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Confieso que tengo una cierta prevención hacia la expresión "Formación Permanente". Tal vez porque oigo hablar de ella desde hace tiempo, pero veo que está permanentemente olvidada, sin que se sepa muy bien qué significa aparte de hacerla sinónimos de cursos, conferencias y reuniones de las que uno normalmente está saturado.

No es ahí donde coloco la formación permanente (son medios válidos, pero medios), sino en el desarrollo constante de mí mismo. Por lo tanto, es una ocasión que tengo para crecer como persona, como consagrado, como sacerdote, como persona en comunión... Y eso conlleva la íntima convicción de que yo soy responsable de mi crecimiento, y que está en mis manos que aparezca lo mejor de mí mismo.

Una de las intuiciones proféticas de la FES (la Formación del Escolapio) es que el propio formando es responsable de su formación porque significa el crecimiento de sí mismo. Esto, que difícilmente se asume durante la formación inicial, es el fundamento de nuestro crecimiento personal. Soy yo, en primera persona, en mi edad madura, con mi historia personal a los hombros, el primer llamado a asumir mi plena realización. Superando todas las connotaciones negativas que hemos ido colocando al término "realizarse", tenemos que reconocer a continuación que nuestra plena realización está en Cristo, la Cabeza del Cuerpo, en quien todo está recapitulado, y el modelo de Hombre perfecto que se nos presenta para encontrarnos a nosotros mismos en él. A la luz de la Pascua, en que verá la luz esta reflexión en voz alta, el proceso adquiere todavía mayores connotaciones: todo lo que puedo desear, como parte de mi crecimiento, lo encuentro en Cristo; mis aspiraciones más nobles, pasan por el filtro de mi ser en Cristo; mis proyectos, la guía de mi vida, son válidos si se encuentran en la persona de Cristo...

¿Dónde está, entonces, lo mejor de mí mismo? ¿Cuál es el punto en el que mi crecimiento confluye con mi plena realización en Cristo?

 Mi humanidad consagrada 

Me agrada usar esta expresión para referirme a mi consagración religiosa. Soy hombre, tengo una historia personal que asumir o redimir, vivo a la intemperie de mi mundo y mi tiempo, siento en mí las tensiones propias de todo hombre y comparto sus gozos y esperanzas... y estoy consagrado a Dios por mi bautismo y mi consagración escolapia. En este sentido, vivo la realidad de Cristo, que asumió la condición de siervo y se hizo obediente hasta la muerte. Desde el momento que Cristo ha tomado la condición del hombre, mi humanidad se ve transformada por esta realidad que la dinamiza y la lleva a puntos insospechados. Cada vez que en mí la gracia del Señor me lleva a perdonar, a reconciliarme, a recomponer mi vida y mi historia, vivo con mayor fidelidad este encuentro salvador con Cristo.

No hay que insistir mucho para reconocer en la propia vida las carencias que tengo. Creo que hay que superar la visión de los "defectos" de cada uno, para entrar en la dinámica de asumir mi realidad, lo que soy, lo que tengo, y señalarles el horizonte de mi ser en Cristo. A veces la dificultad está en darles un nombre, y llamar lujuria a lo que es así, o codicia, o ira, o envidia... o heridas que están en lo profundo de mi ser y me roban el presente.

Si empiezo a hacer esto, la justificación que me defiende ante los demás y me engaña a mí mismo, comienza a desaparecer y empiezo a tener una imagen más adecuada de mí mismo. No soy el gran deportista que he podido ambicionar, mi cuerpo es limitado, mi salud tal vez frágil; no llegaré tal vez a ser un gran hombre de letras, y no soy el gran pedagogo o sacerdote que he deseado; en mis relaciones con los demás estoy condicionado por mi historia personal, y descubro en mí tendencias que superar...

Esta es mi humanidad, y esta es también mi humanidad consagrada. Forman parte del momento de mi vocación, en que he sido llamado a conformar mi vida según un carisma original, el escolapio. En mi profesión religiosa he entregado también esto a mi Señor para que él lo tome y haga de mí una criatura nueva, y el proyecto de vida que he asumido me lleva a adoptar un modelo de presencia y un modo particular de ser iglesia. A través de mi humanidad consagrada muestro la riqueza de Cristo cuando acoge y bendice a los niños, cuando habla de la Providencia que Dios Padre tiene sobre cada uno de nosotros, o cuando desde la cruz establece un orden nuevo basado en la misericordia y la reconciliación.

