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MI VOCACIÓN ESCOLAPIA

Augusto Subías Lasbats, Sch. P.

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El Escolapio P. Máximo Ruiz de Gaona, muy experto en Ciencias Naturales, por lo que obtuvo varios galardones y llegó a ser nombrado miembro del Consejo de Investigaciones Científicas desde su fundación, en los años 40, formaba parte de la Comunidad calasancia de Tamarite de Litera. Enterado de que en Estopiñán, mi pueblo natal y distante unos 27 Km de Tamarite, existían diferentes minerales y fósiles, fue a visitarlo unos días, a finales de verano, a quien acompañó nuestro párroco Mossen Flórido. Los muchachos del pueblo curiosos como todos, seguimos los andares de aquellos dos curas ensotanados, y contemplamos cómo el forastero, con instrumentos adecuados, iba desprendiendo trozos de piedra que luego metía en un "morralet" (bolso) como se dice en el argot del pueblo. A mis 11-12 años, aquel primer escolapio que conocí, joven, guapo, bien vestido con su impecable sotana y ceñidor anudado a la izquierda, que se movía con la ligereza de un gamo entre calzadas y peñascos, me impactó gratamente.

Desaparecido el sabio escolapio, que regresaría a su casa con el "morralet" cargado de piedras, la vida normal del nuevo curso entre libros, juegos y faenas caseras, fue difuminando en mí su impacto. Un buen día, creo fue mientras comíamos, me dice mi padre: he recibido aviso de Mossen Flórido para que vayamos tú y yo a la Abadía, que nos tiene que comunicar una noticia interesante. Llegada la hora, acudimos a la Rectoría, que conocía perfectamente, pues era monaguillo, y, además, lugar donde se había criado mi madre desde que nació hasta que contrajo matrimonio, como he explicado en otro pasaje. Llegados a su despacho, saludamos a Mossen y ante su invitación nos sentamos. Casi a bocajarro y en catalán, me dice: Augusto, tienes un puesto de escolaridad en Escuelas Pías de Tamarite. Todo lo ha arreglado el P. Máximo, el de los minerales y fósiles y ya está hablado con tu padre, que ha dado su conformidad. ¿Estás dispuesto a bajar al Colegio de Tamarite? Mi contestación fue breve: Mossen, si a Ud. y a mi padre les parece bien, yo acudiré a dicho Colegio, surgiendo en mi mente la ilusión adormecida de encontrarme con el P. Máximo, el del "morralet,' y la nueva de conocer y vivir en la Cabeza del Partido Judicial. Yo era un chico que, a sus 12 años, casi no había salido de su pueblo natal.

Pasado cierto tiempo desde que ocurrió esta escena, caí en la cuenta que Mossen Flórido obraba en parte así para aliviar la economía de la casa en la que ya convivían con los padres y abuela, ocho hijos.

Tía Rosa, muy solícita, se afanó en preparar mi ajuar y quiso que fuese al Sr. Pedro Grau, el sastre, para que me hiciese un traje nuevo. El Sr. Pedro, amigo y compañero de coro parroquial de mi padre, fue diligente en su confección. Cuando subí al Portell, donde estaba su casa y sastrería, en busca del traje, éste estaba acabado. Al entregármelo, me felicitó por la determinación de "Sisco" de Porquet, mi padre, quien le había contado todo.

Y llegó el día en que, en compañía de mi padre y de mi hermano mayor, emprendimos muy de mañana la subida a la aldea de Saganta, donde todos sus reducidos habitantes eran buenos amigos, entre otros los de Chanfau y Portomeu. Mi hermano y yo íbamos montados en la yegua dócil y mansa del abuelo José, y, a pie, nuestro padre. Llegada la hora del coche de línea Parellada, mi padre y yo subimos al coche rumbo a Tamarite, mientras Francisco, mi hermano, regresaba a casa con la yegua o jaca.

Llegados a la capital de la Litera, fuimos primero al comercio de El Pilar cuyos dueños eran amigos de casa y nosotros sus clientes.

Acto seguido, nos presentamos en las Escuelas Pías, cuya Comunidad calasancia estaba dirigida por el P. Ramón Castel, hijo de Arén, en su calidad de Rector, y formada además por el P. Salvador Lizana, como director de una docena de internos, el P. Cruz García, el P. Antonio Zorraquín, el citado P. Máximo Ruiz de Gaona, el P. Luciano Pinillos y el H° Antonio Artigas. Al poco tiempo de mi estancia en el Colegio, llegó el P. Francisco Encuentra, hijo de Secastilla, para sustituir al P. Luciano Pinillos que tenía que cumplir su servicio militar en Jaca.

Comenzado el curso 1928-29, me topé con caras nuevas de compañeros con quienes poco a poco fui creando amistad o simple simpatía; los Arias, los Cariello, Nadal, Escalona. Pardellans, González, Piñés, Enjuanes, Bañeres…

En el Colegio cursé Ingreso y Primero de Bachiller. En aquel entonces el alumnado del Centro acudía a examinarse al Instituto Ramón y Cajal de Huesca, del que era director D. José Ibáñez Martín quien, en 1939, sería nombrado ministro de Educación. Recuerdo que, al ir a examinamos, nos hospedamos en la fonda Los Tres Reyes y que, antes de acceder al Instituto para el examen, el P. Salvador y el otro Padre (no recuerdo su nombre) nos llevaron a oír misa a la Iglesia de los PP Jesuitas, sita en el Coso Alto.

