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EL COLEGIO DE LA VERDAD

Javier Negro, Sch. P.

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Si José de Calasanz, el fundador de la escuela popular, definió el educador como "cooperador de la Verdad", bien podemos definir consecuentemente un colegio calasancio como un lugar de la verdad, un centro donde la expresión y la aparición de la verdad encuentra su ámbito idóneo, como un colegio donde se encuentra la verdad, o al menos se busca y se favorecen caminos por los que se llega a la verdad, un lugar humano donde las personas son amantes de la verdad, son "verdaderas".

¿Qué quiere decir esto? Pues que educar en la verdad es contribuir a que LA VERDAD que hay en cada alumno crezca y sea lo que está llamado a ser cuando vino al mundo y que el maestro es más maestro que profesor, es más servidor de la verdad que hay en cada uno de sus alumnos que mero instructor o dispensador de conocimientos. Es decir un colegio educador en y para la Verdad está llamado a ser ámbito donde El Maestro Interior que todos llevamos dentro encuentra fácil su escuela donde enseñar a todos su verdad: a alumnos, a profesores, a padres y madres, a toda la comunidad educativa.

Esto supone que, al menos por vía negativa, la mentira no tiene cabida: no hay mentira en las relaciones entre las personas, ni en los medios educativos, ni en la ideología o carácter propio de educar, ni en los diálogos mutuos interpersonales, ni en el de fe-cultura, ni en la búsqueda de conocimientos que nos satisfagan plenamente. Ni tiene cabida en ese lugar el hombre viejo paulino, ni la persona de las tinieblas y de la oscuridad, ni la cultura de muerte, en una u otra forma, sino que sólo tiene cabida la vida y la luz, el poema, la ternura, la responsabilidad de aprender, la generosidad en la ayuda mutua gratuita, la participación de todos que ilusiona y realiza la utopía de lo que no existe, pero que nos reta constantemente a lo mejor y más bello.

Y positivamente, la Verdad nos exige ante todo ser honestos con nosotros mismos; porque podemos aparentar, ponernos máscaras, engañar a los demás pero jamás a nosotros mismos, porque quien no es honesto consigo mismo no es digno de su dignidad de persona, no va a colaborar nunca con ese Maestro Interior que sólo ansía el bien de la persona en que habita internamente.

Escribió Calasanz en el proemio de sus Constituciones:

En actitud humilde

debemos esperar de Dios,

que nos ha llamado como braceros

a esta mies fertilísima,

los medios necesarios que nos transformen

en dignos cooperadores de la Verdad.

Y es que sin la humildad de quien sabe que siempre tiene que aprender, nada hará el Maestro interior que pueda ayudar a aparecer la Verdad.