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La Iglesia es "sacramento universal de salvación" ('Lumen Gent' 48) y "mediadora del único mediador, Cristo Jesús" (1 Tim 2,5). La
comunidad religiosa, como toda comunidad cristiana, es ámbito de Los granos de uva y los granos de trigo no pueden ser Eucaristía; no pueden ser sacramento, necesitan molerse y triturarse para hacerse pan y vino. Unas cuantas personas en mera yuxtaposición no pueden ser tampoco comunidad mientras no entren en comunión; no pueden ser sacramento. El hecho de vivir en comunidad no tiene en sí ningún poder mágico como si actuara "ex opere operato"; todo depende de cómo sea la comunidad y cómo se sitúe y se entregue el religioso/a en ella. Sólo una comunidad libre, libera; sólo una comunidad sana, sana; sólo una comunidad humana, humaniza; sólo una comunidad madura, madura. Una
comunidad bien cohesionada y vibrante de espíritu no es para el religioso
más que una oferta de redención que puede aceptar plenamente, aceptar a
medias o rechazar. De nada le sirvió a Judas el grupo de Jesús; es más,
le fue ocasión de pecado. La comunidad puede ayudar a alcanzar la madurez
La comunidad no causa, no puede causar por sí sola el crecimiento personal; sí puede, sin embargo, favorecerlo, estimularlo. Lo importante no es, por lo tanto, "estar juntos", "yuxtapuestos", ser comunidad "sociológica", sino saber cómo cada miembro de la comunidad aporta y se enriquece de ese sacramento de la salvación. Es decisivo saber si se está en la comunidad para vivir la dinámica comunitaria, para aprender a crecer y a decidir personalmente o para ir tirando, adaptarse y criticar. La comunidad religiosa no sólo tiene una gran fuerza de humanización, sino que, incluso, puede convertirse en un factor deshumanizador, si es que se encuentra en estado de deterioro; no cabe duda que el clima psicológico y espiritual negativo constituye un atentado contra la salud psíquica y espiritual del religioso. La excesiva cercanía, si no es respetuosa y fraterna, resulta tensa, atosigante, hace imposible la libertad personal y se torna opresora. La convivencia estrecha y englobante de toda persona es recreadora cuando las relaciones son gratificantes, cálidas, de simpatía. Cuando la convivencia es rígida y seca, destruye. La convivencia tan intensa de la comunidad religiosa requiere para ser liberadora una gran armonía interpersonal. Por lo general, un estado de insatisfacción acaba resolviéndose en actitudes agresivas, y si la comunidad no crea un sistema de relaciones gratificantes y satisfactorias, a la larga se crea un intolerable nido de tensiones y relaciones agresivas. La
comunidad es el espacio en el que la Iglesia deja de ser una abstracción
para convertirse en sacramento de la presencia de Cristo. Deja de ser una
administración, una institución impersonal, un conjunto "Uno es el Cuerpo, uno el Espíritu, como es una la esperanza a que habéis sido llamados" (Ef 4,4). (P. F. G. M., Sch. P.) |
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