Como anécdota del día del examen, recuerdo que transitando precipitadamente por el patio del Instituto en uno de los traslados de aula, caí de bruces al suelo y sentí un gran dolor en las rodillas, que me hizo llorar amargamente. Levantado por los Padres y compañeros, el Director Sr. Ibáñez Martín, que casualmente atravesaba el patio, se acercó, se interesó por mi y me animó.

Resultado: todo aprobado. Era junio de 1929.

En el Colegio, estudiaba también un chico de mi edad, Enrique Baró, natural de Arén, de donde era el P. Rector, quien un buen día tuvo una confidencia conmigo: Oye, Augusto, me dijo, yo a finales de septiembre me voy a Zaragoza a estudiar para escolapio. ¿Por qué no te vienes conmigo? La compañía siempre anima. No sé exactamente lo que le contesté, pero la invitación me dejó intrigado.

Pasados unos días, fue el mismo P. Castel, Rector, quien estando en compañía de Enrique, me espetó: Augusto, ¿ya sabes que Enrique marcha a Zaragoza para ser escolapio? Estoy enterado, le contesté. ¿Y tú no te irías con él? añadió. Le miré, me sonreí y no hubo respuesta.

Por la tarde de aquel día, Enrique Baró, me insistió tanto en acompañarle en su vocación escolapia, pintándomelo de una manera tan halagüeña, que al fin cedí y definitivamente dije: Te voy a acompañar.

Así pues, decidido como estás, vamos al P. Rector a comunicarle tu compromiso, añadió Enrique. Vamos, le dije.

Llegados al despacho rectoral, llamamos y, con el previo "adelante", entramos, saludamos, y el chico de Arén, contento y satisfecho, empezó diciendo: P. Castel, Augusto se decide ir a Zaragoza conmigo para escolapio. Entonces el Padre me hizo diversas consideraciones, para que yo recapacitara haciéndome ver que la cosa tenía que ser bien pensada y no una decisión pasajera. Te doy tres o cuatro días para que recapacites.

Transcurrido el tiempo, acudí yo solo al Rectoral para asegurarle: P. Ramón, vuelvo a insistir que yo voy a la Torre de Cascajo-Zaragoza con Enrique. Con la ayuda de Dios, quiero ser escolapio.

El Padre añadió que no lo dijera a nadie, sobre todo a los compañeros quienes, con sus posibles burlas, os podrían quitar la vocación. Piensa que tanto tú como Enrique, dentro de unos días, iréis de vacaciones al pueblo. Allí comunicas a tu padre que quieres ser escolapio.

Tan pronto llegué a casa se lo comuniqué a papá, que quedó satisfecho de mi decisión, previas atinadas reflexiones y sin poner ningún obstáculo. Tiempo le faltó para comunicárselo a Mossen Flórido quien, alegre y contento, me hizo parecidas advertencias, felicitándome por la determinación tomada.

Los primeros días de septiembre regresábamos a Tamarite para iniciar el nuevo curso y, tras pocas jornadas, nos pregunta el P. Ramón Castel, tanto a Enrique como a mí, si persistíamos en la misma idea. Ante nuestra respuesta afirmativa, nos entrega sendos formularios impresos en que figuraban las condiciones de admisión al Seminario Menor Escolapio de Zaragoza, añadiendo: leedlo y, tras la lectura, se lo enviáis a vuestros padres, para ver cómo reaccionan; no lo hago yo directamente para no forzar voluntades.

Al día siguiente salía mi carta. La respuesta de mi padre fue su bajada inmediata a Tamarite de Litera. A su llegada, nueva edición de advertencias, y luego padre e hijo nos dirigimos a los Almacenes del Pilar donde adquirimos lo que faltaba a mi ajuar personal para ingresar en el Seminario. Recuerdo que, entre las cosas que me compró mi padre, figuraba el baúl de bastante capacidad, que aún conservo y que costó 22 pesetas, unas botas muy buenas que valieron 18 y un pañuelo de cuello o "foulard" cuyo precio no recuerdo.

Sabíamos que el Director del Seminario de Zaragoza se llamaba P. Manuel Segura, y que éste pasaría por Tamarite para recoger a ambos pretendientes tras dejar el curso que terminaba en Cascajo.

Así fue. Llegado el tal P. Manuel a Tamarite que fue su primer destino en su andadura educativa, permaneció en el Colegio un par de días ya que conservaba querencias y ex-alumnos. Y a fe que me causó muy buena impresión.

