos los estamentos de la comunidad educativa.

Un Dios alegre, bondadoso y tierno nos acoge a todos. Un José de Calasanz paternal nos propone los mejores valores pedagógicos: pobreza, sencillez, humildad, alegría y paciencia. ¿Qué más se puede pedir?

Queda un detalle, ¿cómo lo hacemos? Sólo hay un camino, difícil pero ilusionante: el acompañamiento humano y espiritual; misión, oficio, ciencia y arte escolar donde los haya.

En las "Razones para vivir" de José Luís Martín Descalzo, a las que me acerco para beber de cuando en cuando, he encontrado una anécdota que condensa la idea central de mi exposición.

 

¿Rezas a Dios? – pregunta el escritor a un niño.
Sí, cada noche – contesta el pequeño.
¿Y qué le pides?
Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Ni salud, ni amor, ni paz..., disponibilidad.

Manolo Olave, quijote escolapio