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"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,34-35).
Los
más bellos sueños vocacionales se estrellan contra la prosaica
Las cosas no debieran ser así. Si en algún lugar debiéramos sentirnos bien, a gusto, habría de ser en la comunidad. El lugar de dificultad, de martirio, de sufrimiento es para nosotros, misioneros del Reino de Dios, el ámbito en el cual ejercemos nuestra misión. Los sufrimientos que Jesucristo hubo de afrontar, venían de sus enemigos, no de sus amigos; la comunidad era para Jesús un lugar de encuentro, de descanso, de preparación para después afrontar la dura realidad de la misión. No nos resistimos a transcribir la constatación del Salmo 133:
La unión entre hermanos, la convivencia, es un espectáculo bello, agradable, bueno. Es el Espíritu Santo que se esparce, que baja y consagra... Es como el rocío que todo lo fecunda y bendice para que brote la vida. La comunidad es casa de Dios, cuando en ella hay caridad y amor. Es bello, bellísimo, aquel espacio en el que todos intentamos tener "un solo corazón, una sola alma y todo en común" (Hech 4,32). Hemos de construir cada día esa realidad gozosa y bendita de la fraternidad, y disfrutar de ella. ¿Es posible este sueño? ¿O habrá que resignarse y disponerse a "abrazar la cruz"? ¿Será posible un camino de rehabilitación, de reconstrucción, de refundación de nuestras comunidades?
¡Claro
que sí! Éste es un momento propicio. Sólo hay que hacer una
¡De la comunión a la comunidad! La comunidad es fruto de la comunión. Es obvio que no se trata aquí de la comunidad como institución jurídica. Una casa-comunidad se instituye de una vez para siempre y queda regulada por leyes y estructuras internas. En cambio, una comunidad, como fruto de la comunión, está siempre en construcción. Es como un organismo vivo, que pueden pasar de un estado a otro con facilidad: de la armonía al desequilibrio, de la salud a la enfermedad, de la paz a la guerra, de la quietud al vértigo... La comunidad es entonces un ser frágil y vulnerable que entre todos damos a luz, o entre todos amenazamos de muerte, o matamos. Los lazos y las relaciones de comunión mantienen viva la comunidad, la hacen existir y la sacan constantemente de la nada. Mantener lazos y relaciones de comunión no es, sin embargo, nada fácil, Cuando uno se relaciona, relativiza lo propio. Relativiza sus opiniones, sus sentimientos, sus convicciones, su propio bienestar y comodidad, su autovaloración. Hacerse relativo a los demás es algo así como enredarse (entrar en la red comunitaria),es complicarse e implicarse. El solista sólo se preocupa de sí mismo y de su espectáculo. Quien forma parte de un coro o un equipo ha de renunciar a su exclusividad e individualidad para hacerse miembro del todo. Entrar en comunión no es tarea fácil en un mundo como el nuestro en el que tanto se defiende el derecho a ser diferente, a tener la propia cultura, a escoger la propia religión, a votar al partido que más nos convenza... La comunidad de lo plural es enormemente rica, pero también enormemente difícil. Construir una red de relaciones fuertes, intensas entre hermanos de diferentes generaciones y mentalidades, de diversas razas o culturas, o de distintas ideas y sentimientos es enormemente dificultoso. ¡Cuánto no ha habido que dialogar para que diferentes ideologías políticas se pongan de acuerdo en una misma Constitución o Carta Magna, o en la elaboración de una ley que a todos afecta!
No
surge la maravilla de la comunidad sin relaciones de comunión, sin
Es difícil la comunión entre nosotros simplemente porque somos diversos. Demos carta de ciudadanía en nuestras comunidades a la diversidad. Honremos la diferencia. Dejemos espacio para que cada hermano sean ellos mismos y no tengan que renunciar a la peculiaridad con que fueron creados. Sería ridículo dejar las decisiones en manos de uno o unos pocos, cuando algunos renuncian a exponer sus puntos de vista, sus ideas y sentimientos, o cuando se bloquea y condena al diferente, al que piensa distinto. Fuimos creados para el amor, pero el amor enfermó, dejó de circular en las relaciones humanas, fraternas. Jesús vino a redimirnos del pecado, y emprendió un camino de olvido de sí y de entrega sin condiciones. Jesús nos mostró que el camino hacia la comunión y el amor fraterno también pasan por la cruz, por la negación de uno mismo como individuo y la afirmación de los demás como personas. El nos envía su Santo Espíritu y derrama sobre nosotros el don divino del Amor. Nuestra Comunidad es la expresión consciente de esta realidad misteriosa y sublime. No deberíamos olvidarlo. Tomar conciencia de ello es fuente de esperanza y de gozo íntimo. Qué bello es contemplarnos juntos ante nuestro Señor Jesús en la capilla, en la Liturgia de las Horas y, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía... Quien se sienta muy mal en la comunidad, piense que en algún momento llegará la Gracia y será posible lo que nunca preveía. La única fuerza interior de que disponemos para entrar en comunión es el amor, que llamamos "caridad", o incluso "amistad". La caridad a Dios y a los hermanos (Mc 12,29) ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5) y edifica nuestra comunión. Quien ama: toma sobre sí las enfermedades y dolencias de sus hermanos (Mt 8,17); alivia a los que están cansados y agobiados (Mt 11,28); vigila para mantener su corazón en la mansedumbre y humildad; se siente familia de quienes cumplen la voluntad de Dios (Mt 12,50); se hace amigable, ama y se entrega (Gal 2,20). San Pablo menciona la caridad con mucha frecuencia en contextos de oración. Con ello nos quiere decir que no podemos comprar el amor, sino sólo suplicarlo: "La caridad viene de Dios Padre (Ef 6,23); "el amor es fruto del Espíritu" (Gal 5,22); "la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rm 5,5).
Quien
contempla con ojos sacramentales a cada uno de sus hermanos verá
Construyen la comunidad ciertas actitudes que son sumamente importantes: la palabra humilde y llena de caridad, la amistad, el no juzgar y el perdón mutuo. Es un trabajo que exige ascesis, que responde al Evangelio y que nos pide fe y conversión. Nuestras comunidades necesitan asumir un nuevo rostro, ser Lugares de paz, de alegría, de capacidad creadora. No está mal hacernos una llamada a la refundación comunitaria. Nuestros bellos sueños pueden hacerse realidad. Convirtámonos y creamos en la buena noticia. "Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos" (1Te 3,12). o0o
NUESTRA VIDA COMUNITARIA Constituciones. Cap. III "Reunidos en Comunidad de fe por el amor que el Padre nos ha dado y por la vocación calasancia, e imitando el estilo de vida de Cristo con sus discípulos y de la Iglesia primitiva con María, somos en cierto modo ministros de la esperanza del Reino futuro y de la unión fraterna entre los hombres" (nº 25). "Las relaciones comunitarias cobran vida y vigor con la caridad y la corresponsabilidad: el espíritu de colaboración nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos" (nº 31). o0o San Pablo "Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: 'Amarás al prójimo como a ti mismo'." (Ga 5,13-14). "Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos el nivel de la gente humilde" (Rm l2,14-16). "El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites". (1Co 13,4-7). o0o |