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Confieso que
tengo una cierta prevención hacia la expresión "Formación
Permanente". Tal vez porque oigo hablar de ella desde hace tiempo, pero veo
que está permanentemente No es ahí donde coloco la formación permanente (son medios válidos, pero medios), sino en el desarrollo constante de mí mismo. Por lo tanto, es una ocasión que tengo para crecer como persona, como consagrado, como sacerdote, como persona en comunión... Y eso conlleva la íntima convicción de que yo soy responsable de mi crecimiento, y que está en mis manos que aparezca lo mejor de mí mismo. Una de las
intuiciones proféticas de la FES (la Formación del Escolapio) es que el propio
formando es responsable de su formación porque significa el crecimiento de sí
mismo. Esto, que difícilmente se asume durante la formación inicial, es el
fundamento de nuestro crecimiento personal. Soy yo, en primera persona, en mi
edad madura, con mi historia personal a los hombros, el primer llamado a asumir
mi plena realización. Superando todas las connotaciones negativas que hemos ido
colocando al término "realizarse", tenemos que ¿Dónde está, entonces, lo mejor de mí mismo? ¿Cuál es el punto en el que mi crecimiento confluye con mi plena realización en Cristo? Mi humanidad consagrada Me agrada usar
esta expresión para referirme a mi consagración religiosa. Soy hombre, No hay que insistir mucho para reconocer en la propia vida las carencias que tengo. Creo que hay que superar la visión de los "defectos" de cada uno, para entrar en la dinámica de asumir mi realidad, lo que soy, lo que tengo, y señalarles el horizonte de mi ser en Cristo. A veces la dificultad está en darles un nombre, y llamar lujuria a lo que es así, o codicia, o ira, o envidia... o heridas que están en lo profundo de mi ser y me roban el presente. Si empiezo a hacer esto, la justificación que me defiende ante los demás y me engaña a mí mismo, comienza a desaparecer y empiezo a tener una imagen más adecuada de mí mismo. No soy el gran deportista que he podido ambicionar, mi cuerpo es limitado, mi salud tal vez frágil; no llegaré tal vez a ser un gran hombre de letras, y no soy el gran pedagogo o sacerdote que he deseado; en mis relaciones con los demás estoy condicionado por mi historia personal, y descubro en mí tendencias que superar... Esta es mi
humanidad, y esta es también mi humanidad consagrada. Forman parte del Esta aventura exige todas mis fuerzas, mi mente y mi corazón. Pero lo mejor de mí mismo se sitúa precisamente allí, donde la cruz deja paso a la resurrección y donde puedo sentir que pertenezco al Señor de una manera radical. Pero es
también un proceso largo, en que necesito colocarme en un ambiente de fe, y que
requiere la ayuda de los hermanos. No puedo, por mí mismo, reconocer todo lo
que tengo que asumir de mí mismo, y en muchas ocasiones no tengo la experiencia
o la palabra adecuada. Se ha insistido mucho en el acompañamiento, y la mayoría de las veces lo hemos vivido con un sentido de recelo, como si se nos quisiera confinar la libertad y la conciencia. Y con ello lo único que perdemos es la oportunidad de que nuestro corazón vuelva a arder tras reconocer la presencia amorosa de Dios en el tejido de nuestra historia. Tal vez tendríamos que perder el sentido de falso pudor que tenemos cuando los demás nos señalan si queremos dar un paso por profundizar en nuestra vida de fe. Nuestra
comunidad religiosa es el lugar en que tendríamos que vivir al menos parte de
este proceso, pero lo cierto es que gran parte de nuestras comunidades vive una
