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MI MÁS
DIFÍCIL CASO EDUCATIVO P. José Antonio Gimeno, Sch. P.... |
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Recibid un afectuoso saludo y nuestros mejores deseos para todos vosotros. A través de esta carta deseamos comunicaros una propuesta conjunta de las dos Congregaciones Demarcacionales de Andalucía y Vasconia, contrastada ya con la Congregación General, y que está directamente relacionada con el proceso de reestructuración que el Capítulo General de 2003 pidió que se impulsara en toda la Orden. Con ocasión de que este número de "Peralta" se dedica a compartir ideas o experiencias sobre Nuestro Ministerio, me he acordado de algo que me sucedió hace muchos años. Lo comparto ahora con mis hermanos de la Provincia con toda sencillez. Al poco tiempo de llegar a Camerún empecé a tener clases de inglés con un profesor, Martín. Cuatro horas diarias hablando yo principalmente, y Martín corrigiéndome los errores. Luego por las tardes seguía estudiando yo sólo. Martín me hacía todo tipo de preguntas, de todo lo humano y divino, de historias de España, de cuestiones científicas, de temas de teología y catequesis que le eran nuevos y que luego él explicaba a ciertos grupos de jóvenes cristianos, etc. Un día que hablábamos sobre educación me preguntó de pronto cuál había sido mi más difícil caso educativo. Me quedé un poco cortado. Era curioso: nunca antes me habían hecho una pregunta así. Y pronto me vino a la mente este recuerdo, y a trancas y barrancas se lo fui contando en inglés. Hace muchos años vino al colegio un interno nuevo a 4º de bachiller, de una ciudad distante. Tenía 16 años. Había repetido dos cursos. Yo iba a ser su Tutor. Me encargaba de él en el internado con otros ciento veinte estudiantes, y además le tenía en clase de matemáticas y física y química, dos horas cada día. El primer día de clase, en el ambiente alegre y jovial que se crea (los demás ya me conocían del año anterior), vi que él estaba "espatarrado" en su pupitre, puesto de medio lado, mirando fijamente de soslayo, y gesto ceñudo. ¡Aquellos ojos! Era realmente provocativo. Me hice el distraído, atendiendo al resto. Así la hora entera. No abrió el libro ni se movió un ápice. El reto era claro. Preferí no darme por enterado. Y barrunté: problema gordo al canto. Enseguida pregunté a los otros profesores. Con todos había tenido la misma actitud. Me pareció claro: habría sido enviado a la fuerza al internado como castigo (me acordé de Santiago Ramón y Cajal, en aquel mismo colegio), y él se declaraba en huelga total, como reacción contra sus padres. Día tras día en la misma actitud y postura, el libro provocativamente cerrado encima del pupitre, por supuesto no estudiaba ni hacía ejercicio alguno, y fuera de la clase siempre distante de todos, aislado. Se hacía profundamente repelente. Empecé a hacerle objeto de mi oración diaria al Señor. Supuse que habría sentido por algunos años la ausencia de cariño, y recibido muchos rechazos e imposiciones, muchas razones y argumentos para estudiar, muchas amenazas. Era claro que lo que necesitaba no eran más palabras y reconvenciones. Y me propuse inmediatamente rodearle de cariño, volcarme en él, aun con el riesgo, que siempre he evitado, de que otros chicos pudieran pensar que lo tenía "enchufado": claramente era el más necesitado de afecto. Y lo hice en mis clases y fuera de ellas. No recuerdo los detalles de cómo lo hice, pero apelé a todos los medios que el amor sugiere, sin caer en paternalismos (que él hubiera rechazado enseguida), y sobreponiéndome al fuerte rechazo espontáneo interior que sentía. Así semana tras semana. En la broma de la clase, ante la risa de los chicos, él seguía serio, imperturbable, con su mirada clavada en mí y con su libro cerrado. Rezábamos al comienzo de cada clase; él nunca lo hacía, ni tampoco en la iglesia. Yo seguía pensando que él era Jesús, esta vez rechazado, asqueado, repelente, a quien por tanto debía amar con todo mi ser. Y puse todo mi empeño en ello. Al cabo de tres interminables semanas le vi cambiar la postura de sentarse en el pupitre, y el gesto no era tan displicente y agresivo. Y abrió el libro, aunque sólo eso. El corazón me dio un vuelco. Se fortaleció en mí la esperanza de que ese camino iba a ser eficaz. Seguí actuando y esperando. A pesar de ser su Tutor, no le llamé nunca para hablar: debía estar harto de consejos y de quererle ayudar. Efectivamente, varias semanas después empezaba a trabajar algo, y alguna vez a sonreír. Ni que decir tiene cómo le ponderaba, dentro de la naturalidad, cualquier pequeño acierto que tuviera; le sonreía, le preguntaba lo casi evidente, le hacía sentir que estaba en el centro de mi atención y cariño. Fue incrementando claramente su trabajo e interés, hacía los ejercicios, estudiaba las lecciones. En diciembre ya lo hacía de forma normal, sabía más o menos las cosas, y en la evaluación aprobó la mayoría de las asignaturas. Su gesto era sonriente, aun fuera de la clase: se le veía a gusto. Y resultó ser un chico majo, casi afable, de una hermosa sonrisa, que se fue centrando cada vez más. Ni una sola vez le había llamado para hablar conmigo. Varios profesores al ver el cambiazo, me preguntaron qué le había hecho, cómo le había cambiado. Era un decir. Les dije que nada especial, que ni siquiera había hablado con él, que serían los cambios que da la vida. Pero conocía bien a los profesores y sabía que todos habían influido positivamente. Me preocupaba su sentido religioso y su vida cristiana. A la vuelta de Navidades estuve por abordarle, pero decidí no hacerlo: preferí esperar a que el Señor mismo lo hiciera a su modo. No sé cómo, pero efectivamente, al final de enero, en la Misa de un domingo, mientras dirigía yo los cantos y la animación de la celebración, le vi pasar a comulgar, sereno, casi sonriente, que bien me fijé. ¡Qué alegría sentí en mi corazón! Aún lo recuerdo perfectamente, y eso que han pasado treinta y un años. Y así siguió todo el curso. Contento, aprobando todo, creyente, centrado. Fue todo natural y sencillo, porque el Señor así lo hizo, que yo bien asustado estaba al principio.
Y
en el fondo de mi corazón he guardado siempre una moraleja que
he procurado practicar toda mi vida: que el tratar de vivir la
Palabra del Señor, es eficaz. Lo he comprobado muchas veces en
mi vida educadora posterior, pero nunca en un caso que me
pareciera tan difícil como aquel. |
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