Y sonó el día de nuestra pequeña ilusión escolapia, agrandada con el lamín de visitar por primera vez Zaragoza, el Pilar, etc. Yo aseguraría que fue el 27 de septiembre de aquel año 1929, en que yo había cumplido mis trece años, en que, muy de mañana, tras despedirnos de la Comunidad de Tamarite, el P. Manuel, Enrique y yo, cogimos el coche de línea que nos condujo a Binéfar, donde, previa facturación de nuestros dos baúles, tomamos el tren que nos condujo a la Estación zaragozana del Norte. Dejados los baúles en consigna, tomamos el tranvía n° 29 que nos condujo a las afueras de la población donde se hallaba la Torre de Cascajo, nuestro Seminario y destino. Era mediodía, momentos antes de comer. La acogida de los que iban a ser nuestros compañeros no pudo ser mejor. Saber que estabas en Zaragoza por primera vez, con la vista del Templo de la Virgen del Pilar, aunque sólo fuese en lejanía, el usar el tren por tercera vez en mi vida, constituía para mí un mundo nuevo. Por la tarde, un criado con la tartana de la casa, subió nuestros equipajes dejados en consigna de RENFE.

El viaje fue realizado en tres formas de vehículo público: coche de línea, tren, y tranvía. Una gozada, a lo que contribuyó la conversación animosa y casi constante del P. Manuel, la contemplación de un paisaje tan diverso y, sobre todo, la llegada a la Capital aragonesa y a nuestro Seminario.

Formaban la comunidad del mismo, además del P. Manuel Segura como Director, el P. José Beltrán, el P. José Villacampa, el P. Julián Domínguez y el P. Juan Sanjuán.

El ambiente era propicio para crear ilusión que en mí crecía día a día. Recuerdo que el P. Segura, antes de empezar el curso, por la noche nos daba una conferencia en la que nos exponía claramente qué era "ser escolapio" con sus pros y sus contras. Oída la de la noche, concluí diciéndome: bien empieza la cosa. Tras la segunda, ya no necesité la tercera para quedar convencido. Me dije rotundamente: esto es para mí, Dios me ayude a no perderlo. Las sucesivas charlas sirvieron simplemente de consolidación de la decisión tomada en Tamarite.

En la Torre de Cascajo, Seminario de iniciación, había sólo dos cursos, Primero y Segundo; terminado éste, todo el grupo pasaba a Peralta de la Sal para hacer el Prenoviciado y Noviciado; dos cursos también. Todo nos fue explicado también por el P. Manuel, y luego nosotros lo comentábamos ilusionadamente.

Poco a poco iban llegando a dicha Torre, muchachos de diversos lugares en los que su génesis vocacional sería muy parecida a la mía. Nos concentramos unos 25 para formar el nuevo primer curso, que empezaba en la primera decena de octubre, siendo, en aquel entonces, la asignatura de Latín donde había que hincar el diente, porque a los 16 años, tercera etapa de la carrera en Irache (Navarra), el texto de filosofía era en latín durante los tres cursos de dicha materia, y posteriormente lo mismo durante los tres cursos de Teología en el Juniorato de Albeada de Iregua (Rioja). No había, pues, tiempo que perder, sobre todo para mí y otro que se llamaba Emilio Monforte, que ya habíamos cumplido 13 años, a quienes por la edad y por proceder de sendos Colegios escolapios, -Monforte procedía del de Logroño-, nos pusieron directamente en el "curso segundo" con doble clase de Latín, las correspondientes al primer curso y al segundo curso; puesto que la asignatura que quedaba suprimida para nosotros ya la habíamos cursado en nuestro centro escolapio respectivo. Entre nuestro esfuerzo personal y sobre todo la pericia didáctica de nuestro profesor de lengua del Lacio, P. José Beltrán, nuestro aprendizaje, al final del año escolar, llegó casi a nivelar a los compañeros a quienes el latín les venía de repaso.

Advierto de paso que, con el correr del tiempo y, por voluntad del P. Provincial, Moisés Soto, los dos, Monforte y Subías, por los años 50, fuimos designados responsables del Seminario de la Torre de Cascajo. Durante esos años en que los cursos eran bastante superiores en número, con Matemáticas y Ciencias que enseñaba el P. Monforte, y Latín, Francés y Letras, que enseñaba Augusto, con redoblado esfuerzo y la ayuda de Dios, obtuvimos óptimos resultados en el Instituto Goya, como es notorio en la familia escolapia aragonesa. Buena parte de los escolapios de Aragón son discípulos nuestros. Por intercesión del gran pedagogo y Santo, José de Calasanz, pidamos a Dios que esa cadena familiar de la Escuela Pía formada por eslabones fuertes y potentes no se escinda nunca.

Volviendo a nuestro relato de Postulantado, así se llama en la Escuela Pía, el Seminario inicial, el ambiente no podía ser más propicio para encontrarse como pez en el agua, con sus programados recreos, paseos, fiestas, etc., primando siempre nuestra formación a través de las clases respectivas y, en particular, las pláticas o conferencias del P. Manuel Segura, siempre instructivas y conmovedoras. La alegría y el gozo eran desbordantes por doquier, salpicados de vez en cuando con algún disgustillo pasajero, como en todo grupo humano.

Ahora pienso cuánto debo a la Escuela Pía por esta aceptación inicial.