Esta aventura exige todas mis fuerzas, mi mente y mi corazón. Pero lo mejor de mí mismo se sitúa precisamente allí, donde la cruz deja paso a la resurrección y donde puedo sentir que pertenezco al Señor de una manera radical.

Pero es también un proceso largo, en que necesito colocarme en un ambiente de fe, y que requiere la ayuda de los hermanos. No puedo, por mí mismo, reconocer todo lo que tengo que asumir de mí mismo, y en muchas ocasiones no tengo la experiencia o la palabra adecuada. Aun cuando sea responsable de mi propia formación, necesito de quien pueda llegar a mi realidad y hacerse mi compañero de camino e iluminar todo el sentido de lo vivido. Y ya esta experiencia es plenificante. Caminar con otra persona, abrir el corazón, la propia historia, recibir la palabra que sana, adquirir el sentido de lo vivido, es ya en sí un alivio que puedo tener a mi mano. Tal vez me cueste encontrar la persona adecuada, o tendré que vencer los mil reparos que siempre me pongo, pero realizar un camino así es comenzar a respirar.

Se ha insistido mucho en el acompañamiento, y la mayoría de las veces lo hemos vivido con un sentido de recelo, como si se nos quisiera confinar la libertad y la conciencia. Y con ello lo único que perdemos es la oportunidad de que nuestro corazón vuelva a arder tras reconocer la presencia amorosa de Dios en el tejido de nuestra historia. Tal vez tendríamos que perder el sentido de falso pudor que tenemos cuando los demás nos señalan si queremos dar un paso por profundizar en nuestra vida de fe.

Nuestra comunidad religiosa es el lugar en que tendríamos que vivir al menos parte de este proceso, pero lo cierto es que gran parte de nuestras comunidades vive una situación similar a la nuestra personal: con un pasado que encierra heridas, reducidas a grupos de trabajo, desorientadas... sin corazón. También la comunidad forma parte de mi humanidad consagrada, y la tengo que ver desde esta doble perspectiva: con todo el realismo que se deriva de la encarnación, y con toda la utopía del plan de Dios sobre nuestro mundo. Pero lo cierto es que no puedo prescindir de mi comunidad, ni ponerme al margen de ella. Ahí tiene que realizarse también el mismo proceso que vivo de identificación con Cristo como plena realización de mí, y es ese el lugar natural donde vivir mi consagración. No puedo decir que mi vida es completamente para Dios, si no amo de corazón a mis hermanos con los que convivo cada día y con los que estoy llamado a hacer transparente el rostro de Dios en este tiempo.

 Mi pan partido 

Diariamente vivo en la Eucaristía el Misterio de Cristo presente en el pan y el vino con el que recordamos y hacemos presente su presencia entre nosotros. Celebrar la Eucaristía es introducirse permanente en este Misterio que toma toda lo que soy. No puedo tener en mis manos el pan partido que es el Cuerpo de Jesús sin hacer de mi vida un memorial de tal amor, ni darla a los demás. Soy sacerdote, y mi ministerio tiene un sentido en la Iglesia para el Pueblo de Dios. Aun cuando haya podido perder de vista esta perspectiva, soy necesario para muchos niños, jóvenes, y personas de toda edad. El Pueblo de Dios es así, y yo estoy llamado a servir a todos, no sólo a los que vienen a misa. También soy sacerdote para el muchacho rebelde que no quiere saber nada de cosas de iglesia, y para él tengo que tener la misma mirada de misericordia de Jesús en la última cena y tengo que ofrecerle mi cuerpo y mi sangre.

No soy el mismo de cuando recibí la ordenación sacerdotal hace ya algo de tiempo. He crecido como persona, y también como sacerdote. Vivo con alegría este crecimiento personal, porque lo mejor de mí mismo se encuentra también ahí: en la configuración con Cristo Sacerdote. Y en el encuentro permanente con Cristo en los sacramentos, puedo crecer yo mismo. No sabría hablar de misericordia sin experimentar haber recibido la misericordia; difícilmente podría hacer referencia al servicio sin haber sentido que he sido servido por quien ha tomado la condición de siervo; hablar de la atención a los pobres sería imposible sin haberme sentido pobre, extranjero, y haber sido acogido. Vivir en sintonía con el Pueblo de Dios me lleva a buscar la mirada de Dios sobre su pueblo elegido, escuchar el grito que se eleva pidiendo una liberación, y anunciar la obra que Dios está realizando en medio de ellos. No es simple dedicación de una hora al día.

