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Proyecto personal de crecimiento

(P. Javier Negro)

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La formación permanente de religiosos en Camerún

(P. Fernando Guillén)

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Tiempo sabático como experiencia formativa

(P. Javier Negro, Sch. P.)

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La formación inicial y la formación permanente

(Albert, Junior camerunés)

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La Iglesia es "sacramento universal de salvación" ('Lumen Gent' 48) y "mediadora del único mediador, Cristo Jesús" (1 Tim 2,5).

La comunidad religiosa, como toda comunidad cristiana, es ámbito de gracia, signo operante de la salvación para quienes  son testigos de su vida y acción. La comunidad tiene, sí, una fuerza sacramental liberadora. Pero no de forma mágica. No basta el hecho sociológico de que un grupo de hombres o mujeres se junten bajo unas normas, una estructura, unas Constituciones, unas tareas y unos horarios para que la comunidad sea mediación de gracia en manos de Cristo. Es necesario que sea "comunidad pneumática"; esto es, un grupo de personas que se han encontrado espiritualmente y han entrado en verdadera comunión de afecto humano y de fe y que comparten una misión ante los hombres para gloria de Dios.

Los granos de uva y los granos de trigo no pueden ser Eucaristía; no pueden ser sacramento, necesitan molerse y triturarse para hacerse pan y vino. Unas cuantas personas en mera yuxtaposición no pueden ser tampoco comunidad mientras no entren en comunión; no pueden ser sacramento. El hecho de vivir en comunidad no tiene en sí ningún poder mágico como si actuara "ex opere operato"; todo depende de cómo sea la comunidad y cómo se sitúe y se entregue el religioso/a en ella. Sólo una comunidad libre, libera; sólo una comunidad sana, sana; sólo una comunidad humana, humaniza; sólo una comunidad madura, madura.

Una comunidad bien cohesionada y vibrante de espíritu no es para el religioso más que una oferta de redención que puede aceptar plenamente, aceptar a medias o rechazar. De nada le sirvió a Judas el grupo de Jesús; es más, le fue ocasión de pecado. La comunidad puede ayudar a alcanzar la madurez integral, pero jamás puede causar ésta. Se limita a ofrecer un ambiente en el que es más fácil la asimilación de los valores evangélicos; pero nada más. Puede también entorpecer, convertirse en tentación a la mediocridad más que en provocación a la fidelidad evangélica. Pero el religioso ha de entender que el protagonista de su propia vida es él mismo, y que las opciones han de ser pronunciamiento íntimo suyo. El sí o el no a una vida según el evangelio es siempre un sí o un no personal y nunca puede delegarse. Si el sujeto está atenazado o bloqueado es inútil la acción liberadora de la comunidad.

La comunidad no causa, no puede causar por sí sola el crecimiento personal; sí puede, sin embargo, favorecerlo, estimularlo. Lo importante no es, por lo tanto, "estar juntos", "yuxtapuestos", ser comunidad "sociológica", sino saber cómo cada miembro de la comunidad aporta y se enriquece de ese sacramento de la salvación. Es decisivo saber si se está en la comunidad para vivir la dinámica comunitaria, para aprender a crecer y a decidir personalmente o para ir tirando, adaptarse y criticar.

La comunidad religiosa no sólo tiene una gran fuerza de humanización, sino que, incluso, puede convertirse en un factor deshumanizador, si es que se encuentra en estado de deterioro; no cabe duda que el clima psicológico y espiritual negativo constituye un atentado contra la salud psíquica y espiritual del religioso. La excesiva cercanía, si no es respetuosa y fraterna, resulta tensa, atosigante, hace imposible la libertad personal y se torna opresora.

La convivencia estrecha y englobante de toda persona es recreadora cuando las relaciones son gratificantes, cálidas, de simpatía. Cuando la convivencia es rígida y seca, destruye. La convivencia tan intensa de la comunidad religiosa requiere para ser liberadora una gran armonía interpersonal. Por lo general, un estado de insatisfacción acaba resolviéndose en actitudes agresivas, y si la comunidad no crea un sistema de relaciones gratificantes y satisfactorias, a la larga se crea un intolerable nido de tensiones y relaciones agresivas.

La comunidad es el espacio en el que la Iglesia deja de ser una abstracción para convertirse en sacramento de la presencia de Cristo. Deja de ser una administración, una institución impersonal, un conjunto de valores e imperativos, para convertirse en revelación de la acción salvífica de Dios, para convertirse en un verdadero "hogar espiritual". La comunidad religiosa es, pues, la Iglesia que acoge a cada persona responsabilizándose de ella, la Iglesia que la alienta y conforta con sus celebraciones, con la proclamación de la Palabra de Dios, con su caridad. Ha de ser, por lo tanto, fuente y origen de santidad, abierta a la catolicidad y estrechada en la unidad. De ello se deduce también que, para el religioso, la convivencia comunitaria, no es sólo una condición para ser "buen religioso", sino que es la dimensión esencial sin la cual no se es religioso.

"Uno es el Cuerpo, uno el Espíritu, como es una la esperanza a que habéis sido llamados" (Ef 4,4).

(P. F. G. M., Sch. P.)

 

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