situación similar a Mi pan partido Diariamente vivo en la Eucaristía el Misterio de Cristo presente en el pan y el vino con el que recordamos y hacemos presente su presencia entre nosotros. Celebrar la Eucaristía es introducirse permanente en este Misterio que toma toda lo que soy. No puedo tener en mis manos el pan partido que es el Cuerpo de Jesús sin hacer de mi vida un memorial de tal amor, ni darla a los demás. Soy sacerdote, y mi ministerio tiene un sentido en la Iglesia para el Pueblo de Dios. Aun cuando haya podido perder de vista esta perspectiva, soy necesario para muchos niños, jóvenes, y personas de toda edad. El Pueblo de Dios es así, y yo estoy llamado a servir a todos, no sólo a los que vienen a misa. También soy sacerdote para el muchacho rebelde que no quiere saber nada de cosas de iglesia, y para él tengo que tener la misma mirada de misericordia de Jesús en la última cena y tengo que ofrecerle mi cuerpo y mi sangre. No soy el
mismo de cuando recibí la ordenación sacerdotal hace ya algo de tiempo. He
crecido como persona, y también como sacerdote. Vivo con alegría este
crecimiento personal, porque Se trata de todo un proceso al que no puedo renunciar. Crecer en esta dimensión es para mí tan básico y fundamental como todo lo anterior, me pertenece. Siento que si un día dejara de buscar un crecimiento así, me faltaría algo. Pero también tengo que reconocer que hay elementos que me ayudan, como el contacto con una comunidad de fe, la vivencia sacramental, el silencio, la vida de oración, el amor fraterno, el acompañamiento... que en el fondo he escuchado siempre. Si mi vida la vivo en seriedad para conseguir lo mejor de mí mismo, tengo que saber combinar todos los elementos a mi disposición para alcanzarlo, y tengo que dejarme guiar y conducir. Si tuviera la solución a todo lo que es mi vida podría prescindir de las preguntas y los cuestionamientos que me hacen crecer. Pero no tengo la solución a todo lo que vivo, y mi vida va conociendo situaciones nuevas a las que responder. Mi presencia ministerial entre niños y jóvenes Disfruto en
las clases. Me encanta estar entre niños y jóvenes. Ellos buscan en mí algo
que tengo que darles. Para ellos soy educador y sacerdote; con ellos, compañero
de camino. No Nuestro ministerio específico me hace también buscar lo mejor de mí mismo, porque tal vez no tenga otra cosa que entregar a niños y jóvenes. Todos los años hay que hacer unos cursillos de actualización para que se mantenga nuestra capacidad docente, pero todos los días tengo que poner a prueba mi corazón para ser entre ellos todo lo que tengo que ser. Yo soy el primero que tengo que tiene que tener listo todo su ser para acoger a los muchachos de hoy, con sus locuras, desvaríos y antojos pero también con sus heridas personales y familiares, su sed de algo más que no encuentran en las cosas que tienen, o sus sueños por construir un mundo distinto del que conocen. Yo estoy llamado a gritar, en medio de esa realidad, que su futuro se encuentra en las manos de Dios, y que son hijos de un Padre que les ha amado hasta el punto de dar a su único Hijo. Como educador,
tengo que cuidar todos los aspectos: mi presencia, mis modales, mi modo de Advertencias finales No quisiera poner punto final a esta reflexión en voz alta sin recordar que mi camino de maduración se realiza a través de etapas muy concretas, como si en cada momento de mi vida la respuesta que tengo que encarnar a mi identificación con Cristo y al desarrollo de mí conociera contextos muy concretos, casi personalizados, y muy determinados. Todas estas etapas tienen en común que tiene que aparecer en ellas lo mejor de mí mismo, pero cada una es distinta, según los ritmos vitales y muy conformes a las situaciones concretas a las que me lleva la obediencia y mi proceso de maduración interior. Por eso, aunque pueda asustar la finalidad de este camino, la atención recae sobre este momento particular que vivo. Por último, quisiera recordar que he utilizado normalmente la primera persona. No he querido ponerme como ejemplo de nada, sino mostrar que la formación permanente es algo muy cercano a cada persona, y animar a los lectores - a cada lector - a tomar en serio su propio crecimiento y a que muestre lo mejor de él mismo. Con cariño y afecto. (P. Francisco J. Aísa, Sch. P.)
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