Se trata de todo un proceso al que no puedo renunciar. Crecer en esta dimensión es para mí tan básico y fundamental como todo lo anterior, me pertenece. Siento que si un día dejara de buscar un crecimiento así, me faltaría algo. Pero también tengo que reconocer que hay elementos que me ayudan, como el contacto con una comunidad de fe, la vivencia sacramental, el silencio, la vida de oración, el amor fraterno, el acompañamiento... que en el fondo he escuchado siempre. Si mi vida la vivo en seriedad para conseguir lo mejor de mí mismo, tengo que saber combinar todos los elementos a mi disposición para alcanzarlo, y tengo que dejarme guiar y conducir. Si tuviera la solución a todo lo que es mi vida podría prescindir de las preguntas y los cuestionamientos que me hacen crecer. Pero no tengo la solución a todo lo que vivo, y mi vida va conociendo situaciones nuevas a las que responder.

 Mi presencia ministerial entre niños y jóvenes 

Disfruto en las clases. Me encanta estar entre niños y jóvenes. Ellos buscan en mí algo que tengo que darles. Para ellos soy educador y sacerdote; con ellos, compañero de camino. No necesitan que les dé lo que ya encuentran en su libro de texto. Buscan en mí la comprensión de sí mismos y una visión de la vida para construirla como protagonistas. Estar entre ellos como educador hace que entienda mejor la educación de mí mismo, y en la atención a quienes son los últimos, los más heridos, los más necesitados, comprendo también mi propia vida. Amarles es poner en evidencia un Amor anterior que nos ha llamado a la vida; servirles, reproduce el gesto de quien ha tomado nuestra condición; acompañarles, perpetúa la postura de Dios Padre, que se agacha para insuflar su espíritu en nuestro barro nuevamente.

Nuestro ministerio específico me hace también buscar lo mejor de mí mismo, porque tal vez no tenga otra cosa que entregar a niños y jóvenes. Todos los años hay que hacer unos cursillos de actualización para que se mantenga nuestra capacidad docente, pero todos los días tengo que poner a prueba mi corazón para ser entre ellos todo lo que tengo que ser. Yo soy el primero que tengo que tiene que tener listo todo su ser para acoger a los muchachos de hoy, con sus locuras, desvaríos y antojos pero también con sus heridas personales y familiares, su sed de algo más que no encuentran en las cosas que tienen, o sus sueños por construir un mundo distinto del que conocen. Yo estoy llamado a gritar, en medio de esa realidad, que su futuro se encuentra en las manos de Dios, y que son hijos de un Padre que les ha amado hasta el punto de dar a su único Hijo.

Como educador, tengo que cuidar todos los aspectos: mi presencia, mis modales, mi modo de vestir, mi forma de hablar, las expresiones que digo, el modo de saludar y acoger, mis temas de conversación, mi temperamento... Ante ellos no puedo fingir lo que no soy. Ellos me ayudan a ser sincero conmigo mismo, y eso conlleva un serio trabajo en el dominio de mí. El crecimiento en todos estos aspectos significa que tengo que trabajar mi persona, y mi personalidad, más allá de la simple preparación de la clase de mañana o de la programación de aula. Supone unas dotes naturales, pero supone sobre todo el cultivo de uno mismo a través de la lectura, el trato delicado, la selección de mis momentos de diversión o descanso, el control de mis sentimientos, el cuidado de mi salud, la atención a mi higiene, o la humildad de quien necesita aprender.

 Advertencias finales 

No quisiera poner punto final a esta reflexión en voz alta sin recordar que mi camino de maduración se realiza a través de etapas muy concretas, como si en cada momento de mi vida la respuesta que tengo que encarnar a mi identificación con Cristo y al desarrollo de mí conociera contextos muy concretos, casi personalizados, y muy determinados. Todas estas etapas tienen en común que tiene que aparecer en ellas lo mejor de mí mismo, pero cada una es distinta, según los ritmos vitales y muy conformes a las situaciones concretas a las que me lleva la obediencia y mi proceso de maduración interior. Por eso, aunque pueda asustar la finalidad de este camino, la atención recae sobre este momento particular que vivo.

Por último, quisiera recordar que he utilizado normalmente la primera persona. No he querido ponerme como ejemplo de nada, sino mostrar que la formación permanente es algo muy cercano a cada persona, y animar a los lectores - a cada lector - a tomar en serio su propio crecimiento y a que muestre lo mejor de él mismo. Con cariño y afecto.

(P. Francisco J. Aísa, Sch. P.)

 

 

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