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Unusquisque nostrum
pro necessitate et possibilitate
responsabilitatem sibi assumit
huius formationis permanentis.
In formatione adquirenda et renovanda
religiosi nostri
continuo prae oculis habeant
Sancti Fundatoris mentem et proposita
necnon vitae eius
actuositatisque apostolicae
singulare testimonium
(CC. 121)

Este número de nuestras nuevas Constituciones, es testimonio institucional escolapio actual de la importancia que en nuestra Orden se está dando a la Formación Permanente.

Nos hemos contentado históricamente con una Formación Inicial de unos años de seminario y nos hemos abandonado a la espontaneidad de la vida, a veces justificada desde un deísmo, como si Dios ya nos hubiese programado en nuestro crecimiento personal e institucional, sin contar con nuestra libertad, nuestra decisión y nuestro trabajo sobre nosotros mismos.

El moderno psicólogo humanista Antonio Blay Fontcuberta, en su libro "Creatividad y Plenitud de Vida" (Ed. Iberia, Barcelona, 1991, p.271), dice: "Toda nuestra vida es, o debería ser, un gozo siempre renovado de la progresiva realización espiritual que abarca todas las dimensiones de la existencia. Esta expresión continua que es nuestra vida, es en sí misma gozo, el único gozo que se da en cada existencia, porque nosotros gozamos en la medida en que expresamos todo lo que realmente somos". La Formación Permanente es el adecuado y el mejor medio para vivir la vida con el gozo de ser quien soy.

Quedó atrás también el concepto de Formación como un medio de re-intelectualización, mediante asistencia a cursos, a clases en la universidad, a lecturas apropiadas, a charlas y reuniones formativas... Esto es sólo una mediación, importante y tal vez necesaria, pero sólo mediación. Formarse es seguir un proceso integral de crecimiento constante que me lleva cada día y cada etapa de mi vida a ser más quien soy y al que me creó, Dios. Es, en realidad un proceso de fidelidad a mí mismo. No puedo ser fiel a Dios sin serlo a mí mismo.

Del documento "Caminar desde Cristo" es hermoso este punto: "toda persona consagrada deberá aprender a dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte... dejarse modelar por el año litúrgico, en cuya escuela revive gradualmente en sí los misterios de la vida del Hijo de Dios con sus mismos sentimientos" (n.15).

Y en V. C. encontramos: "La formación permanente, tanto para los Institutos de vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una exigencia intrínseca de la consagración religiosa....Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder de este modo tener mayores garantías de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona" (n.69).

Siguiendo las políticas de la Orden, recogemos en la Programación Bienal de nuestra Provincia algún punto sobre Formación Permanente. Pero pienso que nos quedamos cortos con respecto a lo que se nos pide desde la Iglesia y desde el mismo Capítulo General último, ya que no vamos más allá de la propuesta del conocimiento y estudio comunitario de documentos eclesiales y escolapios. Por esto nos viene bien centrar cada revista en un punto de las políticas de la Orden, ya que nos sirve, a la vez, de evaluación de nuestro camino en esa política concreta.

En esta línea creo que tendremos que apuntar más alto en el próximo bienio, al menos, invitando a experiencias concretas de Formación, más que a lecturas y reflexiones en común: experiencias de vida en el tercer mundo, o en un ambiente de revitalización personal integral, con un proyecto formativo concreto, o vida de experiencia comunitaria nueva que potencie a las personas, a la comunidad y a la Provincia; realizadas, incluso, en un ámbito distinto del habitual, geográfico, relacional, cultural y religioso que pone mejor en juego nuestras capacidades y potencialidades.

La F. P. no es tampoco una pérdida de dinero o de personas (¡con lo que hay que hacer...!), sino un enriquecimiento personal e institucional. Nosotros que hemos predicado tanto que lo mejor que unos padres pueden dar a sus hijos es estudios y educación...

En mi primera visita a las Comunidades, hace ahora un año, invité y ofrecí a todos a vivir una experiencia formativa concreta. El resultado fue más bien pobre: nos pesa mucho el miedo al cambio, a romper las pequeñas ataduras a lugares, personas, rutinas de vida... Por otra parte, una actitud victimista es utilizada para justificar el ánimo pusilánime, parco o indolente. Una vez más se cumple el adagio: "si no haces lo que piensas, acabarás pensando lo que haces".

Como Provincial, sería para mí una alegría grande encontrar religiosos con disponibilidad para vivir una experiencia concreta de F.P. al estilo de lo que se sugiere en este número de la revista o de lo que suscite su lectura.

Como Orden disponemos de abundantes, idóneos y variados lugares, medios y personas para poder vivir una experiencia formativa puntual, rica y diversa que tendríamos que aprovechar mucho más: Camerún, Puerto Rico, Peralta de la Sal, Madrid, Roma, Bolivia, Cuba, India, Misiones, hogares de niños abandonados, universidades y centros de vida religiosa cercanos, comunidades religiosas específicas...

(P. Javier Negro)

 

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